
CAPÍTULO XXII
(Nacimiento)
Durante siglos, Franco recordaría con toda nitidez aquellos días que siguieron a la visita de su padre al taller del palacio del marqués de La Cañada. Mientras vivió en la corte francesa, después de dejar Milán, le parecía escuchar voces en italiano gritando en su cabeza, las pocas veces en que dormía hastiado de odiar y maldecir su destino. En su soledad en Inglaterra, cuando finalmente se separó de su oscura familia inmortal, con frecuencia evocaría el rostro de Stefano, de mejillas pálidas y rizos rubios revueltos, con los ojos como un pozo azul y aterrado. Pero para eso, aún faltaba demasiado tiempo; y los involucrados todavía respiraban en el mundo de los vivos.
La mañana del 5 de octubre de 1622 comenzó como cualquier otra. Luego de desayunar regiamente en el comedor de los candelabros de plata, Franco Di Tasso se dirigió a la herrería del palacio. La noche anterior había sido tórrida, ardiente y extraña. Néfer había irrumpido en su cuarto – sabrá cómo – por el balcón; y se había arrojado sobre él sin decir palabra. Procedió con la iniciativa que le era propia, avanzando entre sus ropas y hurgando por encerrar en sus manos y en su boca el creciente deseo que lo agobiaba entre los muslos; y finalmente se trepó en su cuerpo, con ansias terribles convertidas en una húmeda cabalgata. Franco se sintió ultrajado luego de aquel asalto inesperado; pues apenas hubo agonizado dentro de ella, la dama se incorporó, recogió sus prendas arrojadas al descuido, y abandonó la habitación sin despedirse. Los únicos sonidos que emitió durante la noche, fueron sus gemidos y el rugir quemante de su garganta sedienta lo que, por cierto, Franco no pudo interpretar de modo alguno comprensible.
Esperaba encontrarla en el comedor a la hora del desayuno, y pedirle explicaciones sobre aquella visita tan ambigua de palabras y tan precisa de acciones; pero Pirandello le informó que la señora había salido muy temprano, sin rumbo conocido y sin indicios de un pronto regreso. El resto de la comida matinal de Franco fue desagradable por la frustración, y porque le habían traído un trozo de cerdo demasiado asado y exageradamente condimentado.
Toda la mañana estuvo de mal humor e incluso discutió con uno de los aprendices adolescentes de la herrería. La negligencia del muchacho era nimia y en otras circunstancias no habría implicado mayor problema; sin embargo su ánimo no estaba dispuesto a perdonar pequeñas faltas y amenazó al chico con expulsarlo del taller, ante una cuadrilla atónita que no estaba habituada a esos desplantes de su parte.
A la hora de almorzar, aún no había señales de Néfer. Como siempre, la mesa de Franco estaba servida tan abundante y espléndidamente, como si esperara la visita de varios invitados. Sin embargo, sólo él pudo contemplar la exquisita profusión de colores en las verduras que acompañaban el pescado asado. Por la tarde, hastiado de sentirse miserable e inconforme, liberó a los herreros de su taller y se encerró en su habitación. Esta vez, no tenía ánimos para tomar ningún libro y se limitó a recostarse de boca.
Pronto se durmió y una pesadilla hizo que girara violentamente en la cama, estrellándose (por suerte) contra la alfombra. En su delirio, había visto a su padre muriendo solo, anciano y triste, en la vieja cama de su casa de la herrería. Una mujer acompañaba el cuerpo seco y moribundo de Luciano Di Tasso, acariciando sus manos nudosas. Volteaba lentamente hacia él. Sobresaltado, la reconocía: era la muchacha de las visiones, la joven de cabellos castaños y ojos grises que había visto abrazada a un ángel que la envolvía en una cópula llena de luz, bajo la sombra de los árboles.
- No puedo ayudarte, pequeño mío – Susurró ella. Sus ojos estaban atiborrados de lágrimas.- ¡Busca a tu padre!
¿Por qué volvió a verla? Sólo en los momentos más turbios de su vida la encontró en su cabeza: delirante, desnuda y enloquecida. ¿Qué tenía que ver con Luciano? “Busca a tu padre…”
Cuando era niño, Franco soñó que su mejor amigo – hijo de una modesta pastelera, vecina suya - saltaba del campanario de la iglesia y volaba hasta perderse en el horizonte. Franco se veía a sí mismo llamándolo a gritos, mientras las nubes se oscurecían progresivamente hasta transformarse en monstruosas masas que vomitaban rayos. Aquella tormenta se convertía en una inundación descomunal que lo arrastraba lejos, con su cuerpo como un trapo que giraba en las aguas negras, hasta perderse definitivamente en las tinieblas del fondo. Despertó llorando a medianoche con Luciano a su lado, hurgando su frente con inquietud, buscando fiebre.
Una semana más tarde, su amigo - el ángel volador – cayó del campanario en una tarde de lluvia.
Angustiado, corrió a la parroquia de fray Torcuato, como cada vez que algo lo atribulaba. Le aseguró, en medio de los sollozos, que había visto el futuro en su sueño, o en el peor de los casos, él mismo había provocado la muerte del niño. El sacerdote trató de calmarlo, explicándole que esas cosas las decidía Dios y no tenían que ver con ese mundo absurdo que visitábamos al dormir. Acarició su cabeza, consolándolo por su dolor y le recomendó que bebiera leche tibia con miel antes de acostarse. Aseguró que ese era el remedio más sabio para todos los males.
Por muchas noches, Franco puso miel en su leche; sin embargo nunca más desestimó un sueño. Si bien, jamás volvió a comentarlos con su padre o con el sacerdote, siempre estuvo atento a cualquier mensaje oculto en ellos.
Por esa causa, cuando despertó de su pesadilla aquella tarde, saltó fuera de la cama para coger al paso algo de abrigo y el sombrero emplumado. Se apresuró para ir a las caballerizas, mientras ataba el nudo de la cuerda que sostenía la capa en su hombro. Trepó a Amadís y partió al galope por la avenida rumbo al portón principal. Los guardias, atentos, abrieron prestamente la reja.
Acostumbrado a que el taller de Luciano estuviera siempre abierto desde muy temprano, Franco jamás tuvo llave propia. Se topó con la puerta cerrada, alta y desteñida; y dudó antes de tocar la vieja aldaba oxidada. Traía guantes de terciopelo, por lo que tuvo que frotar sus dedos para desprender el polvillo claro del metal envejecido. Estaba intrigado. Luciano no acostumbraba a salir en una tarde normal de la semana.
Del segundo piso de enfrente, una anciana se asomó para arrojar una jofaina de agua sucia a la calle. Franco volteó al escuchar el chasquido sobre el empedrado. Alzó la vista. Era doña Dorotea Manetti, su vecina de toda la vida y abuela del muchacho que voló desde el campanario, en su sueño.
- El herrero salió temprano, mi señor. Seguramente volverá pronto y podréis hablar con él. – Habló la mujer. Era evidente que no lo había reconocido y lo tomó por un noble.
Franco avanzó unos pasos.
- Soy yo, doña Dorotea. ¿No me reconocéis?
La anciana se aferró del alféizar de la ventana, alargando un poco el cuello y enfocando los ojos. Franco cruzó la calle.
- ¡Virgen María santísima! ¡El pequeño Franco! ¡Eleonora! ¡Eleonoraaaa..!
Se alejó de la ventana, dando voces. Reapareció en la puerta principal, acompañada por una mujer madura que salió limpiándose las manos harinosas en el delantal.
- Franco… ¡Mírate nada más! Tu padre nos contó que te iba bien trabajando para el marqués de La Cañada… ¡Pero pareces un príncipe! – La mujer alargó la mano para tocar su rostro, pero desistió. – No quiero ensuciarte con harina, niño mío… ¡Estás tan apuesto! Madre, míralo… Mi Paolo tendría su edad, ¿Recuerdas?
- Veinte años cumplidos, es verdad. Y serían veintiuno a principios de febrero – La anciana rozaba con las yemas de los dedos la textura de la capa de terciopelo verde oscuro. Luego, con manos temblorosas, acarició los mechones oscuros que caían sobre los hombros y la piel de marta que bordeaba el cuello de la capa. Levantó los ojos húmedos y difusos hacia el rostro del muchacho – Tu padre está muy orgulloso de lo que has logrado, Franco. Nos habla de ti todos los días. ¡Nos alegra verte convertido en un hombre tan próspero! Dios bendiga a la muchacha que elijas para casarte y que te dé honra y muchos hijos…
La sonrisa de Franco se diluyó suavemente.
- Mi padre… ¿Ha estado bien? ¿Lo habéis visto, doña Dorotea… doña Eleonora?
Ambas mujeres se miraron unos instantes.
- Algo callado, talvez, silencioso – Dijo Eleonora.
- Por lo general Luciano es callado, eso ya lo sabemos – Corrigió la anciana.
- Pero su salud… ¿Lo han visto con buena salud? – Insistió Franco
- Sí, bueno… ¿Qué edad tiene Luciano… cincuenta y tantos? Su trabajo pesado deja huellas, por supuesto…
- Aún no tiene cincuenta años – Dijo Franco, tristemente – Debo encontrarlo.
- Talvez fue a la parroquia. Después de la misa del domingo estuvo charlando con fray Torcuato. Quizás fue hablar con él – Aseguró doña Dorotea, palmeando las manos enguantadas de Franco.
- Mi madre se fija en todo, Franco, perdónala. Pero es verdad: quizás puedas encontrar a tu padre en la parroquia de fray Torcuato. ¡Pero espera, por favor!
Eleonora entró a la casa y regresó con un pequeño paquete de papel. Franco lo abrió y descubrió tres bollos cubiertos de un delicado polvo blanco.
- Los que te gustaban, Franco. Los que mi Paolo sacaba a escondidas, para comerlos contigo y los niños de la parroquia.
Franco ató el caballo junto al abrevadero. Desenvolvió el papel, tomó uno de los bollos y le dio varias mordidas. Respiró hondo frente a la puerta, sosteniendo la aldaba, inmóvil. Trató de reunir valor, mientras masticaba con prisa. Finalmente tocó. Se limpió la comisura de los labios con el dorso enguantado de su mano. Sintió pasos conocidos dirigiéndose a la puerta, con el tintinear de las llaves colgando del cinto. Ofelia apareció en el umbral, con un gesto que mezclaba sorpresa y emotividad.
- Franco… Estás aquí...
- Ofelia… Hace tiempo que no visito esta casa… - Por unos instantes no levantó los ojos. Enseguida alargó las manos y le ofreció el paquete con los dos bollos restantes – Sé que te gustan.
La siguió a través del corredor. Por las ventanas abiertas llegaba el aroma a tierra húmeda del jardín. Un tenue olor a verduras cocidas emanaba de la cocina. Ofelia preparaba la cena.
- Fray Torcuato… - Comenzó Franco.
- Es la hora de las confesiones. Puedes esperarlo en el refectorio, si gustas. – Ofelia no lo miraba a la cara. Sostenía el borde de su delantal.
- Estás fría conmigo... – Susurró Franco, tristemente
- No es verdad, soy la misma.
- Yo creo que no…
- Creo que tú cambiaste, Franco. Y te he extrañado mucho por eso.
No la abrazó. Fue su primer impulso, por cierto; pero no lo hizo. Talvez se habría arrojado a su regazo el niño que corría por esos corredores hace ¿cuánto? … Un milenio, quizás. Pero no ese muchacho bien vestido y arrogante que zarandeaba plumas escarlata sobre un fino sombrero de ala ancha. No el favorito de la casa del marqués De la Cañada. No el amante de doña Isabella de Béjar y Grajales, consentida de la corte, la perla de Milán. No, él no estaba para esas tonterías. Se avergonzaría si lo hiciera. Pero, ciertamente, se entristeció al ver que Ofelia se alejaba por el corredor y él no había respondido a su gesto de ternura.
A esa hora de la tarde, el sol ya no daba de lleno en las ventanas del refectorio. Casi hacía frío entre los muros de piedra desnuda donde apenas colgaba un crucifijo de hierro y algunos cucharones para repartir la sopa de los pobres.
Franco se sentó en una de las mesas largas en donde alguna vez había garabateados cuartillas con su nombre, mientras aprendía a escribir. Apoyó las manos sobre la cubierta y reconoció los mismos nudos en la madera. Los tocó con los dedos enguantados. ¿Qué imaginaba cuando tenía siete años? Les daba forma, rostro. Cualquier grieta adquiría sentido. Sonrió. Es increíble cómo un niño encuentra magia en lo que sea, incluso, en las marcas de una vieja mesa.
Pasos. No era fray Torcuato y tampoco Ofelia con el sisear de su falda amplia. Era alguien más, un hombre. No su padre, no alguien conocido. Franco se incorporó para esperar al desconocido cuando apareciera. Adquirió un aire arrogante, quizás copiado del que Lázaro demostraba frente a los que buscaban su audiencia. Quería impresionar, de modo que no se quitó el sombrero.
En el umbral de la puerta se detuvo Stefano Abiatti. En seco. Ingratamente sorprendido. El aire se volvió eléctrico y denso entre ambos. Una ráfaga de viento que entró por la ventana agitó la pluma del sombrero de Franco y algunos cabellos sobre la frente de Stefano. Durante largos instantes, nadie dijo nada, antes de que uno de ellos se atreviese a dar un paso.
- Marietta no está aquí – Soltó Stefano, secamente.
- Lo sé, gracias. – Repuso Franco, alzando el mentón.
Se midieron en silencio.
- Es evidente que no la buscas. – Replicó Stefano, suavemente – Imagino que es mejor verla cerca de la medianoche.
Antes de que volteara para salir del refectorio, Franco avanzó hacia él.
- ¿¿Qué quieres decir??
- Resuelve tus asuntos, herrero. Tengo cosas que hacer
Stefano le dio la espalda. Bien que quería clavar a ese herrero miserable contra el muro, con la pica que descansaba sobre la pared de la cocina; o en el mejor de los casos, propinarle un puñetazo y desbaratar la hilera perfecta de su sonrisa descontextualizada. Pero se contentó con imaginar la cara de estupor e indignación. No contaba con que Franco le atraparía el brazo groseramente, insolente.
- Deja las frases misteriosas para las mujeres seductoras. Si tienes algo que decir, termínalo. No estamos para insinuaciones ni bajezas. – Rugió Franco a escasa distancia de la cara de Abiatti. Como una garra, su mano se crispaba en su antebrazo.
De un tirón, Stefano se libró de su captor.
- ¿Por qué no terminamos este jueguito de una vez? Ya no tiene sentido – Gruñó Abiatti – Sé lo que haces, sé lo que has estado haciendo durante estos meses y es tiempo de que hagamos un trato…
- ¿Un trato? – Franco retrocedió, riendo - ¿Qué trato podría hacer contigo?
- Uno que quizás te convenga, herrero. Información que ignoras, a cambio de Marietta…
- No digas estupideces.
- Estúpido serás si no hablamos. Sé quién es Lavinia.
Pausa. Desconcierto. ¿Lavinia… su tía? ¿Lavinia… la chica de sus visiones? ¿Qué tenía que ver el nombre de Lavinia en la conversación?
- Estás loco – Dictaminó Franco, perdiendo interés.
- Te han mentido, Franco. Tu padre te mintió. Sé lo que ocurrió y puedo darte información.
- No sé de qué hablas.
El viento volvió a sacudir las cortinas blancas de las ventanas enrejadas.
- Te acuestas con Marietta. Entras por su ventana cada noche, cuando los Cavalieri duermen. – Afirmó Stefano, tranquilamente. – Los vi.
Franco palideció.
- Eso no es verdad…- Murmuró.
- Ah… ¡Claro que es verdad! Y lo sabes – Stefano sonreía triunfante – Imagino que tienes claro que mi tío te obligará a desposar a Marietta cuanto antes y ambos sabemos que no es algo que realmente quieras…
- Pareces una vieja comadrona, doctorcito. Especulas sobre lo que quiero o no, intrigas con algo que nadie te creerá...
- Probaremos si mi tío Antonio me cree… O el marqués. Cuando llegue, podría enterarse sobre lo que ocurre a sus espaldas, en su propia casa. – Stefano volvía a sonreír – Eres una mascota bastante apreciada en su palacio, pero no creo que disfrute de la misma forma saber que duermes entre las piernas de la puta de su sobrina…
El sonido de los nudillos de Franco contra el rostro de Stefano rompió el silencio del refectorio. La espalda de Abiatti se estrelló estrepitosamente contra la mesa principal donde se apilaban los platos de arcilla de la sopa de caridad. Una lluvia de cuencos se desplomó, despedazándose contra las baldosas. Tranquilamente, Stefano limpió el hilo de sangre que se deslizaba de la comisura de sus labios y alzó los ojos hacia Franco, que jadeaba, crispando la mano enrojecida.
Fray Torcuato apareció en el umbral de la puerta y alzó los brazos al ver el desastre de los platos, la mesa volcada; y a víctima y victimario del arrebato.
- ¿Qué significa esto? ¡San José bendito! – El anciano se acercó a la pila de trozos de vajilla - ¿Acaso se han vuelto locos?
- Pido vuestro perdón, fray Torcuato – Pronunció Stefano, limpiándose con el torso de la mano la sangre que aún no coagulaba. Se incorporó – Pero creo que admitís con demasiada ligereza a este herrero que no sabe de respeto ni modales en la casa de Dios.
El sacerdote volteó desconcertado hacia Franco, moviendo los labios, como si tratara de hilar un comentario procedente. El muchacho bajó la mirada, conteniendo ira y vergüenza.
- ¿Qué ha pasado, Franco? ¿Acaso perdiste la razón? – Fray Torcuato alzaba la voz, incrementando su indignación - ¡Ni siquiera cuando eras niño tuviste un arrebato tal en esta iglesia! ¿Acaso es éste el legado de tu nueva educación? ¿Es lo que aprendiste viviendo entre nobles? – Franco comenzó a balbucear una excusa, pero fue interrumpido por un vozarrón de toro – ¡Stefano Abiatti es un invitado en esta parroquia!, ¿Lo sabías? ¡Y los invitados a esta casa son respetados! ¡Mientras tenga yo fuerza en las manos, no me flaquearán si tengo que abofetearte yo mismo, muchacho!
Stefano lamía lentamente su labio magullado. Hasta parecía complacido. Ofelia apareció en la habitación y luego de ver la escena, alzó las manos para examinar el rostro de Abiatti. Miraba de soslayo a Franco.
- No seáis tan duro, fray Torcuato. Creo que Franco no puede soportar que su novia viva en la misma casa que yo. Es algo que definitivamente lo descontrola. – dictaminó Stefano con suavidad, mientras Ofelia limpiaba con un paño húmedo la sangre que bajaba por la barbilla, hasta el cuello.
- ¡La ira es uno de los pecados más graves ante los ojos de Dios! – El sacerdote se veía realmente furioso – ¡Si Franco, que prácticamente ha crecido en esta iglesia, no es capaz de controlarla; el mundo se encamina a la perdición!
- ¡Él llamó puta a Néfer! - Rugió Franco.
- ¡No tengo idea de quién es Néfer! – Bramó fray Torcuato – ¡Y cuida tu lengua dentro de estos muros! ¡Te recuerdo que Ofelia está presente!
Franco se desconcertó. Nuevamente bajó los ojos y procuró calmarse. Ofelia lo miraba estupefacta y sonrojada. Se sintió avergonzado y expuesto.
(Nacimiento)
Durante siglos, Franco recordaría con toda nitidez aquellos días que siguieron a la visita de su padre al taller del palacio del marqués de La Cañada. Mientras vivió en la corte francesa, después de dejar Milán, le parecía escuchar voces en italiano gritando en su cabeza, las pocas veces en que dormía hastiado de odiar y maldecir su destino. En su soledad en Inglaterra, cuando finalmente se separó de su oscura familia inmortal, con frecuencia evocaría el rostro de Stefano, de mejillas pálidas y rizos rubios revueltos, con los ojos como un pozo azul y aterrado. Pero para eso, aún faltaba demasiado tiempo; y los involucrados todavía respiraban en el mundo de los vivos.
La mañana del 5 de octubre de 1622 comenzó como cualquier otra. Luego de desayunar regiamente en el comedor de los candelabros de plata, Franco Di Tasso se dirigió a la herrería del palacio. La noche anterior había sido tórrida, ardiente y extraña. Néfer había irrumpido en su cuarto – sabrá cómo – por el balcón; y se había arrojado sobre él sin decir palabra. Procedió con la iniciativa que le era propia, avanzando entre sus ropas y hurgando por encerrar en sus manos y en su boca el creciente deseo que lo agobiaba entre los muslos; y finalmente se trepó en su cuerpo, con ansias terribles convertidas en una húmeda cabalgata. Franco se sintió ultrajado luego de aquel asalto inesperado; pues apenas hubo agonizado dentro de ella, la dama se incorporó, recogió sus prendas arrojadas al descuido, y abandonó la habitación sin despedirse. Los únicos sonidos que emitió durante la noche, fueron sus gemidos y el rugir quemante de su garganta sedienta lo que, por cierto, Franco no pudo interpretar de modo alguno comprensible.
Esperaba encontrarla en el comedor a la hora del desayuno, y pedirle explicaciones sobre aquella visita tan ambigua de palabras y tan precisa de acciones; pero Pirandello le informó que la señora había salido muy temprano, sin rumbo conocido y sin indicios de un pronto regreso. El resto de la comida matinal de Franco fue desagradable por la frustración, y porque le habían traído un trozo de cerdo demasiado asado y exageradamente condimentado.
Toda la mañana estuvo de mal humor e incluso discutió con uno de los aprendices adolescentes de la herrería. La negligencia del muchacho era nimia y en otras circunstancias no habría implicado mayor problema; sin embargo su ánimo no estaba dispuesto a perdonar pequeñas faltas y amenazó al chico con expulsarlo del taller, ante una cuadrilla atónita que no estaba habituada a esos desplantes de su parte.
A la hora de almorzar, aún no había señales de Néfer. Como siempre, la mesa de Franco estaba servida tan abundante y espléndidamente, como si esperara la visita de varios invitados. Sin embargo, sólo él pudo contemplar la exquisita profusión de colores en las verduras que acompañaban el pescado asado. Por la tarde, hastiado de sentirse miserable e inconforme, liberó a los herreros de su taller y se encerró en su habitación. Esta vez, no tenía ánimos para tomar ningún libro y se limitó a recostarse de boca.
Pronto se durmió y una pesadilla hizo que girara violentamente en la cama, estrellándose (por suerte) contra la alfombra. En su delirio, había visto a su padre muriendo solo, anciano y triste, en la vieja cama de su casa de la herrería. Una mujer acompañaba el cuerpo seco y moribundo de Luciano Di Tasso, acariciando sus manos nudosas. Volteaba lentamente hacia él. Sobresaltado, la reconocía: era la muchacha de las visiones, la joven de cabellos castaños y ojos grises que había visto abrazada a un ángel que la envolvía en una cópula llena de luz, bajo la sombra de los árboles.
- No puedo ayudarte, pequeño mío – Susurró ella. Sus ojos estaban atiborrados de lágrimas.- ¡Busca a tu padre!
¿Por qué volvió a verla? Sólo en los momentos más turbios de su vida la encontró en su cabeza: delirante, desnuda y enloquecida. ¿Qué tenía que ver con Luciano? “Busca a tu padre…”
Cuando era niño, Franco soñó que su mejor amigo – hijo de una modesta pastelera, vecina suya - saltaba del campanario de la iglesia y volaba hasta perderse en el horizonte. Franco se veía a sí mismo llamándolo a gritos, mientras las nubes se oscurecían progresivamente hasta transformarse en monstruosas masas que vomitaban rayos. Aquella tormenta se convertía en una inundación descomunal que lo arrastraba lejos, con su cuerpo como un trapo que giraba en las aguas negras, hasta perderse definitivamente en las tinieblas del fondo. Despertó llorando a medianoche con Luciano a su lado, hurgando su frente con inquietud, buscando fiebre.
Una semana más tarde, su amigo - el ángel volador – cayó del campanario en una tarde de lluvia.
Angustiado, corrió a la parroquia de fray Torcuato, como cada vez que algo lo atribulaba. Le aseguró, en medio de los sollozos, que había visto el futuro en su sueño, o en el peor de los casos, él mismo había provocado la muerte del niño. El sacerdote trató de calmarlo, explicándole que esas cosas las decidía Dios y no tenían que ver con ese mundo absurdo que visitábamos al dormir. Acarició su cabeza, consolándolo por su dolor y le recomendó que bebiera leche tibia con miel antes de acostarse. Aseguró que ese era el remedio más sabio para todos los males.
Por muchas noches, Franco puso miel en su leche; sin embargo nunca más desestimó un sueño. Si bien, jamás volvió a comentarlos con su padre o con el sacerdote, siempre estuvo atento a cualquier mensaje oculto en ellos.
Por esa causa, cuando despertó de su pesadilla aquella tarde, saltó fuera de la cama para coger al paso algo de abrigo y el sombrero emplumado. Se apresuró para ir a las caballerizas, mientras ataba el nudo de la cuerda que sostenía la capa en su hombro. Trepó a Amadís y partió al galope por la avenida rumbo al portón principal. Los guardias, atentos, abrieron prestamente la reja.
Acostumbrado a que el taller de Luciano estuviera siempre abierto desde muy temprano, Franco jamás tuvo llave propia. Se topó con la puerta cerrada, alta y desteñida; y dudó antes de tocar la vieja aldaba oxidada. Traía guantes de terciopelo, por lo que tuvo que frotar sus dedos para desprender el polvillo claro del metal envejecido. Estaba intrigado. Luciano no acostumbraba a salir en una tarde normal de la semana.
Del segundo piso de enfrente, una anciana se asomó para arrojar una jofaina de agua sucia a la calle. Franco volteó al escuchar el chasquido sobre el empedrado. Alzó la vista. Era doña Dorotea Manetti, su vecina de toda la vida y abuela del muchacho que voló desde el campanario, en su sueño.
- El herrero salió temprano, mi señor. Seguramente volverá pronto y podréis hablar con él. – Habló la mujer. Era evidente que no lo había reconocido y lo tomó por un noble.
Franco avanzó unos pasos.
- Soy yo, doña Dorotea. ¿No me reconocéis?
La anciana se aferró del alféizar de la ventana, alargando un poco el cuello y enfocando los ojos. Franco cruzó la calle.
- ¡Virgen María santísima! ¡El pequeño Franco! ¡Eleonora! ¡Eleonoraaaa..!
Se alejó de la ventana, dando voces. Reapareció en la puerta principal, acompañada por una mujer madura que salió limpiándose las manos harinosas en el delantal.
- Franco… ¡Mírate nada más! Tu padre nos contó que te iba bien trabajando para el marqués de La Cañada… ¡Pero pareces un príncipe! – La mujer alargó la mano para tocar su rostro, pero desistió. – No quiero ensuciarte con harina, niño mío… ¡Estás tan apuesto! Madre, míralo… Mi Paolo tendría su edad, ¿Recuerdas?
- Veinte años cumplidos, es verdad. Y serían veintiuno a principios de febrero – La anciana rozaba con las yemas de los dedos la textura de la capa de terciopelo verde oscuro. Luego, con manos temblorosas, acarició los mechones oscuros que caían sobre los hombros y la piel de marta que bordeaba el cuello de la capa. Levantó los ojos húmedos y difusos hacia el rostro del muchacho – Tu padre está muy orgulloso de lo que has logrado, Franco. Nos habla de ti todos los días. ¡Nos alegra verte convertido en un hombre tan próspero! Dios bendiga a la muchacha que elijas para casarte y que te dé honra y muchos hijos…
La sonrisa de Franco se diluyó suavemente.
- Mi padre… ¿Ha estado bien? ¿Lo habéis visto, doña Dorotea… doña Eleonora?
Ambas mujeres se miraron unos instantes.
- Algo callado, talvez, silencioso – Dijo Eleonora.
- Por lo general Luciano es callado, eso ya lo sabemos – Corrigió la anciana.
- Pero su salud… ¿Lo han visto con buena salud? – Insistió Franco
- Sí, bueno… ¿Qué edad tiene Luciano… cincuenta y tantos? Su trabajo pesado deja huellas, por supuesto…
- Aún no tiene cincuenta años – Dijo Franco, tristemente – Debo encontrarlo.
- Talvez fue a la parroquia. Después de la misa del domingo estuvo charlando con fray Torcuato. Quizás fue hablar con él – Aseguró doña Dorotea, palmeando las manos enguantadas de Franco.
- Mi madre se fija en todo, Franco, perdónala. Pero es verdad: quizás puedas encontrar a tu padre en la parroquia de fray Torcuato. ¡Pero espera, por favor!
Eleonora entró a la casa y regresó con un pequeño paquete de papel. Franco lo abrió y descubrió tres bollos cubiertos de un delicado polvo blanco.
- Los que te gustaban, Franco. Los que mi Paolo sacaba a escondidas, para comerlos contigo y los niños de la parroquia.
Franco ató el caballo junto al abrevadero. Desenvolvió el papel, tomó uno de los bollos y le dio varias mordidas. Respiró hondo frente a la puerta, sosteniendo la aldaba, inmóvil. Trató de reunir valor, mientras masticaba con prisa. Finalmente tocó. Se limpió la comisura de los labios con el dorso enguantado de su mano. Sintió pasos conocidos dirigiéndose a la puerta, con el tintinear de las llaves colgando del cinto. Ofelia apareció en el umbral, con un gesto que mezclaba sorpresa y emotividad.
- Franco… Estás aquí...
- Ofelia… Hace tiempo que no visito esta casa… - Por unos instantes no levantó los ojos. Enseguida alargó las manos y le ofreció el paquete con los dos bollos restantes – Sé que te gustan.
La siguió a través del corredor. Por las ventanas abiertas llegaba el aroma a tierra húmeda del jardín. Un tenue olor a verduras cocidas emanaba de la cocina. Ofelia preparaba la cena.
- Fray Torcuato… - Comenzó Franco.
- Es la hora de las confesiones. Puedes esperarlo en el refectorio, si gustas. – Ofelia no lo miraba a la cara. Sostenía el borde de su delantal.
- Estás fría conmigo... – Susurró Franco, tristemente
- No es verdad, soy la misma.
- Yo creo que no…
- Creo que tú cambiaste, Franco. Y te he extrañado mucho por eso.
No la abrazó. Fue su primer impulso, por cierto; pero no lo hizo. Talvez se habría arrojado a su regazo el niño que corría por esos corredores hace ¿cuánto? … Un milenio, quizás. Pero no ese muchacho bien vestido y arrogante que zarandeaba plumas escarlata sobre un fino sombrero de ala ancha. No el favorito de la casa del marqués De la Cañada. No el amante de doña Isabella de Béjar y Grajales, consentida de la corte, la perla de Milán. No, él no estaba para esas tonterías. Se avergonzaría si lo hiciera. Pero, ciertamente, se entristeció al ver que Ofelia se alejaba por el corredor y él no había respondido a su gesto de ternura.
A esa hora de la tarde, el sol ya no daba de lleno en las ventanas del refectorio. Casi hacía frío entre los muros de piedra desnuda donde apenas colgaba un crucifijo de hierro y algunos cucharones para repartir la sopa de los pobres.
Franco se sentó en una de las mesas largas en donde alguna vez había garabateados cuartillas con su nombre, mientras aprendía a escribir. Apoyó las manos sobre la cubierta y reconoció los mismos nudos en la madera. Los tocó con los dedos enguantados. ¿Qué imaginaba cuando tenía siete años? Les daba forma, rostro. Cualquier grieta adquiría sentido. Sonrió. Es increíble cómo un niño encuentra magia en lo que sea, incluso, en las marcas de una vieja mesa.
Pasos. No era fray Torcuato y tampoco Ofelia con el sisear de su falda amplia. Era alguien más, un hombre. No su padre, no alguien conocido. Franco se incorporó para esperar al desconocido cuando apareciera. Adquirió un aire arrogante, quizás copiado del que Lázaro demostraba frente a los que buscaban su audiencia. Quería impresionar, de modo que no se quitó el sombrero.
En el umbral de la puerta se detuvo Stefano Abiatti. En seco. Ingratamente sorprendido. El aire se volvió eléctrico y denso entre ambos. Una ráfaga de viento que entró por la ventana agitó la pluma del sombrero de Franco y algunos cabellos sobre la frente de Stefano. Durante largos instantes, nadie dijo nada, antes de que uno de ellos se atreviese a dar un paso.
- Marietta no está aquí – Soltó Stefano, secamente.
- Lo sé, gracias. – Repuso Franco, alzando el mentón.
Se midieron en silencio.
- Es evidente que no la buscas. – Replicó Stefano, suavemente – Imagino que es mejor verla cerca de la medianoche.
Antes de que volteara para salir del refectorio, Franco avanzó hacia él.
- ¿¿Qué quieres decir??
- Resuelve tus asuntos, herrero. Tengo cosas que hacer
Stefano le dio la espalda. Bien que quería clavar a ese herrero miserable contra el muro, con la pica que descansaba sobre la pared de la cocina; o en el mejor de los casos, propinarle un puñetazo y desbaratar la hilera perfecta de su sonrisa descontextualizada. Pero se contentó con imaginar la cara de estupor e indignación. No contaba con que Franco le atraparía el brazo groseramente, insolente.
- Deja las frases misteriosas para las mujeres seductoras. Si tienes algo que decir, termínalo. No estamos para insinuaciones ni bajezas. – Rugió Franco a escasa distancia de la cara de Abiatti. Como una garra, su mano se crispaba en su antebrazo.
De un tirón, Stefano se libró de su captor.
- ¿Por qué no terminamos este jueguito de una vez? Ya no tiene sentido – Gruñó Abiatti – Sé lo que haces, sé lo que has estado haciendo durante estos meses y es tiempo de que hagamos un trato…
- ¿Un trato? – Franco retrocedió, riendo - ¿Qué trato podría hacer contigo?
- Uno que quizás te convenga, herrero. Información que ignoras, a cambio de Marietta…
- No digas estupideces.
- Estúpido serás si no hablamos. Sé quién es Lavinia.
Pausa. Desconcierto. ¿Lavinia… su tía? ¿Lavinia… la chica de sus visiones? ¿Qué tenía que ver el nombre de Lavinia en la conversación?
- Estás loco – Dictaminó Franco, perdiendo interés.
- Te han mentido, Franco. Tu padre te mintió. Sé lo que ocurrió y puedo darte información.
- No sé de qué hablas.
El viento volvió a sacudir las cortinas blancas de las ventanas enrejadas.
- Te acuestas con Marietta. Entras por su ventana cada noche, cuando los Cavalieri duermen. – Afirmó Stefano, tranquilamente. – Los vi.
Franco palideció.
- Eso no es verdad…- Murmuró.
- Ah… ¡Claro que es verdad! Y lo sabes – Stefano sonreía triunfante – Imagino que tienes claro que mi tío te obligará a desposar a Marietta cuanto antes y ambos sabemos que no es algo que realmente quieras…
- Pareces una vieja comadrona, doctorcito. Especulas sobre lo que quiero o no, intrigas con algo que nadie te creerá...
- Probaremos si mi tío Antonio me cree… O el marqués. Cuando llegue, podría enterarse sobre lo que ocurre a sus espaldas, en su propia casa. – Stefano volvía a sonreír – Eres una mascota bastante apreciada en su palacio, pero no creo que disfrute de la misma forma saber que duermes entre las piernas de la puta de su sobrina…
El sonido de los nudillos de Franco contra el rostro de Stefano rompió el silencio del refectorio. La espalda de Abiatti se estrelló estrepitosamente contra la mesa principal donde se apilaban los platos de arcilla de la sopa de caridad. Una lluvia de cuencos se desplomó, despedazándose contra las baldosas. Tranquilamente, Stefano limpió el hilo de sangre que se deslizaba de la comisura de sus labios y alzó los ojos hacia Franco, que jadeaba, crispando la mano enrojecida.
Fray Torcuato apareció en el umbral de la puerta y alzó los brazos al ver el desastre de los platos, la mesa volcada; y a víctima y victimario del arrebato.
- ¿Qué significa esto? ¡San José bendito! – El anciano se acercó a la pila de trozos de vajilla - ¿Acaso se han vuelto locos?
- Pido vuestro perdón, fray Torcuato – Pronunció Stefano, limpiándose con el torso de la mano la sangre que aún no coagulaba. Se incorporó – Pero creo que admitís con demasiada ligereza a este herrero que no sabe de respeto ni modales en la casa de Dios.
El sacerdote volteó desconcertado hacia Franco, moviendo los labios, como si tratara de hilar un comentario procedente. El muchacho bajó la mirada, conteniendo ira y vergüenza.
- ¿Qué ha pasado, Franco? ¿Acaso perdiste la razón? – Fray Torcuato alzaba la voz, incrementando su indignación - ¡Ni siquiera cuando eras niño tuviste un arrebato tal en esta iglesia! ¿Acaso es éste el legado de tu nueva educación? ¿Es lo que aprendiste viviendo entre nobles? – Franco comenzó a balbucear una excusa, pero fue interrumpido por un vozarrón de toro – ¡Stefano Abiatti es un invitado en esta parroquia!, ¿Lo sabías? ¡Y los invitados a esta casa son respetados! ¡Mientras tenga yo fuerza en las manos, no me flaquearán si tengo que abofetearte yo mismo, muchacho!
Stefano lamía lentamente su labio magullado. Hasta parecía complacido. Ofelia apareció en la habitación y luego de ver la escena, alzó las manos para examinar el rostro de Abiatti. Miraba de soslayo a Franco.
- No seáis tan duro, fray Torcuato. Creo que Franco no puede soportar que su novia viva en la misma casa que yo. Es algo que definitivamente lo descontrola. – dictaminó Stefano con suavidad, mientras Ofelia limpiaba con un paño húmedo la sangre que bajaba por la barbilla, hasta el cuello.
- ¡La ira es uno de los pecados más graves ante los ojos de Dios! – El sacerdote se veía realmente furioso – ¡Si Franco, que prácticamente ha crecido en esta iglesia, no es capaz de controlarla; el mundo se encamina a la perdición!
- ¡Él llamó puta a Néfer! - Rugió Franco.
- ¡No tengo idea de quién es Néfer! – Bramó fray Torcuato – ¡Y cuida tu lengua dentro de estos muros! ¡Te recuerdo que Ofelia está presente!
Franco se desconcertó. Nuevamente bajó los ojos y procuró calmarse. Ofelia lo miraba estupefacta y sonrojada. Se sintió avergonzado y expuesto.
- Néfer es… doña Isabella de Béjar…
- Lo que faltaba...
El anciano se sentó y se alisó los cabellos grises. Parecía cansado y harto de la situación.
- Idos, por favor, muchachos… No quiero que contaminéis la casa de Dios con vuestras riñas de poca monta.
Stefano pareció confundido. Se aproximó un paso, pero fray Torcuato lo interrumpió, alzando la mano.
- Resolved vuestras diferencias en otra parte. Aquí no hay sitio para ese tipo de temas.
El anciano se puso de pie y se alejó. Ofelia, indecisa, optó por seguirlo a través del pasillo; pero a mitad de camino se detuvo. Volteó silenciosamente y avanzó con la vista baja hasta quedar frente a Franco, pálido y nervioso.
- Tu padre estuvo aquí esta mañana. Tuvo que viajar…- Murmuró la hermana del sacerdote. No lo miraba a la cara.
- ¿Tuvo que… viajar? ¿Dónde?
Luciano no acostumbraba a viajar. De hecho, Franco no recordaba haberlo visto salir de Milán en toda su vida. Ni siquiera para ir a aquella aldea perdida en donde se supone que estaba sepultada su hermana menor.
- No dijo dónde iría, pero dejó esto para ti. Supuso que vendrías en algún momento… Y quizás querrías entrar a tu casa.
Depositó suavemente una pequeña llave que extrajo del bolsillo de su delantal de cocinera. No dijo nada más y se retiró en silencio. Franco la recogió. Aún confundido por la situación, se agachó para recoger los pedazos de platos rotos. Con pasos conocidos se acercó a la caja de madera de los desperdicios. Sabía bien dónde estaban todos los objetos de aquel refectorio. Parecía haber olvidado que Stefano Abiatti seguía en la habitación.
- No hemos terminado de hablar, Franco Di Tasso – Oyó decir a sus espaldas. – Probablemente nuestra charla no podrá seguir aquí, pero ten la certeza de que te encontraré pronto y conversaremos largamente.
¿Dónde iría Luciano? La situación era extraña. Casi sospechosa. Sin tener claro por qué, Franco se sintió inquieto. ¿Qué le importaban las querellas de ese burgués molesto? No quería hablar de Marietta o de los celos de su primo presuntuoso. Quería estar en casa, cerca de sus recuerdos, como si nunca hubiese salido de ella para vivir en el palacio De la Cañada.
- No tengo nada que hablar contigo, Abiatti – Fue lo último que dijo, antes de salir por la puerta del refectorio que daba al jardín.
El taller estaba en silencio, como cuando era viernes santo; el único día en que Luciano dejaba la fragua y guardaba respeto por la fecha. Franco recordó cuando con manos torpes, su padre lo vestía con el único traje de fiesta que tenía y le ordenaba el cabello, humedeciéndolo con agua del pozo.
- Iremos a la vigilia de nuestro señor, hijo. Esperaremos a que resucite. Rogaremos por el alma de tu pobre madre y de tu tía Lavinia.
Franco caminó en círculos entre los hierros por algunos minutos. Reconoció su viejo martillo. Se había apropiado de él hacía mucho tiempo. Luciano optó por fabricarse otro y cederle la herramienta al niño tozudo que empezaba a demostrar habilidad con el yunque. Veía a su padre examinando sus manos heridas por el trabajo.
- ¿Por qué les pones sal, papá? ¿No te duele? – Preguntaba el pequeño Franco, de ocho años, sorbiendo la sopa de lentejas del cuenco de madera.
- Cierran pronto y puedo volver a trabajar. También debes hacer lo mismo, hijo.
Se acercó al viejo almendro del centro del patio. Sonrió al recordar cuando trepaba a la copa para sacar la caja con sus plumas y se encerraba para escribirle en secreto a Marietta. Hacía demasiado tiempo.
No volvería al palacio. No esa noche. Dormiría entre el blando aroma de la lana de su cama. Aspiraría el olor húmedo de la tierra, cuando la lluvia que se avecinaba avanzara por surcos entre las plantas del pequeño jardín. Oiría el repique del agua en el techo, como cuando era niño e imaginaba que un gigante espantoso silbaba la ventolera, sólo para asustarlo. No sabría de Néfer, ni de Marietta, ni del marqués. Sería nuevamente el pequeño Franco que llamaba a su madre en sueños y despertaba con la imagen de su padre inquieto, junto a la cabecera.
-¿Puedo ir hoy a la iglesia, papá? Ofelia hará pan de dulce y miel…
Pero esa noche, Luciano no estaba; y ni doña Dorotea Manetti ni Fray Torcuato tenían las respuestas.
Encendió las velas en las viejas palmatorias de la cocina y abrió una de las alacenas. Puso en la mesa una botella a medio llenar y una copa de cobre. Se sentó a sorber lentamente el vino, mientras caían las primeras gotas en el jardín. Esperaría a que regresara su padre, aún si transcurrieran unos días. No importaba mucho si el marqués enviaba por él o finalmente lo despedía. Sentía paz por primera vez en un tiempo demasiado largo y eso lo hizo sonreír en la penumbra. Dejó caer el cuerpo pesadamente sobre la silla e inclinó la cabeza hacia atrás. Extendió las piernas y se concentró en el sonido de la lluvia contra el techo. Se durmió.
Talvez pasaron minutos, quizás una hora. Las velas se habían apagado por un chiflón que se colaba por la ventana semiabierta. El frío lo obligó a abrir los ojos en la densa oscuridad de la habitación. Había dejado de llover y miles de gotas pendían del borde del techo y de las hojas del almendro, en el centro del patio. Un escalofrío lo obligó a envolverse en su espesa capa de bucanero. Se puso de pie. Era necesario que cruzara el pasillo exterior para llegar a su habitación y hundirse en su pequeña cama de lana. ¿Volvería su padre por la mañana? Lo esperaría.
Al salir de la cocina se detuvo estupefacto. Al fondo del patio, junto a la puerta del muro que daba a la calle, una figura alta permanecía inmóvil y expectante. Por un instante se sintió alegre y dio dos pasos, pero no era su padre. Apretó los dedos contra el pomo de la daga que pendía de su cinturón. En ese momento, la silueta avanzó.
- Te dije que debíamos hablar, herrero. Y si debe ser en el sucio taller de donde saliste, que así sea.
- ¿¿Cómo entraste aquí??
¿Habría algún problema si lo atravesaba en ese instante? Pudo alegar que le pareció un ladrón en la oscuridad. ¿Lo escucharían las autoridades cuando explicara las razones que tuvo para asesinar a un muchacho burgués de buena familia? ¿Lo protegería el marqués de La Cañada? Divagaba.
- La puerta estaba abierta.
- Ya estás aquí. Entra en la casa.
Se instalaron en la cocina. Franco había servido el resto del vino. Le extendió un vaso, pero Stefano no lo tocó. Examinaba su entorno: Los muebles viejos y la trenza de ajos junto a la alacena, los platos de arcilla apilados, el fogón con cenizas sin recoger. La cocina parecía una extensión del taller. Era tosca y oscura.
- Sigue siendo un misterio para mí cómo fue que Antonio Cavalieri te admitió como novio de su hija – Comentó Abiatti, sin dejar de otear alrededor.
- Pregúntale a él.
Franco se sentó y cruzó los brazos. Sonrió al comprobar que un hematoma oscuro se extendía en la comisura de la boca de Stefano. Se rascó la nariz, disimulando.
- Llegaste aquí en medio de la noche y aceptaste entrar en esta casa que desprecias, de modo que no querrás perder más tiempo, Abiatti. Habla.
Stefano sonrió y dio un largo y lento trago al vino que Franco le había ofrecido. Por su gesto, era evidente que también la bebida le parecía de segunda clase. Finalmente se decidió a hablar.
- He venido a hacer un trato contigo, Franco Di Tasso. Un trato que será conveniente para todos.
- ¿Qué clase de trato?
- Uno que salvará tu pellejo miserable y le ahorrará problemas a gente inocente. – Stefano dejó de golpe el vaso sobre la mesa. – He venido a ofrecerte mi silencio, a cambio de Marietta.
- ¿Qué? – Franco verdaderamente no entendía nada.
- Mira, herrero. Sé bien que el marqués se encuentra de viaje, pero regresará pronto. Toda la servidumbre de su casa murmura por los rincones – Stefano se inclinaba hacia adelante, apoyado sobre sus codos. Hablaba con tranquilidad – Para nadie es un misterio las travesuras de doña Isabella con el herrero de la casa. ¿Qué crees que podría pasar si don Lázaro de la Cañada regresa y se entera de que te has estado acostando con su sobrina, a sus espaldas?
- Me despedirá…
- Ah, ingenua respuesta, Di Tasso. – Stefano lanzó una carcajada que hizo temblar la llama de la vela - De hecho, sí… te despedirá. Pero olvidas que él es un noble español y tú, no sólo eres italiano, sino que saliste de este taller… - Arrugó la nariz con asco - Vamos, hombre, ¿Tan alto te encumbraste que ya no ves que esta casa es un agujero sucio al lado de lo que el marqués espera para su sobrina? ¿Sabes lo que hacen los españoles con sus sirvientes insolentes? Ellos inventaron la inquisición, estimado Franco. Su creatividad de verdad te aterraría.
- Vas a contarle al marqués que me viste con ella en el establo… - Aventuró Franco, con un dejo de hastío.
- No por el momento. Podría ahorrarte azotes, plantas de los pies quemadas con hierro candente… o talvez, que te rebanen los testículos con cuchillos de carnicería; ¡De verdad tengo intenciones de ayudarte! Podría callar, guardar silencio eternamente si es necesario. Bueno… hasta que alguno de los sirvientes de esa casa decida hablar por su cuenta; pero eso ya no me concierne. De verdad, Di Tasso, creo que te conviene cambiar de empleo - Volvió a lanzar una carcajada.
- Supongo que quieres a Marietta a cambio de tu complicidad…
- ¿No te parece razonable? A cualquiera le parecería la medida más lógica. Ella y yo pertenecemos a un medio similar. Me gusta y creo que podré entenderla mejor que un herrero que se da ínfulas porque fornica con una noble. – Examinó la botella vacía y volvió a dejarla en la mesa – Por lo tanto mi propuesta es simple: mañana vas a la casa de Cavalieri y rompes el compromiso con su hija. Claro, llorará unos días, se sentirá miserable, es natural…
- Y ahí estará su dulce primo, ¿verdad?
- Precisamente. Veo que entendiste. Y tú, claro, podrás seguir revolcándote con aquella dama, hasta que alguien menos amable que yo te ponga en evidencia.
Durante una larga pausa, Franco permaneció inmóvil, mirando fijamente el rostro sonriente de su invitado.
- Desde que te vi, supe que eras un mezquino y afeminado envidioso. Aún no tengo claro por qué el padre de Marietta no te ha corrido de su casa y sigue aguantando que te pasees por sus jardines como una señorita que pinta retratos y se ríe con sus comentarios – Gruñó Franco, mientras Stefano abría los ojos – Puedes soltar tu boca si quieres, puedes pararte en medio del Duomo y gritar como una pescadera que viste a doña Isabella tragándome el sexo. No vas a conseguir a Marietta con tus amenazas y te sugiero que vayas a un burdel a calmar tus ansiedades. Bien veo que te hace falta una puta a estas alturas… - Franco se puso de pie e indicó la puerta, bruscamente – Ahora, lárgate de mi casa.
Silencio. Stefano no se incorporó.
- Esta no es tu casa. Es la casa de tu tío.
¿De qué estaba hablando?
- ¿Qué dices?
- Luciano Di Tasso es tu tío, Franco. Eres el hijo bastardo de su hermana. ¿Nadie te lo dijo?
La primera reacción de Franco fue reír. No creía que Stefano fuera tan imbécil como para inventar un último recurso tan absurdo.
- No vas a casarte con Marietta, Franco. Un bastardo no tiene derecho a acercarse a una dama.
- Lárgate de una vez…
Comenzaba a impacientarse. Vadeó la mesa para empujarlo fuera de la cocina. Stefano se incorporó de un salto.
- Eres hijo de Lavinia… ¿Nunca oíste ese nombre? Se acostó con un hombre en el bosque, un desconocido. Le dijo a fray Torcuato que había sido un ángel… ¡Un ángel! En ese caso eres el mesías, Franco Di Tasso… - Stefano volvía a reír, nuevamente - ¿Por eso ascendiste tan pronto? ¿Eres el hijo de un ángel?
Lavinia… Lavinia… el ángel… el bosque… la niña que buscaba un hijo eterno… Néfer… el arroyo… el beso… ¿Quién era Luciano? ¿María Di Tasso? Fray Torcuato lo sabía, ella se lo dijo…
- Eso no es verdad – Balbuceó Franco. Sintió la nuca helada.
- Todos callaron, Franco. El herrero, su mujer, fray Torcuato y Ofelia… - Stefano volvía a crecer – Te mintieron siempre. La hermana de Luciano estaba loca y era una perdida. Se revolcó con un desconocido y murió creyéndole. Ofelia es una dulce mujer, pero no muy brillante. ¡Ah! Y amaba tanto a la pequeña Lavinia, que prácticamente crió a su hijo. Fue fácil sacarle algunas verdades, Oh, sí… muy fácil. Y de hecho, esas verdades son las que te alejarán definitivamente de Marietta. No tus devaneos en la cama de doña Isabella…
Franco jadeaba. No le mentía. Apretó los ojos y evocó la imagen del bosque. La chica desnuda, el hombre sobre ella. Lavinia… Lavinia… Lavinia… “Dame un hijo eterno”. Ella sonriendo con el verde de las copas reflejándose en sus ojos grises… un mensajero del altísimo… un ángel, el hijo de un ángel… Su madre… Él era el hijo de ese ángel embustero… Él era el hijo de Lavinia… el secreto… el bastardo…Todo calzaba.
- Vete… - Suplicó. Temblaba.
- No volverás a la casa Cavalieri. No vas a manchar el honor de esa familia con tu sangre inmunda…
- Lárgate…
La sangre volvió a agolparse en su cabeza, en sus sienes, en sus ojos. Pugnaba por escapar como lágrimas hirvientes. Sabía que era cierto. Las imágenes de la chica: las sintió en el arroyo, claramente, cuando Néfer lo besaba. Aparecieron en su cabeza esa noche húmeda de Lecco, cuando se hundía en el cuerpo de ella, abrasado por el deseo del lago y la luna. Le habían mentido todos esos años: Luciano, fray Torcuato, Ofelia, hasta la mujer que creyó su madre desde la infancia, a la que extrañaba oliendo sus viejos delantales con perfume de verbena y limón fresco… ¿Mensajero del altísimo? ¿No fue lo que le dijo a Néfer, luego del beso de muerte?
Quería respirar, aterrado. Deseó correr hacia el patio y abrir la boca hacia el cielo para tragar lluvia. Apartó de un manotazo a Stefano y ya fuera, solo vio la noche con las nubes dispersándose en la oscuridad. Se aferró al tronco del almendro.
- Vete, por favor. – Murmuró apenas audible, cuando vio a Abiatti de pie, junto a él, sonriendo.
Podía ver nuevamente el rostro de la muchacha del bosque. Ya no necesitaba cerrar los ojos. Estaba pegada a sus pupilas, ardiendo en la luz de su amante, diáfana, como si estuviese enfrente, a un par de metros, atento, espía, espíritu, demonio, callado, expectante. ¿Cómo era posible? ¿Cómo, mientras era concebido, pudo guardar esos recuerdos? El miedo subió por su garganta convertido en el sabor agrio del vino reciente.
Stefano permanecía en silencio, quieto y satisfecho. Cortó el aire húmedo con un comentario final.
- Que esta sea la última vez que te vea, bastardo. Desaparece de la vida de Marietta, como tu madre ramera, que afortunadamente murió para no caer en las manos de la inquisición por su blasfemia…
Un millón de hilos plateados surgieron de la nada, como las delicadas extensiones de una medusa. En medio del rugido, el cuerpo de Franco se transformó en un compacto panal de donde se hilaba seda mortífera y certera. Apuntaron hambrientas hacia Stefano, envolviéndolo bellamente, como a un insecto. Lo alzaron del suelo, suspendiéndolo, aparentemente frágiles, embusteramente dulces. Tragaban, absorbían con la presteza de un depredador nocturno. Una tras otra, inmisericordes, las sensaciones se deslizaban hacia Franco, como gotitas de ámbar desdibujadas. Calidez materna, amor, indignación, celos, rostros de niños, voz paterna, el sabor de una fruta caliente recogida del huerto, el agua fría de un arroyo entre los dedos de pies infantiles, la caricia de una mujer, el orgasmo profundo de la primera prostituta, la tibieza del lomo de un gato, el olor de la sangre en la sala de anatomía, los óleos, el placer del pincel sobre la tela, las plantas, la picadura de un insecto, el susurro de una chica en el oído, su mano en la entrepierna, el calor, el dolor, el miedo, la tristeza, los ojos de Marietta cargados de lágrimas, veintiún años de vida segada de pronto.
Repentinamente, las fibras se retrajeron con un tenue sonido vegetal, hundiéndose en el tejido de la ropa de Franco y desapareciendo definitivamente en cada poro de su cuerpo.
El primero en desplomarse fue Stefano. Un instante eterno permaneció inmóvil, pálido y salino, con la mueca de pavor suspendida en la boca contraída y la humedad azul de los ojos. Enseguida, pesado como un Golem, cayó con el rostro hundido en el lodo reciente, a los pies del almendro. Estaba muerto.
Sacudido por el terror, Franco cayó sobre sus rodillas, temblando, desorientado. Volteó a un lado para vomitar, removido por las contracciones violentas que buscaban expulsar sus entrañas por la boca, por la nariz, por los ojos. Retrocedió hasta acurrucarse contra el árbol, incapaz de acercarse a Stefano, voltearlo de la tierra húmeda, hurgar en su pecho y su nariz, buscando el aliento. No comprendía. Cerraba los ojos y aquellas cientos de miles de sensaciones se enroscaron en cada uno de sus huesos, por turnos, avanzando como magma por la sangre; enterrándose como parásitos en el cerebro. Poseía el alma de Stefano y ese cuerpo que yacía vergonzosamente bajo la noche, no era más que un trapo, una sombra, un triste despojo.
Permaneció trémulo y helado por algunos minutos, sin fuerzas para ocultar el cadáver o huir de la casa. Era un sueño, una horrenda pesadilla, seguramente; como aquellas que lo acosaban por la noche con visiones de muerte y aguas turbias. Apretó los ojos, esperando despertar en otra parte, en otro tiempo, a miles de siglos de esa escena.
Una sombra se plantó a su lado, sobresaltándolo. Alzó las pupilas con pavor y distinguió la silueta de Néfer, tan calma y seria, como si se abanicara aburrida en los salones de su palacio. ¿Acaso no veía lo que estaba sucediendo? ¿Cuántos segundos quedaban para que ella lanzara un grito y llegaran los guardias más cercanos que patrullaban las callejuelas? ¿Qué esperaba para delatarlo y condenarlo al hacha del verdugo, por el asesinato?
Confundido, volvió a mirar el cadáver en el barro. Néfer volteó lentamente para observarlo a su vez.
- Está muerto… - Murmuró él, volviendo a temblar – Lo maté, Néfer… No sé cómo, pero lo maté… Juro que no lo sé…
Escondió el rostro entre las manos, sollozando, ahogado por las naúseas y el miedo. Estaba seguro de que cuando alzara la mirada, Néfer ya no estaría. Habría huido a su carruaje, buscando ayuda, delatándolo. Pero no se había marchado. La dama se inclinó suavemente y acarició los cabellos revueltos de Franco. Confundido, dejó de llorar y clavó los ojos en ella.
- Mi pobre niño… - Susurró Néfer, dulcemente – bienvenido…












