domingo 8 de noviembre de 2009

XXII NACIMIENTO


CAPÍTULO XXII
(Nacimiento)

Durante siglos, Franco recordaría con toda nitidez aquellos días que siguieron a la visita de su padre al taller del palacio del marqués de La Cañada. Mientras vivió en la corte francesa, después de dejar Milán, le parecía escuchar voces en italiano gritando en su cabeza, las pocas veces en que dormía hastiado de odiar y maldecir su destino. En su soledad en Inglaterra, cuando finalmente se separó de su oscura familia inmortal, con frecuencia evocaría el rostro de Stefano, de mejillas pálidas y rizos rubios revueltos, con los ojos como un pozo azul y aterrado. Pero para eso, aún faltaba demasiado tiempo; y los involucrados todavía respiraban en el mundo de los vivos.

La mañana del 5 de octubre de 1622 comenzó como cualquier otra. Luego de desayunar regiamente en el comedor de los candelabros de plata, Franco Di Tasso se dirigió a la herrería del palacio. La noche anterior había sido tórrida, ardiente y extraña. Néfer había irrumpido en su cuarto – sabrá cómo – por el balcón; y se había arrojado sobre él sin decir palabra. Procedió con la iniciativa que le era propia, avanzando entre sus ropas y hurgando por encerrar en sus manos y en su boca el creciente deseo que lo agobiaba entre los muslos; y finalmente se trepó en su cuerpo, con ansias terribles convertidas en una húmeda cabalgata. Franco se sintió ultrajado luego de aquel asalto inesperado; pues apenas hubo agonizado dentro de ella, la dama se incorporó, recogió sus prendas arrojadas al descuido, y abandonó la habitación sin despedirse. Los únicos sonidos que emitió durante la noche, fueron sus gemidos y el rugir quemante de su garganta sedienta lo que, por cierto, Franco no pudo interpretar de modo alguno comprensible.

Esperaba encontrarla en el comedor a la hora del desayuno, y pedirle explicaciones sobre aquella visita tan ambigua de palabras y tan precisa de acciones; pero Pirandello le informó que la señora había salido muy temprano, sin rumbo conocido y sin indicios de un pronto regreso. El resto de la comida matinal de Franco fue desagradable por la frustración, y porque le habían traído un trozo de cerdo demasiado asado y exageradamente condimentado.

Toda la mañana estuvo de mal humor e incluso discutió con uno de los aprendices adolescentes de la herrería. La negligencia del muchacho era nimia y en otras circunstancias no habría implicado mayor problema; sin embargo su ánimo no estaba dispuesto a perdonar pequeñas faltas y amenazó al chico con expulsarlo del taller, ante una cuadrilla atónita que no estaba habituada a esos desplantes de su parte.

A la hora de almorzar, aún no había señales de Néfer. Como siempre, la mesa de Franco estaba servida tan abundante y espléndidamente, como si esperara la visita de varios invitados. Sin embargo, sólo él pudo contemplar la exquisita profusión de colores en las verduras que acompañaban el pescado asado. Por la tarde, hastiado de sentirse miserable e inconforme, liberó a los herreros de su taller y se encerró en su habitación. Esta vez, no tenía ánimos para tomar ningún libro y se limitó a recostarse de boca.

Pronto se durmió y una pesadilla hizo que girara violentamente en la cama, estrellándose (por suerte) contra la alfombra. En su delirio, había visto a su padre muriendo solo, anciano y triste, en la vieja cama de su casa de la herrería. Una mujer acompañaba el cuerpo seco y moribundo de Luciano Di Tasso, acariciando sus manos nudosas. Volteaba lentamente hacia él. Sobresaltado, la reconocía: era la muchacha de las visiones, la joven de cabellos castaños y ojos grises que había visto abrazada a un ángel que la envolvía en una cópula llena de luz, bajo la sombra de los árboles.

- No puedo ayudarte, pequeño mío – Susurró ella. Sus ojos estaban atiborrados de lágrimas.- ¡Busca a tu padre!

¿Por qué volvió a verla? Sólo en los momentos más turbios de su vida la encontró en su cabeza: delirante, desnuda y enloquecida. ¿Qué tenía que ver con Luciano? “Busca a tu padre…”

Cuando era niño, Franco soñó que su mejor amigo – hijo de una modesta pastelera, vecina suya - saltaba del campanario de la iglesia y volaba hasta perderse en el horizonte. Franco se veía a sí mismo llamándolo a gritos, mientras las nubes se oscurecían progresivamente hasta transformarse en monstruosas masas que vomitaban rayos. Aquella tormenta se convertía en una inundación descomunal que lo arrastraba lejos, con su cuerpo como un trapo que giraba en las aguas negras, hasta perderse definitivamente en las tinieblas del fondo. Despertó llorando a medianoche con Luciano a su lado, hurgando su frente con inquietud, buscando fiebre.

Una semana más tarde, su amigo - el ángel volador – cayó del campanario en una tarde de lluvia.

Angustiado, corrió a la parroquia de fray Torcuato, como cada vez que algo lo atribulaba. Le aseguró, en medio de los sollozos, que había visto el futuro en su sueño, o en el peor de los casos, él mismo había provocado la muerte del niño. El sacerdote trató de calmarlo, explicándole que esas cosas las decidía Dios y no tenían que ver con ese mundo absurdo que visitábamos al dormir. Acarició su cabeza, consolándolo por su dolor y le recomendó que bebiera leche tibia con miel antes de acostarse. Aseguró que ese era el remedio más sabio para todos los males.

Por muchas noches, Franco puso miel en su leche; sin embargo nunca más desestimó un sueño. Si bien, jamás volvió a comentarlos con su padre o con el sacerdote, siempre estuvo atento a cualquier mensaje oculto en ellos.

Por esa causa, cuando despertó de su pesadilla aquella tarde, saltó fuera de la cama para coger al paso algo de abrigo y el sombrero emplumado. Se apresuró para ir a las caballerizas, mientras ataba el nudo de la cuerda que sostenía la capa en su hombro. Trepó a Amadís y partió al galope por la avenida rumbo al portón principal. Los guardias, atentos, abrieron prestamente la reja.

Acostumbrado a que el taller de Luciano estuviera siempre abierto desde muy temprano, Franco jamás tuvo llave propia. Se topó con la puerta cerrada, alta y desteñida; y dudó antes de tocar la vieja aldaba oxidada. Traía guantes de terciopelo, por lo que tuvo que frotar sus dedos para desprender el polvillo claro del metal envejecido. Estaba intrigado. Luciano no acostumbraba a salir en una tarde normal de la semana.

Del segundo piso de enfrente, una anciana se asomó para arrojar una jofaina de agua sucia a la calle. Franco volteó al escuchar el chasquido sobre el empedrado. Alzó la vista. Era doña Dorotea Manetti, su vecina de toda la vida y abuela del muchacho que voló desde el campanario, en su sueño.

- El herrero salió temprano, mi señor. Seguramente volverá pronto y podréis hablar con él. – Habló la mujer. Era evidente que no lo había reconocido y lo tomó por un noble.

Franco avanzó unos pasos.

- Soy yo, doña Dorotea. ¿No me reconocéis?

La anciana se aferró del alféizar de la ventana, alargando un poco el cuello y enfocando los ojos. Franco cruzó la calle.

- ¡Virgen María santísima! ¡El pequeño Franco! ¡Eleonora! ¡Eleonoraaaa..!

Se alejó de la ventana, dando voces. Reapareció en la puerta principal, acompañada por una mujer madura que salió limpiándose las manos harinosas en el delantal.

- Franco… ¡Mírate nada más! Tu padre nos contó que te iba bien trabajando para el marqués de La Cañada… ¡Pero pareces un príncipe! – La mujer alargó la mano para tocar su rostro, pero desistió. – No quiero ensuciarte con harina, niño mío… ¡Estás tan apuesto! Madre, míralo… Mi Paolo tendría su edad, ¿Recuerdas?

- Veinte años cumplidos, es verdad. Y serían veintiuno a principios de febrero – La anciana rozaba con las yemas de los dedos la textura de la capa de terciopelo verde oscuro. Luego, con manos temblorosas, acarició los mechones oscuros que caían sobre los hombros y la piel de marta que bordeaba el cuello de la capa. Levantó los ojos húmedos y difusos hacia el rostro del muchacho – Tu padre está muy orgulloso de lo que has logrado, Franco. Nos habla de ti todos los días. ¡Nos alegra verte convertido en un hombre tan próspero! Dios bendiga a la muchacha que elijas para casarte y que te dé honra y muchos hijos…

La sonrisa de Franco se diluyó suavemente.

- Mi padre… ¿Ha estado bien? ¿Lo habéis visto, doña Dorotea… doña Eleonora?

Ambas mujeres se miraron unos instantes.

- Algo callado, talvez, silencioso – Dijo Eleonora.

- Por lo general Luciano es callado, eso ya lo sabemos – Corrigió la anciana.

- Pero su salud… ¿Lo han visto con buena salud? – Insistió Franco

- Sí, bueno… ¿Qué edad tiene Luciano… cincuenta y tantos? Su trabajo pesado deja huellas, por supuesto…

- Aún no tiene cincuenta años – Dijo Franco, tristemente – Debo encontrarlo.

- Talvez fue a la parroquia. Después de la misa del domingo estuvo charlando con fray Torcuato. Quizás fue hablar con él – Aseguró doña Dorotea, palmeando las manos enguantadas de Franco.

- Mi madre se fija en todo, Franco, perdónala. Pero es verdad: quizás puedas encontrar a tu padre en la parroquia de fray Torcuato. ¡Pero espera, por favor!

Eleonora entró a la casa y regresó con un pequeño paquete de papel. Franco lo abrió y descubrió tres bollos cubiertos de un delicado polvo blanco.

- Los que te gustaban, Franco. Los que mi Paolo sacaba a escondidas, para comerlos contigo y los niños de la parroquia.


Franco ató el caballo junto al abrevadero. Desenvolvió el papel, tomó uno de los bollos y le dio varias mordidas. Respiró hondo frente a la puerta, sosteniendo la aldaba, inmóvil. Trató de reunir valor, mientras masticaba con prisa. Finalmente tocó. Se limpió la comisura de los labios con el dorso enguantado de su mano. Sintió pasos conocidos dirigiéndose a la puerta, con el tintinear de las llaves colgando del cinto. Ofelia apareció en el umbral, con un gesto que mezclaba sorpresa y emotividad.

- Franco… Estás aquí...

- Ofelia… Hace tiempo que no visito esta casa… - Por unos instantes no levantó los ojos. Enseguida alargó las manos y le ofreció el paquete con los dos bollos restantes – Sé que te gustan.

La siguió a través del corredor. Por las ventanas abiertas llegaba el aroma a tierra húmeda del jardín. Un tenue olor a verduras cocidas emanaba de la cocina. Ofelia preparaba la cena.

- Fray Torcuato… - Comenzó Franco.

- Es la hora de las confesiones. Puedes esperarlo en el refectorio, si gustas. – Ofelia no lo miraba a la cara. Sostenía el borde de su delantal.

- Estás fría conmigo... – Susurró Franco, tristemente

- No es verdad, soy la misma.

- Yo creo que no…

- Creo que tú cambiaste, Franco. Y te he extrañado mucho por eso.

No la abrazó. Fue su primer impulso, por cierto; pero no lo hizo. Talvez se habría arrojado a su regazo el niño que corría por esos corredores hace ¿cuánto? … Un milenio, quizás. Pero no ese muchacho bien vestido y arrogante que zarandeaba plumas escarlata sobre un fino sombrero de ala ancha. No el favorito de la casa del marqués De la Cañada. No el amante de doña Isabella de Béjar y Grajales, consentida de la corte, la perla de Milán. No, él no estaba para esas tonterías. Se avergonzaría si lo hiciera. Pero, ciertamente, se entristeció al ver que Ofelia se alejaba por el corredor y él no había respondido a su gesto de ternura.

A esa hora de la tarde, el sol ya no daba de lleno en las ventanas del refectorio. Casi hacía frío entre los muros de piedra desnuda donde apenas colgaba un crucifijo de hierro y algunos cucharones para repartir la sopa de los pobres.

Franco se sentó en una de las mesas largas en donde alguna vez había garabateados cuartillas con su nombre, mientras aprendía a escribir. Apoyó las manos sobre la cubierta y reconoció los mismos nudos en la madera. Los tocó con los dedos enguantados. ¿Qué imaginaba cuando tenía siete años? Les daba forma, rostro. Cualquier grieta adquiría sentido. Sonrió. Es increíble cómo un niño encuentra magia en lo que sea, incluso, en las marcas de una vieja mesa.

Pasos. No era fray Torcuato y tampoco Ofelia con el sisear de su falda amplia. Era alguien más, un hombre. No su padre, no alguien conocido. Franco se incorporó para esperar al desconocido cuando apareciera. Adquirió un aire arrogante, quizás copiado del que Lázaro demostraba frente a los que buscaban su audiencia. Quería impresionar, de modo que no se quitó el sombrero.

En el umbral de la puerta se detuvo Stefano Abiatti. En seco. Ingratamente sorprendido. El aire se volvió eléctrico y denso entre ambos. Una ráfaga de viento que entró por la ventana agitó la pluma del sombrero de Franco y algunos cabellos sobre la frente de Stefano. Durante largos instantes, nadie dijo nada, antes de que uno de ellos se atreviese a dar un paso.

- Marietta no está aquí – Soltó Stefano, secamente.

- Lo sé, gracias. – Repuso Franco, alzando el mentón.

Se midieron en silencio.

- Es evidente que no la buscas. – Replicó Stefano, suavemente – Imagino que es mejor verla cerca de la medianoche.

Antes de que volteara para salir del refectorio, Franco avanzó hacia él.

- ¿¿Qué quieres decir??

- Resuelve tus asuntos, herrero. Tengo cosas que hacer

Stefano le dio la espalda. Bien que quería clavar a ese herrero miserable contra el muro, con la pica que descansaba sobre la pared de la cocina; o en el mejor de los casos, propinarle un puñetazo y desbaratar la hilera perfecta de su sonrisa descontextualizada. Pero se contentó con imaginar la cara de estupor e indignación. No contaba con que Franco le atraparía el brazo groseramente, insolente.

- Deja las frases misteriosas para las mujeres seductoras. Si tienes algo que decir, termínalo. No estamos para insinuaciones ni bajezas. – Rugió Franco a escasa distancia de la cara de Abiatti. Como una garra, su mano se crispaba en su antebrazo.

De un tirón, Stefano se libró de su captor.

- ¿Por qué no terminamos este jueguito de una vez? Ya no tiene sentido – Gruñó Abiatti – Sé lo que haces, sé lo que has estado haciendo durante estos meses y es tiempo de que hagamos un trato…

- ¿Un trato? – Franco retrocedió, riendo - ¿Qué trato podría hacer contigo?

- Uno que quizás te convenga, herrero. Información que ignoras, a cambio de Marietta…

- No digas estupideces.

- Estúpido serás si no hablamos. Sé quién es Lavinia.

Pausa. Desconcierto. ¿Lavinia… su tía? ¿Lavinia… la chica de sus visiones? ¿Qué tenía que ver el nombre de Lavinia en la conversación?

- Estás loco – Dictaminó Franco, perdiendo interés.

- Te han mentido, Franco. Tu padre te mintió. Sé lo que ocurrió y puedo darte información.

- No sé de qué hablas.

El viento volvió a sacudir las cortinas blancas de las ventanas enrejadas.

- Te acuestas con Marietta. Entras por su ventana cada noche, cuando los Cavalieri duermen. – Afirmó Stefano, tranquilamente. – Los vi.

Franco palideció.

- Eso no es verdad…- Murmuró.

- Ah… ¡Claro que es verdad! Y lo sabes – Stefano sonreía triunfante – Imagino que tienes claro que mi tío te obligará a desposar a Marietta cuanto antes y ambos sabemos que no es algo que realmente quieras…

- Pareces una vieja comadrona, doctorcito. Especulas sobre lo que quiero o no, intrigas con algo que nadie te creerá...

- Probaremos si mi tío Antonio me cree… O el marqués. Cuando llegue, podría enterarse sobre lo que ocurre a sus espaldas, en su propia casa. – Stefano volvía a sonreír – Eres una mascota bastante apreciada en su palacio, pero no creo que disfrute de la misma forma saber que duermes entre las piernas de la puta de su sobrina…

El sonido de los nudillos de Franco contra el rostro de Stefano rompió el silencio del refectorio. La espalda de Abiatti se estrelló estrepitosamente contra la mesa principal donde se apilaban los platos de arcilla de la sopa de caridad. Una lluvia de cuencos se desplomó, despedazándose contra las baldosas. Tranquilamente, Stefano limpió el hilo de sangre que se deslizaba de la comisura de sus labios y alzó los ojos hacia Franco, que jadeaba, crispando la mano enrojecida.

Fray Torcuato apareció en el umbral de la puerta y alzó los brazos al ver el desastre de los platos, la mesa volcada; y a víctima y victimario del arrebato.

- ¿Qué significa esto? ¡San José bendito! – El anciano se acercó a la pila de trozos de vajilla - ¿Acaso se han vuelto locos?

- Pido vuestro perdón, fray Torcuato – Pronunció Stefano, limpiándose con el torso de la mano la sangre que aún no coagulaba. Se incorporó – Pero creo que admitís con demasiada ligereza a este herrero que no sabe de respeto ni modales en la casa de Dios.

El sacerdote volteó desconcertado hacia Franco, moviendo los labios, como si tratara de hilar un comentario procedente. El muchacho bajó la mirada, conteniendo ira y vergüenza.

- ¿Qué ha pasado, Franco? ¿Acaso perdiste la razón? – Fray Torcuato alzaba la voz, incrementando su indignación - ¡Ni siquiera cuando eras niño tuviste un arrebato tal en esta iglesia! ¿Acaso es éste el legado de tu nueva educación? ¿Es lo que aprendiste viviendo entre nobles? – Franco comenzó a balbucear una excusa, pero fue interrumpido por un vozarrón de toro – ¡Stefano Abiatti es un invitado en esta parroquia!, ¿Lo sabías? ¡Y los invitados a esta casa son respetados! ¡Mientras tenga yo fuerza en las manos, no me flaquearán si tengo que abofetearte yo mismo, muchacho!

Stefano lamía lentamente su labio magullado. Hasta parecía complacido. Ofelia apareció en la habitación y luego de ver la escena, alzó las manos para examinar el rostro de Abiatti. Miraba de soslayo a Franco.

- No seáis tan duro, fray Torcuato. Creo que Franco no puede soportar que su novia viva en la misma casa que yo. Es algo que definitivamente lo descontrola. – dictaminó Stefano con suavidad, mientras Ofelia limpiaba con un paño húmedo la sangre que bajaba por la barbilla, hasta el cuello.

- ¡La ira es uno de los pecados más graves ante los ojos de Dios! – El sacerdote se veía realmente furioso – ¡Si Franco, que prácticamente ha crecido en esta iglesia, no es capaz de controlarla; el mundo se encamina a la perdición!

- ¡Él llamó puta a Néfer! - Rugió Franco.

- ¡No tengo idea de quién es Néfer! – Bramó fray Torcuato – ¡Y cuida tu lengua dentro de estos muros! ¡Te recuerdo que Ofelia está presente!

Franco se desconcertó. Nuevamente bajó los ojos y procuró calmarse. Ofelia lo miraba estupefacta y sonrojada. Se sintió avergonzado y expuesto.

- Néfer es… doña Isabella de Béjar…

- Lo que faltaba...

El anciano se sentó y se alisó los cabellos grises. Parecía cansado y harto de la situación.

- Idos, por favor, muchachos… No quiero que contaminéis la casa de Dios con vuestras riñas de poca monta.

Stefano pareció confundido. Se aproximó un paso, pero fray Torcuato lo interrumpió, alzando la mano.

- Resolved vuestras diferencias en otra parte. Aquí no hay sitio para ese tipo de temas.

El anciano se puso de pie y se alejó. Ofelia, indecisa, optó por seguirlo a través del pasillo; pero a mitad de camino se detuvo. Volteó silenciosamente y avanzó con la vista baja hasta quedar frente a Franco, pálido y nervioso.

- Tu padre estuvo aquí esta mañana. Tuvo que viajar…- Murmuró la hermana del sacerdote. No lo miraba a la cara.

- ¿Tuvo que… viajar? ¿Dónde?

Luciano no acostumbraba a viajar. De hecho, Franco no recordaba haberlo visto salir de Milán en toda su vida. Ni siquiera para ir a aquella aldea perdida en donde se supone que estaba sepultada su hermana menor.

- No dijo dónde iría, pero dejó esto para ti. Supuso que vendrías en algún momento… Y quizás querrías entrar a tu casa.

Depositó suavemente una pequeña llave que extrajo del bolsillo de su delantal de cocinera. No dijo nada más y se retiró en silencio. Franco la recogió. Aún confundido por la situación, se agachó para recoger los pedazos de platos rotos. Con pasos conocidos se acercó a la caja de madera de los desperdicios. Sabía bien dónde estaban todos los objetos de aquel refectorio. Parecía haber olvidado que Stefano Abiatti seguía en la habitación.

- No hemos terminado de hablar, Franco Di Tasso – Oyó decir a sus espaldas. – Probablemente nuestra charla no podrá seguir aquí, pero ten la certeza de que te encontraré pronto y conversaremos largamente.

¿Dónde iría Luciano? La situación era extraña. Casi sospechosa. Sin tener claro por qué, Franco se sintió inquieto. ¿Qué le importaban las querellas de ese burgués molesto? No quería hablar de Marietta o de los celos de su primo presuntuoso. Quería estar en casa, cerca de sus recuerdos, como si nunca hubiese salido de ella para vivir en el palacio De la Cañada.

- No tengo nada que hablar contigo, Abiatti – Fue lo último que dijo, antes de salir por la puerta del refectorio que daba al jardín.



El taller estaba en silencio, como cuando era viernes santo; el único día en que Luciano dejaba la fragua y guardaba respeto por la fecha. Franco recordó cuando con manos torpes, su padre lo vestía con el único traje de fiesta que tenía y le ordenaba el cabello, humedeciéndolo con agua del pozo.

- Iremos a la vigilia de nuestro señor, hijo. Esperaremos a que resucite. Rogaremos por el alma de tu pobre madre y de tu tía Lavinia.

Franco caminó en círculos entre los hierros por algunos minutos. Reconoció su viejo martillo. Se había apropiado de él hacía mucho tiempo. Luciano optó por fabricarse otro y cederle la herramienta al niño tozudo que empezaba a demostrar habilidad con el yunque. Veía a su padre examinando sus manos heridas por el trabajo.

- ¿Por qué les pones sal, papá? ¿No te duele? – Preguntaba el pequeño Franco, de ocho años, sorbiendo la sopa de lentejas del cuenco de madera.

- Cierran pronto y puedo volver a trabajar. También debes hacer lo mismo, hijo.

Se acercó al viejo almendro del centro del patio. Sonrió al recordar cuando trepaba a la copa para sacar la caja con sus plumas y se encerraba para escribirle en secreto a Marietta. Hacía demasiado tiempo.

No volvería al palacio. No esa noche. Dormiría entre el blando aroma de la lana de su cama. Aspiraría el olor húmedo de la tierra, cuando la lluvia que se avecinaba avanzara por surcos entre las plantas del pequeño jardín. Oiría el repique del agua en el techo, como cuando era niño e imaginaba que un gigante espantoso silbaba la ventolera, sólo para asustarlo. No sabría de Néfer, ni de Marietta, ni del marqués. Sería nuevamente el pequeño Franco que llamaba a su madre en sueños y despertaba con la imagen de su padre inquieto, junto a la cabecera.

-¿Puedo ir hoy a la iglesia, papá? Ofelia hará pan de dulce y miel…

Pero esa noche, Luciano no estaba; y ni doña Dorotea Manetti ni Fray Torcuato tenían las respuestas.

Encendió las velas en las viejas palmatorias de la cocina y abrió una de las alacenas. Puso en la mesa una botella a medio llenar y una copa de cobre. Se sentó a sorber lentamente el vino, mientras caían las primeras gotas en el jardín. Esperaría a que regresara su padre, aún si transcurrieran unos días. No importaba mucho si el marqués enviaba por él o finalmente lo despedía. Sentía paz por primera vez en un tiempo demasiado largo y eso lo hizo sonreír en la penumbra. Dejó caer el cuerpo pesadamente sobre la silla e inclinó la cabeza hacia atrás. Extendió las piernas y se concentró en el sonido de la lluvia contra el techo. Se durmió.

Talvez pasaron minutos, quizás una hora. Las velas se habían apagado por un chiflón que se colaba por la ventana semiabierta. El frío lo obligó a abrir los ojos en la densa oscuridad de la habitación. Había dejado de llover y miles de gotas pendían del borde del techo y de las hojas del almendro, en el centro del patio. Un escalofrío lo obligó a envolverse en su espesa capa de bucanero. Se puso de pie. Era necesario que cruzara el pasillo exterior para llegar a su habitación y hundirse en su pequeña cama de lana. ¿Volvería su padre por la mañana? Lo esperaría.

Al salir de la cocina se detuvo estupefacto. Al fondo del patio, junto a la puerta del muro que daba a la calle, una figura alta permanecía inmóvil y expectante. Por un instante se sintió alegre y dio dos pasos, pero no era su padre. Apretó los dedos contra el pomo de la daga que pendía de su cinturón. En ese momento, la silueta avanzó.

- Te dije que debíamos hablar, herrero. Y si debe ser en el sucio taller de donde saliste, que así sea.

- ¿¿Cómo entraste aquí??

¿Habría algún problema si lo atravesaba en ese instante? Pudo alegar que le pareció un ladrón en la oscuridad. ¿Lo escucharían las autoridades cuando explicara las razones que tuvo para asesinar a un muchacho burgués de buena familia? ¿Lo protegería el marqués de La Cañada? Divagaba.

- La puerta estaba abierta.

- Ya estás aquí. Entra en la casa.



Se instalaron en la cocina. Franco había servido el resto del vino. Le extendió un vaso, pero Stefano no lo tocó. Examinaba su entorno: Los muebles viejos y la trenza de ajos junto a la alacena, los platos de arcilla apilados, el fogón con cenizas sin recoger. La cocina parecía una extensión del taller. Era tosca y oscura.

- Sigue siendo un misterio para mí cómo fue que Antonio Cavalieri te admitió como novio de su hija – Comentó Abiatti, sin dejar de otear alrededor.

- Pregúntale a él.

Franco se sentó y cruzó los brazos. Sonrió al comprobar que un hematoma oscuro se extendía en la comisura de la boca de Stefano. Se rascó la nariz, disimulando.

- Llegaste aquí en medio de la noche y aceptaste entrar en esta casa que desprecias, de modo que no querrás perder más tiempo, Abiatti. Habla.

Stefano sonrió y dio un largo y lento trago al vino que Franco le había ofrecido. Por su gesto, era evidente que también la bebida le parecía de segunda clase. Finalmente se decidió a hablar.

- He venido a hacer un trato contigo, Franco Di Tasso. Un trato que será conveniente para todos.

- ¿Qué clase de trato?

- Uno que salvará tu pellejo miserable y le ahorrará problemas a gente inocente. – Stefano dejó de golpe el vaso sobre la mesa. – He venido a ofrecerte mi silencio, a cambio de Marietta.

- ¿Qué? – Franco verdaderamente no entendía nada.

- Mira, herrero. Sé bien que el marqués se encuentra de viaje, pero regresará pronto. Toda la servidumbre de su casa murmura por los rincones – Stefano se inclinaba hacia adelante, apoyado sobre sus codos. Hablaba con tranquilidad – Para nadie es un misterio las travesuras de doña Isabella con el herrero de la casa. ¿Qué crees que podría pasar si don Lázaro de la Cañada regresa y se entera de que te has estado acostando con su sobrina, a sus espaldas?

- Me despedirá…

- Ah, ingenua respuesta, Di Tasso. – Stefano lanzó una carcajada que hizo temblar la llama de la vela - De hecho, sí… te despedirá. Pero olvidas que él es un noble español y tú, no sólo eres italiano, sino que saliste de este taller… - Arrugó la nariz con asco - Vamos, hombre, ¿Tan alto te encumbraste que ya no ves que esta casa es un agujero sucio al lado de lo que el marqués espera para su sobrina? ¿Sabes lo que hacen los españoles con sus sirvientes insolentes? Ellos inventaron la inquisición, estimado Franco. Su creatividad de verdad te aterraría.

- Vas a contarle al marqués que me viste con ella en el establo… - Aventuró Franco, con un dejo de hastío.

- No por el momento. Podría ahorrarte azotes, plantas de los pies quemadas con hierro candente… o talvez, que te rebanen los testículos con cuchillos de carnicería; ¡De verdad tengo intenciones de ayudarte! Podría callar, guardar silencio eternamente si es necesario. Bueno… hasta que alguno de los sirvientes de esa casa decida hablar por su cuenta; pero eso ya no me concierne. De verdad, Di Tasso, creo que te conviene cambiar de empleo - Volvió a lanzar una carcajada.

- Supongo que quieres a Marietta a cambio de tu complicidad…

- ¿No te parece razonable? A cualquiera le parecería la medida más lógica. Ella y yo pertenecemos a un medio similar. Me gusta y creo que podré entenderla mejor que un herrero que se da ínfulas porque fornica con una noble. – Examinó la botella vacía y volvió a dejarla en la mesa – Por lo tanto mi propuesta es simple: mañana vas a la casa de Cavalieri y rompes el compromiso con su hija. Claro, llorará unos días, se sentirá miserable, es natural…

- Y ahí estará su dulce primo, ¿verdad?

- Precisamente. Veo que entendiste. Y tú, claro, podrás seguir revolcándote con aquella dama, hasta que alguien menos amable que yo te ponga en evidencia.

Durante una larga pausa, Franco permaneció inmóvil, mirando fijamente el rostro sonriente de su invitado.

- Desde que te vi, supe que eras un mezquino y afeminado envidioso. Aún no tengo claro por qué el padre de Marietta no te ha corrido de su casa y sigue aguantando que te pasees por sus jardines como una señorita que pinta retratos y se ríe con sus comentarios – Gruñó Franco, mientras Stefano abría los ojos – Puedes soltar tu boca si quieres, puedes pararte en medio del Duomo y gritar como una pescadera que viste a doña Isabella tragándome el sexo. No vas a conseguir a Marietta con tus amenazas y te sugiero que vayas a un burdel a calmar tus ansiedades. Bien veo que te hace falta una puta a estas alturas… - Franco se puso de pie e indicó la puerta, bruscamente – Ahora, lárgate de mi casa.

Silencio. Stefano no se incorporó.

- Esta no es tu casa. Es la casa de tu tío.

¿De qué estaba hablando?

- ¿Qué dices?

- Luciano Di Tasso es tu tío, Franco. Eres el hijo bastardo de su hermana. ¿Nadie te lo dijo?

La primera reacción de Franco fue reír. No creía que Stefano fuera tan imbécil como para inventar un último recurso tan absurdo.

- No vas a casarte con Marietta, Franco. Un bastardo no tiene derecho a acercarse a una dama.

- Lárgate de una vez…

Comenzaba a impacientarse. Vadeó la mesa para empujarlo fuera de la cocina. Stefano se incorporó de un salto.

- Eres hijo de Lavinia… ¿Nunca oíste ese nombre? Se acostó con un hombre en el bosque, un desconocido. Le dijo a fray Torcuato que había sido un ángel… ¡Un ángel! En ese caso eres el mesías, Franco Di Tasso… - Stefano volvía a reír, nuevamente - ¿Por eso ascendiste tan pronto? ¿Eres el hijo de un ángel?

Lavinia… Lavinia… el ángel… el bosque… la niña que buscaba un hijo eterno… Néfer… el arroyo… el beso… ¿Quién era Luciano? ¿María Di Tasso? Fray Torcuato lo sabía, ella se lo dijo…

- Eso no es verdad – Balbuceó Franco. Sintió la nuca helada.

- Todos callaron, Franco. El herrero, su mujer, fray Torcuato y Ofelia… - Stefano volvía a crecer – Te mintieron siempre. La hermana de Luciano estaba loca y era una perdida. Se revolcó con un desconocido y murió creyéndole. Ofelia es una dulce mujer, pero no muy brillante. ¡Ah! Y amaba tanto a la pequeña Lavinia, que prácticamente crió a su hijo. Fue fácil sacarle algunas verdades, Oh, sí… muy fácil. Y de hecho, esas verdades son las que te alejarán definitivamente de Marietta. No tus devaneos en la cama de doña Isabella…

Franco jadeaba. No le mentía. Apretó los ojos y evocó la imagen del bosque. La chica desnuda, el hombre sobre ella. Lavinia… Lavinia… Lavinia… “Dame un hijo eterno”. Ella sonriendo con el verde de las copas reflejándose en sus ojos grises… un mensajero del altísimo… un ángel, el hijo de un ángel… Su madre… Él era el hijo de ese ángel embustero… Él era el hijo de Lavinia… el secreto… el bastardo…Todo calzaba.

- Vete… - Suplicó. Temblaba.

- No volverás a la casa Cavalieri. No vas a manchar el honor de esa familia con tu sangre inmunda…

- Lárgate…

La sangre volvió a agolparse en su cabeza, en sus sienes, en sus ojos. Pugnaba por escapar como lágrimas hirvientes. Sabía que era cierto. Las imágenes de la chica: las sintió en el arroyo, claramente, cuando Néfer lo besaba. Aparecieron en su cabeza esa noche húmeda de Lecco, cuando se hundía en el cuerpo de ella, abrasado por el deseo del lago y la luna. Le habían mentido todos esos años: Luciano, fray Torcuato, Ofelia, hasta la mujer que creyó su madre desde la infancia, a la que extrañaba oliendo sus viejos delantales con perfume de verbena y limón fresco… ¿Mensajero del altísimo? ¿No fue lo que le dijo a Néfer, luego del beso de muerte?

Quería respirar, aterrado. Deseó correr hacia el patio y abrir la boca hacia el cielo para tragar lluvia. Apartó de un manotazo a Stefano y ya fuera, solo vio la noche con las nubes dispersándose en la oscuridad. Se aferró al tronco del almendro.

- Vete, por favor. – Murmuró apenas audible, cuando vio a Abiatti de pie, junto a él, sonriendo.

Podía ver nuevamente el rostro de la muchacha del bosque. Ya no necesitaba cerrar los ojos. Estaba pegada a sus pupilas, ardiendo en la luz de su amante, diáfana, como si estuviese enfrente, a un par de metros, atento, espía, espíritu, demonio, callado, expectante. ¿Cómo era posible? ¿Cómo, mientras era concebido, pudo guardar esos recuerdos? El miedo subió por su garganta convertido en el sabor agrio del vino reciente.

Stefano permanecía en silencio, quieto y satisfecho. Cortó el aire húmedo con un comentario final.

- Que esta sea la última vez que te vea, bastardo. Desaparece de la vida de Marietta, como tu madre ramera, que afortunadamente murió para no caer en las manos de la inquisición por su blasfemia…


Un millón de hilos plateados surgieron de la nada, como las delicadas extensiones de una medusa. En medio del rugido, el cuerpo de Franco se transformó en un compacto panal de donde se hilaba seda mortífera y certera. Apuntaron hambrientas hacia Stefano, envolviéndolo bellamente, como a un insecto. Lo alzaron del suelo, suspendiéndolo, aparentemente frágiles, embusteramente dulces. Tragaban, absorbían con la presteza de un depredador nocturno. Una tras otra, inmisericordes, las sensaciones se deslizaban hacia Franco, como gotitas de ámbar desdibujadas. Calidez materna, amor, indignación, celos, rostros de niños, voz paterna, el sabor de una fruta caliente recogida del huerto, el agua fría de un arroyo entre los dedos de pies infantiles, la caricia de una mujer, el orgasmo profundo de la primera prostituta, la tibieza del lomo de un gato, el olor de la sangre en la sala de anatomía, los óleos, el placer del pincel sobre la tela, las plantas, la picadura de un insecto, el susurro de una chica en el oído, su mano en la entrepierna, el calor, el dolor, el miedo, la tristeza, los ojos de Marietta cargados de lágrimas, veintiún años de vida segada de pronto.

Repentinamente, las fibras se retrajeron con un tenue sonido vegetal, hundiéndose en el tejido de la ropa de Franco y desapareciendo definitivamente en cada poro de su cuerpo.

El primero en desplomarse fue Stefano. Un instante eterno permaneció inmóvil, pálido y salino, con la mueca de pavor suspendida en la boca contraída y la humedad azul de los ojos. Enseguida, pesado como un Golem, cayó con el rostro hundido en el lodo reciente, a los pies del almendro. Estaba muerto.

Sacudido por el terror, Franco cayó sobre sus rodillas, temblando, desorientado. Volteó a un lado para vomitar, removido por las contracciones violentas que buscaban expulsar sus entrañas por la boca, por la nariz, por los ojos. Retrocedió hasta acurrucarse contra el árbol, incapaz de acercarse a Stefano, voltearlo de la tierra húmeda, hurgar en su pecho y su nariz, buscando el aliento. No comprendía. Cerraba los ojos y aquellas cientos de miles de sensaciones se enroscaron en cada uno de sus huesos, por turnos, avanzando como magma por la sangre; enterrándose como parásitos en el cerebro. Poseía el alma de Stefano y ese cuerpo que yacía vergonzosamente bajo la noche, no era más que un trapo, una sombra, un triste despojo.

Permaneció trémulo y helado por algunos minutos, sin fuerzas para ocultar el cadáver o huir de la casa. Era un sueño, una horrenda pesadilla, seguramente; como aquellas que lo acosaban por la noche con visiones de muerte y aguas turbias. Apretó los ojos, esperando despertar en otra parte, en otro tiempo, a miles de siglos de esa escena.

Una sombra se plantó a su lado, sobresaltándolo. Alzó las pupilas con pavor y distinguió la silueta de Néfer, tan calma y seria, como si se abanicara aburrida en los salones de su palacio. ¿Acaso no veía lo que estaba sucediendo? ¿Cuántos segundos quedaban para que ella lanzara un grito y llegaran los guardias más cercanos que patrullaban las callejuelas? ¿Qué esperaba para delatarlo y condenarlo al hacha del verdugo, por el asesinato?

Confundido, volvió a mirar el cadáver en el barro. Néfer volteó lentamente para observarlo a su vez.

- Está muerto… - Murmuró él, volviendo a temblar – Lo maté, Néfer… No sé cómo, pero lo maté… Juro que no lo sé…

Escondió el rostro entre las manos, sollozando, ahogado por las naúseas y el miedo. Estaba seguro de que cuando alzara la mirada, Néfer ya no estaría. Habría huido a su carruaje, buscando ayuda, delatándolo. Pero no se había marchado. La dama se inclinó suavemente y acarició los cabellos revueltos de Franco. Confundido, dejó de llorar y clavó los ojos en ella.

- Mi pobre niño… - Susurró Néfer, dulcemente – bienvenido…

martes 14 de julio de 2009

XXI VIENTO DE TORMENTA

CAPÍTULO XXI
(Viento de tormenta)


- Mi señor… Hay un herrero esperando por vos en el taller…

El lacayo no se atrevía a mirar a Franco a los ojos, y permanecía en una suspendida reverencia con la vista fija en la alfombra del comedor. El interpelado desayunaba solo en la gigantesca mesa pulida, en donde se reflejaban las filas de candelabros sobre la madera fina. Una línea roja y en relieve surcaba diagonalmente la mejilla derecha de Franco. Era reciente y obviamente le ardía. Talvez por eso el mensajero no osó alzar la mirada. Todos en aquella casa sabían el origen de la marca.

- No necesitamos más herreros en el taller – Respondió Franco, roncamente – Habrá que despedirlo de inmediato. No debieron permitirle entrar.

- El herrero dice… que es vuestro padre, señor.

Franco guardó silencio unos instantes, antes de dejar ruidosamente los cubiertos de plata sobre su comida a medio terminar. Cerró los ojos y dejó escapar un resoplido.

- Dile que iré enseguida.

Luciano Di Tasso se veía más viejo, más cansado y, definitivamente, más pobre. O talvez era el marco regio de aquel palacio el que parecía empequeñecerlo y ajarlo. Como fuere, era evidente que no pertenecía a ese lugar. Cuando Franco entró al taller, encontró a su padre explorando y examinando las herramientas.

- No puedes venir aquí sin avisar – Musitó Franco – Por fortuna el marqués no está en el palacio, o me meterías en problemas.

- No he tenido noticias tuyas en un buen tiempo. Estaba preocupado. No pensé que podría avergonzarte viniendo aquí. – Luciano levantó los ojos, dignamente.

- No me avergüenzas, padre… Sólo… Pensaba ir a casa el próximo domingo. He tenido mucho trabajo.

Luciano echó una ojeada a su alrededor, con aire conocedor.

- Es un buen lugar. Trabajas en el mejor taller de Milán, no hay duda – Dictaminó.

- ¡Claro que es el mejor taller de Milán! – Exclamó Franco, soberbio – Me he encargado de que así sea. Y tengo a los mejores herreros a mi cargo.

- Me alegro por eso. Es natural que empieces a alejarte de tu antigua vida, ahora que te has vuelto importante. – El viejo herrero había apartado la vista – Imagino que me recibirás aquí siempre. No creo que el marqués me permita entrar en su casa.

Franco sintió el latigazo de esas palabras.

- El marqués no está en el palacio, padre. Y por lo demás, yo soy el dueño de mi alcoba. Soy el que decide quien entra y quien no. – Indicó Franco y enseguida aferró el brazo de su padre – Ven conmigo, te mostraré.

- No hace falta. No quiero avergonzarte en esa casa.

- Ya basta.

La servidumbre miraba de soslayo cuando Franco cruzaba los pasillos del palacio, acompañado de aquel hombre humilde y desconocido. El murmullo se expandió rápidamente. ¡Su padre! De pronto, a todos les sorprendió recordar que el hermoso amante de doña Isabella también era un hombre del pueblo que hacía un año había aparecido en la casa con la misma modestia. Luciano recorrió con ojos ávidos el increíble decorado del palacio, la profusión de cortinajes finos, de estatuas, de alfombras costosas, el derroche insolente de toda clase de lujos. Luego de haber cruzado varios salones, había adquirido una actitud pensativa y triste.

- Qué miserable debe parecerte tu vieja casa, luego de vivir un año en este sitio – Comentó el herrero.

Franco no respondió. Habían llegado a su puerta.

Lentamente, Luciano Di Tasso ingresó en la habitación de su hijo. Palpó el dosel de la cama, comprobando que se trataba de madera finísima. Tocó el terciopelo del pesado cortinaje que cubría los amplios ventanales ornamentados. Sintió sus sencillos zapatos hundiéndose en la alfombra mullida de complicado diseño oriental. Contempló asombrado la abundancia de libros sobre el bonito anaquel iluminado, las mesas de talla delicada, los candelabros plateados, el bordado exquisito de la colcha de damasco, los cientos de detalles de aquella alcoba de niño noble que ahora le pertenecía a su propio hijo. Recordó aquellos años en que con María, decidieron blanquear con cal el pequeño cuarto en donde pondrían la cama de su pequeño Franco, cuando había empezado a caminar. Se vio a sí mismo instalando una mesa; a María, extendiendo las mantas de lana limpia y colgando un crucifijo de madera sobre la cabecera de la camita.

- ¡Está hermosa! – Había comentado su esposa, alegremente – Nuestro Franco no podría tener una habitación mejor.

Hubo un largo silencio durante el cual Luciano recorrió lentamente el recinto.

- Muy elegante – Se limitó a sentenciar.

- El marqués ha sido muy amable, padre.

Luciano alzó la mirada y vio el rostro de su hijo reflejado en el amplio espejo del muro. Un rayo de sol entraba oblicuo, iluminando de lleno la línea rojiza en la mejilla. Volteó, inquieto.

- ¿¿Qué te pasó en la cara??

- Nada…

- ¿Cómo que nada? – Luciano aferró el mentón del muchacho y examinó de cerca la mejilla – ¡Esa es la marca de una fusta! ¿Qué te ocurrió? ¿El marqués te hizo esto?

- ¡Nadie! ¡Fue… un accidente! – Franco apartó la mano y retrocedió – Ocurrió en el taller, fue una estupidez.

- Esa no es la cicatriz del filo de un hierro. No cortó la piel de la misma forma, ¡Es de una fusta, lo sé! – Luciano parecía irritado – Tendrás suerte si la marca no es permanente ¿No vuelves a tu casa por quedarte en una en donde te visten como un príncipe, pero te dan latigazos en el rostro?

- ¡Ya te dije que fue un accidente! ¡Deja de tratarme como a un mocoso! ¿A qué has venido?

Luciano abrió la boca, pero volteó hacia la puerta, repentinamente. En el umbral se erguía Néfer, ataviada por un ligero vestido estival de muselina celeste. Tenía los ojos fijos en él y sonrió con dulzura.

- Vos debéis ser Luciano Di Tasso, ¿Verdad? – Extendió la mano – Soy Isabella de Béjar y Grajales. Me alegra que Franco os haya invitado, finalmente.

No muy seguro de lo que debía hacer, Luciano se inclinó, besando torpemente los nudillos de la dama. Estaba visiblemente perturbado.

- Señora… soy Luciano Di Tasso, herrero… Estoy a vuestro servicio – Murmuró tímidamente.

- Por supuesto nos acompañaréis a almorzar, señor Di Tasso. Imagino que Franco ya os extendió la invitación, ¿No es así?

- No creo que sea posible, señora… Debo volver a mi taller cuanto antes… Espero la visita de uno de los Borromeo. – Se disculpó Luciano.

- ¡Ah, los Borromeo! Hacedlos esperar. Entenderán cuando sepan que comeréis en casa del marqués De la Cañada. – Insistió ella.

- Mi padre tiene mucho trabajo y su visita es breve – Interrumpió Franco, secamente. – Ya habrá otra ocasión.

Durante una extensa pausa, Franco y Néfer sostuvieron la mirada del otro, hasta el momento en que ella sonrió y se despidió, inclinándose suavemente. Desapareció de la habitación, dejando una estela de perfume de rosas. Luciano lanzó un suspiro.

- Es ella, ¿Verdad? Entiendo muchas cosas. No te culpo por perder la cabeza por una mujer así. ¿Eres tú el que va a su lecho, o ella viene a esta cama? – Luciano dio unos golpes al dosel – No eres el mismo, Franco. ¿Acaso ella te marcó el rostro?

Franco soltó una risotada fingida.

- ¿Qué tontería es esa? – Volvía a reír - ¿Acaso crees que una mujer me hizo esto? ¿Que ella me dio un latigazo?

Luciano hurgó en los ojos de su hijo, mientras reía y cuando la sonrisa se diluyó.

- Ya no tengo dudas. Sé que ella lo hizo. Lo que ignoro, es qué hiciste tú para provocar su ira. ¿Acaso supo que deshonraste a la niña Cavalieri?

- Basta, padre. Dijiste que debías irte.

Luciano caminó hacia la puerta.

- Marietta no te dará con una fusta en la cara cuando sepa lo que estás haciendo, Franco. Esa es una ventaja muy triste para ti. – Volvió a mirar a su alrededor y finalmente, a los ojos de su hijo – Sé que no irás el domingo al taller, por lo que procuraré visitarte de vez en cuando en el tuyo. Seré discreto y si prefieres, no diré que soy tu padre; pero como tal, te daré dos consejos: deja de beber y toma decisiones. Si crees que soy un ignorante que no entiendo nada de lo que pasa, entonces ve con fray Torcuato. Talvez lo necesites.

- … No he bebido, padre…

- No mientas. Tus poros escupen el olor del vino. Y fue una borrachera como pocas. Se te nota en los ojos.

Antes de que Luciano Di Tasso saliera de la habitación, el sonido de las ruedas de una carroza llegó a la ventana desde el patio principal. Franco se asomó al balcón. Pudo ver al lacayo correr al interior. Pudieron escuchar a Giorgio Pirandello frente a la puerta de Néfer.

- Don Alonso De Astorga y Alderete, hijo del Duque don Rodrigo De Astorga, mi señora.

- Gracias, Giorgio. Dile que me espere en el salón de baile.- Dijo Néfer, lo suficientemente alto como para que se escuchara en los salones cercanos.

Luciano Di Tasso volteó hacia su hijo. Hubo una larga pausa. Franco apartó la mirada y se sentó en el sillón de caoba, cerca del escritorio. Se concentró en sus manos, como si de pronto fueran importantes las líneas ásperas en las palmas.

- ¿Ella ve en esta casa a otros amantes, aparte de ti?- Preguntó Luciano.

No hubo respuesta. Franco continuó con la vista baja.

- Por Dios, hijo. Ahora entiendo por qué no has vuelto a visitarme, a darme la cara. No quieres hablar conmigo. – Luciano avanzó un paso hacia el muchacho - ¡Tienes vergüenza!

Franco levantó los ojos de golpe. Trató de hablar, pero su padre lo interrumpió. Se acercó a él, aferrando sus hombros.

- ¡Vuelve conmigo, Franco! ¡Este lugar no es el tuyo! – Suplicaba, con los ojos encendidos – Un día tenías sueños simples, tenías el alma simple… Y eras feliz, Franco… ¿Cómo puedes permitir esto? ¿Cómo puedes vivir con esto? – Luciano indicaba hacia la puerta, hacia los salones en donde Néfer seguramente coqueteaba con un joven noble español.

El herrero tomó con ternura el rostro de su hijo entre sus manos callosas. Su voz era un dulce ruego, a pesar del timbre áspero.

- Hijo mío, regresa a tu hogar, al taller. Vuelve a ser el de antes, déjalo todo. Si continúas aquí, vas a arrepentirte y no podré hacer nada por ti.

Franco apartó las manos de su padre. Temblaba. Su padre lo obligaba a sumergirse en aquello que evitaba con furia cada vez que aparecía en su mente. Lo obligaba a pensar y no quería hacerlo.

- Por favor, vete.

Franco le había dado la espalda a su padre, apoyado en el ventanal. Luciano Di Tasso comprendió que no había mucho más que hacer en aquel palacio y que incluso una despedida o palabras finales, serían contraproducentes. En silencio salió de la habitación y de la casa del marqués De la Cañada.




- Marietta me preocupa. La encuentro pálida e inapetente, Antonio – Comentó la señora Cavalieri un día en que cenaban sin su hija. Se había disculpado nuevamente para ausentarse a la mesa.

La cocinera cerró la ventana. Comenzaban a sentirse las primeras brisas frescas de fines de septiembre. Stefano tenía los ojos bajos en su plato. Escuchaba atentamente la charla.

- Son tonterías de muchacha enamorada – Sentenció el esposo, sin dejar de llevar rítmicamente las cucharadas de sopa del plato a su boca. – El joven Di Tasso no ha venido en varios días y como todas las novias que se creen desdeñadas, se encierra a llorar.

- Es más que eso, Antonio. – Puntualizó la esposa – Livia dice que hace unos días entró a la cocina y el olor del róbalo frito provocó que saliera corriendo, a punto de vomitar. Ya sabes que es uno de sus platillos favoritos, ¡Y se negó a comerlo! Dijo que se sentía débil, que no soportaba la pestilencia del aceite. Sin embargo, cerca de la medianoche devoró dos cebollas remojadas en vinagre. A esa chica le sucede algo. Si no la conociera bien, tendría muy negros pensamientos acerca de esta situación, Antonio.

Stefano había levantado los ojos y seguía en silencio cada palabra en la mesa. Le latía el pecho y las sienes.

- ¡Qué cosas está diciendo, señora Cavalieri! – El mercader dejó los cubiertos sobre la mesa, irritado – A Marietta no le ocurre nada malo, y si es necesario traer un médico a esta casa para calmar los ánimos y volver a tener una cena tranquila, que así sea.

- Yo puedo examinar a Marietta… - Intervino Stefano. Enseguida se frenó, abrumado por la mirada inquisitiva de sus tíos – Claro… si os place. Naturalmente, mi tía estará allí, acompañándonos.

Luego de una pausa algo confusa, la señora Cavalieri cortó el silencio.

- Creo que sería buena idea, Antonio – Apoyó la señora Cavalieri – Por lo demás, Stefano es prácticamente de la familia y completó gran parte de sus estudios de medicina. Me parece prudente permitir que la examine.

Al mercader no le hacía ninguna gracia que un muchacho pusiera las manos en su hija. Es cierto, se trataría de un toque profesional, pensado en su bienestar. Pero, por Cristo, Stefano tenía veintiún años y Marietta era doncella, por supuesto. Sin embargo, Cavalieri sintió la presión de los ojos de su esposa y optó por evitarse problemas. Después de todo, confiaba en su buen juicio y en su responsabilidad de madre, en el momento del examen.

- Te agradecería que revisaras a mi hija, Stefano – Concedió el mercader, luego de un resoplido de resignación. – Tu tía estará presente, por supuesto.

- Naturalmente, tío.



- Por favor, prima, necesito que abras la boca y me enseñes la lengua.

El tono de Stefano era suave, casi suplicante. En la silla del tocador, la señora Cavalieri seguía atentamente las tareas profesionales de su sobrino. Lo había visto tomar el pulso en las muñecas de su hija, palpar su cuello, examinar el verde pálido de los ojos, posar su oído en la espalda para oír el ritmo de su respiración. Siguió cada movimiento, abanicándose con profusión, como si de pronto hubiesen regresado las brisas tórridas del verano ya muerto.

- ¿Sientes dolores en el vientre, Marietta?

- No…

- ¿La comida te produce repugnancia?

- Sólo algunas cosas. Lo normal.

- Pero has desechado lo que normalmente te gusta, ¿No es cierto? – Stefano buscaba los ojos esquivos de la chica.

- Creo que es normal cambiar de opinión con respecto a la comida. Tú mismo me dijiste que de niño odiabas la sopa de res; y ahora puedes acabarte varios platos. – Marietta sonrió, sin mirarlo a los ojos.

- Es cierto – Reconoció Stefano, luego de lanzar una carcajada – Es verdad, eso te dije. Pero mi cambio de opinión fue un proceso que tardó años y no sucedió en el lapso de un mes.

Lo último que Stefano revisó fueron las manos de Marietta. Las giró un poco para examinar sus palmas, las uñas y el dorso. Presionó la piel con la yema de su índice y pudo notar una pequeña mancha pálida que tardó unos instantes en recuperar su tono habitual. Guardó silencio.

- ¿Ocurre algo malo con mi hija, Stefano? – La señora Cavalieri se acercó, retorciendo su abanico.

- Nada grave, tía. Sólo tiene algo débil la sangre. – Sonreía tranquilizadoramente - Necesita alimentarse mejor: mucha leche, legumbres y vegetales verdes; nada más. Y descansar lo que haga falta.

- Gracias a Dios. Tienes mi gratitud por tu gentil ayuda, querido Stefano. Ahora mismo ordenaré que preparen un guiso de garbanzos con espinacas para ella. ¡No pongas esa cara, niña! Me ocuparé personalmente de que te acabes un plato. ¡Livia! – Salió prontamente de la habitación, olvidando que debía vigilar a Marietta si se quedaba a solas con su primo.

Stefano, prudentemente, se había alejado de la muchacha, sentándose en el alféizar de la ventana. Se cruzó de brazos. Marietta alzó los ojos y halló las sombrías pupilas azules del joven. Rió.

- No entiendo por qué tanto alboroto. ¿Porque no quise probar un pescado frito? ¡No tenía ganas! – Hurgaba entre las pequeñas botellas de su tocador, buscando algo – Mi madre exagera, ¡Siempre lo hace! No hacía falta que te molestaran para averiguar si estaba enferma o no.

- No fue molestia, Marietta.

- Podrías estar pintando a esta hora, en vez de perder tu tiempo revisando a una paciente sana.

Había abierto un pequeño frasco de vidrio azul en donde tintineaba un líquido claro. Lo acercó a su nariz y de inmediato se contrajo en una náusea imprevista. Se cubrió la boca con la mano, mirando el rubor de su rostro en el espejo del tocador.

- Odio este perfume… - Murmuró, mirando a Stefano de soslayo.


Por la noche, Marietta se sentó a la mesa. Comió con dificultad, pero de forma continua. Sonrió y parecía más repuesta y alegre. Se retiró temprano y afirmó que pensaba terminar de leer un libro. La noche estaba fresca y le ofrecieron un bracero de plata en su cuarto. No aceptó.

- Las noches aún está templadas – Aseguró ella.

Antes de que llegara a su habitación, Stefano la alcanzó en el pasillo. Tomó su brazo, pero enseguida lo soltó, ante la mirada desconcertada de la chica.

- ¿Qué pasa, Stefano?

- No estás enferma, Marietta.

- Tú mismo lo dijiste. Sólo necesito alimentarme mejor – Sonreía. Dio media vuelta y avanzó unos pasos. Stefano la siguió.

- ¿Hace cuánto… hace cuánto que no sangras mensualmente? – Al ver que Marietta volteaba con el rubor hasta la frente, trató de calmarla un poco – Soy médico, prima… O bueno, seré médico pronto. No te alteres, por favor. Es importante que me digas si todo ha marchado normalmente. Si has tenido… días distintos… como siempre.

- ¿Cómo puedes preguntarme esas cosas? – Volteó, irritada.

Stefano volvió a cortar su paso.

- Escúchame, Marietta. Estás inapetente, pálida, te repugnan ciertos alimentos, ciertos aromas y tienes las manos inflamadas. Sé bien que es posible que hayas dejado de sangrar como todos los meses…

- ¿Qué tratas de decirme?

Tenía los ojos encendidos, fijos, estáticos. ¿Qué trataba de decirle? ¿Que sospechaba que podía estar embarazada? ¿Y cómo? Para hacer una afirmación como esa, debía decir lo que sabía y no era el momento.

- Algunas mujeres… se enferman por falta de alimento… y dejan de sangrar.

- Stefano, por favor, no sigas avergonzándome.

La puerta se cerró casi sobre su cara.


Cerca de la medianoche, y cuanto la casa estaba a oscuras y en silencio, Stefano volvió a refugiarse bajo las ramas de la higuera del jardín. Esta vez llevaba una capa gruesa para la ventolera otoñal. Sería paciente. Sabía bien a qué hora aparecía aquel bastardo insolente. ¿Lo delataría? Si lo hacía, al día siguiente, sería arrastrado a la iglesia para casarse con Marietta y la habría perdido en forma definitiva. No, no podía hablar.

Se envolvió aún más en su capa de lana y sacó una pequeña botella. Bebió varios sorbos seguidos por una mueca. No era un néctar divino, pero le permitía salvar el frío mientras vigilaba. Se arrellanó contra el tronco, dejando que el licor le entibiara la sangre y le permitiera seguir despierto. Sin embargo no pudo evitar que el sopor comenzara a envolverlo y finalmente se durmió.

No supo cuanto rato estuvo en ese trance, sintiendo el frío y los sonidos de la noche. De pronto reaccionó y se incorporó de golpe: Marietta había abierto su ventana. La vio asomarse en ropa de dormir, atenta, quieta y expectante. Con las manos apoyadas en el alféizar, no apartaba la vista de la puerta oeste. Sin embargo nadie apareció y ella volvió a entrar, dejando las hojas algo separadas.

Marietta no podía dormir. ¿Cómo hacerlo? Él había prometido venir. Se sentó en la cama por largo rato, atenta a los sonidos del jardín; pero al sentir los pies helados, los cubrió con las mantas y las sábanas bordadas. Una noche eterna y horrible. ¿Dónde podría estar? Los ojos le reventaron en lágrimas. Se recostó sobre su almohada. Apretó los párpados, mientras las gotas resbalaban sobre la funda.

Minutos, horas talvez, no lo sabía bien; se sobresaltó y bajó de la cama. Un breve crujido cerca de las magnolias devolvió el calor a su cuerpo triste. Se apresuró a abrir las hojas de la ventana.

- ¡Franco! – Exclamó, exultante.

- No. No soy Franco, Marietta.

Al pie de la ventana, sobre las magnolias, Stefano la miraba fijamente, envuelto en una manta oscura.



- No tienes que llorar. No vine a juzgarte.

Stefano hablaba dulcemente. Extendió un pañuelo, pero Marietta no lo aceptó. Continuó sollozando con la cara oculta entre las manos. Sacudía los hombros, con el pelo cubriéndole el rostro, como una cortina rojiza.

- Estás embarazada, Marietta ¿Lo sabías?

Ella levantó el rostro. Los ojos estaban hinchados y enrojecidos. Tenía las mejillas congestionadas y le temblaban los labios. Se puso de pie y avanzó hacia él. Le aferró los brazos. Podía reflejarse claramente en el azul de los ojos del joven.

- ¡No se lo digas a nadie, por favor! ¡No le digas a mis padres, Stefano!

Se asió a él, enterrando el rostro en su pecho. Él la abrazó, acariciando su pelo revuelto. Besó su coronilla y la frente. Procuró calmarla, como se tranquiliza a una niña, hasta que finalmente dejaron de escucharse los sollozos y ella simplemente permaneció aferrada a él, sin decir palabra.

- No se lo digas a Franco – susurró Stefano.

Marietta alzó el rostro. Parecía confundida.

- Es su hijo… - Murmuró ella – Debe saberlo.

- Pensará que quieres atarlo, presionarlo. No nos gustan ese tipo de maniobras, Marietta.

- ¡No es una maniobra! – Marietta retrocedió – Franco es el padre de mi bebé, ¡Sólo le diría la verdad!

- Marietta, escúchame bien… - Stefano la obligó a sentarse en la cama, apoyando las manos en sus hombros. – Debes esperar, ¡Tienes que esperar! Es pronto aún y nadie entenderá lo que ocurre. Pasará un tiempo antes de que se note… ¿Hace cuánto que no sangras?

- Stefano, por favor…

- ¡Es importante! – Había alzado la voz, pero enseguida volteó a la puerta, alerta ante cualquier sonido. Comenzó a hablar más bajo – Debes decirme hace cuánto que no presentas tu sangrado mensual. Sólo así podré saber el tiempo que tienes…

- Desde finales de junio que no ocurre – Murmuró Marietta. Había vuelto a ruborizarse.

- Tres meses… Eso explica todos los síntomas. Te crecerá el vientre dentro de algunos meses. Eres delgada y quizás no se note hasta que te acerques a los seis meses. Aún hay tiempo…

- ¿Tiempo de qué? Debo casarme con Franco cuanto antes… ¡Debo decirle cuanto antes! – Marietta se había incorporado nuevamente. Aferraba las manos de su primo - ¡Tienes que ayudarme, Stefano! No es fácil fingir que estoy bien delante de mis padres. ¡No me siento bien! Tú eres médico, ¡Dime! ¿Así se sienten todas las mujeres que esperan un hijo?

- Las náuseas y la repugnancia, bueno, sí…

- ¡Es más que eso, Stefano! Es… es como si me lastimara por dentro. Hiere mis entrañas, como si algo filoso saliera de mí… como si fuesen púas que se incrustan. ¡Tengo miedo! – Marietta llevó la palma de Stefano a su vientre, como si de pronto hubiese olvidado su antiguo pudor, pero al ver la expresión de sorpresa de él, retrocedió enseguida.

Hubo un silencio entre ambos. Marietta se cerró la bata sobre el camisón y apartó la mirada, con algo de consternación.

- ¿No le dirás nada a mis padres, Stefano? – Tenía los ojos bajos y un tono de súplica.

- No, Marietta. No diré nada.

- ¡Gracias! Agradezco que seas tú el primero que sabe sobre esto. Eres un buen hombre… Y yo – Se le quebró la voz una vez más. Hizo una pausa para respirar y recuperar el tono – Estoy enamorada de Franco, perdida… No puedo evitarlo, Stefano. Hace años que lo amo… Las cosas han ocurrido tan rápido… Mis padres no me perdonarían nunca y jamás aceptarían de buen grado a Franco si saben que yo… bueno, que estoy… Sé que pronto vamos a casarnos, de modo que todos los problemas quedarán en el olvido.

Stefano apretó los párpados y enseguida avanzó hacia ella. Se sentó en la cama, cerca; tanto, que Marietta dio un respingo, nerviosa.

- Escúchame, Marietta – Stefano la miraba fijamente. La luz de las velas en el candelabro bailaba en las pupilas azules – Sé que estás enamorada de él… Entiendo que actúes como lo haces, pero… ¿Te has preguntado si él lo merece?

- ¿Si él lo merece? ¿Qué quieres decir? – Ella parecía confundida.

Stefano tenía una mano empuñada en la frente, dudando. Marietta esperaba, atenta. Durante varios segundos, sostuvo su mirada.

- Él te ha mentido, Marietta…

¿Era el momento? Talvez no. Sin embargo, ella estaba frágil, asustada. Quizás podría entrar en su mente y lavar la inmundicia que implicaba su dependencia por aquel herrero.

- ¿Me ha mentido…? ¿En qué? Stefano, me estás asustando…

- No es quien dice ser. No es… ¡No es hijo de Luciano Di Tasso! – Stefano se entusiasmaba. Ya se había convencido de que era su oportunidad.

- Stefano, ¿Te has vuelto loco? - Marietta se puso de pie y se alejó un paso de él – Por favor, es tarde. Ya me siento mejor y te pediré que te marches…

- ¡Marietta, escúchame! - Stefano atrapó su muñeca con fuerza. Cuando ella lo miró aterrada, aflojó la presión sobre la piel – Él no es hijo de Luciano Di Tasso, lo sé todo. Créeme, por favor. Luciano es, en realidad, su tío. Franco tuvo una tía… ¡Marietta, cálmate! – Había conseguido que la chica volviera a sentarse – Franco tuvo esa tía y nunca la conoció… Se llamaba Lavinia. Esa Lavinia se embarazó de un desconocido en los bosques y murió dando a luz a un bebé que luego, fue adoptado por su hermano Luciano Di Tasso. El herrero hizo pasar a su sobrino por hijo… para lavar la honra de su hermana golfa, ¿No lo entiendes? Estás comprometida con un bastardo de padre desconocido, Marietta… ¿Comprendes la gravedad de esto? No es el hijo de un herrero pobre, pero respetable, ¡Es el hijo de una mujerzuela y un desconocido!

- Stefano, no quiero escuchar todo eso… No sé de dónde lo has inventado – Marietta comenzaba a irritarse.

- ¡Ofelia me lo dijo! Ella lo sabía todo. ¡Siempre lo han sabido! ¿Crees que tu padre permitirá tu matrimonio con un hombre de orígenes tan turbios? Pero estoy aquí para ayudarte, dulce Marietta… - Stefano sonreía, fascinado por la situación – Aún es tiempo para arreglar las cosas. Escúchame, prima: debes terminar con tu relación, acabar con este noviazgo indigno de ti. Yo estoy dispuesto a apoyarte y diremos que esperas un hijo mío, ¿Está bien? Y entonces…

- ¡¡Basta, Stefano!! – Marietta se liberó de las manos que le oprimían las muñecas – Franco tenía razón, pero estás equivocado si piensas que voy a aceptar algo como eso. ¡No sé cómo ni en qué momento se te ocurrió esa historia absurda, y si así lo fuera, no me importa! Bien podría Franco ser hijo de una mujer soltera y no habría mucha diferencia. Yo misma estoy embarazada antes de casarme.

- Tu padre no lo consideraría como algo sin importancia.

- Mi padre apoyará mi boda cuando sepa que estoy encinta. – Marietta había adquirido un aire desdeñoso – No trates de convertir a Franco en un hombre indigno. Nunca podrás hacerlo.

Increíble. ¿Hasta qué niveles de estupidez puede llegar una mujer cuando se enamora? Le estaba ofreciendo una salida razonable para salvarse, su honor y el del mocoso que estaba gestando. Estaba dispuesto a asumir la responsabilidad de ese niño, cuando ni siquiera era seguro que ese hijo de perra le respondiera como era debido. Después de todo, ¿No se revolcaba con otra mujer? ¿Iba a cambiar a esa brillante amante por la hija de un mercader, ahora que se encontraba tocando al cielo? Era cuestión de tiempo antes de que la abandonara. Él mismo había visto las miradas, los secretos códigos, las reacciones extrañas entre doña Isabella y el herrero mentiroso. Franco visitaba a Marietta por lujuria y compromiso. Era evidente. Y ahora, esta pobre muchacha obnubilada por su ciega pasión infantil, se negaba a ver lo que sobresalía del agua.

- Franco te engaña, Marietta. – Su tono era calmo, seguro – Es amante de doña Isabella de Béjar. Los he visto juntos. Tu amado duerme en tu cama y en la de esa mujer, en el palacio del marqués.

- Cállate y lárgate, por favor. – Le temblaba la voz – No quiero seguir oyendo tus mentiras desesperadas.

- Aunque no quieras oírlas, allí están, Marietta. Un día de estos, doña Isabella le da un hermano al hijo que estás esperando.

- ¡¡Vete!!

Golpes en la puerta. Podía verse la luz de una vela colándose bajo la hoja.

- ¿Qué pasa, Marietta? – Llamó la señora Cavalieri, alarmada.

- …Mamá… nada… Una pesadilla, perdóname. Por favor, vuelve a dormir.

Stefano había saltado por la ventana. Marietta cerró las hojas de inmediato y se abrazó la espalda, sacudida por un escalofrío. Entró a la cama con suavidad, luego de apagar las velas con un tenue soplido, se acurrucó entre las almohadas bordadas. Una vez que se hundió en la tibieza del colchón y se cubrió casi completamente con las mantas, dejó que las lágrimas resbalaran hasta mojarle completamente las mejillas. Permitió que los sollozos la sacudieran hasta casi ahogarla y finalmente comenzó a respirar hondo, concentrada en hallar la calma y, por fin, dormirse. Pero no pudo dormir bien ni esa noche, ni las que siguieron, el resto de su vida.

martes 30 de junio de 2009

XX ALGUNAS VERDADES

CAPÍTULO XX
(Algunas verdades)



Por alguna razón, Lázaro De la Cañada viajó repentinamente a España. Algún problema legal con sus propiedades, talvez. La compra apresurada de algún castillo, quizás. Como fuere, Franco no estaba en posición de indagar en lo que no le concernía y se limitó a desearle – respetuosamente – una exitosa travesía la mañana en que salió de Milán, seguido por una corte de carruajes y caballos. Aquella misma tarde Giorgio Pirandello, el mayordomo de la casa de Lecco, arribó al palacete; dispuesto a asumir la tarea de gobernar a la servidumbre, en ausencia del amo.

Franco dejó de visitar la parroquia de Fray Torcuato. Cierto día, el sacerdote lo divisó, mientras compraba en el mercado acompañado por su hermana. El herrero de Lázaro de La Cañada cabalgaba lentamente hacia la vía de Dante, distraído, con aire ausente. Levantó la vista hacia la muchedumbre, sin ver, sin distinguir. Ataviado de terciopelo y púrpura, avanzaba sobre su caballo alazán, como una soberbia imagen que sobresalía del gris opaco de la multitud. Ofelia avanzó unos pasos entre el gentío, extendiendo el brazo hacia Franco; pero el sacerdote la detuvo suavemente.

- Es él quien debe venir a nosotros – Le dijo.

A pesar de estar hecha para el matrimonio y la maternidad, Ofelia nunca se casó. Permaneció al lado de su hermano mayor, el sacerdote, ayudándolo a gobernar la casa parroquial. Nunca fue hermosa y hacía tiempo que se había despedido de la juventud y la edad para concebir hijos, de modo que volcó su afecto hacia los niños que frecuentaban la iglesia y, particularmente, hacia Franco Di Tasso.

Ofelia recordaba perfectamente aquella noche en la que Luciano Di Tasso, en medio de una terrible tormenta de primavera, había golpeado las puertas de Fray Torcuato, acompañado de María, su esposa. Ambos protegían una canasta cubierta de mantas. Ofelia los guió al refectorio y comenzó a calentar un poco de sopa para ofrecer a los visitantes nocturnos. En unos minutos apareció el religioso y comenzó a hacer preguntas.

Perpleja, Ofelia vio a Luciano Di Tasso llorar. Entre sollozos le explicaba al sacerdote que había sepultado a su hermana en la aldea de su esposa y se había dirigido a toda prisa a Milán, para bautizar a la criatura… ¡El niño! Dentro del cesto dormía un recién nacido, un hermoso varón: el hijo de Lavinia. Ofelia conocía a la hermana de Luciano desde que era pequeña y, conmovida, se acercó al bebé. Lo observó unos minutos con los ojos llenos de lágrimas, e instintivamente lo arropó.

- Criatura inocente – Murmuró, enjugándose los ojos.

- Diremos a todos que es nuestro – Susurró María, sonriendo dulcemente, mientras cogía las manos regordetas de Ofelia. – Nadie debe culpar al niño por lo que le ocurrió a nuestra pobre Lavinia.

Franco aprendió a caminar en los patios de la casa parroquial; y luego de la muerte de María Di Tasso, pasaba las tardes de su primera infancia en el refectorio, al propio cuidado de Ofelia. La hermana del sacerdote lo vio crecer entre las plantas del pequeño jardín junto al comedor y de alguna forma, nunca pudo asumir que se hacía hombre; ni siquiera cuando se enteró de que el muchacho planeaba casarse con Marietta Cavalieri. Desde que Franco había irrumpido de madrugada en la parroquia, buscando desesperadamente a fray Torcuato para una confesión urgente, nunca más se comportó como antes. No volvió a saludarla sorpresivamente, pellizcándola, riendo; nunca más fue el niño cálido que se sentaba a la mesa para charlar con ella. Ofelia no comprendía la actitud repentina y distante de quien consideraba su propio hijo y, ciertamente, le entristecía haberlo perdido.



A fuerza de acompañar a Marietta y a Bianca en sus visitas a la iglesia de Fray Torcuato, Stefano Abiatti se ganó la confianza de Ofelia. Solía pasar por la parroquia los sábados, cuando el calor ponía lánguidas las calles de la ciudad con su luz amarilla incineradora. Ofelia lo recibía alegremente. Tenía alguien con quien charlar, mientras hilaba en la rueca o preparaba calderos de sopa para los pobres. En alguna época, era Franco el que llenaba sus horas de soledad en la cocina, rodeada del perfume de la albahaca y el tomillo. El niño se sentaba junto a la lumbre y pellizcaba furtivamente el pan recién horneado, mientras ella le contaba viejas historias. De alguna manera, las visitas de Stefano parecían distraerla un poco de la ausencia del hijo de Luciano Di Tasso.

Cierto día, Stefano Abiatti llevó una cartera de cuero repleta de tiernas hojas de papel color sepia. Se instaló en un rincón del refectorio, afilando con un cortaplumas, una pequeña barra de grafito y comenzó a trazar finas líneas en la superficie satinada. Al rato, apareció una imagen: la silueta esfumada de Ofelia sobre la mesa de la cocina, amasando el pan de aquella tarde. Las sombras estratégicas destacaban la luz que entraba oblicua por la ventana y los pliegues amplios de su delantal almidonado. Unos cuantos cabellos se escapaban de su cofia y caían descuidados sobre la frente sudorosa.

- ¿Qué haces, muchacho? – Preguntó ella, sonriendo, sin dejar de batallar contra la masa.

- Te dibujo – Respondió él. – Les hablaré de ti a mis hermanos, cuando regrese a Pisa; y quiero que te conozcan.

Ofelia se acercó a él, limpiándose las manos en el delantal. Observó el dibujo por unos instantes y lanzó una carcajada.

- Eres un gran artista, Stefano. Luzco tan fea como soy en realidad.

- Eso no es cierto. Eres la mujer más encantadora de Milán – Replicó Stefano, guiñándole un ojo.

- Niño mentiroso, ¡Igual que Franco! A fuerza de dulces mentiras, ambos se ganan el cariño de la gente – Reparó ella, sin dejar de reír, mientras regresaba a la mesa.

La sonrisa se diluyó del rostro de Stefano. Adquirió una expresión grave, mientras retomaba su trabajo en el croquis. Continuó dibujando. Ofelia canturreaba.

- ¿Conoces a Franco hace mucho tiempo? – Preguntó él, sin alzar la vista.

- Desde que nació. Adoro a ese muchacho – Admitió Ofelia – Creció en esta parroquia, prácticamente. ¿Ustedes se han hecho muy amigos?

- …Algo así. Va a casarse con mi prima, ¿No? – Stefano achuraba con rapidez, casi con violencia – Hemos llegado a conocernos algo más. Es un buen muchacho, ¿No?

- Oh, claro que lo es. No sabes lo feliz que me ha puesto que finalmente tu tío haya permitido su compromiso con Marietta. Por años él soñó con esta boda, cuando él no era más que un joven herrero que trabajaba con su padre. – Ofelia se limpiaba las manos con un paño, avanzando hacia él; satisfecha de abordar un tema que se notaba, quería tratar – Se merece lo que le está ocurriendo. Ha luchado tanto por lograr lo que ha alcanzado…Y ha sido un hijo tan agradecido con Luciano… Luciano nunca imaginó que el hijo de su hermana iba a llegar tan lejos…

- ¿Hermana..?

Stefano alzó la vista. Clavó los ojos en Ofelia, con el ceño algo fruncido. Ella levantó las manos hacia su boca. Se veía abrumada por haber dejado escapar una información semejante.

- Quieres decir… ¿Qué Franco no es hijo del herrero? ¿Es su sobrino?

Ofelia bajó las manos. En su barbilla había una pequeña mancha de harina. Temblaba.

- Franco es hijo de Luciano Di Tasso – Balbuceó la mujer, dándole la espalda y sujetándose de la mesa.

Stefano comprendió de inmediato que se trataba de un tema delicado. Por alguna razón, ella había retrocedido, arrepentida, aterrada ante la posibilidad de dejar escapar más de lo que debía. Al tratarse de Franco, Stefano intuyó que era vital llegar hasta el final. Se incorporó y se acercó a ella. Habló suavemente.

- Ignoro por qué te altera tanto hablar sobre el tema, pero imagino que tienes tus razones. Lo que sea, no saldrá de mi boca, te lo aseguro. Franco será mi primo dentro de poco y, por supuesto, no quiero que algo perjudique la felicidad que Marietta y él se merecen.

Ofelia miraba al frente, desconcertada.

- Es un secreto, Stefano. Franco no lo sabe. Él cree que es hijo de Luciano y de María, su esposa fallecida. ¡Te suplico que no comentes esto con nadie! – Ofelia se sentó, frotándose las manos, visiblemente nerviosa. – Si Fray Torcuato se entera que estuve hablando sobre esto, virgen santísima… Juré callar… hace tantos años ya… - Levantó los ojos hacia Stefano, suplicante – Eres un buen muchacho y no vas a repetir lo que te he dicho.

- Desde luego que no. Pero no comprendo… Imagino que los padres de Franco murieron y fue criado por su tío, el herrero al que cree su padre. Se trata de un acto de bondad que talvez él agradezca si se entera… ¿Por qué es tan terrible que Franco lo sepa?

Ofelia guardó silencio. Se concentró en sus manos, las que frotaba nuevamente. Stefano se sentó a su lado y permaneció inmóvil por largos segundos.

- ¿Hay más, verdad? No tienes que decirme nada, si eso te perturba.

Nuevo silencio. Stefano procuraba que su actitud denotara calma y completa empatía, pero se sentía tenso, expectante. Una mínima alteración en su tono de voz y ella cortaría definitivamente el diálogo, destruyendo las últimas posibilidades – quizás – de enterarse de algo relevante. En la guerra todo se vale, incluso el veneno y la traición. ¿Qué era, entonces, presionar a una pobre mujer para que revelara un viejo secreto familiar? Absolutamente nada. Un detalle, una minucia. Durante un eterno minuto, sólo podía oírse el piar de los pájaros y el monótono cacareo de las gallinas en el corral del patio del refectorio. Stefano estaba a punto de perder las esperanzas, cuando ella cortó el aire con una casi inaudible voz.

- Debiste conocer a Lavinia… ¡Era tan hermosa! Desde pequeña, parecía una muñequita de porcelana china… Una niña tan dulce… - Ofelia sonreía y parecía más relajada. Stefano, aliviado por la nueva oportunidad, clavó los ojos en ella y demostró interés. Procuró que su tono de voz fuera blando, casi tierno.

- ¿Quién es Lavinia?

- La hermana de Luciano Di Tasso, la madre de Franco. Tenía dieciséis años cuando dio a luz, la pobrecilla; Dios no permitió que pudiese ver a su hijo crecer. ¡Estaría tan feliz de saber que se convirtió en un hombre alto, apuesto y exitoso! Pobre niña… pobrecita niña… - Parecía afligida, como si aquellos sucesos hubiesen ocurrido hace apenas unos meses.

- ¿Y el esposo de Lavinia? ¿Por qué Franco no creció con su padre? ¿También él murió? – Stefano se aseguró de que hubiese pausas entre cada pregunta.

Ofelia bajó los ojos, como si buscara las palabras precisas.

- Lavinia no estaba casada…

¡Un bastardo! Stefano estuvo a punto de sonreír. Una cosa era ser el hijo de un herrero pobre, pero respetable, viudo y dedicado a su trabajo; y otra, el vástago expósito de una adolescente cuya única dote era su belleza. El asunto se volvía sumamente interesante. ¿Qué triste secreto había en esa historia? ¿Talvez Lavinia se involucró con un hombre casado? ¿Quizás la dejó un astuto seductor que le había jurado matrimonio? Debía saberlo.

- ¿Fue… abandonada por algún prometido? – Aventuró Stefano. Ofelia adquirió un aire sombrío.

- Lavinia nunca estuvo comprometida. Nadie sabe quién fue el padre de Franco. Ella se enamoró de un hombre que le mintió, que le dijo que era un ángel – Al ver la expresión de Stefano, Ofelia se puso de pie – ¡Era una muchacha inocente, Stefano! Era diferente… Ella le creyó y murió dando a luz.

Una loca, sin duda. Insana, desequilibrada. La madre de Franco Di Tasso, comprendió Stefano, no era otra cosa que una muchacha bonita y lo suficientemente tonta como para dejarse seducir por un hábil burlador anónimo. Franco era, hasta entonces, un arribista: el vástago de un artesano del hierro que jamás se preocupó por alfabetizarlo, un adolescente ignorante que creció entre la inmundicia de las ruedas de las carretas, soñando con la hija de un comerciante que sin duda lo despreciaría. ¡Pero ahora era, además, el hijo bastardo de una demente que se entregó a un desconocido que se hizo pasar por ángel! Stefano agradeció que Ofelia le diese la espalda, porque estuvo a punto de lanzar una carcajada que disfrazó rápidamente de un ataque de tos. Afortunadamente, Ofelia se volvió cuando él ya había adquirido una expresión serena.

- Puedes estar tranquila, Ofelia. Guardaré silencio, tal como me pediste. Agradezco tu confianza.

- Voy a confiar en ti, querido Stefano. He defraudado la fe de mi hermano y de la familia Di Tasso al romper mi promesa y hablar sobre esto; pero sé que puedo contar con tu discreción. – Ofelia apretaba una de las manos del joven – Soy una mujer vieja que aún debe aprender muchas cosas.


Al anochecer, Stefano estaba alegre. La señora Cavalieri se sorprendió de oírlo silbar animadamente, cuando se dirigía a la mesa, para cenar.

- ¿Alguna buena noticia, sobrino? ¿Cartas de tus hermanos en Pisa?

- Oh, no, tía. No hay noticias de Pisa que puedan ser mejores que las que existen en esta ciudad.

Marietta no estaba en la mesa. Estaba indispuesta, cansada, algo lánguida. Dijo no tener apetito, cuando aún era temprano. Ante la insistencia de la cocinera, aceptó un vaso de leche y un par de tostadas con miel. Se retiró a su habitación antes de que cayera la oscuridad. Stefano rondó su puerta, tratando de escuchar algo. Nada. Finalmente se marchó a su propio cuarto y se dedicó a dibujar bajo la luz de una vela, hasta bien entrada la madrugada.

Por la mañana, Marietta parecía haber recuperado su salud. Estaba radiante, alegre y con un magnífico apetito. Stefano la oyó cantar en el patio y jugar con la gata. La observó, oculto tras uno de los pilares cubiertos de hiedra que sostenían la pérgola del jardín. Era tan bonita. ¿Cómo podía estar enamorada de un patán como Di Tasso? Ni siquiera se sabía con certeza cuál era su origen, quién fue su padre. Talvez un borracho que se topó casualmente con la desventurada niña tonta que lo dio a luz; un forastero, un vagabundo. No era el momento de revelar nada. No era la hora. Era tiempo de esperar.

Marietta se sentó en la jardinera de piedra cuajada de geranios rojizos. Había dejado de cantar y parecía concentrarse en un punto incierto, en el fondo del patio. Inmóvil, silenciosa y casi triste, permaneció en su estática posición por largos minutos, como si se hubiese aislado de lo externo, para hundirse en un ignoto pozo. ¿Qué pensaba? ¿Qué la abrumaba? Intrigado por el brillo titilante de sus ojos, Stefano avanzó un paso para comprobar si efectivamente lloraba; pero el crujir de una ramita bajo sus botas hizo que ella volteara, como sorprendida en medio del sueño.

- ¡Ah, primo! ¿Qué dibujas a estas horas?

Los días pasaban. El verano comenzó a declinar a medida que se acercaba septiembre; y dormitó una vez que las brisas heladas de los Alpes descendieron sobre los valles, hasta colarse por las calles milanesas. Anunciado por una lluvia de hojas crujiente y rojiza, el otoño se aventuró sobre la hierba húmeda y los pétalos de las flores que ahora parecían entristecerse.

Stefano había recibido cartas de Pisa. Su hermano mayor quería saber si estaba honrando la memoria de su padre, reconsiderando regresar a la facultad de medicina. Durante varios días, evitó enviar una respuesta. Finalmente se sentó frente al escritorio de cedro de su cuarto y aventuró unas líneas de caligrafía impecable. “Voy a casarme, Roberto. Talvez más temprano que tarde. Por ahora, lograr ese propósito ocupa mi mente con más insistencia que retomar mi vieja vida”. Otro año regresaría a la anatomía, a los largos tratados de herbolaria, a la aburrida descripción de los humores y los miasmas tóxicos que producían las enfermedades. Ahora, sólo podía concentrarse en el verde intenso de los ojos de Marietta, y en su cabello que parecía un rizado incendio.

Sin embargo, ella mantenía su distancia. Lo trataba con una cortesía insoportable, que en ningún caso dejaba entrever alguna emoción, algún sentimiento. “Ya habrá tiempo, ya ocurrirá”, se decía Stefano, saboreando pensamientos del futuro; imaginándola rompiendo en llanto sobre su pecho, buscando consuelo, amistad, un apoyo, una vez que despertara de su ceguera, que descubriera quién era, en realidad, su príncipe turbio.

Esperaría, sin duda. En la sombra, si era necesario. Callado, tenue, hábil. Además de un artista, ciertamente era un científico. Y la paciencia, creía, tenía un poco de ambos. Sólo era cuestión de aguardar a que la verdad emergiera como brotes sobre la tierra húmeda. Y entonces, sería imposible negarla.

Una noche tibia, de las últimas que aún se aferraban a la calidez estival; Stefano no podía dormir. Se agitaba entre sus sábanas, luego de una pesadilla horrible en la que veía su propio cadáver flotando sobre un arroyo. Empapado en sudor, se incorporó de golpe y debió aguardar unos minutos para recuperar el resuello saludable.

- Es el calor – se dijo, mientras buscaba sus botas en la oscuridad.

El jardín aún conservaba el olor dulce del verano, esa humedad blanda que parecía penetrar en los pulmones como un bálsamo perfumado. Llevaba la camisa abierta y las hebillas de las botas sin cerrar. Qué importaba. La casa entera dormía en la oscuridad mansa. Sólo se oía el canto monótono de los grillos, el arrullo de las hojas meciéndose y el lejano ladrido de un perro. ¡Los perros! No había señales de los viejos labradores que recorrían los jardines por la madrugada. A él mismo lo habían despertado en más de una oportunidad, con sus ruidosos trajines de vigía. ¿Dónde podrían estar? Oteó alrededor, buscando una señal. Nada. Finalmente, se sentó bajo la higuera, protegido por las tinieblas de sus ramas. Se propuso esperar a que el frío lo enviara de vuelta a su cuarto, dispuesto a dormirse nuevamente.

Un sonido a cierta distancia, suscitó su interés. Levantó los ojos hacia el oeste, pero sólo vio el balanceo perezoso de algunos arbustos en la oscuridad. Se disponía a recostarse contra el tronco de la higuera otra vez, cuando lo vio.

Cubierto por una capa negra, y amparado por el ala amplia de un sombrero de mosquetero, un hombre alto avanzaba ágilmente entre las plantas, a grandes zancadas, con rumbo fijo. Cuando Stefano lo vio aproximarse a la ventana que se alzaba sobre un manojo de magnolias, estuvo a punto de dar voces y despertar a toda la casa; sin embargo, se congeló en su refugio cuando vio a la propia Marietta con el cabello suelto y una bata entreabierta, abriendo de par en par las hojas y recibiendo al intruso con un beso.

- ¿Acaso…?

Un minuto después, el hombre desaparecía dentro del cuarto, cerrando cuidadosamente la entrada a la recámara de su prima.

Vacilante, Stefano avanzó entre los rosales y las macetas de gardenias; hasta aproximarse a la ventana. Miró bajo el alféizar. Algunos pétalos destrozados seguramente seguían en las suelas del invasor. Dejó de respirar, atento. Había murmullos, breves sonidos. Pequeños chasquidos. Susurros, gemidos, jadeos. Aquella ventana maldita escupía asquerosos ruidos que se alojaban en su estómago, pugnando por estallar en un vómito rencoroso. Oyó a Marietta pronunciando el inmundo nombre de su amante, en medio del delirio. Lo escuchó a él, rugiendo como una bestia, mientras profanaba aquello que había robado. Stefano mordió su labio inferior con tal furia, que la tibia sal de su sangre le empapó la lengua. Finalmente retrocedió hacia el escondite entre los árboles.

Esperó. Ansioso en su odio, estaba dispuesto a quedarse hasta que él descendiera al jardín. ¿Qué quería? Matarlo, sin duda. Acercarse a él y hundir un puñal certero en su cuello. Sin embargo, cuando lo vio saltar del alféizar, callado como un gato, sólo pudo contemplarlo alejándose hacia la puerta del muro oeste. Desde la ventana, también Marietta lo observaba escabulléndose entre los arbustos.

Llegaron las luces del alba y Stefano no había dormido. Luego de que Marietta cerró discretamente su ventana, él regresó a su propio cuarto y se tendió en el lecho, nervioso e indignado. Una y otra vez repitió en su mente las escenas de aquella noche, tratando de ordenar ideas, de elaborar un mapa de la situación.

Al cabo de algunas horas, había llegado a varias conclusiones: Marietta no era culpable. Estaba enamorada, ciega, absorta en sus ilusiones. No podía verla como a la casquivana libertina que su educación le había enseñado a juzgar. Seguía siendo su dulce prima y poco importaba si era virgen o no. El verdadero causante de todo era Franco. Cada vez que su nombre o su rostro aparecían en sus pensamientos, una punzada de ira parecía colarse en su abdomen. Finalmente, consideró que ya era hora de sacar algunas armas.


El palacete del marqués De la Cañada estaba en silencio. Sólo los guardias de rigor se mantenían alertas y riendo en aquella agradable noche. Cuando Franco se aproximó a la verja, rompieron su círculo alegre para presentar sus respetos. Con el tiempo, la mayoría de quienes trabajaban en aquella casa olvidaron de dónde había salido el joven encargado de la herrería. A fuerza de verlo vestido con donaire, montado sobre un magnífico caballo y comiendo en la mesa de los amos; terminaron por asumir que era uno más de los nobles que se pavoneaban en los salones. Acabaron por tratarlo con el mismo servilismo y no se atrevieron a sostener su mirada. Al propio Franco comenzó a parecerle natural que las mucamas que alguna vez lo llamaron “muchacho”, lo saludasen con una reverencia, cuando avanzaba por los pasillos alfombrados de la gran casa del marqués. Se habituó a eso y a muchas otras cosas, durante el tiempo en que vivió con Lázaro y Néfer.

Dentro de poco tiempo, se cumpliría un año desde que Franco entró en aquella casa, con el firme propósito de ganar dinero y casarse con Marietta. Las visitas al taller de su padre se habían detenido aquella noche extraña en que apartó la mirada de los ojos de Luciano, desoyendo sus sermones y salió a grandes pasos rumbo a la casa de Cavalieri. Tampoco había regresado a la parroquia a confesarse con Fray Torcuato; ni de madrugada, ni a ninguna hora prudente. De pronto se había aislado de su existencia anterior, concentrándose en aquel palacio, en los pliegues de seda, bajo el dosel de la cama de Néfer; y en subrepticias visitas al cuarto de su novia.

Néfer, creía Franco, no estaba enterada de sus excursiones al muro oeste de Cavalieri. Naturalmente. De otro modo, habría actuado de un modo diferente, ¿verdad? Sin embargo la oía respirar tranquila, apoyada en el hueco de su hombro, luego de que hacían el amor salvajemente. De pronto, Franco sentía que Marietta era una amante casual, la que debía ocultar del conocimiento de la dama de aquella casa. ¿Amaba a alguna? ¿A las dos? ¿A ninguna? Se contentó con no pensar demasiado en el asunto o habría enloquecido. No estaba dispuesto a regresar a la parroquia para confesarse, de manera que más le valía continuar con sus actividades cuidadosamente y ahogando sus dudas, eventualmente, con vino.

Franco se embriagaba con cierta frecuencia. Partía temprano a alguna taberna y regresaba de madrugada. Los guardias abrían el portón, riendo. El joven herrero siempre traía algo para ellos.

- ¡Dios os premie esta generosidad, señor Di Tasso!

Avanzaba torpemente por los pasillos e irrumpía en la recámara de Néfer. A veces ella lo rechazaba, asqueada por su hálito intenso. Otras, parecía divertida y lo dejaba desvestirla ansiosamente. Como fuere, Franco acababa sobre ella, por las buenas o las malas. Despertaba silencioso, evitando pensar. Apretaba los ojos… “Mañana iré a ver a Marietta… no la he visto en una semana. Comenzará a buscarme”. Trataba de recuperar el deseo, concentrado en la curva suave de las caderas desnudas de Néfer, en la dulce protuberancia de sus pezones frutales. No era difícil sentir la reacción rápida de su cuerpo. No quería remordimientos. No quería sentirse un canalla. Antes de caer en la oscuridad de la duda, había guiado a su amante y gozaba de ella, montada firmemente sobre su cuerpo.

Una noche, Franco decidió no visitar a Marietta. Estaba definitivamente ebrio y no quería herir los melindres de su novia. Con esfuerzo, se mantuvo sobre el lomo de su caballo y logró entrar en la propiedad del marqués De la Cañada. Cayó de la montura al penetrar en las caballerizas y debió concentrarse para desenredar su bota del estribo. Cantaba a viva voz. Caminó lentamente hacia la entrada principal y zigzagueó por los pasillos, colisionando contra una base decorativa. El estallido de un jarrón estrellándose contra el piso provocó que algunas mucamas aparecieran en los umbrales, llevando temblorosas palmatorias.

- ¡Soy yo… soy yo… Idos a dormir! – Gruñó Franco con voz pastosa.

Giorgio Pirandello se acercó a él y se inclinó solemnemente.

- Señor, permitidme que os acompañe a vuestras habitaciones. Os halláis descompuesto – Alargó cautamente los brazos hacia Franco, siendo apartado de un manotazo.

- Yo puedo solo… ¿Crees que olvidé cómo llegar a mi propio cuarto?

Resbalón. Franco cayó sentado sobre su propia capa. Comenzó a reír. Pirandello se apresuró a socorrerlo, mientras los sirvientes murmuraban a cierta distancia.

- Señor Di Tasso, permitidme que os ayude. – Susurró Pirandello. Era anciano, pero ejercía una fuerza prodigiosa sobre el cuerpo del herrero. Daba la impresión de que le habría sido sencillo levantarlo, como si fuese una hoja. Franco lo miró a los ojos, desconcertado.

- Caramba, Giorgio… Creo que nos estás engañando a todos y estás disfrazado de viejo.

Franco soltó una carcajada estridente que se convirtió en un ataque de tos y; finalmente, en vómito sobre la alfombra. Se apoyó sobre el hombro del mayordomo. Apretó los ojos, tratando de recuperar el aliento y controlar el malestar. Jadeaba. Los cuchicheos se duplicaron. Franco se incorporó de golpe, alisando su cabello con el guante. Trató de enfocar la mirada en sus observadores y procuró adquirir un aire más digno.

- ¿Qué les pasa? ¿Nunca han visto a un noble borracho en esta casa? Ah, claro… yo no soy un noble. Pero soy el amante de doña Isabella… el ahijado del marqués; ¿Lo sabían? ¡Sarta de chismosos inútiles!- Franco volvió a tropezar, pero Pirandello evitó que cayera de bruces.

- Señor, caminad, por favor. Vuestra habitación se encuentra a poca distancia.

Se desplomó de boca sobre la colcha de damasco. Sintió como lo cubrían con una manta, sin el menor ruido. Abrió los ojos y vio al anciano deslizarse fuera de la habitación.

Por la mañana sentía que su cráneo estaba despedazándose lentamente. Una sed infernal le quemaba la lengua y dejaba un dejo amargo en su paladar. Cuando se incorporó fuera de la cama, debió sostenerse del dosel para no resbalar. Maldito vino barato. Brebaje infernal de todos los diablos. Cambió la cama de sus amantes por una noche de tinto ahogo; y pagaba las consecuencias con un despertar miserable. Vertió un poco de agua en su jofaina de plata y frotó con ella su cara. Se incorporó para encontrarse en el espejo. ¡Qué gesto lamentable!

- Acabarás viejo pronto – Se dijo, examinando las sombras bajo sus ojos.

Con algo de pudor, abrió la puerta de su habitación. Una joven mucama fregaba la alfombra a cierta distancia. Alzó la vista hacia él y luego continuó su trabajo. Franco hubiese jurado que murmuraba. No recordaba mucho. Apenas retazos… Pirandello lo había ayudado, le parecía. No importaba.

Avanzó cansinamente por el pasillo. Le parecía que todos los sirvientes hablaban a su paso, o talvez era su imaginación. Se detuvo frente a la puerta de Néfer. Esperó, con los ojos cerrados, meditando. No era su mejor aspecto para presentarse, pero quería verla. Tocó. Nada. Volvió a tocar. Silencio. ¿Estaría levantada? ¿Habría salido a cabalgar por la mañana? Hacía calor. Ella odiaba el sol del mediodía. La llamó por su nombre secreto y no hubo respuesta.

- Doña Isabella no está en su recámara, señor Di Tasso – Informó Pirandello, a sus espaldas. Imperturbable y digno, como siempre, su cabeza descansaba sobre una inmaculada gorguera del siglo pasado.

- Ella… ¿Dijo donde iría? – Balbuceó Franco.

- Doña Isabella salió anoche, señor, y aún no ha regresado. Ciertamente, no cometí el atrevimiento de interrogarla.

Como en Lecco, aquellas primeras noches. Pero ella nunca se ausentaba en Milán, no durante tantas horas. Desconcertado, Franco regresó a su habitación y se sentó en la cama a esperar.

Había terminado de cenar, tendido sobre la colcha, cuando escuchó los cascos de un caballo sobre el empedrado del patio. Se incorporó hacia la ventana y alcanzó a ver la sombra pálida de Perla, rumbo a los establos. Bajó apresuradamente las escaleras, cruzando a grandes zancadas la distancia que lo separaba de su propia herrería y las caballerizas. Néfer traía una fusta en las manos y alzó la vista lentamente, mientras avanzaba hacia él.

- ¿Dónde estabas? – Preguntó él, secamente.

- ¿Dónde estaba? – Replicó ella, largando una carcajada - ¿Qué significa eso?

- No dormiste en el palacio, ya lo supe.

- Eres observador. Sí, ciertamente no dormí en esta casa… Hueles a vino barato, ¿Llegaste borracho anoche? Ya me enteraré.

Franco le dio alcance al pie de la escalera.

- ¿Dónde estuviste toda la noche y todo este día, Néfer? – Insistió él.

Luego de mirarlo a los ojos, ella le dio la espalda y subió los escalones velozmente. Franco dudó unos momentos y siguió sus pasos. La breve persecución acabó en la puerta de su alcoba, con él cerrándole el paso.

- ¡Respóndeme!

- Entremos. No hablaremos aquí. – Néfer se mantenía calma. Sólo sus ojos delataban la irritación.

- ¡No me importan! – Vociferó Franco, señalando a los sirvientes que fingían ignorar lo que ocurría. Sujetó a Néfer por los hombros, sacudiéndola - ¡Dime dónde estabas!

El silbido de la fusta cortó el aire y volteó el rostro de Franco. Él apretó los ojos, sintiendo el fuego como un trazo rojo en su mejilla. Néfer ya estaba dentro de la alcoba, sentada frente al tocador. Se quitaba los pendientes y su boina emplumada de amazona.

- Eres una ramera… - Musitó él. Temblaba de ira.

- ¡Te irá peor si no te controlas, te lo advierto! – Amenazó ella, sin mirarlo. – ¡Y es la última vez que toleraré un atrevimiento como ese en mi casa! ¡Tus arranques de bestia, déjalos para las taberneras que alimentan tu pestilencia! ¡No vendrás aquí a comportarte como un perro, sin que pagues tal descaro!

- ¡He sido una bestia contigo por mucho tiempo! ¡Sólo exijo que me expliques! - Franco alzaba la voz paulatinamente – … ¡DÓNDE PASASTE LA NOCHE!

Néfer se incorporó lentamente y volteó hacia él. Franco bufaba.

- Estuve con el hijo del duque de Astorga, si es que quieres saberlo – Indicó ella, tranquilamente.

- ¿El hijo del… duque…? ¿Pero acaso? – Volvía la furia.

- ¿Vas a hacerme una escena de celos, a estas alturas, Franco? ¿Quién te crees? ¡Tengo derecho a pasar la noche en la cama que me plazca! Que haya elegido la tuya no me convierte en tu esposa, recuérdalo, herrero. No olvides tu posición en esta casa y por qué estás en ella.

- Pero creí que… Néfer… - Estaba confundido.

Era cierto. No era su esposa y por cierto, jamás lo sería. Abrió la boca, buscando réplicas, palabras. Toda la cólera de hacía un momento se diluyó en desconcierto y vacío. Bajó la mirada. Aún le dolía la cabeza lo suficiente como para que cualquier reflexión se le incrustara entre los huesos del cráneo, haciendo insoportable el silencio y su propia vergüenza. Era un herrero, es verdad. Un amante, nada más.

Ella había vuelto al tocador y ahora desataba los complicados nudos de su peinado. Uno a uno caían los rizos negros sobre los hombros. Néfer levantó los ojos y lo observó a través del espejo.

- Vete, Franco. Es tarde y quiero estar sola. No pasarás la noche en esta habitación.

Luego de unos instantes, Franco avanzó lentamente hacia la puerta. Néfer interrumpió su retirada.

- Por cierto, también tú eres libre de dormir en todas las camas que encuentres dispuestas para ti en Milán, Franco. No es de mi incumbencia si decides pasar la noche con alguna prostituta de los puentes o en su defecto, con tu dulce prometida.

Franco volteó hacia ella, alterado. Ella sonrió.

- Sé perfectamente que desfloraste a la pequeña Cavalieri, Franco Di Tasso. Pero no es mi lugar comentar tus devaneos por las noches. No caeremos en tamaña vulgaridad, ¿Verdad? Ambos somos absolutamente dueños de nuestra conducta en esta ciudad y tengo intenciones de continuar divirtiéndome.

¿Qué podía decir? Ella lo sabía. Siempre lo supo. La vergüenza, como una oleada de asco, lo recorrió por completo. ¿Cómo podía ella agonizar de placer bajo su cuerpo, sabiendo que había estado con Marietta? La vio estremecerse, arañar su pecho, rugir, pedirle a gritos que se derramara en lo profundo… ¿Y lo sabía? ¿Qué clase de mujer era Néfer?

- ¿Cómo lo sabes? – Preguntó él, apenas audible.

- No importa. Ahora, por favor, déjame. Estoy cansada y aburrida de esta charla. Pídele a alguna mucama que te traiga algo para curar ese trazo en tu cara. No quiero una cicatriz en ese bello rostro. – Néfer se empinó y besó delicadamente los labios de Franco. Él se estremeció.

La puerta se cerró suavemente. Néfer se contempló unos instantes en el espejo. Enseguida dejó caer lentamente los párpados y de golpe, barrió con su mano todo el contenido del tocador. El estruendo de la porcelana y el cristal roto alarmó a una mucama que pasaba frente a la puerta.

- ¿Ocurre algo, mi señora? ¿Estáis bien?

- No ocurre nada. Dejadme sola. Estoy bien…


martes 21 de abril de 2009

XIX LA ORQUÍDEA ESCARLATA


CAPÍTULO XIX
(La orquídea escarlata)

- ¿El marqués te autorizó a pasar la noche en tu casa, Franco?

Luciano Di Tasso acababa de beber un enorme cuenco de sopa de cordero y verduras; de modo que se había reclinado en el taburete, satisfecho por una cena suculenta y por disfrutar de la compañía de su hijo, luego de tanto tiempo.

- Sí, papá. Mañana es domingo y no hay demasiado trabajo en la herrería.

Franco descansaba sobre la mesa, apoyando la barbilla sobre los brazos cruzados. Estaba pensativo, silencioso. Llevaba un sencillo jubón de terciopelo verde botella sin mangas y debajo, una camisa blanca y muy delgada. Comenzaban a sonar el murmullo tenue de los grillos por los rincones del patio. Habían sacado la mesa al pequeño jardín, junto al almendro. Era una noche calurosa.

- ¿Cómo está Fray Torcuato? Me enteré de que estuvo unos días resfriado. ¿Lo viste hoy, cuando estuviste en la parroquia? – Quiso saber Luciano, mientras guardaba los platos de arcilla en la alacena.

- Brevemente, padre.

Aquella tarde y antes de dirigirse a la casa de su padre, Franco se había presentado en la casa parroquial, justo a la hora en que Fray Torcuato oficiaba misa. Lo atendió Ofelia, maternal como siempre; ansiosa por ofrecerle bollos con crema recién salidos del horno. Sin embargo, su visita fue corta. Tenía un propósito, de modo que la hermana del párroco se apresuró a cooperar. De los pliegues de su delantal extrajo una carta algo abultada, como si llevara motas de algodón dentro.

- ¿Es un pañuelo bordado, talvez? – Aventuró Ofelia, sonriendo. – Marietta borda hermosamente. Cuando estén casados, serán dueños de los manteles más lindos de todo Milán.

Franco examinó la misiva. Palpó. Era evidente que Marietta había ocultado la forma de la llave para un tacto impertinente, talvez envolviéndola en tela. Levantó la vista cuando escuchó a Ofelia hablar, dándole la espalda, ocupada en secar platos.

- Marietta vino temprano y con mucha prisa a dejarte esa carta. Me pidió que fuera discreta, claro. – Soltó una risita – Como si fuera la primera vez que tengo que guardar silencio por este amor de ustedes. Además, ya están comprometidos, ¿Qué podría ser tan secreto? Como sea, le prometí callar nuevamente – Volvía a reírse. Se había sentado y ahora picaba zanahorias y las ponía dentro de un cuenco de madera. Franco continuaba de pie, palpando tenuemente la carta con la yema de sus dedos, escuchándola. – Es una lástima que no haya venido esta vez con Bianca y aquel muchacho rubio encantador, su primo. No recuerdo bien su nombre. ¿Salvatore, quizás?

- Stefano – Corrigió Franco, roncamente.

- ¿Lo conoces? Un chico muy agradable. Hasta me ayudó en la cocina cierto día en que Bianca y Marietta trajeron ropa tejida para los niños del hospicio.

Franco se limitó a escucharla y asentir. Estuvo taciturno.

- Te ves algo pálido, muchacho. ¿Has estado enfermo? Sería una novedad. Jamás te he visto descompuesto ni una sola vez, desde que te conozco… Y mira que eras un bebé…

- No… sólo algo cansado. Anoche hubo un baile en casa del marqués y pude dormir apenas un par de horas. – Franco había retrocedido un paso, con la intención de marcharse.

- ¿De verdad no quieres un par de bollos rellenos y un tazón de leche con miel, Franco? Fray Torcuato llegará en cualquier momento.

- No… no, gracias. Mi padre me espera.

Estaba junto a la puerta, tocando la cerradura para marcharse. En ese momento, Fray Torcuato apareció al final del corredor. En otras circunstancias habría avanzado nuevamente, para saludarlo. Era lo que hacía desde niño, aunque lo divisara desde la distancia. Pero ahora bajó la cabeza, abrió la puerta y se deslizó fuera de la cocina, velozmente. Fray Torcuato llegó junto a Ofelia, que se había quedado perpleja con el cuchillo suspendido en su mano derecha.

- ¡Se marchó sin despedirse! – Comentó ella, mirando a Fray Torcuato con extrañeza.

El sacerdote se alisó los ralos cabellos que escapaban a la tonsura y reflexionó durante unos instantes.

- Tampoco a mí me saludó – Señaló, luego de una pausa.

- Talvez no te vio – Indicó su hermana. – Tenía prisa y estaba muy extraño, silencioso.

- No, no… Sé que me vio. Fingió que no lo hizo – Aclaró el fraile, acercándose a la ventana. – Simplemente evitó encontrarse conmigo. No quería que le hablara.

- ¿Por qué haría algo así? Desde niño ha buscado refugio en esta parroquia y en hablar con nosotros. ¡Siempre ha sido así!

Fray Torcuato continuó mirando por la ventana. La puerta estrecha del patio que daba hacia la calle estaba abierta, meciéndose por una tenue brisa tibia.

- Ese es el punto, Ofelia. Franco ya no es un niño y tampoco es el mismo.




Sentado sobre su cama de infancia, Franco observaba las paredes emblanquecidas de su habitación. Los muebles le parecieron toscos y primitivos. Se había habituado a la caoba y el ébano del mobiliario de su recámara en el palacete. Sin embargo, una ternura lo embargó cuando halló todo tal como lo había dejado al partir a cumplir sus deberes como herrero del marqués De la Cañada. Luciano limpiaba el cuarto periódicamente y ordenaba los objetos como si su hijo aún fuera el niño que se retiraba a descansar en aquella cama. Se aferraba a la idea. Esperaba las visitas del muchacho con una dicha casi infantil, y lamentaba sus ausencias que, tristemente, se hacían cada vez más prolongadas.

Aquel día, Franco pudo ver que su padre había puesto flores frescas en un jarrón de losa algo saltada. Sonrió, enternecido. Luciano no era un hombre de aquellas delicadezas. Era evidente que ese detalle fue lo único que se le ocurrió para emular los lujos a los que seguramente habían acostumbrado a su hijo en aquel palacio en donde vivía hacía cerca de un año. Franco estiró las piernas y se tendió sobre la cama. Lo sorprendió el hecho de comprobar que el lecho no era lo suficientemente largo como para que descansara cómodamente; ni tampoco, convenientemente ancho o mullido. ¿Cómo pudo dormir allí durante tantos años? ¿Encogido? Estaba siempre tan agotado luego de la jornada de trabajo, que se limitaba a encogerse como un bebé y entregarse al sueño. Nunca cuestionó la pobreza de sus pertenencias. Volteó la cara y aspiró el aroma dulce de la lana de oveja de las mantas, bajo su cuerpo. Cerró los ojos y algunas imágenes se agolparon en su cabeza como destellos: Su madre arropándolo, Luciano despertándolo de madrugada, anocheceres pensando en Marietta…

Estiró la mano hacia la mesa de madera y recogió nuevamente la carta, aún con el sello intacto. La puso frente a sus ojos, examinándola a la luz de la única vela que brillaba en la habitación. Lentamente, rompió el sello y la abrió. Tenía los ojos entrecerrados, sin emoción, casi entristecidos. Del interior extrajo – efectivamente – un pañuelo que había sido cuidadosamente doblado. Dentro, se amontonaban bolas de algodón que protegían una delgada llave de bronce. Junto al pañuelo, una breve nota:

“Recuerda: la puerta del muro oeste. La ventana sobre las magnolias. Te amo”

Arrugó la nota y cerró los ojos. Dio un resoplido, mientras daba vueltas la llave entre sus dedos. ¿Y si no iba? La lastimaría, la heriría profundamente. Pero sería honesto con ella, justo, talvez. Quizás, sería mejor para ella conservar su virginidad para un momento propicio. Talvez la noche de bodas… talvez para otro hombre más digno. Franco apretó los párpados por unos instantes. ¿Sería él digno de ella, ahora que tantas cosas habían ocurrido? Recordó cómo la deseaba, siendo un temprano adolescente. ¿Era sólo eso? No… no lo era. Marietta sería su compañera, su mujer, aquella que le diera niños para llenar una casa que brillaría con flores y jardines y risas. Es cierto que se imaginó más de una vez con ella, desfalleciendo en sus brazos; pero también lo abrumaba la ternura de pensarla despertando a su lado, acurrucada en el hueco de su hombro. ¿Qué ocurría ahora? Era como si de pronto, la palabra “deseo” no tuviera que ver con Marietta, sino con Néfer. Imaginó que había crecido pensando en que las fresas eran la única forma de embotar su paladar con un sabor exquisito; y de pronto, una exótica y suculenta fruta había convertido a su antiguo placer en una lejana ingenuidad culinaria. Qué estúpido ejemplo. Sacudió la cabeza, algo avergonzado por lo fútil de su comparación.

Se sentó en la cama con los ojos fijos en un punto lejano en su habitación en penumbras. Stefano habló de una guerra. Era obvio que el primo de Pisa estaba dispuesto a dar batalla con todas sus armas, ansioso por destruirlo y quedarse con ella. Pero también, se hacía patente que Marietta optaría por él, o jamás le habría ofrecido tan repentinamente su cándida virginidad, entregándole aquella pequeña llave broncínea. ¿Realmente quería competir para ganar su derecho sobre Marietta, o era sólo arrogancia por acallar a ese burgués presumido que lo despreciaba a todas luces? Sujetó su cabeza con ambas manos y apoyó los codos sobre las rodillas. Entre sus dedos, aún brillaba la llave del patio oeste de la casa de Cavalieri.



Durante años, Franco se preguntó qué habría pasado si su decisión de aquella noche hubiese sido otra. El primer siglo, estuvo convencido de que en el momento de tomarla cambió el rumbo de su vida hacia el infierno mismo, su perdición y la de los que amaba. En el segundo, había tratado de buscar algunos indicios de que todo aquello ocurrió por un designio divino, que a la larga tenía un propósito mayor. No obstante, cada día en las décadas venideras, en las centurias que sucedieron; recordó cuando por fin dio un salto fuera de la cama y al rememorarlo siempre sintió una sensación de dolor justo en medio del pecho y un nudo en lo profundo de su garganta.

Franco recogió la manta oscura que colgaba de un clavo en el muro de cal de su habitación y se envolvió con ella los hombros. Enseguida, se ajustó el sombrero con el ala bastante baja sobre el rostro y avanzó silencioso, pero a grandes trancos, a través del corredor de tierra apisonada del taller. No alcanzó a alejarse demasiado, cuando una voz provocó que se detuviera de golpe.

- ¿Adónde vas a esta hora, Franco?

La voz de Luciano no era autoritaria ni agresiva. Sonaba más bien triste. Sin volverse, Franco le respondió con tono resuelto, luego de una prolongada pausa.

- Debo salir, padre. Por favor, no me hagas preguntas.

- ¿Es una mujer, verdad?

Franco volteó lentamente. En la oscuridad de aquel patio, aún mayor por la sombra del almendro sobre ellos, no podía distinguir los gestos de su padre. Apenas su silueta robusta.

- ¿No merezco saber quién es la mujer a la que ves a escondidas a esta hora? Dime, ¿Tienes alguna amante o vas simplemente a algún burdel? Creo que tengo derecho a enterarme – Puntualizó Luciano, dando un paso hacia él.

- No necesariamente voy a ver a una mujer – Aseguró el muchacho con tono decidido.

- Franco, soy un hombre ignorante, pero no un idiota. ¿Vas a reunirte con la muchacha Cavalieri? O acaso, regresas a la alcoba de la sobrina del marqués De la Cañada…

- ¡Nunca te he dicho que tengo algo con la sobrina del marqués, padre! – Exclamó Franco, alterado.

- Dejaste de mencionarla. Antes de marcharte a ese pueblo del lago Como, me hablabas sobre ella, asustado por sus coqueteos. Pedías mi consejo – Observó Luciano – Luego, viajaste con ella a Lecco. Desde entonces, no volviste a hablar sobre esa dama. No soy un estúpido, hijo. Sé que en ese lugar ocurrieron cosas.

Franco bajó la cabeza y se mordió los labios. No era la hora ni el momento para contar historias o pedir consejo. Por lo demás, le avergonzaría tratar con su padre los escabrosos detalles de su relación con Néfer; pero ya era tarde para negar nada. Y no quería mentirle.

- No es a doña Isabella a quien visitaré esta noche, padre – Admitió Franco.

- Entonces es a la hija de Cavalieri, ¿No es así? – Insistió Luciano. Su hijo no replicó nada y sólo fijó la vista en sus botas. El herrero dio otro paso hacia el muchacho. - ¿Crees que es correcto que hagas algo así con una muchacha honesta como ella?

Franco levantó los ojos. Sentía que temblaba levemente.

- Voy a casarme con ella y seguirá siendo honesta, padre.

- Y también continuarás ocupando la cama de aquella noble en casa del marqués. Muy conveniente.

Pausa. Silencio. Franco podía oír su respiración y el viento que agitaba las ramas del almendro y los cabellos de la silueta oscura de su padre.

- No creo que María y yo te hayamos educado para comportarte como un libertino – Observó Luciano, quedamente.

Franco bajó la mirada y sintió el latigazo helado en medio de la garganta. Ese pudo ser el momento. Pudo serlo, sí. Precisamente. ¡Cómo le dolió durante años y años! ¿Por qué no dio media vuelta y regresó silenciosamente a su habitación, arrojando aquella llave lejos? ¿Por qué no abrazó a su padre, aterrado, dispuesto a contarle todo? Y si aún así estaba dispuesto a salir, ¿Por qué no volvió a golpear las puertas de la parroquia, como en aquella madrugada, cuando la angustia le quemaba el pecho? Pero no lo hizo. No hizo nada de eso. No replicó a las acusaciones de Luciano Di Tasso ni tampoco procuró disculparse. Simplemente dio media vuelta y salió silenciosamente del taller de su padre.




Cualquier mínimo sonido la hacía temblar entre las sábanas de su cama. A pesar de haber dado dos vueltas a la llave de la puerta, permanecía atenta a cualquier indicio de movimientos en la casa. Pero no había nada. Sólo el tenue rumor de los grillos, el sonido de las hojas meciéndose al viento y ladridos lejanos de algún perro solitario. Se sentó. Antes de retirarse a sus habitaciones, se había dado un largo baño tibio perfumado con hojas; y posteriormente, cepilló pacientemente su cabello hasta dejarlo flexible y brillante, como una suave planta cobriza. Dudó: ¿Debía usar algo de maquillaje. La habitación estaría en penumbras, pues sería imposible encender cualquier vela y llamar la atención de la familia o los criados. Había luna llena y los objetos se delineaban levemente con tonos plateados. Marietta agradeció que su recámara se ubicara en el primer piso, evitando así que Franco tuviera que hacer acrobacias para abordarla. Los perros de su padre, dos labradores más ruidosos que feroces, dormían plácidamente, aturdidos por la infusión que la muchacha había mezclado con leche, unas horas antes.

Tenía miedo. No sólo de la posibilidad de ser descubierta en sus atrevidos planes, sino de la situación, de tener a Franco cerca, de desnudarse frente a un hombre, del acto desconocido, del dolor. Llevaba un ligero camisón vaporoso. Cerró los ojos, palpando sus pechos en la oscuridad. Nadie los había tocado antes. Nadie había conocido ese cuerpo que estaba dispuesta a entregar, a utilizar de un modo ignoto. ¿Cómo sería el cuerpo de Franco? La intrigaba la textura y el aroma de su pecho, el sabor de la piel de su cuello. ¿Qué ocultaría él? Era tan hermoso. Imaginar las manos de su amante descubriéndola, la hicieron ruborizarse en las tinieblas de su cama, encenderse, predispuesta.

De pronto lo sintió. El tenue rumor sobre las piedras próximas a su ventana. Sigiloso, suave. Las magnolias temblaron bajo unas suelas que pugnaban por trepar el alféizar de la ventana. Contuvo la respiración cuando la sombra se deslizó de un salto dentro del cuarto, irguiéndose como una silueta oscura.

- Franco… - Murmuró Marietta. Sentía que su pecho estallaba.

Él se quitó lentamente el sombrero y la capa. Los dejó cuidadosamente sobre una silla forrada de damasco. Dio un paso vacilante hacia ella, mientras se quitaba los guantes. Marietta permaneció inmóvil, respirando profundo, entrecortadamente, trémula.

- No tenemos que hacerlo. – Dijo él. Su voz sonaba distante.

Ella extendió una de sus manos para tocar su rostro. Estaba tibio y algo áspero por la barba incipiente en la zona del mentón.

- Quiero hacerlo – Se oyó decir Marietta. – Siempre lo quise y no estaba lista.

- ¿Por qué crees que estás lista ahora? – Insistió él. Había retrocedido levemente, escapando al contacto de sus dedos. – Estás temblando. Tienes miedo.

- No me hagas preguntas – Murmuró ella, bajando la cabeza y cogiendo con ambas manos los bordes de su camisón de muselina, prendidos de sus hombros.

La tela era ligera como el aire, tenue y delicada. Al bajar los breteles, se deslizó como una cascada etérea hasta agolparse en sus tobillos. A pesar de que la habitación estaba en penumbras, su propia desnudez la abrumó. Sintió el rubor ardiendo en sus mejillas y concentrándose en sus senos, irguiendo las pequeñas puntas. Con los ojos cerrados avanzó hacia él, expectante, inquieta; como si presintiera el contacto próximo y quemante.

Franco la atrajo suavemente. Al estrecharla, ella hundió la cabeza en el terciopelo del jubón que encerraba el pecho del joven, y sintió como las lágrimas le anegaron inmediatamente los ojos.

- No me pidas que desista, Franco. – Rogó ella, en medio de suaves sollozos. – Recuerdo bien cómo me deseabas y si ahora me rechazas, sabré que tu interés por mí ha mermado.

No se atrevía a levantar la mirada hacia él. Franco apoyó en silencio la boca sobre la cabeza rojiza de Marietta, aspirando el aroma delicado de jazmín que emanaba de sus rizos sueltos. Estaba enternecido. Si por un minuto dudó de la procedencia de su visita y estuvo a punto de retroceder por aquella ventana sobre las magnolias, ahora estaba atrapado por el dulce temblor de aquella muchacha que se aferraba a él como una niña.

- Ya no llores – Susurró, levantando con un dedo el rostro de la chica. Ella estuvo a punto de decir algo, pero fue acallada por un largo beso.

Tendida sobre las sábanas de batista, Marietta contempló la silueta de Franco, mientras se despojaba de sus prendas, una a una. Aguardó fascinada y ansiosa, maravillada por el contorno de los hombros de su amante y por la curva de los músculos de los brazos que ahora se apoyaban sobre el colchón para avanzar hacia ella.

- Cierra los ojos – Ordenó él.

Ella obedeció al punto, esperando paciente en aquella vigilia oscura, hasta que el calor húmedo de la lengua de Franco contra su piel la sobresaltó. Sintió el aroma del cabello de su amante cuando rozaba su cuello y el breve paso entre sus pechos. Le permitió explorarla, pasivamente, abriéndose como una flor, sometiéndose, convirtiéndose en receptáculo y fuego. Increíble. Él parecía conocer las rutas precisas, los caminos adecuados. Avanzaba por laberintos en su piel, con maestría y firmeza. La guió por el deseo hasta que ella misma se sorprendió de su propia lubricidad, de sus ansias, de su anhelo desconocido. Él se incorporó de rodillas y a contraluz de la Luna. Marietta pudo ver sus brazos tensos mientras la atraía con fuerza, buscando ángulos precisos. Lo vio reclinarse sobre ella, oscureciéndola con la sombra de su torso; e instintivamente lo aprisionó con sus brazos y con sus piernas, como si hubiese recibido una silenciosa instrucción. El dolor quemante y súbito la hizo arquear la espalda y abrir los labios para proferir un gemido; pero él la silenció prestamente, cubriendo su boca con una de sus manos.

Apretó los ojos mientras se sentía desgarrada, húmeda y plena. Trazó líneas con sus uñas sobre la piel de la espalda de Franco, mientras se habituaba a la repentina invasión, al contacto intenso de las inmisericordes embestidas. Él susurraba algo. Ternezas, talvez. No pudo comprenderlo, concentrada en aquel dolor que paulatinamente se fue diluyendo, hasta convertirse en una sensación extraña y desconocida. Había comenzado como un ligero temblor en su vientre, hasta avanzar entre sus piernas e invadirla en lo profundo. Aquella ola quemante de placer inesperado llegó finalmente como un estallido y la obligó a contraerse como si se estuviera incinerando. Despertó a tiempo de su exquisito éxtasis para verlo a él explotando por dentro y colmándola de su propia esencia.


- Debes ocultar esas sábanas – Señaló él, mientras se vestía – Sangraste.

- Sí – Asintió ella, apenas audible.

Lo observaba, mientras él se calzaba las botas, abrochaba los botones de plata del jubón y hundía las manos dentro de los guantes.

- ¿Tienes que marcharte ahora? – Preguntó ella, quedamente – Aún es de noche.

- Precisamente porque es de noche, debo aprovechar de marcharme antes de que despierte sospechas – Dijo él, recogiendo su sombrero.

Marietta estaba sentada sobre su cama, jugando con el encaje del borde de su sábana.

- No lo imaginé así – Concluyó ella.

- ¿No te gustó? – Preguntó él, inmóvil y sin darle la cara.

- No me refiero a lo que hicimos. Sólo… pensé que te quedarías conmigo. Que despertaríamos juntos. – Admitió Marietta – No creí que te vería partir enseguida, como un bandido.

- Entré aquí como un bandido, Marietta. Es justo que me vaya como tal, si queremos que no nos descubran.

- Si nos descubren… apresurarían la boda. Quizás sea mejor – Sostuvo ella, tristemente.

Pausa. Franco se volvió para mirarla. Un punto incierto en la oscuridad.

- ¿Quieres llamar a tu padre para decirle que te forcé, entrando furtivamente en tu cuarto?

¿Era ironía o pregunta sincera? Marietta se abstuvo ante la duda, temerosa por la posible respuesta.

- No haría tal cosa – Señaló ella. Bajó la mirada, confundida. No podía determinar si debía sentir dicha o angustia. Antes de que tomara una decisión, él había cogido su rostro con ambas manos enguantadas. Dejó un beso breve sobre sus labios.

- Es mejor así. Debo marcharme ahora – Concluyó él, susurrando en su oído – Conservo tu llave y regresaré durante más noches, si así lo deseas.

- Sí – Concedió ella, cerrando los ojos para recibir un nuevo beso.


Apoyada en el alféizar de la ventana, lo vio alejarse sigilosamente entre los arbustos del jardín y desaparecer como un gato, detrás de la puerta oeste.

Avanzó hacia la cama. Temblaba nuevamente. Un dolor sutil le adormecía los muslos. Encendió una de las velas del candelabro de bronce sobre su mesa de noche y examinó las sábanas. Sobre la tela y como una orquídea pequeña, se dibujaba el contorno escarlata de una mancha de sangre.

sábado 11 de abril de 2009

XVIII SOLSTICIO DE VERANO

CAPÍTULO XVIII
(Solsticio de verano)

La seda era delicada, amarilla y suave, resbalosa y deliciosamente brillante. Marietta dio saltos como una niña cuando finalmente el vestido se deslizó a lo largo de su silueta encorsetada y se adaptó perfectamente a su talle. Una de las doncellas comenzó a atar los pequeños nudos de las mangas y a estirar los metros tersos y amarillos de la tela.

- ¡Qué bonito color, señorita Marietta! Y combina tan bien con vuestros ojos y vuestro cabello… - Comentó la sirvienta, mientras acomodaba los pliegues de la falda y las mangas abullonadas.

La señora Cavalieri observaba a cierta distancia, ya ataviada con un elegante vestido terracota con encaje blanco en el cuello y el borde de las mangas. Se acercó a su hija que estaba de pie frente a un espejo de cuerpo entero, recogiendo los bordes de la falda y jugando a girar en medio de una danza. La dama extrajo una pequeña bolsa de terciopelo negro de entre sus ropas y luego, lo que parecía un objeto delicado. Extendió una delgada gargantilla de oro de donde pendía una hermosísima y solitaria esmeralda. Marietta se quedó inmóvil y sorprendida mientras su madre la abrochaba en su cuello.

- Era de mi abuela – Explicó la señora Cavalieri – La llevé en mi boda, en tu bautizo y el de tus hermanas; y ahora te corresponde usarla en este baile.

- Es preciosa – Susurró Marietta, cogiendo sus manos y depositando varios besos en ellas – Madre, ¡Estoy tan enamorada! Este baile me hace tan dichosa…

Gianna Cavalieri retrocedió suavemente y comenzó a recoger los cabellos de su hija, probando diferentes estilos de peinado.

- Sé que estás enamorada y con un ardor que me asusta, hija – Comentó la señora, sentándose a unos metros, sobre una silla forrada de damasco. Marietta se había instalado frente al tocador mientras la doncella cepillaba sus rizos rojizos.

- No tiene nada de malo que lo ame con ardor, madre. – Se excusó Marietta, levemente sobresaltada. – Franco y yo jamás hemos hecho nada que…

- No estoy insinuando que hayan hecho algo. Te conozco y confío en ti; pero son otros los motivos para mis reparos acerca de ese muchacho – Rebatió la madre, alisando un pañuelo de encaje sobre sus rodillas.

- Te molesta su origen, ¿Verdad? – Preguntó Marietta, sombríamente.

- Nada de eso. Tu padre también surgió de la nada y si es por ambiciones y capacidades, no podrías tener mejor prospecto. Sólo… Te veo tan entusiasmada, tan llena de ilusiones – Su madre estaba nuevamente junto a ella, acariciando sus hombros. La doncella seleccionaba algunas joyas de un cofre de madera, para prenderlas en el peinado de la joven – Y él, tan sometido a los lujos y las tentaciones en aquella casa.

- ¿Crees que puede serme infiel o hacerme sufrir, mamá? – Preguntó Marietta, clavándole los ojos a través del espejo.

- No tengo pruebas para hacer una afirmación semejante, hija mía. Pero si he de ser sincera, hubiese preferido que tu corazón se decidiese por Stefano. – Le daba la espalda ahora, caminando hacia la ventana – Tengo el presentimiento de que él jamás te haría daño.

- Franco nunca me hará daño, mamá. Él ha sido fiel y me ha amado desde hace años. Me escribía a diario, te lo conté.

- Me lo dijiste, sí. Pero también sé que de pronto dejó de hacerlo; y eso ocurrió cuando se mudó a casa del marqués.

Marietta palideció por unos instantes y luego abrió nerviosamente una polvera de porcelana. Untó en ella un pequeño hisopo de plumas y comenzó a rozar con él la piel de su escote. No era demasiado generoso; pero permitía intuir pechos juveniles y erguidos, bajo el bordado del corpiño de seda amarilla.

- Es cierto que dejó de escribirme. Pero ya viste que pidió mi mano en casa del marqués, la noche de la cena. Si hubiese dejado de amarme lo sabría, ¡Lo habría sabido esa noche! – Zanjó Marietta, hurgando ansiosamente entre las botellitas de cristal y los frascos de losa. Uno de los recipientes resbaló y se destrozó contra el suelo.

- Dios mío, qué idiota – Murmuró Marietta, inclinándose. La sirvienta se apresuró a ayudarla.

Cuando la joven se incorporó, halló los ojos de su madre, nuevamente prendidos de ella, en el espejo.

- ¿Es que Stefano no te agrada ni un poco siquiera? – Preguntó repentinamente la señora Cavalieri, casi suplicante – Es tan agradable y dulce. ¡Y además, es apuesto! Te juro, Marietta, que es muy parecido a la hermosa escultura del David de Michelangelo; ya sabes que la vimos con tu padre cuando estuvimos en Florencia en aquella ocasión en que...

- ¡Mamá, por favor! – Interrumpió Marietta, algo irritada – Aprecio a Stefano; de hecho siento afecto por él; ¡Pero por favor, no trates de imponerme algo que no siento! Voy a casarme con Franco, porque estoy enamorada de él y no cambiaré de opinión.

- No pretendo hacerte enfadar, Marietta; sólo que consideres otras posibilidades. A veces los muchachos pueden herirnos o decepcionarnos. Recuerda lo que sufrió tu hermana Gianinna cuando se enteró de las infidelidades de su novio. Afortunadamente conoció a Piero y ahora es feliz a su lado.

- Mamá, ¿Sabes algo que yo no? ¿Alguien te dijo que Franco me era infiel? Si es así, creo que es tu deber decírmelo – Inquirió Marietta. Por su tono de voz se notaba que un nudo le oprimía la garganta.

- Tú lo has dicho. Sería mi deber decírtelo. No tengo pruebas en contra de ese muchacho; sólo mi intuición de madre. Está claro que eso no te basta.

- No, mamá. Y lo siento.

En ese momento tocaron a la puerta. Marietta se volvió hacia el espejo, ordenando algunos rizos con un peine de largos dientes de marfil. Alzó los ojos cuando escuchó una voz masculina y pudo ver a Stefano de pie, en el umbral de la puerta. Traía un traje que evocaba a un mosquetero francés, azul claro, muy bonito; y el pelo rubio rodeando su rostro alegre de vikingo; como un lindo marco de bucles. Efectivamente no era nada feo, pero era imposible que Marietta admirara la belleza de la luna, si llevaba tanto tiempo cegada por un espléndido sol.

- Estás preciosa, prima – Comentó Stefano, suavemente.

- Gracias – Fue la lacónica respuesta de Marietta. Le avergonzaba que la doncella permaneciera expectante a su reacción, habiendo oído la charla que mantuvo con su madre. Siempre le pareció incómoda aquella costumbre de la señora Cavalieri. No parecía importarle en lo absoluto que los sirvientes se enteraran de intimidades familiares. ¿Acaso los creía sordos o invisibles?

- Te ves espléndido, Stefano – Se apresuró a decir la esposa del mercader de telas, para disimular la frialdad de su hija. – Marietta estará feliz de que la escoltes al baile.

- Pero… ¿Acaso el prometido de mi prima no será quien la escolte? – Preguntó Stefano, con una exquisita inocencia en su voz.

Marietta se incorporó.

- Franco es un hombre ocupado, Stefano. – Sentenció Marietta, glacial - Seguramente tiene mucho que hacer antes del baile, por eso no le es posible venir por mí.

- Sin duda, prima. ¡Debe estar ocupadísimo! – Exclamó Stefano con una sonrisa espléndida. Sostenía la mirada de Marietta, como si buscara algo. Marietta se sintió repentinamente incómoda.

- Mamá, creo que es tarde. ¿A qué hora nos iremos al palacio del marqués? – Preguntó la chica, ansiosamente; como si tratara de desembarazarse de los ojos azules de Stefano, clavados en los suyos.

- Debo esperar a tu padre. Ya lo conoces, no quiere partir sin antes dejar todo en orden en el taller – Explicó su madre, arreglando leves detalles de su peinado. – ¡Stefano puede partir antes contigo! Antonio y yo los alcanzaremos enseguida.

Marietta se encontró nuevamente con la sonrisa expectante de su primo; esta vez con la cabeza ladeada y una ceja en alto.

- Creo que mi prima prefiere que partamos todos juntos, tía. – Murmuró Stefano. Parecía divertido con la situación.



Si había alguien que sabía celebrar lo que fuera, era Lázaro De la Cañada. Sus invitados ignoraban cuánto dinero despilfarraba en cada uno de sus bailes pero poco importaba. Nada parecía agotar sus arcas, repletas de infinita riqueza.

Al entrar en la amplia avenida empedrada, podían verse filas de antorchas de plata iluminando la vía de los carruajes; las magníficas luces de miles de cirios muriendo dentro de sus candelabros de oro en los salones; haciendo que el palacio pareciera un hermoso incendio desde lejos. La noche perfumada y fresca era un marco maravilloso para el fastuoso espectáculo de cientos de invitados en coloridos trajes de sedas finas, los caballos adornados como cortesanas orientales y el sonido embriagante de la música proveniente de las habitaciones interiores.

Franco se asomó a la ventana de su habitación. Desde allí podía observar el frenético trajín que antecedía a la fiesta, la euforia de la servidumbre, la magnífica soberbia de los invitados. Ya estaba habituado a llevar ropajes suntuosos; de modo que poco le impresionó encontrar toda clase de atuendos en su recámara. Eligió un elegante traje negro con pocos adornos. Lo hacía verse más alto, quizás más delgado y melancólico; como un Hamlet pensativo y distante. Acarició distraídamente las plumas azules de su sombrero oscuro. Ya no estaba ansioso por el baile ni por la presión de aparentar ser un noble entre aquellos encopetados aristócratas; ya no era importante fingir en la mesa que estaba habituado a usar cubiertos de oro y plata. Sólo estaba triste, incomprensiblemente triste; como si le hubiesen arrancado un recuerdo o un pedazo de sí mismo y no pudiera respirar libremente desde el momento de la pérdida.

La puerta se abrió suavemente. Néfer apareció en el umbral, ataviada con un fabuloso vestido de satén blanco bordado, apropiado para el calor de la noche. Debajo de sus finísimas enaguas se asomaban chapines de seda, a la moda francesa. Traía el peinado favorito de Franco: el cabello recogido a los lados de su cabeza y derramándose en rizos compactos sobre los hombros redondos. Al moverse, brillaban las pequeñas cabezas de plata y perlas que sostenían su negro y lustroso pelo. No importaba cuántas veces la viera vestida como una reina; siempre provocaba que cortase su respiración por unos segundos.

- Lindo vestido – Fue lo único que pudo comentar.

- Gracias. La tela es de los talleres de tu querido suegro, por cierto. – Néfer le dio una rápida ojeada – Tú tampoco estás nada mal. Un tanto sombrío, talvez; pero el negro te viene bien. Pareces un lúgubre príncipe…

Franco no respondió y continuó mirando por la ventana. La brillante multitud se movía ruidosamente en los pisos inferiores. De pronto, Néfer estaba junto a él, abanicándose junto al cristal.

- ¿A qué se debe esta irritante melancolía, Franco?

- No estoy melancólico. Sólo… pensaba. Hoy querrás que baile una de esas pavanas y gallardas que me enseñaste y no estoy muy seguro de si podré hacerlo. – Se excusó él, poniéndose el sombrero. Ella se acercó y lo torció un poco, a la moda.

Néfer avanzó con hastío hacia el borde de la cama y se sentó lentamente, alisando cuidadosamente los pliegues del satén briscado de su falda. Levantó los ojos y se encontró con los de Franco.

- No son las pavanas las que te ponen así, Franco Di Tasso. No sabes mentir, como siempre. – Néfer se concentraba ahora en el diseño intricado de una pulsera de donde pendían pequeños diamantes. Enseguida volvió a alzar la mirada. – Si los remordimientos no te dejan en paz, mi hermoso herrero de ojos grises, ¿Por qué regresas a mi cama una y otra vez?

Franco tragó saliva, aturdido por la crudeza de la pregunta y por lo directo de esas palabras. Trató de abrir la boca para dar una respuesta, pero no existía. Al menos, no claramente. Antes de que pudiese hablar, la suave voz de Néfer volvió a cortar el silencio: mimosa, felina y absolutamente embriagante.

- Yo no te obligo, Franco.

Néfer se incorporó y avanzó lentamente hacia él. Podía escucharse el siseo suave de la tela con cada paso cadencioso. Cuando estuvo a pocos centímetros, posó su mano sobre el pecho de Franco y levantó las tupidas pestañas, revelando el brillante marrón de sus ojos almendrados. Se empinó suavemente sobre sus chapines, hasta alcanzar la boca de Franco y aproximó sus labios rojizos a los de él. Apenas unos milímetros… La dulce tibieza del aliento de Néfer hizo a Franco emitir un breve jadeo.

- Si este corazón late por Marietta, entonces no deberías regresar nunca más a mi habitación, Franco – La distancia entre la boca de Néfer y la suya era mínima, escasísima. Un milímetro y sus palabras se convertirían en un beso – No es correcto, ¿Verdad? Vas a casarte con ella… Lo dijiste delante de todos… Fue eso lo que te trajo aquí, a esta casa y a Lázaro…

- …Ya no soy el mismo – Susurró Franco, entre jadeos.

- No, no eres el mismo – Respondió ella de forma casi inaudible, y apenas hubo pronunciado esas palabras dio una leve lamida a la boca de su amante.

Franco la besó ansioso, mientras levantaba el satén blanco de su falda, aferrando los muslos torneados, alzándola sobre sus caderas y empujándola contra el muro.


Marietta descendió del carruaje, ayudada por su propio padre; que ahora lucía un traje muy elegante pero que se notaba que lo incomodaba. El mercader infló el pecho al tomar la mano de su hija menor y comprobar que no tenía nada que envidiar a ninguna de las damas de ese baile. Enseguida se apresuró a entregarle el brazo a su esposa.

- Hermoso vestido, Gianna. Escogiste una excelente costurera. – Comentó Cavalieri, acariciando la mano de su mujer.

- Lo sé. Valió la pena la fortuna que cobró, querido esposo. Estoy muy satisfecha.

Marietta se había adelantado unos metros, apretando su abanico ansiosamente y mirando atentamente a su alrededor. Tantas personas la abrumaban. Tanta elegancia. Había ido a un par de fiestas públicas, a una cena familiar en casa de sus tíos paternos; pero jamás a un baile como ese. Se detuvo en la escalinata de mármol que conducía a la entrada y se ruborizó repentinamente. Varios jóvenes la observaban, sonriéndole, inclinándose con el sombrero en la mano para halagarla. Desconcertada, respondió a los saludos con una leve reverencia. En ese momento Stefano llegó a su lado.

- Es mejor que entremos, prima.


El salón estaba atestado de invitados. Lázaro de la Cañada, vestido de granate y oro, recibía a los brillantes concurrentes que pugnaban por presentarse, por abrumarlo de adulaciones, por impresionarlo. Un corrillo de lacayos africanos vestidos con ropas exóticas avanzaba entre las damas y caballeros, ofreciendo toda clase de bebidas. En el fondo, resonaba la música, mientras las parejas bailaban. El marqués levantó la vista y halló a Cavalieri, entusiasmado, saludándolo. Una leve inclinación de la cabeza del noble albino dejó al mercader con su orgullo satisfecho.

- Un brillante caballero – Comentó, ufano; mientras atrapaba una copa de cristal verde que un criado le ofrecía.

Marietta inspeccionaba a su alrededor, nerviosa, casi irritada. Su madre le preguntó algo y dio un respingo. A alguna distancia, un grupo de jóvenes la observaba, haciendo comentarios, riendo. “Que no se acerquen a pedirme que baile” pensó ella, retorciendo su abanico, dándoles la espalda.

- No ha venido el señor Di Tasso, Marietta. – Comentó Stefano distraídamente, mientras levantaba la cabeza como si inspeccionara entre la multitud. – Qué extraño. Pensé que estaría esperándote en la entrada.

- Supongo que está ocupado, como siempre – Murmuró ella.

- Como siempre – Recalcó Stefano, y recogió una copa para ofrecerla a Marietta.

Con paso lento, ondulante, Néfer bajó las escaleras, escoltada por dos doncellas disfrazadas de hadas. Tenía los hombros desnudos y con un leve toque de un polvo plateado que la hacía parecer una exquisita Titania. El escote era tan pronunciado, que muchos albergaron la esperanza de que en cualquier momento cediera y revelara sus legendarios atributos. Al final del último peldaño, Lázaro la esperaba con el brazo extendido. Avanzaron entre la multitud fascinada que se inclinaba a su paso. Stefano alzó los ojos y vio que Franco descendía las escaleras discretamente, sin escolta ni aspavientos, casi con sigilo.

- Detrás de ella. Estaban juntos – Se dijo Abiatti, y apuró un sorbo de vino antes de sonreír.

Cuando Franco finalmente se presentó con la familia Cavalieri, Marietta pudo sonreír. El mercader, naturalmente, recibió a su futuro yerno con el entusiasmo de las últimas semanas y su esposa, por su parte, con la discreción habitual de una madre desconfiada. Franco percibió la reticencia de Gianna Cavalieri y sobretodo, la de Stefano Abiatti, que se limitó a saludarlo con una inclinación de cabeza, más para cumplir que por genuino respeto.

Efectivamente, Franco había aprendido a bailar aquellas danzas de salón que Néfer consideraba imprescindibles. No era demasiado ágil, pero tenía porte y belleza que suplían con encanto la elegancia que le faltaba para su interpretación. Se unió a las filas interminables de caballeros y damas, llevando a Marietta prendida del brazo, absolutamente amarilla y orgullosa. La chica estaba tan emocionada por aquella instancia mágica, que no cesaba de comentar lo que veía. Estaba sobrecogida por el garbo de los atuendos, por la fastuosidad del mobiliario, por la delicadeza de la música, por la majestuosidad del pálido anfitrión que se limitaba a sonreír y charlar desde su trono lejano, como si su único propósito fuera el de regalar diversión para aquella muchedumbre dorada. A cierta distancia, Stefano Abiatti los observaba en silencio.

Poco antes de la cena, Néfer se acercó a los Cavalieri. Parecía agitada por la danza y la corte de caballeros que aspiraban a un lugar en su lista de parejas de baile. Aún llevaba los hombros con una leve escarcha plateada, como si una pequeña estrella se hubiese pulverizado sobre sus cabellos y su cuerpo, una vez que estuvo vestida con su magnífico traje de reina blanca. Saludó al mercader y a su familia y se comportó encantadora y alegre con Stefano. Esa actitud pareció tranquilizar a Marietta. Tenía la esperanza de que aquella legendaria seductora se interesara por los rizos rubios de su primo y, de paso, descartara cualquier sospecha de su cercanía con Franco. Sonrió abiertamente, satisfecha por aquel repentino cambio de conducta.

Franco, algo meditabundo, permanecía a cierta distancia; concentrado en el vino dorado que se movía oleoso y dulce dentro del cristal verdoso de su copa. Los escuchaba hablar, alzando la mirada de vez en cuando; sin intervenir.

Marietta expresó su maravilla ante la espléndida concurrencia. Sin temor a parecer una pueblerina, exclamó frente a las ropas fastuosas y la elegancia de los modales de todos los invitados. Néfer lanzó una carcajada y luego ocultó su encantadora sonrisa detrás de las plumas plateadas de su abanico.

- Querida, te aseguro que ninguno de estos miserables merece halago alguno. – Señaló hacia la pista de baile. Un par de jóvenes la saludaron con una inclinación - Todos son unos bellacos; y las damas, unas mujerzuelas sin honor.

Con naturalidad, relató escabrosas historias sobre la vida privada de aquellos invitados. Indicó a doña Emilia De Carvajal y Estrada, marquesa de la Rivera, una mujer que rozaba los cincuenta años y exhibía un rostro ajado, pero hábilmente demarcado por afeites y almizcle. Había contratado a un sicario para que diera muerte de una vez a su octogenario esposo, y poder así retozar libremente con un amante veinteañero que le quitaba años y joyas de encima. También a don Alfonso De Molina y Alderete, famoso por seducir a muchachos con la promesa de una bolsa de monedas. Mencionó al conde de Bobadilla, tristemente muerto hacía algunos meses; talvez, la única competencia de aquel célebre sodomita. El cardenal De la Rioja charlaba animadamente con el marqués de la Cañada, cuajado de diamantes y piedras preciosas brillando sobre sus hábitos religiosos. Era de dominio público que hacía llevar a prostitutas a sus habitaciones monacales, a las que gozaba azotar antes de proceder a calmar sus apetitos. Iba muy maquillado, naturalmente, ocultando las erupciones de un rostro obeso y enfermo de venéreas. El prelado se volvió hacia Néfer, y sonrió afablemente. En efecto, el sudor comenzaba a desdibujar la pátina blancuzca del talco sobre su piel cetrina.

Continuó describiendo a algunos de los más insignes habitantes de los salones de su tío, como si aquellas canalladas no fueran más que una tenue sazón para el tedio de la vida palaciega.

Marietta la escuchó en silencio y con los ojos abiertos durante todo el relato. Todas aquellas descripciones escapaban de su imaginación y cuando pudo reaccionar por fin, se alegró de que sus padres se hallaran enfrascados en abierta charla con un grupo de caballeros, a sus espaldas.

- ¿No os asusta tratar con esta clase de personas? – Quiso saber Marietta, sinceramente intrigada.

- ¿Por qué habría de asustarme? – Respondió Néfer, encogiendo levemente los hombros – Querida, nos rodea la maldad en todo momento. La fortalecemos con nuestros miedos. Más nos vale sonreír y divertirnos, mientras danza a nuestro lado. ¿No lo creéis así, señor Abiatti?

- Por mi parte, señora mía, tengo preferencia por alejarme de libertinos y canallas. – Respondió Stefano, casi desafiante.

- Hacéis bien, señor Abiatti. Ciertamente, os conviene mantener la distancia de libertinos y canallas, como decís. – Néfer lo miraba directamente a los ojos – Aunque el destino os ponga a aquellos demonios enfrente; más os vale alejaros. No todos tenemos la capacidad para movernos libremente por las aguas turbias sin que una anguila venenosa nos dé una mordida.

Hubo una pausa incómoda. Néfer alzó la cabeza, sonriendo, y encontró el mercurio fundido de los ojos de Franco clavados en los suyos. Rápidamente apartó la mirada hacia Marietta.

- Mi querida niña, es necesario que conozcas a algunos invitados. El hijo del duque De Astorga me ha preguntado varias veces por aquella belleza de luz amarilla que iluminaba el salón durante el baile. Te presentaré a algunos de mis amigos más cercanos – Luego se volvió a Franco, divertida – Franco, deberás dominar tu naturaleza celosa. No dejaré sola ni por un minuto a tu prometida y te la devolveré como la doncella dulce e intacta que es. Mientras tanto, el señor Abiatti y tú pueden hacerse amigos.

Se alejó, llevando de la mano a Marietta, que se volvió algo desconcertada hacia Franco. Desaparecieron en el bosque de invitados.

Durante un par de minutos, Franco se limitó a beber calmadamente de su copa, hasta que no vio más que su reflejo en el fondo. Sabía que Stefano lo observaba de reojo, evaluándolo, tomando pequeñas notas de la situación. Finalmente el aire se cortó con las primeras palabras.

- Seguramente sois uno de los mejores herreros de Milán, o no estaríais instalado en esta casa y disfrutando de los placeres de la nobleza – Observó Stefano, con una sonrisa algo torcida.

- Es lo que el marqués piensa de mí – Se limitó a responder Franco, sin mirarlo.

- Doña Isabella de Béjar parece tener, también, una excelente opinión sobre vos. – Añadió Stefano, sin dejar de sonreír.

- No fue ella la que contrató mis servicios, señor Abiatti. Fue su tío, don Lázaro.

- Sin embargo es muy cercana a vos. Eso se nota. – Stefano reía entre dientes.

Franco se volvió hacia él. Comenzaba a irritarse.

- Mi cercanía con doña Isabella, imagino, es similar a la que vos tenéis con mi prometida. – Franco ahora lo enfrentaba con la mirada.

Stefano dejó escapar una leve risa.

- No, no lo creo, señor Di Tasso. Mi prima está comprometida con vos y, debo admitirlo, no tiene ojos para nadie más. Supongo que también es vuestro caso, ¿verdad?

Franco cayó en cuenta de la situación. Este tipo parecía acusarlo, manejar una información de la que él carecía. Un dejo de sorna destilaba de sus palabras, una especie de maliciosa certeza. No podía indagar directamente. En caso de estar errado, las consecuencias serían nefastas si lo enfrentaba. ¿Y si sabía algo más? Se volvió lentamente hacia él, midiendo cada gesto.

- También vos tenéis ojos solamente para mi prima Marietta, ¿Verdad? – Reiteró Stefano. A la luz de las velas, sus ojos azules brillaban con pequeños destellos dorados.

- ¿Por qué me hacéis ese tipo de preguntas, Stefano? – Preguntó Franco y añadió con algo de desafío – Si tenéis alguna acusación, es mejor que la hagáis directamente.

Cuando vio a Stefano sonreír con una inocencia casi infantil, Franco no pudo evitar sentirse algo ridículo. Sin embargo, comenzaba a irritarse verdaderamente al lado de aquel burguesito que, a todas luces, lo miraba despectivamente. Y no sólo eso.

- A vos os gusta Marietta – Sentenció Franco, luego de dejar ruidosamente su copa sobre una bandeja de plata en la mesa cercana. – No tengo que haber pisado una universidad, como vos, para darme cuenta. No soy tonto. Pensáis que no la merezco y vuestra impotencia es mayor, porque sabéis que yo no fui criado como si fuera una nena mimada, como vos. A mí me enseñaron a trabajar, a comportarme como un hombre, desde niño.

De piel clara, Stefano enrojeció repentinamente. De no haber mediado aquel salón con todos aquellos nobles que pululaban entre los espejos y los candelabros de plata, habría abofeteado a aquel muchacho insolente y sin remordimientos. Se mordió los labios, buscando controlar el primer impulso. Cerró los ojos y enseguida habló con una voz deliberadamente apaciguada.

- Escúchame bien, Franco Di Tasso – Comenzó, midiendo cada palabra de su acento de La Toscana – Ignoro qué medios usaste para cambiar tu suerte y pasar de un miserable martillador de metales a una mala imitación de príncipe; pero el caso es que tú y yo sabemos que le estás mintiendo a Marietta.

Franco se volvió hacia él, con una mezcla de alarma y furia.

- ¡Si eres hombre, termina de lanzar tus acusaciones y di de qué manera estoy engañando a Marietta!

A pesar de que Franco procuraba medir el volumen de su voz, aquella reacción pareció un rugido.

- Acaba con tu cinismo, herrero. – Stefano sonaba arrogante, cáustico, a diferencia de Franco, que respiraba irregularmente; obviamente, para controlar una indignación creciente – Obviamente no sabes controlar tus impulsos bestiales. En cualquier momento usarás esa espada elegante que cuelga de tu cinto para atravesarme frente a los invitados de este baile, ¿No es así? Tu misma naturaleza animal hizo que te olvidaras de Marietta para meterte en la cama de una noble y, de paso, continuar alejándote de tu bajo origen.

Franco sintió escalofríos. Aguardó unos instantes antes de responder.

- …Pruébalo. – Osó desafiar.

- ¿Quieres pruebas? – Stefano lanzó una risotada – Imagino que visitas a doña Isabella en sus habitaciones, aparte de los jugueteos en los establos del marqués.

Franco comprendió. Ese hombre era peligroso, nocivo. Sabía más de lo que debía y talvez estaría dispuesto a contribuir para que la ruina terminara con todo. Había sido demasiado afortunado cuando la cadena de chismes que se arrastraba desde Lecco pareció haberse detenido al llegar a Milán. No estaba en condiciones de que aquellos rumores se instalaran en la propia casa de Marietta, en la boca de ese emperifollado universitario con aspiraciones artísticas. Alzó la cabeza, buscando la mayor dignidad que le fue posible; y trató de parecer el amo de la situación.

- Nadie creerá una patraña como esa.

- Probablemente no – Reconoció Stefano – Pero un día de estos me las arreglaré para que Marietta tenga claro la clase de prometido que el ingenuo de su padre admitió en su casa, impresionado por las plumas y las capas que llevaba, y que seguramente ganó en la cama de la sobrina del Marqués de La Cañada.

Franco permaneció unos segundos inmóvil, midiendo la mirada segura de Stefano Abiatti.

- Sí te gusta Marietta – Concluyó Franco.

- De veras eres brillante, herrero, ¿Eh? – Se burló Stefano, volviendo a beber. – Y quisiera ver qué harás para evitar lo que se te viene encima. ¿O acaso crees que el marqués verá con buenos ojos tus jugueteos en su propia casa?

- ¿Qué es lo que quieres? ¿El camino libre para tener a Marietta? – Franco había recuperado un poco la postura altiva del principio – En primer lugar, no tienes cómo demostrar que tengo algún tipo de relación con doña Isabella. Y en segundo, hasta donde sé, tu primita no tiene para ti más que palabras de lástima porque quedaste huérfano y no tienes idea de a qué dedicarás tu ociosa vida. ¿Crees que te bastará con decirle que me acuesto con aquella dama para que corra a tu lado? – Ahora volvía a sonreír mientras hablaba – Intenta decirle algo y veremos quién sale ganando. He estado enamorado de Marietta desde los quince años y a los ojos de su padre soy un novio promisorio, favorito del marqués y en claro ascenso. Tú no eres más que un sobrino que recogió por lástima y orfandad. ¿Quién crees que tiene mejores opciones?

- Dejaremos que la guerra decida – Replicó Stefano. El leve temblor de su voz delató que las últimas palabras de Franco habían vuelto a descontrolarlo un poco.

- ¿Guerra?

- ¡Esto es una guerra, herrero! A ambos nos interesa Marietta y, por lo visto, no dejarás de hacerle el amor a doña Isabella. – Stefano sonreía como si charlara con un amigo cercano – Tengo mejores opciones, ahora que lo preguntas. Mi objetivo es claro: Ganar el corazón de mi prima con artes limpias y lo que soy. Nada de mentiras ni secretos. En cambio tú, estimado Franco Di Tasso, no sólo debes ocultarle a Marietta que tienes una amante, sino también al marqués, que no dudará en sacarte a patadas luego de una buena azotaina por tu osadía.

- Déjame a mí las desventajas. Siempre viví con ellas y aún así, soy yo el que está instalado en esta casa, bien vestido y con Marietta del brazo. No tengo que vivir de la caridad de un tío para darme ínfulas – Alardeó Franco – Acepto el reto. Si quieres guerra, vas a tenerla, Stefano Abiatti; aunque ello signifique recurrir al veneno o la traición.

- ¿Veneno? – Stefano parecía divertirse - ¿Piensas emponzoñar alguna de mis bebidas? Te has juntado demasiado con nobles que no son de tu clase, Franco Di Tasso. Ya parece que te crees uno de los Borgia.

- Si es que verdaderamente estudiaste, como proclama la familia que te acogió, habrás entendido el sentido de mis palabras. No tienes que hacerte el gracioso. La guerra ha comenzado.

Stefano olió su copa y rió entre dientes. Franco volvió la mirada hacia él.

- Por precaución, no volveré a tocar esta copa, “Cesare Borgia”. Estuvo demasiado cerca de tu mano y no quiero correr riesgos. – Anunció Abiatti, añadiendo una carcajada.

Néfer y Marietta se acercaban. A su paso, la sobrina del marqués De la Cañada provocaba revuelo y una seguidilla de reverencias y halagos. Los caballeros observaban fascinados a la dama pelirroja que la acompañaba con un gesto tímido.

- El hijo del duque de Astorga es un cerdo – Comentó Néfer, abanicándose con energía y haciendo mohines – Sólo tuvo ojos para el escote de Marietta. ¡Ni siquiera es tan pronunciado! ¿Tú qué crees, Franco? ¿Ves a lo que me refiero, Marietta querida? Jamás confíes en los truhanes que deambulan por esta casa. Todos son unos granujas.

- ¿También el señor Di Tasso? – Preguntó Stefano – A mí me parece un hombre de honor.

- Claro que es un hombre de honor – Se apresuró a interrumpir Marietta, pletórica de convicción – Por esa causa Dios premió su alma noble y le dio la suerte de venir a esta casa.

- Bien dicho, Marietta – Añadió Néfer – Cada uno recibe lo que su corazón merece. También vos, señor Abiatti, vais a conseguir tarde o temprano aquello que merecéis.

- Confío en ello, señora – Concluyó Stefano.

Néfer se aproximó un paso hacia él, como si de pronto la hubiese sorprendido un detalle.

- ¿Habéis visitado la isla de Capri, señor Abiatti?

- No he tenido la fortuna, doña Isabella. – Respondió él, algo abatido por su cercanía y el delicioso aroma que parecía emanar de ella. Nunca la había sentido tan próxima y de verdad, su hermosura era abrumadora.

- He estado en Capri – Anunció Néfer – Y os aseguro que el mediterráneo de sus playas no es tan intensamente azul como vuestros ojos. Seguramente habéis roto todos los corazones de Pisa y por esa causa, os trasladasteis a Milán, para continuar haciendo sufrir a las doncellas y las damas, con vuestros evidentes encantos.

Marietta sonrió, ruborizada por la sorpresa ante un coqueteo tan directo. No era su estilo; pero no podía dejar de admirarla. Franco apartó la vista. Su respiración agitada se percibía en el leve temblor de las aletas de su nariz.

Stefano, algo abrumado por la sorpresa, sólo atinó a mesarse los cabellos rubios y sonreír suavemente.

- Estoy seguro, señora, de que no soy la mitad de apuesto que los hombres que suelen rendir honor a vuestra belleza. – Señaló Abiatti, tratando de parecer humilde.

- Ni un cuarto, siquiera – Señaló Franco, sonriendo con sorna.

- ¿Sabéis de hombres apuestos, señor Di Tasso? – Preguntó Stefano. Era evidente que estaba molesto por el último comentario del herrero – Ignoraba que teníais esos intereses.

Antes de que Franco se abalanzara sobre Stefano, Néfer se interpuso, sonriendo.

- Yo sí que sé sobre hombres apuestos; y estoy segura de que tengo enfrente a los dos muchachos más agraciados de Milán. Pero como Franco es prácticamente el esposo de la señorita Cavalieri, será un placer que el señor Abiatti me invite a bailar esta noche, antes de la cena. – Néfer se prendió del brazo de Stefano y lo llevó suavemente a la pista de baile.

Franco permaneció en silencio, observando a Néfer mientras desaparecía con su acompañante, entre los invitados. De pronto notó que Marietta lo contemplaba fijamente.

- ¿Qué ocurre con Stefano? – Preguntó ella, sombríamente – Algo sucede. Ambos hablaban con ira.

Franco volvió a mirar al frente.

- Tu primo está prendado de ti – Anunció con voz queda – Absolutamente enamorado de ti, Marietta, e indignado porque tu corazón es de un herrero.

- ¡Qué cosas dices! Eso no es cierto, Franco.

- Lo que antes era una sospecha, Marietta, ahora es una certeza. Si te digo que Stefano Abiatti está interesado en ti, es porque así es – Zanjó él.

- Si así fuera, poco importa – Señaló Marietta con total seguridad – No hay esperanzas para él.



Franco no tuvo ocasión ni ánimo de volver a charlar con Stefano durante el resto de la fiesta. Se sentaron frente a frente durante la mesa, se rondaron constantemente; sin embargo ambos se evitaron. Néfer parecía divertida por esa causa y apenas podía, trataba de enfrentarlos. Mientras tanto, coqueteó abiertamente con Abiatti. En un momento, Néfer se topó a solas con Franco, cerca del cortinaje que conducía a la terraza.

- Quizás me lleve a la cama a ese muchacho – Comentó Néfer, con un dejo de hastío.

- Hazlo. Talvez ya te has llevado a todos los demás invitados de la fiesta – Replicó Franco.

- ¿Cómo puedes ser tan descarado? ¿Te peleas con Abiatti por culpa de la mocosa con la que piensas casarte y ahora te comportas como un amante celoso conmigo?

Franco levantó la mirada, buscando la cercanía de Marietta. Afortunadamente había ido con su madre a buscar helados, la novedad veraniega de la fiesta. Seguramente Néfer había notado de lejos la tensión entre ambos. No era la primera vez que intuía algo de manera tan exacta.

- Stefano Abiatti sabe de nosotros – Señaló Franco, sombríamente.

- Por supuesto que sabe de nosotros. Nos vio en el establo – Indicó Néfer, sonriendo.

- ¿Por qué no me lo dijiste?

- ¿Y para qué? ¿Dejarías de hacerme el amor por una nimiedad como esa?

Marietta apareció con una copa plateada en la mano y una cucharilla de oro. Dentro del recipiente, temblaba lo que parecía un pequeño copo de nieve verdoso.

- ¡Tienes que probar esto, Franco! – Exclamó, sonriendo.



Hacía más de una hora que la medianoche había sonado en las campanas lejanas de la catedral, en el duomo. Néfer continuaba bailando con Stefano, luego de haberle dedicado sus atenciones durante toda la velada. Abiatti estaba abrumado por el placer de que aquella mujer increíble lo provocara tan abiertamente. Por otro lado, se le hacía divertido molestar a Franco, al mantenerse cerca de la dama. Quién sabe. Si las cosas mejoraban, hasta probaría las delicias del amor con ella. Todo se valía en la guerra, como bien dijo Franco, incluso el veneno y la traición.

- Adoran a doña Isabella – Comentó Marietta, contemplándola bailar – Es lógico. Ninguna mujer podría emularla.

Franco no respondió.

- Le he temido tanto, Franco. Estás tan cerca de ella, de sus encantos. ¿Viste cómo logró seducir a Stefano? Tan fácilmente, de forma natural. ¿Crees que alguna vez podré ser como ella?

- ¿De qué hablas, Marietta? ¿Acaso crees que ella espera algo más que una noche de ocasión con Stefano? – Franco no despegaba la vista de las parejas de baile. Apretaba su copa en la mano con tal fuerza, que de haber sido de un cristal algo más delgado, habría estallado entre sus dedos.

- Envidio su libertad para asumir estos temas – Admitió Marietta.

Franco la miró con una mezcla de sorpresa y sorna.

- Marietta. Te casarás conmigo siendo doncella. Esa es la libertad que has elegido y me lo has dicho más de una vez.

Recordó varias ocasiones en las que Marietta, al filo del deseo, sostuvo su mano, apartó sus dedos, empujó su boca golosa que pugnaba por avanzar a través de caminos prohibidos. Apenas él comenzaba a desatar nudos para descubrir su piel oculta, ella lo obligaba a retroceder. Aquella actitud virginal que lo frenaba, le parecía entonces lógica e incluso atrayente. Ahora, todo eso le parecía tan lejano, reprimido y absurdo. ¿De qué hablaba Marietta? Ella no quería el tipo de libertad que ejercía una mujer como Néfer.

- ¿Quieres más vino? – Preguntó Marietta, cuando un lacayo pasó con una bandeja servida.

- No, ya es suficiente. Debo estar sobrio para despedirme de tus padres como es debido.

Franco seguía con la vista al frente, concentrado en la pista de baile y desde lejos, en el manchón blanco del vestido de Néfer.

- Franco… ¿Vamos a casarnos, verdad? – Oyó decir a Marietta.

- ¿Acaso lo dudas? Hablé con tus padres. No estaba bromeando, Marietta.

- No me hables así. – Recriminó ella, suavemente.

- ¿Así cómo?

- Hastiado, agresivo… como si estuvieras ansioso por verme partir.

En ese momento la señora Cavalieri se acercó a su hija.

- En unos minutos nos marchamos, Marietta. – Levantó los ojos hacia Franco – Imagino que iréis a despedir a vuestra prometida, señor Di Tasso.

- Así lo haré, señora – Respondió Franco. Se había quitado el sombrero para rendirle honores.



Marietta caminaba hacia la salida, llevando sobre la cabeza una delgadísima capucha de gasa dorada, más estética que funcional. En el carruaje la esperaba su familia, Stefano incluido. Néfer le había perdonado la vida, liberándolo por aquella noche. Mientras Antonio Cavalieri roncaba con la cabeza baja, su esposa oteaba atentamente a su hija, aún lo suficientemente lejos como para escuchar lo que podría decir. Conciente de ello, Marietta se detuvo de golpe y volteó hacia Franco.

- ¿Me querrías menos si fuese una mujer más decidida, más como doña Isabella?

- No es el momento de preguntas infantiles, Marietta, tus padres te están esperando – Replicó Franco. Levantó una de las manos de la chica y besó sus dedos. – Iré a verte mañana por la tarde, luego de visitar a mi padre, lo prometo.

Marietta apretó los ojos unos instantes.

- Prefiero que me visites mañana… por la noche – Susurró ella.

- Tus padres no aprobarían que te haga una visita a esas horas, Marietta. Talvez el señor Cavalieri se retira temprano. Seguramente es un hombre madrugador – Señaló Franco, algo desconcertado.

- No, Franco. No visitarás a mis padres. Sólo a mí

Silencio. Abrumado, Franco la miró con los ojos y la boca abiertos. Una voz repentina cortó el aire.

- ¡Marietta, niña, te estamos esperando! – Señaló la señora Cavalieri, algo alterada.

La chica volteó nerviosamente y luego volvió a prenderse de los ojos de Franco, ansiosa.

- Mi ventana estará abierta, las hojas apenas juntas; sólo para no alarmar a mi familia. Mañana dejaré una carta para ti en la parroquia de Fray Torcuato. Ofelia te la entregará. Adentro esconderé la llave de la puerta del muro oeste del patio. Los perros no serán un problema, te lo prometo. Mi ventana está sobre las magnolias, ya lo sabes. – Marietta se había ruborizado, reía. Posó ambas manos sobre sus mejillas encendidas – ¡Por favor, no me mires así, Franco! ¿Vendrás?

Estaba atontado por lo que acababa de oír. Incapaz de reaccionar de otro modo, asintió con la cabeza. Ella apretó sus manos con fuerza y enseguida corrió hacia el carruaje. Franco pudo oír el suave regaño de la señora Cavalieri y permaneció inmóvil mientras las ruedas del vehículo comenzaban a hacer ruido sobre el empedrado, alejándose.

martes 24 de marzo de 2009

XVII STEFANO ABIATTI

CAPÍTULO XVII
Stefano Abiatti

Tenía veintiún años y era el hijo menor de un primo en segundo grado de Antonio Cavalieri. Era un muchacho alto, fornido, de grandes ojos azules y cabello rubio claro, tupido y rizado. Desde niño, había demostrado habilidad para la pintura; por lo que su sueño siempre fue viajar a Florencia para estudiar con los maestros. En cambio, su padre ordenó que se hiciera médico, de modo que se inscribió en la antigua universidad de Pisa, para encerrarse en las bibliotecas, leyendo los viejos y polvorientos tratados de anatomía y herbolaria.

Siendo huérfano a temprana edad, Roberto Abiatti – el padre de Stefano - había crecido en Milán con Antonio Cavalieri. Los padres del mercader de telas recibieron a aquel niño desamparado y lo criaron como un hijo más. De hecho, Antonio consideraba a ese primo lejano como un hermano sanguíneo, entre todos los que pululaban en su pequeña casa. Ambos compartieron la infancia simple de hijos de artesanos y se hicieron adolescentes en las callejuelas de Milán.

Roberto Abiatti tenía diecisiete años cuando anunció que emigraría a Pisa para buscar su propio destino. Tenía habilidades con los números y no dudaba en convertirse en un próspero comerciante. Partió con muy pocas pertenencias y con el tiempo se volvió un exitoso joyero de bastante renombre. Cavalieri, naturalmente, hizo lo propio con el negocio de las telas. A pesar de la distancia, los primos mantuvieron correspondencia afectuosa a través de los años.

Durante varios veranos, y siendo niños, los tres hijos de Abiatti viajaban a visitar a la familia de Antonio en Milán, de modo que Gianinna, Bianca y Marietta conocían bien a Roberto, Simonetta y Stefano. Lamentablemente, esas vacaciones se interrumpieron con la muerte de la esposa de Abiatti y con el tiempo, él también perdió todo contacto con la familia Cavalieri.

Un día, poco antes de la partida de Franco hacia Lecco y luego de años de silencio, el mercader de telas se enteró de la muerte de su primo. Los hijos mayores se habían casado y Roberto, por ley de mayorazgo, heredó el negocio de joyas de su padre. El menor, Stefano, había interrumpido sus estudios de medicina para insistir en su vocación por el arte. Cavalieri se sintió apesadumbrado por la partida de quien consideraba su hermano y escribió a la familia Abiatti, invitando al muchacho a pasar una temporada con ellos. Tenía la esperanza de convencerlo para que retomara la Universidad de Pisa y abandonara sus intenciones de hacerse pintor.

Un domingo de mayo, cuando Franco llevaba poco más de una semana en Lecco, Stefano Abiatti arribó a la casa de Antonio Cavalieri. El mercader lo abrazó como a un hijo e inmediatamente dispuso para él una habitación. El joven se parecía mucho a su padre; tanto, que Antonio sintió que los ojos se le humedecían cuando lo oyó hablar, además, con la misma voz de Roberto. Stefano era gentil y alegre. Celebraba las bromas que Cavalieri hacía y parecía cómodo con la hospitalidad de esa casa. El mercader se sintió dichoso de tener en su casa a un hombre con quien charlar, en medio de todas las mujeres que lo rodeaban constantemente.

A la hora de la cena, Stefano se sentó en el puesto que históricamente fue de Bianca. Parecía de buen humor y de hecho, estaba dispuesto a responder a la lluvia de preguntas que Cavalieri le hacía sobre su padre y su negocio en La Toscana; sin embargo y de forma repentina, se quedó perplejo y silencioso: Marietta había entrado en el comedor.

- ¿Recuerdas a Stefano Abiatti, Marietta? – Preguntó Antonio Cavalieri, alegremente - ¿El hijo de mi primo de Pisa? Te hablé sobre él. ¡Además, ustedes se conocen desde niños!.

- ¡Oh, sí! – Exclamó Marietta, sonriendo. Se acercó a Stefano, extendiendo su mano – Bienvenido a nuestra casa, primo.

- Agradezco tu saludo y me alegro de encontrarte bien y tan hermosa – Saludó Stefano, besando los dedos de Marietta.

Durante toda la cena la observó subrepticiamente, mientras reía con Cavalieri y continuaba respondiendo a sus preguntas. Habló sobre sus estudios, sobre Pisa, sobre sus hermanos, sobre los recuerdos que tenía de su madre, sobre sus intenciones con el arte. Marietta lo miraba sorprendida, con la barbilla apoyada en sus manos, impresionada de lo que él decía. Stefano clavaba sus ojos en ella a medida de que hablaba, embobado por el color jade de sus ojos y por su sonrisa dulce. Aún no sabía nada de Marietta. La recordaba pequeña y flaca, mucho menor que él en una época en que tres años de diferencia eran un abismo entre dos niños; sin embargo, ahora era una muchacha bonita de dieciocho años, una mujer que había florecido en su ausencia y le recordaba a las doncellas que vio en ciertas pinturas de Boticelli: una gracia, una ninfa o una Venus emergiendo de la espuma.

Quiso invitarla a charlar al jardín esa noche, pero desistió. Habría sido una osadía. Sin embargo, decidió averiguar todo sobre ella, interrogar a los sirvientes, sobornar a los empleados del taller de telas, extraer implícitos detalles de inocentes conversaciones con la señora de la casa, tantear terreno cuando departiera con Antonio Cavalieri. Lo que fuera. Tenía que acercarse a Marietta.

Principió por observarla. La vio muchas veces retraída, silenciosa, mirando por la ventana. La joven iba a la parroquia con frecuencia y regresaba melancólica. En una oportunidad, la sorprendió extrayendo un papel doblado del interior de un libro. Lo abrió con sumo cuidado, como si se tratara de un documento muy secreto y lo leyó. Al concluir, vio que cerraba los ojos e incluso se secaba una lágrima con la punta de los dedos. Era, evidentemente una carta. ¿Pero de quién? Debía saberlo.

Unas semanas después se enteró de que su joven prima había hablado con sus padres para interceder por un pretendiente: Un herrero… ¡Un herrero! Insólito. Sin ser ricos, parecía que Antonio Cavalieri era de esos padres que regatearían lo que fuera necesario para encontrar un pretendiente digno de su hija. Sin embargo, había aceptado la petición de su hija y autorizado las visitas de ese prospecto de tan poca valía.

No estaba en posición de criticar. Ni siquiera tenía derecho a proponer el tema en la mesa familiar. No era de su incumbencia. Sin embargo, desde el primer momento tuvo claro que para acercarse a Marietta, debía – también – acercarse a ese pretendiente, conocer a la competencia, buscar la forma de socavar la confianza que estaba ganando con los Cavalieri.

No tardó mucho en enterarse del nombre de aquel sujeto: Franco Di Tasso. Al parecer, logró un ascenso impresionante en muy poco tiempo. Pasó de ser el aprendiz de un oscuro taller como tantos otros, a convertirse en el herrero en jefe de la casa del famoso marqués De la Cañada, ese noble español del que tanto había oído hablar durante su estadía en Milán. No sólo era un don nadie con una repentina suerte, sino que era un mocoso que acababa de cumplir los veinte años.

Cierta mañana en que se estaba vistiendo, Stefano Abiatti sonrió frente al espejo. Era aceptablemente apuesto, mayor que ese tal Di Tasso, prácticamente era un médico y gozaba del aprecio del padre de la muchacha. Talvez, la suerte lo acompañaría si hacía uno o dos movimientos bien dirigidos. Después de todo, ¿Qué podía hacer un herrero contra un médico como él? Durante esas semanas, olvidó su pasión por la pintura y se concentró en aquella musa.

Una tarde, Marietta estaba alegre. Canturreaba por los pasillos de la casa, riendo a la menor provocación. Se enteró de que estaba invitada junto con sus padres a la casa del célebre marqués De la Cañada para cenar. Era probable que se presentara, también, aquel maldito herrero afortunado. Stefano comió solo esa noche y se marchó temprano a su habitación. Se recostó en su cama, concentrándose en las pequeñas imperfecciones del techo. Había mucho en qué pensar.

A la mañana siguiente de aquella cena en el palacio del marqués, la casa estaba agitada por los chismes recientes. El joven herrero de la suerte había pedido a Antonio Cavalieri permiso para cortejar a su hija. Fue autorizado. Todo indicaba que podría haber una boda muy pronto en la casa del comerciante de telas.

Marietta le contó alegremente que dentro de unas semanas habría un gran baile en el palacio del marqués. La familia Cavalieri estaba invitada a ese evento, por lo que tenía poco tiempo para preparar un vestido digno de la ocasión. Quería algo de seda amarilla o verde manzana, algo hermoso y liviano. No podía ser menos que una tal doña Isabella, de la que hablaba con el ceño fruncido y entornando los ojos. Paulatinamente, Stefano se estaba convirtiendo en un hermano mayor para Marietta; y era algo que no quería conseguir.

Antonio Cavalieri abordaba el tema del cortejo de su hija con excesivo buen humor. Parecía que el mercader consideraba un excelente negocio comprometer a Marietta con un empleado del marqués De la Cañada. Cada vez que ella mencionaba ese baile, su padre la oía atentamente e incluso le daba sugerencias. Se notaba que esperaba con impaciencia el momento de aparecer en aquellos salones llevando a su hija del brazo, como si fuera uno más de aquellos aristócratas. En cambio, la señora Cavalieri parecía asumir una actitud más prudente y calma al respecto. Prefería esperar, como si todo aquel barullo por el compromiso de su hija le pareciera algo pasajero o peligroso.

Stefano Abiatti se especializó en escuchar conversaciones sin proponérselo. A veces se trataba sólo de susurros; pero cualquier palabra, cualquier inflexión, servía para armar un mapa creíble de lo que estaba sucediendo. Un día, mientras Antonio Cavalieri y su esposa desayunaban, los oyó charlar.

- Hay algo en él que no me gusta. – Decía doña Gianna Cavalieri – Es excesivamente apuesto y ha ascendido muy rápido. Quizás demasiado.

- ¿Prefieres que el futuro esposo de tu hija sea feo y poco próspero? – Reía Cavalieri.

- ¡No es eso! Siento que hay cosas que no sabemos sobre él. Además, siempre he desconfiado de las personas que son demasiado hermosas. Están sometidas a muchas tentaciones y terminan corrompiéndose – Sentenciaba ella.

- ¿De dónde sacas esas ideas tan sombrías, mujer? – El mercader de telas lanzaba una carcajada que resonaba en el comedor.

Stefano Abiatti supo que la madre de Marietta podría ser su carta de triunfo. Trató de acercarse a ella con amables atenciones. Si a Gianna Cavalieri le hubiesen preguntado, habría dicho que prefería que la menor de sus hijas se casara con un próspero médico estable como Stefano, proveniente de una familia burguesa y respetable de cierta posición; y no con un oscuro herrero salido de un hogar pobre y repentinamente tocado por la fortuna. Sin embargo, respetaba la decisión de su esposo de aprobar a aquel pretendiente y esperaba que todo se desarrollara favorablemente para los Cavalieri.

No obstante, ahora tenía un punto de referencia en su propia casa: un muchacho amable, educado, cortés y lleno de atenciones. No ocultó su afecto por el joven Abiatti e incluso le comentó a su hija sobre su apreciación.

- ¿No crees que Stefano es apuesto, Marietta? – Preguntó un día, mientras ambas bordaban sentadas en el jardín.

- Sí, es guapo. – Respondió la chica, distraídamente.

Al ver que su madre la observaba atentamente, como si esperara alguna otra reacción, ella sonrió.

- ¿Qué pasa con eso? – Preguntó Marietta, aún riendo – Es una pregunta extraña, mamá.

- ¿Qué tiene de extraño? Sólo fue un comentario – Replicó la señora, sin mirarla, y cortando repentinamente una de las hebras con las que trabajaba.


Una semana después de la cena en la casa del marqués, cerca de la hora del almuerzo, Marietta se encontraba en su habitación, acompañada por las costureras que preparaban su vestido para el baile estival. Stefano había salido al jardín con unas hojas de papel para hacer algunos bocetos sobre las plantas y los árboles. En ese momento sonó la campanilla de la puerta principal y Livia, la vieja cocinera, avanzó cansinamente por el largo corredor, para atender al llamado. Stefano pudo ver de lejos a un joven alto, con capa corta y un espléndido sombrero empenachado. Pensó que se trataba de algún cliente noble del taller de telas, de modo que bajó los ojos y volvió a concentrarse en sus dibujos. En ese momento sintió la voz de la cocinera, resonando desde el salón principal, donde estaba la señora Cavalieri.

- El señor Franco Di Tasso ha venido a visitar a la señorita, mi señora.

Stefano alzó la cabeza de golpe. ¿Era él? Le dijeron que el prometido de Marietta era un herrero. Con esa información, naturalmente se le vino a la mente un hombre burdo y de apariencia hosca. Había escuchado que era apuesto, ¿Pero qué tan apuesto podría ser alguien que sólo sabe de fraguas y martillos? Intrigado, dejó su tarea artística y avanzó cautelosamente por los pasillos, rumbo al salón.

Cuando entró en la habitación, la señora Cavalieri parecía charlar desanimadamente con el recién llegado. Había ordenado que trajeran unos refrescos, de modo que el joven sostenía un vaso de jugo de frutas.

- ¡Ah, Stefano, entra por favor! – La dama pareció animarse de pronto – Te presento al señor Franco Di Tasso, el… prometido de Marietta. Señor Di Tasso, él es el señor Stefano Abiatti, un familiar lejano de mi esposo en Pisa. Está a punto de convertirse en médico, ¿No es así, Stefano?

- Así es, señora Cavalieri – Respondió Stefano, alegremente.

Ambos se inclinaron cortésmente, examinándose con cuidado.

- Me alegro de conoceros, señor Abiatti – Saludó Franco.

- El placer es mío, señor Di Tasso.

Stefano estaba ingratamente sorprendido. No sólo su rival no era tosco ni de apariencia vulgar; sino, objetivamente apuesto. Demasiado apuesto. Asquerosamente. Pudo darse cuenta de que la estatura de Di Tasso era más elevada que la suya y que no tenía el aspecto aniñado ni burdo que él esperaba. Vestía con una insólita elegancia y se movía como si de verdad estuviese habituado a llevar esa clase de atuendo desde la infancia. Quiso creer que la inclinación de Marietta por ese muchacho obedecía al imperio de una niñería y comprendió que para ganarse su afecto, iba a ser necesario demostrarle que él era mucho más hombre que aquel advenedizo herrero disfrazado de príncipe.

Por su parte, Franco quedó perplejo. No había oído hablar a Marietta sobre este sujeto que vivía bajo su mismo techo. Era un médico, según habían subrayado en la presentación, y sin embargo no tenía el aspecto solemne y avejentado que un facultativo debería presentar, a juicio de Franco. Parecía aproximadamente de su edad y tenía la cabeza coronada por rizos muy rubios, como una paliducha virgen de fresco de catedral. Esa comparación le hizo gracia y estuvo a punto de sonreír. Se concentró en la mirada azul con la que el tal Stefano lo analizaba y supo enseguida, y por alguna razón, que ese joven médico sentía una profunda animadversión hacia él. No había dudas de que existía una causa para ello y creía sospecharla.

Minutos después, Marietta apareció en el salón. No ocultó su entusiasmo al ver a Franco y corrió a coger sus manos. La señora Cavalieri la reprendió suavemente con la mirada, por lo que retrocedió un paso para hacer una correcta reverencia.

- Qué tal, primo. Veo que conociste a Franco – Observó ella, dirigiéndose a Stefano, dichosa.

- Así fue, Marietta – Se limitó a comentar Stefano, sombríamente.

Franco y Marietta marcharon al jardín. Se sentaron bajo la sombra de un castaño.

- No me habías hablado de aquel primo que vive con ustedes – Reparó Franco, tranquilamente.

- Llegó cuando estabas en Lecco. Es hijo de un fallecido primo de mi padre, al que quería mucho. La verdad, no hubo demasiadas ocasiones para mencionarlo – Respondió Marietta, alisando su falda - ¿Sabes? Usaré seda amarilla para el baile, tal como te había dicho. ¡Oh, Franco! Mi padre trajo metros de una seda tan preciosa, que…

- ¿Él también irá al baile? – Interrumpió Franco, mirándola de soslayo.

- No lo sé, es posible. Si es que el marqués lo permite. ¿A qué vienen estas preguntas, Franco? – Inquirió Marietta, acomodándose en el banco de piedra donde se encontraban. Enseguida sonrió - ¿Acaso te molesta que Stefano esté en la casa? ¿Estás celoso?

Franco apoyó las manos en las rodillas y cerró los puños.

- No lo conozco, no puedo opinar. Sólo sé que no le agrado en lo absoluto – Sentenció él.

- ¿Cómo puedes saber que no le agradas? – Marietta lanzó una breve carcajada – ¡Apenas lo has visto unos minutos, Franco! Por lo demás, Stefano es un muchacho muy agradable. Ha conseguido que todos sientan cariño por él. ¡Deberías conocerlo! El pobre perdió a su padre hace pronto y quiere ser pintor, a pesar de que estudió medicina en Pisa. Me gustaría mucho que ustedes dos se hiciesen amigos.

- No creo que tal cosa sea posible. Me detesta. – Insistió Franco.

- ¿Seguirás con eso? ¡Es una niñería, Franco!

- Niñería o no, tengo razón.

Franco se incorporó y se puso el sombrero nuevamente.

- ¿Tan pronto te vas? – Preguntó Marietta, decepcionada - ¿No comerás con nosotros?

- No me es posible, Marietta. Esta tarde tengo mucho trabajo en la herrería y debo organizar una serie de compras de insumos que el marqués me asignó. – Señaló Franco, acariciando el dorso de una de sus manos. Se cuidaba de no ir más allá, pues sin duda eran vigilados.

La visita fue breve. Mucho antes de la hora de comer, Franco ya se encontraba cabalgando rumbo al taller de su padre.


Una tarde, Antonio Cavalieri le pidió a Stefano que lo acompañara a dejar un pedido al palacio del marqués. Curioso por conocer a aquel personaje de fábula del que tanto hablaban, el joven aspirante a pintor aceptó. Trepó a un caballo y partió por el empedrado sonoro de las callejuelas milanesas, acompañado por el pelirrojo comerciante. Iba de buen humor. Las visitas del prometido de Marietta eran tan breves y tan espaciadas, que le había permitido charlar en más ocasiones con ella. Justamente, esa mañana Marietta estuvo revisando con él algunos de los bocetos que él preparaba; e incluso había sonreído maravillada cuando encontró su propio rostro retratado con carboncillo en un delicado papel color sepia.

- ¿Qué tal eres para los números, Stefano? – Preguntó Cavalieri, azuzando a los caballos desde el pescante de su carreta cargada de sedas. – Tu padre era muy hábil con las sumas.

- Ciertamente sé sumar, señor; pero no con las habilidades de mi padre – Respondió Stefano, sonriendo.

- Será bueno que termines tus estudios, muchacho. Y si te gusta Milán, un médico nunca estará de más en una ciudad como esta. Podrías quedarte en mi casa el tiempo que quieras, hasta que encuentres un hogar y una esposa. Es una lástima que yo no tenga hijas casaderas en este momento, o me haría muy feliz recibirte como a un hijo. Lamentablemente se te adelantaron con Marietta. – El mercader lanzó una carcajada.

- Sí, lamentablemente…


El marqués recibió a Cavalieri y a su acompañante en el salón violeta. Como siempre, hospitalario, ofreció bebidas y un trato cordial; lo que hizo al mercader sentirse envanecido. Comenzó a charlar animadamente con Lázaro e incluso recomendó a Stefano para cuando necesitara a un médico de confianza.

- Aún no estoy graduado de médico, tío – Corrigió suavemente Stefano, cuidándose de no ser descortés.

- Mi sobrino es modesto, excelencia – Rebatió Cavalieri alegremente – Sucede que por ahora se encuentra predispuesto para la pintura; por eso ha prorrogado sus estudios. Pero ciertamente, ya casi es un médico.

- ¡Oh! – Exclamó suavemente el marqués - ¡Sois amante del arte! En ese caso compartimos los mismos intereses, señor Abiatti. Cavalieri, debéis traer a vuestro sobrino al baile estival que se aproxima. Me alegrará recibir en mi casa a un artista.

Stefano comenzó a asegurar que distaba de ser un artista propiamente tal, cuando fue interrumpido por la entrada de Néfer. Como siempre, traía un espléndido vestido, atrevido y con un escote al borde de lo estrictamente moral. Se abanicaba con hastío.

- Señor Antonio Cavalieri, vos nuevamente en esta casa. ¿Habéis traído sedas chinas? – Saludó distraídamente, sin mirarlo.

- Y el mejor terciopelo, mi señora – Aseguró Cavalieri – Me acompaña hoy mi sobrino, Stefano Abiatti. Es médico.

- ¡Tío! – Reprochó el joven en voz baja, pero alzó la vista. Néfer estaba frente a él, extendiendo una de sus manos.

- Isabella de Béjar y Grajales, sobrina del marqués De la Cañada.

Stefano contuvo la respiración: la misma reacción que tuvo cierta noche, cuando en medio de un baile de carnaval en Pisa, le enseñaron a una de las más famosas cortesanas de Venecia; una mujer de cabellos teñidos de rubio cálido y con el par de pechos más descomunales que había visto en su vida. Pero sin duda, ella no era una cortesana; y definitivamente carente de la vulgaridad de aquella diosa fértil de sus sueños adolescentes. Era una aparición, una oscura donna angelicata; una exquisita ninfa que Boticelli habría plasmado en vez de la Venus pálida que emergía de la concha.

Durante el resto de la entrevista no pudo dejar de mirarla de soslayo, bellísima y despectiva, aburrida en el sofá; examinando las plumas azules de su abanico. Sonrió al pensar en la cara de su hermano mayor y de sus amigos en Pisa, cuando les contara de la presencia de aquella mujer increíble y de la oportunidad que tuvo de besar sus dedos perfumados. Recordó, entonces, el boceto que hizo de Marietta. Tenía otro tipo de belleza: más dulce, muchísimo menos voluptuosa. Sin embargo lo enternecía. La extrañó, repentinamente; como si aquella noble no fuera otra cosa que un objeto lujoso que había disfrutado contemplar; pero que no esperaba tocar y mucho menos poseer.


Un rato después, Stefano paseaba por los jardines cercanos al palacio. Cavalieri y el marqués se hallaban aún en el salón violeta, acordando precios y compras futuras. Hacía calor y el propio dueño del palacio lo instó a recorrer los alrededores de la casa. De buena gana aceptó, de modo que ahora caminaba por las avenidas verdes.

Lo distrajo el sonido de martillos sobre metal. El ruido no venía de lejos, por lo que caminó suavemente hacia el edificio al final de una avenida empedrada, rodeada de arbustos.

De pronto recordó que en aquella casa trabajaba Franco Di Tasso; y le pareció que sería gracioso sorprenderlo, esta vez, cubierto de inmundicia y sudor; y no con ese traje de conde con el que visitaba a Marietta. Talvez no se vería tan bonito con su verdadero aspecto, lejano de aquella máscara que quería asumir para ocultar su origen y la simplonería de su naturaleza.

Vio a varios hombres toscos trabajando y pensó que talvez no reconocería a Di Tasso entre toda aquella chusma; sin embargo pronto lo divisó, recogiendo una montura y llevándola a toda prisa a un edificio cercano, seguramente destinado al alojamiento de los caballos. Traía, efectivamente, una camisa sucia, pantalón sencillo y botas empolvadas: muy diferente del aspecto principesco con el que se presentó en la casa Cavalieri. ¿Sería, ahora, más modesto que cuando vestía aquellas plumas y esa capa de niño noble? Quiso saber si se cohibiría al verlo en la casa, siendo recibido por el propio marqués, besando los nudillos de su bella sobrina.

Se asomó por una de las estrechas ventanas. Vio a Franco, a considerable distancia, atando la montura sobre una hermosa yegua blanca. El animal alzó la cabeza como si lo conociera perfectamente. Stefano estaba a punto de dirigirse hacia la puerta, cuando vio con sorpresa, que una mujer entraba en la caballeriza. Era ella: la hermosa Isabella de Béjar, vestida de jinete y con una fusta en la mano. Parecían hablar en voz baja y con cuidado. Sobretodo Franco. Stefano debió esconderse para no ser interceptado, cuando el herrero paseó nerviosamente la vista alrededor, buscando intrusos.

Apenas con un ojo, espió desde el borde de la ventana. Vio a Néfer extendiendo la fusta, perezosamente, acariciando la mejilla de Franco. No pudo oír qué decían. Permaneció inmóvil, expectante, atento a algo que presentía importante. Entonces vio cuando el herrero extendió la mano para coger el borde de la falda de ella y la atrajo bruscamente hacia él. Pudo verlos besándose intensamente. Jadeó, ocultándose apretado contra el muro; sonriendo, incluso.

Estaba maravillado. ¡Qué hijo de ramera afortunado! Había logrado que Marietta aspirara a ser su esposa y suspirara a diario por cada una de sus ingratas visitas; y ahora era a todas luces el amante de aquella sirena maligna que vivía en ese palacio de fábula infantil. ¡No era más que un veinteañero sin origen notable y estaba allí, en los brazos de una noble! Algunos hombres nacían con una condenada bendición, no había duda.

Stefano se deslizó suavemente a lo largo del muro del establo principal y se escabulló rápidamente hacia los jardines. Recorrió ansiosamente sus estrechas avenidas, rumbo a la casa. ¡Maldito! Reía… Era fácil hacerlo a un lado, cuando Marietta abriera los ojos y se diera cuenta de la basura a la que había amado durante todo ese tiempo. Había escuchado que aquel herrero lujurioso estuvo en Lecco, por encargo del marqués. Si es que fue con aquella mujer, era fácil adivinar las actividades que seguramente efectuaron en esos idílicos parajes.

Pero no hablaría de inmediato, no. Esperaría a que el asunto empeorara un poco, que creciera a niveles imposibles; de modo que la decepción de Marietta fuera superlativa. Durante ese tiempo, él se convertiría en un amigo cercano, en un modelo de virtud y apoyo. Así, cuando se desmoronara su castillito de cristal, ese que guardaba la pasión por aquel sucio herrero traicionero, se alzaría como el pecho donde ella lloraría a gusto, en los brazos que la rodearían para hacerla olvidar ese mal sueño que nunca debió albergar en su almohada.

Un corcel blanco se encabritó demasiado cerca, lo que lo obligó a retroceder inesperadamente. Resbaló por la sorpresa y el movimiento brusco; y cayó sentado sobre el empedrado, protegiéndose el rostro con un codo. Isabella de Béjar apaciguaba a su yegua con murmullos y sus férreas manos alrededor de las riendas. Lo miraba sonriendo, sardónica.

- Debéis tener cuidado, señor Abiatti. No siempre podré controlar a Perla. – Anunció ella, con una sonrisa maligna y encantadora. – Procurad no correr disparatadamente por estos jardines, o podríais llevaros una desagradable sorpresa, como hoy.

- No estaba corriendo, sólo paseaba, doña Isabella… Quería… admirar la belleza de los jardines de vuestro tío – Concluyó Stefano, poniéndose de pie y sacudiendo su ropa; sin atreverse a mirarla a los ojos.

- Espero que lo que hayáis visto os haya divertido – Concluyó Néfer, alzando a Perla sobre las patas traseras – Y confío en que la próxima vez que deseéis espiar por los rincones de estas dependencias, no os encontréis con un peligro tan cercano, como hoy.

Partió al galope, sin despedirse.

martes 17 de febrero de 2009

XVI EL ESTALLIDO DEL CRISTAL

CAPÍTULO XVI
(El estallido del cristal)

La comitiva de sirvientes debía emprender el regreso a Milán en medio de una tenue llovizna. A pesar de encontrarse en la segunda mitad del mes de junio, el aire soplaba helado, agitando el cabello de Franco, su capa y las plumas de su sombrero; mientras aguardaba a Néfer, montado en Amadís. Sostuvo con fuerza las riendas de su caballo y bajó el ala de su sombrero, para protegerse del viento.

La tarde anterior estuvo charlando con Luigi Grossi, junto a la fragua. El gigante había compartido con él su pequeña cantimplora de bebida e incluso, unos panecillos calientes que una de las mucamas le había guardado. Como siempre, parecía de buen humor, aunque algo cauteloso; como si buscara el momento adecuado para largar un importante y extenso discurso.

- Mañana regresan a Milán, ¿Verdad? – Preguntó Grossi, entre dos sorbos.

- Así es. – Respondió Franco, con la mirada prendida en el fuego.

- El marqués lo pidió – Aseveró el herrero. Franco no supo si se trataba de una afirmación o de una pregunta.

- Sí. Nos reclama en la ciudad.

Grossi avivó el fuego con un fuelle y volvió a sentarse. Miró a Franco durante unos segundos, como si buscara las palabras precisas para continuar la charla.

- Debes tener cuidado, muchacho. – Soltó, volviendo a concentrarse en las llamas.

- ¿Cuidado de qué? – Preguntó Franco, sonriendo.

El herrero acarició su barba revuelta con una de sus manazas, pensativo. Finalmente habló.

- Estás metido en un lío, Franco – Grossi esbozaba una sonrisa, suavizando la alerta de sus palabras - No tienes que negarme que durante tu estadía en Lecco has oficiado de amante de la sobrina del marqués. Eso lo sabe todo el mundo. Ahora, el problema, querido muchacho, es que quizás don Lázaro se haya enterado y te esté esperando en Milán para darte un escarmiento…

Franco lo miró estupefacto. Era verdad: talvez por ese mes intenso, toda la confianza que el marqués había depositado en él, se diluiría como arena entre los dedos. No había pensado en aquella posibilidad. En realidad, no había pensado en nada durante esos cincuenta días en que estuvo sumergido en la piel de Néfer. Curiosamente, la bofetada de la factible y despiadada realidad no le provocaba temor, sino tristeza.

- No quiero ser chismoso, pero te diré que no eres el único amante que ella ha traído a esta casa. – Grossi bajaba la voz casi a un susurro – El año pasado trajo a un duquecito de nariz respingona. Estuvo unas cuantas semanas, horrorizado por los mosquitos y la falta de diversiones refinadas en el pueblo. Partió de aquí y no volvimos a saber de él.

Franco concentró la vista en el fuego, sin decir palabra.

- No te hagas ilusiones con esa mujer, Franco – Aconsejó Grossi – Eres un buen chico, lo reconocí apenas cruzamos palabras el primer día. No sería grato para mí enterarme que tuviste un problema mayor con el marqués De la Cañada.

- Tengo una novia en Milán. – Dijo Franco, con un hilo de voz – La hija de un mercader de telas. Voy a casarme con ella.

- En ese caso, procura que tampoco ella se entere de lo que sucedió en Lecco. – En ese momento Grossi lanzó una carcajada sonora – Nadie puede culparte, muchacho. Doña Isabella sería capaz de llevarse al papa a sus aposentos. ¿Quién se resistiría? Talvez sólo Giorgio Pirandello, que debe estar seco como carne salada.

El herrero rió de buena gana, como un Vulcano alegre. Franco intentó sonreír, pero sus ojos denotaban su desazón.

Un corrillo de mucamas seguía al protocolar Pirandello, que se desplazaba con agilidad hacia el carruaje de madera rubia. Franco levantó la mirada. Néfer salió de la casa y avanzó hacia la carroza con su andar acuático. Iba envuelta en una capa con capucha de color azul claro. No volvió la vista hacia él y entró rápidamente a su vehículo. Pudo notar que le dio algunas instrucciones en voz baja al anciano mayordomo, antes de entregarle su mano para que besara sus nudillos, a guisa de despedida. La caravana se puso en marcha, en medio del crujido de las ruedas de los carruajes y el rítmico sonido de los cascos de los caballos sobre el empedrado.

Franco rondó el vehículo de Néfer, esperando alguna señal, alguna mirada, una palabra. Pero las cortinas del carruaje permanecieron cerradas, como si la dama hubiese elegido recluirse en el cubículo.

La mañana anterior, cuando llegaron las cartas de Milán, Néfer actuó de forma extraña: Anunció de inmediato el pronto retorno a la ciudad y se encerró en la alcoba. No apareció en toda la tarde. Franco tocó su ventana, pero la encontró cerrada. Esa noche, volvió a acercarse a su puerta, pero no tuvo respuesta. Finalmente, un presentimiento lo llevó al jardín, para esperarla. Supuso que nuevamente había salido en la oscuridad, como ocurrió el mes anterior, antes de que comenzara todo. Y así fue. Ella regresó de madrugada, al galope, enérgica, pero silenciosa. Salió del establo sin hacer ruido con sus botas de amazona y se detuvo de golpe en medio del camino, expectante, como una gata.

- ¿Qué quieres y por qué me estás acechando? – Preguntó, sombríamente.

Franco avanzó. A pesar de la oscuridad, él sabía que Néfer lo había percibido claramente.

- Algo sucedió hoy – Dijo él, resueltamente – Y quiero tener un poco de certeza.

- ¿A qué te refieres? – Preguntó ella, acariciando su fusta.

- Llegaron noticias de Milán, del marqués… de Marietta. En ese momento, te alejaste rápidamente. Quiero saber qué sucedió.

- Pues nada sucedió – Respondió ella, evitando su mirada. – Simplemente se acabó nuestra estadía en Lecco y regresamos a la ciudad. Te espera la herrería de la casa y tu novia en la casa de su padre, que ahora te aprueba.

Néfer esbozó una sonrisa que parecía difícil de sostener y enseguida comenzó a avanzar por el empedrado, rumbo a la casa. Franco se adelantó y se plantó enfrente, cerrando su paso.

- Y ahora… ¿Qué pasa con nosotros? – Preguntó él. Había sincera duda en su mirada.

Néfer estaba impasible. Clavó sus ojos en el rostro de Franco y parpadeó unas cuantas veces antes de hablar.

- ¿Nosotros? ¿Qué pasa con nosotros?

Franco se sentía desconcertado. No sabía cómo proceder o abordar el tema.

- Han ocurrido cosas, durante este tiempo en Lecco… – Se sintió ridículo al estar confundido y nervioso mientras hablaba, luego de la intimidad que existió entre ellos. - ¿Qué ocurrirá cuando estemos en Milán?

Pausa. Apenas el sonido del viento en los árboles.

- Tú mismo dijiste que ibas a casarte con Marietta. – Dijo Néfer - ¿O acaso quieres continuar siendo mi amante en Milán? No creo que a tu pequeña novia le guste.

Franco tragó saliva y bajó la cabeza. Esa charla era absurda. ¿Qué pretendía? ¿Regresar a Milán, como amante oficial de la sobrina del marqués De la Cañada? Ya era suficiente con que los sirvientes llevaran el rumor de los acontecimientos de Lecco a las cocinas y los salones del palacio principal. Con suerte se libraría de unos azotes públicos por pretender acercarse a una dama de cuna noble, siendo apenas un herrero disfrazado de caballero elegante. ¿Pero qué ocurrió en Lecco? ¿Fue un sueño? ¿Simple lujuria? ¿Se convirtió en el juguete de Néfer, como alguna vez fue ese duquecito sobre el que Luigi Grossi le había contado? Ambos se dejaron llevar: ella, porque le gustaba jugar y el entorno se prestaba para ello; él, porque simplemente se sintió envuelto en su encanto.

¿Pero qué pensaba ella? ¿Qué pensaba Néfer? Se veía fría, distante. Franco quería hacerle preguntas, pero tuvo cautela. Era atrevido abordarla ahora. Días antes, ambos eran iguales: una pareja sumergida en el océano lento de las sábanas empapadas por el sudor compartido, besándose, bromeando. Ahora, bastó una carta para volver a trazar ese muro impenetrable en el que ella mantenía una distancia que era imposible de franquear. ¿Por qué él no podía reclamar o exigir algo, habiendo sido su amante?

Franco estaba enamorado de Marietta. Al menos, eso se repetía una y otra vez, desde que recibió la carta. Sin embargo, no pudo evitar la punzada de dolor en el pecho, cuando su existencia en Lecco estalló como un cristal trizado. Durante esos días no había existido nada más. Cincuenta días. Cincuenta días en los que pareció hacerse inmune a todo lo que no se relacionara con esa casa, el lago, el pueblo y Néfer. Marietta no estaba. ¡Marietta no estaba! Rendirse ante Néfer fue más que una simple tentación, como advirtió su padre. Cuando despertaba y la veía a su lado, la estrechaba sin pensar en ninguna otra cosa. Por Dios… Traicionó a Marietta durante ese tiempo y ni siquiera sintió remordimientos; sólo una completa felicidad. Néfer fue la primera que compartió el éxtasis con él y, de hecho, no volvería a sentir que desaparecía del tiempo y del mundo cuando estaba con una mujer, durante los siglos siguientes.

Milán le pareció gris y amargo cuando entró con la caravana, cruzando las calles estrechas y las plazas concurridas. Había salido el sol, luego de una mañana nublada y ventosa. El calor comenzaba a calentar el empedrado de las avenidas y a perlar de sudor la frente de los transeúntes y de los vendedores ambulantes. Faltaba la brisa fresca del bosque y el vaho dulce proveniente del lago.

Franco volvió la cabeza hacia el carruaje. Aún permanecía con las cortinas cerradas. Soltó un poco las riendas y azuzó a Amadís con un chasqueo de lengua y un leve golpe de botas, para galopar frente a la comitiva. El palacio del marqués ya podía verse al final de la avenida y junto a la plaza de los fuegos artificiales. El portón oscuro fue abierto por dos guardias y nuevamente se encontró cruzando la amplia alameda empedrada que se dirigía a la puerta principal de la casa. Franco sintió que había pasado un siglo, desde que cruzó ese mismo camino, rumbo a Lecco.

Luego de dejar a Amadís en el establo, se dirigió a su habitación. Tenía las ventanas abiertas y entraba el aroma del amplio jardín, a raudales. Habían puesto flores frescas en los jarrones sobre los muebles y la tina de bronce nuevamente relucía con agua tibia y hojas aromáticas. Qué eficiencia. Como si hubiesen adivinado la hora exacta de su regreso.

Uno de los lacayos golpeó a su puerta y le indicó la hora en que el marqués lo esperaba para cenar y charlar sobre su viaje. Sintió una punzada en el estómago. Seguramente sabía lo que había ocurrido en su casa del lago Como. Las noticias viajan rápido, más aún, si se trata de un sabroso chisme. Con suerte, el marqués lo despediría sin la paga de ese mes. En el mejor de los casos, sin duda. O bien, le informaría que sería merecidamente azotado frente a la servidumbre, por atreverse a tocar a su sobrina. Entonces, ¿Por qué los criados se preocuparon de adornar de esa manera su recámara? Como si se tratara del regreso del príncipe heredero, del hijo pródigo… Como fuera, buscó un traje adecuado y sobrio, para dirigirse al comedor y enfrentar lo que fuese. No negaría nada. No era un cobarde. Asumiría los hechos como corresponde a un hombre. No podía culparla a ella por haberlo seducido. Es cierto que cada movimiento de Néfer lo acercó cada vez más a ese final inevitable, pero pudo haberse resistido. Y no lo hizo. Simplemente no quiso hacerlo. Fue su decisión y, de alguna manera, no estaba arrepentido de nada.

Se sentó frente a la ventana, a esperar la hora de la cena y de la verdad.

A las ocho en punto, bajó las escaleras para cruzar los amplios salones, rumbo al comedor. A la vuelta de un corredor, divisó a Néfer. Ella se detuvo de golpe y se quedó inmóvil, mirándolo. Llevaba un vestido de seda negra con bordados y aplicaciones doradas. Estaba insoportablemente bella. Aterradora. Franco avanzó lentamente hacia ella, seguro de que Néfer se voltearía y seguiría caminando, ignorándolo. No sucedió. Lo esperó, con la cabeza alta, impasible. Ya cerca, Franco notó que llevaba una rosa amarilla prendida en el peinado. Sus ojos fueron del resplandor dorado de la flor, al negro reluciente de sus pupilas, bajo las espesas pestañas.

- Hola, Franco – Dijo ella, con una leve sonrisa.

Esa voz de seda que lo despertó cada mañana en Lecco. Se estremeció.

- Néfer... – Fue todo lo que pudo decir, sumergido en la contemplación de su rostro.

Ella parecía escrutar en sus ojos, buscando esas palabras que él no había pronunciado. Sonrió como antes y alargó la mano desnuda para tocar su mejilla. Franco cerró los ojos.

- No tengas miedo. No ocurrirá nada, si es lo que te preocupa. Lázaro no hará nada en tu contra – Advirtió ella, dulcemente.

En realidad, ya no pensaba en eso, ahora que estaba frente a ella. Había una conversación pendiente entre ellos, pero no era el momento para abordarla. Franco le ofreció el brazo y ella deslizó su mano en el hueco. No pronunció nada más en el trayecto rumbo al comedor.

Nuevamente los recibió el amplio salón con lámparas de hierro forjado y la larguísima mesa de caoba. Había flores por doquier y campanas de plata, cubriendo los platillos que esperaban a los comensales. Franco avanzó unos pasos y enseguida se detuvo de golpe. En la cabecera de la mesa se encontraba el marqués y a su alrededor, el mismísimo Antonio Cavalieri, su esposa y Marietta. La chica traía un vestido rosa claro, ligero, acorde al calor de las noches del verano milanés y un sencillo peinado en donde recogía parte de su cabellera en una pequeña trenza anudada en la nuca, dejando sueltos el resto de sus rizos rojizos. Apenas vio a Franco sonrió ansiosa, fascinada y nerviosa, como si estuviera conteniéndose para no correr hacia él y colgarse de su cuello. Bajó la mirada.

Néfer soltó el brazo de Franco y avanzó elegantemente hacia Lázaro, el que cogió su mano y la besó.

- Querida mía, se te ha extrañado en esta casa – Le murmuró el marqués, mirando, sin embargo, a Franco. – Don Antonio, ya conocéis a mi sobrina, doña Isabella de Béjar y Grajales. – Señaló, indicando con suave gesto a la dama.

Antonio Cavalieri se incorporó de golpe para saludar a Néfer, tratando de verse tan fino como el propio marqués. Su esposa y su hija lo siguieron con sendas reverencias.

- Aproxímate, Franco. Acompáñanos en la mesa – Invitó Lázaro – Me alegra ver que regresaste en perfecta salud de tu encomienda en Lecco. Ya hablaremos de tus actividades en mi casa del lago. – el marqués hizo, ahora, un ademán para indicar a sus invitados – Por supuesto, ya conoces al señor Antonio Cavalieri y a su distinguida familia…

Franco avanzó hacia la mesa. Se sentía tenso, completamente aturdido por la sorpresa de la visita inesperada. En otras circunstancias, habría estallado de dicha al verse tan cerca de Marietta y de sus propósitos con ella; sin embargo, algo había cambiado definitivamente. Se inclinó frente al mercader de telas, el que lo examinó atentamente, evaluándolo; probablemente impresionado por su atuendo. Posteriormente, rodeó la mesa para acercarse a la esposa de Cavalieri y besar su mano. La dama se mostró cortés y sostuvo su mirada, como si buscara leer algo en sus pupilas. Marietta se incorporó lentamente. Sonreía con labios temblorosos y podía notarse la leve agitación de su pecho bajo el corpiño con cada tensa exhalación.

- Señor Franco Di Tasso – Dijo ella, bajando los ojos, mientras él besaba sus nudillos.

Franco tragó saliva antes de hablar.

- Señorita Marietta... Me alegro de veros.

¿Por qué estaban los Cavalieri en la casa del marqués, justo el día en que regresaban de Lecco? Franco había visto a muchos nobles sentados en la mesa de Lázaro De la Cañada: condes, duques, barones, marqueses; incluso al propio gobernador de Milán; pero jamás a alguno de sus curtidores, proveedores de animales, de platería, orfebres o un distribuidor de telas. El asunto era extraño. ¿Los había traído por él? ¿Para ayudarlo? No estaba en posición de indagar. Un lacayo le ofreció una silla junto a Marietta y frente a Néfer.

El marqués inició una charla con Cavalieri, sobre las dificultades que encontraba para traer la seda china desde el mismísimo corazón del imperio; los problemas con las caravanas, los bandidos, los naufragios. La esposa del mercader también se hizo parte de aquella conversación, de modo que Marietta aprovechó la instancia para hablar en voz baja con Franco.

- Me escribiste poco desde Lecco – Susurró - ¿Estuviste muy ocupado?

Franco se agitó en su silla. Alzó la vista hacia Néfer, la que sonrió casi imperceptiblemente mientras llevaba una copa a sus labios.

- Sí. Estuve ocupado – Respondió él.

- Te extrañé – Confesó ella. Franco se volvió para mirarla y se encontró con sus ojos verdes completamente húmedos. ¿Por qué tenía que llorar justo en ese momento, en la mesa, frente a todos? Por primera vez reparó que Marietta era propensa a las lágrimas y le pareció molesto.

Apartó los ojos y notó con el rabillo que ella sacaba un pequeño pañuelo de encaje y lo acercaba a sus pestañas. No comentó nada. Bebió un sorbo de vino blanco de su copa de cristal verdoso y se concentró en el plato de truchas asadas que habían puesto frente a él..

- ¿Por qué has venido con tu familia a la casa del marqués? – Le preguntó suavemente, sin mirarla.

- El marqués fue a nuestra casa a buscar un pedido y habló con mi padre. No lo sé bien. Fue entonces cuando nos dio esta fecha para presentarnos en su casa – Susurró ella - ¿No te agrada verme?

Néfer tenía el rostro inclinado hacia la mesa, pero levantó lentamente las pupilas para observarlos, con los párpados entrecerrados. Franco alzó la mirada hacia ella antes de responder la pregunta de Marietta.

- Claro que me alegra verte… - Sonreía, pero sin voltear hacia su novia.

- ¿Entonces por qué no me miras?

- ¿Cómo voy a mirarte, Marietta? ¡Tus padres están aquí!

El reproche de Franco hizo que Marietta guardara silencio durante algunos minutos.

- ¿Qué tal el clima en Lecco, querida? – Preguntó el marqués, tomando nuevamente la mano de Néfer.

- Agradable – Resumió ella.

- Tengo una pequeña casa junto al río Como, sencilla, pero confortable – Anunció Lázaro a sus invitados – Mi sobrina viaja de vez en cuando para descansar y poner en orden los asuntos de mi propiedad. Esta vez, fue con ella nuestro joven herrero, para organizar el taller. Seguramente debió tener mucho trabajo en aquella casa.

- Franco trabajó codo a codo con Luigi Grossi, el herrero de la casa de Lecco – Informó Néfer, acariciando el borde dorado de su copa, aparentemente intacta – Se mantuvo ocupado durante todo este tiempo.

- ¡Ahh, Lecco es hermoso! – Comentó Antonio Cavalieri, orgulloso de conocer uno de los temas que abordaba el marqués – un viejo tío tiene aún una casa en el pueblo, de modo que conozco bien aquellos bosques y la rivera del lago.

- Excelencia – Habló ahora Gianna Cavalieri. Tenía una voz suave – Nos honró profundamente que nos invitarais a cenar en vuestro palacio. Tenéis una hermosa casa.

- Me alegra que disfrutéis de mi hogar. Ahora, quiero haceros otra invitación – Anunció Lázaro. Todos alzaron la vista, atentos – Dentro de algunas semanas organizaré en este palacio un baile para recibir el solsticio de verano. Me gusta honrar algunas curiosas tradiciones paganas mediante una diversión ligera y me agradaría que vos, señor Cavalieri, vuestra esposa y vuestra encantadora hija, os contarais entre mis invitados.

Sonrisas de aprobación de toda la familia. Franco y Néfer intercambiaron una mirada rápida.

Una vez acabada la cena, el matrimonio Cavalieri y el marqués se encaminaron a un amplio salón de descanso, para compartir un trago y charlar. Néfer se sentó en un sofá de brocado y abrió uno de los libros que descansaba en un anaquel de ébano. Los amplios ventanales daban a una pequeña terraza iluminada por antorchas. Franco caminó suavemente hacia el recinto y Marietta lo siguió con sigilo, a cierta distancia. Néfer levantó las pupilas en dirección a ellos y luego, hacia los padres de la chica. Al ver que su hija se alejaba en la penumbra y demasiado cerca de Franco, Cavalieri alzó el cuello, alerta. Su esposa tomó suavemente su brazo, calmándolo.

- Tranquilo, Antonio. Nada sucederá y hablaremos sobre el tema más tarde – Susurró ella, antes de sonreír al marqués.

Franco nunca imaginó que alguna vez estaría en aquella terraza en compañía de Marietta. Se había habituado a la presencia de Néfer, a su voz, a su carcajada cristalina y sardónica; de modo que aquella situación le pareció algo insólita.

- ¿Qué ocurrió en Lecco, Franco? – Preguntó Marietta, apretando sus manos contra la barandilla y mirándolo de lado.

- ¿Cómo qué ocurrió? – Preguntó él – ¡Tuve mucho trabajo! Ya lo dijeron durante la cena…

Marietta guardó silencio durante unos segundos.

- Me escribiste algunas cartas los primeros días – Dijo ella, con un hilo de voz – Luego no supe nada más de ti.

- El correo es algo complicado en esa zona. Estábamos a los pies de los Alpes y Lecco es un pueblo, no una ciudad como Milán, Marietta. – Explicó él, mirándola apenas.

- En ese caso, no habrían llegado tus primeras cartas con tal puntualidad – Observó ella. Ahora parecía levemente irritada.

- Las primeras cartas las envié con jinetes que vendrían directamente a Milán… Luego, ya nadie más cabalgó hacia la ciudad. Era difícil mantener las comunicaciones – Mintió Franco.

Por Dios. Alguna vez le ocultó información a Marietta y ahora la estaba engañando abiertamente. ¿Qué podía decirle? ¿Que luego de aquella primera noche con Néfer nunca más volvió a recordarla? No sabía si eran remordimientos o si había dejado de amarla, pero sentía la necesidad de esquivar su mirada, su rostro. Sin embargo, su silencio lo atrajo y alzó la vista para enfrentarla directamente. Marietta tenía los ojos clavados en él, oscuros en la noche estival, brillando en ese mismo rostro juvenil que él evocaba desde que tenía dieciséis años. Ella mordía su labio inferior, estudiándolo fijamente. Ladeó un poco la cabeza, sin dejar de analizarlo.

- Me estás mintiendo – Concluyó ella, sin emoción en sus palabras. Era una certeza, una horrible afirmación.

Franco levantó la vista al cielo, suspirando. Restregó su rostro con una mano y luego la miró de frente.

- Marietta, me fui a Lecco porque significaba una buena cantidad de dinero. Tengo bastante ahorrado y cada vez está más cerca el momento en que pueda pedirle a tu padre que me conceda tu mano – Franco se había acercado y hablaba más alto – Tú misma me escribiste para decirme que él estaba dispuesto a aceptar que te corteje y regresé luego de un mes de… de mucho trabajo en aquella herrería. ¿Acaso ahora vas a arruinarlo todo con acusaciones infantiles y reproches absurdos?

Ella parecía confundida, pero molesta a la vez.

- ¡Cada vez que te reprocho algo, cada vez que siento que tengo la razón, te las arreglas para hacerme creer que soy yo la estúpida, la ridícula; Franco!

- ¡Es porque no tienes la razón!

- ¿No la tengo? – Insistió ella. Alzó la mirada y lo enfrentó – Te marchaste de Milán, jurando escribirme a diario. Al principio lo hiciste, como cada semana durante estos años; luego no hubo noticia alguna sobre ti, nada, ni un susurro. Fui a la parroquia para charlar con Fray Torcuato, pero tampoco él sabía nada de ti. – Nuevamente tenía los ojos empañados y se le quebraba la voz - Esperé, Franco y nada. Entonces, me arriesgué a abordar el tema con mis padres directamente y fui yo la que consiguió que te aceptaran, que te vieran como una posibilidad… Y te escribí de inmediato… ¿Y qué sucede cuando regresas? Me evades, ni siquiera me miras, me das tontas explicaciones sobre tu silencio… ¿Qué quieres que piense?

Franco tomó sus manos y las apretó. No sabía qué decir y se limitó a levantarlas hacia su boca, para besarlas.

- ¿Es por ella? – Dijo Marietta

- ¿Por quién? – Preguntó Franco. Sintió una punzada de temor en su estómago.

- ¡Doña Isabella! – Marietta había retirado sus manos de golpe - ¿Ocurrió algo con ella? ¡Dímelo!

Franco jadeó a modo de risa y retrocedió un paso, mordiéndose los labios y sacudiendo la cabeza.

- ¡Marietta, soy un herrero y ella es una noble..! ¿Crees que podría ocurrir algo, que ella me vería como a un hombre? No seas tonta… - Nuevamente apartaba sus ojos de los de Marietta. Enseguida levantó la mirada y agregó, más resuelto – Además, todos en Lecco sabían de su relación con un duque… o algo. Un tipo muy remilgado. Los chismes vuelan en los pueblos pequeños.

Franco se apresuró a tomar su mano nuevamente, para cambiar de tema, aprovechando el gesto de indecisión en el rostro de Marietta, ante los argumentos que él le daba. No podía abrazarla, estaba demasiado cerca de Cavalieri y su esposa, de modo que mantuvo su distancia.

- Agradezco el valor que tuviste para hablar con tu padre. A partir de ahora, todo será diferente, te lo prometo – Anunció él, besando suavemente los nudillos de la chica. – Estoy cansado, el viaje fue largo… Amor… Tengo mucho que hacer mañana, retomando las labores de la herrería. Perdona mi estupidez, te lo ruego.

Franco tomó el riesgo y se inclinó para besarla. Fue rápido, casi imperceptible para quienes se encontraban en el salón. Sin embargo él tuvo la certeza de que Néfer lo había visto, que había sentido aquel gesto. Apretó los ojos y se incorporó en silencio. Marietta ahora sostenía su rostro, sonriendo. Parecía no importarle la presencia cercana de su familia, lo impropio de la situación, del lugar. Franco apartó con suavidad las pequeñas manos de la chica.

- Vamos al salón – Pidió él.

Franco pudo notar la expectación que su entrada con Marietta provocó en los asistentes, sobretodo en los padres de la muchacha. Sólo Néfer permaneció con los ojos bajos en el libro que sostenía sobre su falda. Cavalieri le clavó los ojos, como si esperara una explicación. Lázaro lo contemplaba atento.

- Su excelencia – Llamó Franco, luego de carraspear - ¿Puedo solicitar algo a don Antonio Cavalieri y su esposa?

Néfer levantó los ojos de su lectura. Sus pupilas iban de Lázaro a Franco, con rapidez.

- Franco, no es a mí a quien debes consultar por una autorización, sino al señor Cavalieri.– Replicó el marqués, levemente reclinado en su sitial de brocado –

Franco inhaló y tragó saliva antes de hablar. El mercader lo observaba sin pestañear.

- Don Antonio, señora Cavalieri… Ya sabéis quién soy y a qué me dedico. Llegué a trabajar en el palacio de su excelencia el marqués hace casi un año, por lo que he logrado ahorrar una suma digna – Franco sabía que Néfer tenía los ojos clavados en él, pero en ningún momento volteó para mirarla. Habría sido imposible continuar si tenía aquellas pupilas de obsidiana y oro frente a él – Señor Cavalieri… Espero que no sea una osadía imperdonable que me dirija a vos y a vuestra esposa para… para… - Marietta aferró su mano con fuerza. Él se volvió hacia ella y continuó – Para pediros vuestra venia y cortejar a vuestra hija menor, la señorita Marietta. Es mi intención que en un futuro me permitáis hacerla mi esposa.

El aire se volvió tenso. El silencio absoluto se interrumpió cuando el libro que Néfer sostenía resbaló de su falda y se desplomó sobre la alfombra persa con un sonido sordo. El ruido hizo a Cavalieri reaccionar.

- Señor Di Tasso. Alguna vez tuve mis reparos con respecto a vos y se lo hice saber a mi hija – Comenzó el mercader – Sin embargo, he visto que sois un joven emprendedor y vuestro trabajo ha logrado impresionar a su excelencia el marqués, lo cual es buena señal para un hombre práctico como yo. Agradezco al magnánimo Don Lázaaro por permitirnos tratar sobre este tema en su casa.– Se puso de pie y tomó una de las manos de su esposa – La señora Cavalieri y yo estamos de acuerdo en que cortejéis a nuestra Marietta, Franco Di Tasso; y os deseamos las bendiciones de nuestro señor.

Marietta rió abiertamente mientras aferraba la mano de Franco. Él la miró con una sonrisa que no bastaba para iluminar sus ojos. Por primera vez en bastante rato, se atrevió a volver la vista hacia Néfer, pero ella ya no estaba en su sofá de brocado. Como una sombra, imperceptible, invisible, se deslizó fuera del salón. No se sorprendió. Conocía esa cualidad acuática que la hacía deliciosamente escurridiza. Una punzada de tristeza se clavó en su pecho.

- Excelente motivo para celebrar – Anunció el marqués y llamó a un lacayo para que trajera una botella de su famoso vino dorado y burbujeante.



El carruaje de los Cavalieri se retiró de la propiedad del marqués rayando la medianoche. Franco permaneció de pie junto a la puerta, mientras la carroza se alejaba por el empedrado de la plaza, rumbo a la avenida.

Volteó lentamente y se encaminó hacia el edificio. Tenía la vista baja. ¿Qué ocurría? Debía estar dichoso, exultante, eufórico. Por años deseó una oportunidad para conseguir la confianza de Cavalieri, la posibilidad de acercarse a Marietta, de hacerla su esposa. Fue su objetivo durante demasiado tiempo. Desde que se levantaba, hasta que caía rendido sobre su cama de piel de oveja; tenía a aquella muchacha en su cabeza, como una meta, como un tesoro que debía poseer a cualquier precio. Sin embargo, a pesar de que en esa noche parecían haberse desatado todos sus sueños, sólo sentía una profunda sensación de vacío y de inquietud. Haberle mentido a Marietta de esa forma, evadiéndola, inventando, pidiendo su mano para tranquilizarla más que por un impulso amoroso; lo desorientaba y entristecía.

Levantó la vista. Pasaba por el balcón de Néfer. Detrás de la cortina clara pudo ver su silueta, a contraluz de los candelabros. Parecía cepillar su cabello o algo. Tuvo el impulso de subir atropelladamente por las escaleras e irrumpir en su cuarto, como un bandido, como lo hacía en Lecco. Bajó los ojos y apretó los puños. Enseguida volteó rumbo a los establos.

Escuchó las preguntas de uno de los caballerizos que entraba con una antorcha mientras él salía al galope sobre el lomo de Amadís, pero no se volvió para responder. A gritos, exigió que le abrieran la verja principal. A toda velocidad, cruzó avenidas empedradas, plazas vacías, callejones oscuros. Los cascos de su caballo hacían resonar los adoquines de las vías milanesas en medio de la noche. El aire era dulce y fresco, no hacía frío. Era urgente moverse rápido por aquellas calles.


Ofelia se levantó de prisa y se cubrió con un chal. Aún somnolienta se dirigió vacilante a la puerta principal de la casa parroquial, con un candelabro en la mano. La argolla de donde pendían mutitud de llaves tintinearon en su cintura. La aldaba de hierro no paraba de sonar. ¿Quién podría ser a esa hora? No sin algo de inquietud, la mujer se aproximó a la entrada, sujetando fuertemente su fuente de luz.

- ¿Quién es? ¿Quién llama a esta puerta a la medianoche? – Preguntó, visiblemente nerviosa.

- ¡¡Abre, por favor, Ofelia!! – Sonó una voz masculina conocida – ¡Soy yo!

La enorme llave de bronce dio un par de vueltas en la cerradura y se abrió lentamente.

- ¡Por Dios, muchacho! – Exclamó Ofelia - ¿Qué haces aquí a esta hora?

Antes de que él respondiera, Fray Torcuato se asomó al final del corredor. Llevaba un largo camisón y una sencilla bata oscura. Traía los pocos cabellos grises de su cabeza notablemente despeinados. Procuró alisarlos mientras caminaba cansinamente hacia la puerta.

- ¡Franco Di Tasso! ¡En nombre de Jesucristo! – Exclamó el sacerdote - ¿Qué está atormentando a tu corazón, niño, para que vengas a esta casa en medio de la noche?

Franco entró atropelladamente, jadeando. Se plantó a cierta distancia de Fray Torcuato.

- Os ruego que me perdonéis… Pero me dijisteis que sería bienvenido en la parroquia cada vez que mi alma así lo pidiese.



Se habían encerrado en el refectorio, luego de que el religioso enviara a Ofelia nuevamente a su dormitorio. Después de ofrecerle a Franco un cuenco de sopa, Fray Torcuato oyó su extensa confesión. Guardó silencio un momento antes de pronunciar sus primeras palabras.

- Fuiste débil, hijo mío – Sentenció Fray Torcuato, suavemente. – Te entregaste a los placeres de la carne, apenas la tentación estuvo frente a ti.

Franco sólo sacudió la cabeza, lentamente.

- Ella no tiene la culpa, Fray Torcuato… ¡Es tan hermosa! – Levantó la vista – No podéis imaginar lo que significa tenerla cerca: su aroma, su voz... ¡Todo es una invitación! Y estábamos solos en esa casa, junto al lago y los bosques…

- La defiendes, Franco. – Observó el religioso

- No quiero que la veáis como una seductora maligna, padre, no lo es.

- No he dicho que lo sea – Replicó el sacerdote

- Néfer sólo es… Fui yo, padre. Ella estaba sola en el bosque, nadando. Yo la espiaba, yo fui el que se volvió loco de deseo. Pude marcharme, olvidar lo que vi, ¡Pero no lo hice! – Franco se paseaba ahora por la habitación, gesticulando – Cuando ella apareció en mi alcoba esa noche, pude rechazarla; pero no tuve la fuerza. La dejé venir, la dejé acercarse… Fray Torcuato, que Dios me perdone, la primera vez la tomé como un animal salvaje. Y no me detuve en todos esos días…

- Puedo entender lo que una mujer hermosa puede provocar en un joven de veinte años completamente sano, Franco – Interrumpió Fray Torcuato – Pero también entendía que estabas absolutamente enamorado de Marietta Cavalieri. Te he visto desde hace más de cuatro años quejándote, suspirando y repitiendo su nombre dentro de estos muros. ¿Vas a decirme que unos cuantos días con una noble bonita fueron suficientes para olvidar a la muchacha por la que llorabas hasta hace poco?

Franco se quedó perplejo. Sí, durante mucho tiempo ella fue su centro, su único propósito en la vida. Significaba todo lo que esperaba para el resto de su existencia. ¿En qué minuto había perdido la cordura? ¿Se trataban de sus remordimientos o de verdad sentía un repentino rechazo por Marietta?

- Hoy le dijiste a su padre que pretendías casarte con ella – Recordó Fray Torcuato, tranquilamente – Tenías una meta, muchacho, y la estabas alcanzando con dignidad y trabajo duro. ¿Vas a permitir que la lujuria te robe aquello que querías con certeza?

- ¿Y si no es lujuria, padre? – Replicó Franco, sombríamente – Y si he dejado de amar a Marietta… Prefiero estar muerto antes de que ella se entere de lo que hice en Lecco.

- Sólo tú puedes saberlo. – Zanjó el sacerdote, poniéndose de pie – Ahora, muchacho, deberás recitar un rosario completo para recuperar la tranquilidad de tu alma. Nadie conocerá lo que hoy viniste a confesarme, por supuesto, de modo que puedes marcharte en paz. Y por piedad, procura que tu corazón te atormente a horas más propicias…


Dieron las 3 de la mañana, en el momento en que Franco cruzó de regreso la verja del palacete del marqués De la Cañada. Un somnoliento portero lo saludó mientras sostenía una antorcha. Se apresuró en volver de los establos. Quería correr hacia su habitación lo antes posible. Llevaba la vista baja mientras subía velozmente las escaleras que conducían a los corredores superiores. Al llegar al descanso, levantó los ojos. Era ella, observándolo, sujeta de la barandilla. Nuevamente llevaba el cabello oscuro ondulando sobre los hombros y apenas cubierta por un delgado vestido estival. Franco no podía avanzar. Se quedó pasmado e inmóvil, sin atreverse a hablar.

- Vas a casarte – Dijo ella, suavemente.

Al no recibir respuesta, Néfer volteó hacia su alcoba. Abrió suavemente la puerta y entró, sin cerrarla del todo tras de sí. Avanzó despacio entre los finos muebles de la habitación y finalmente se recostó en su amplia cama de encaje y damasco. Las delgadas cortinas del dosel se mecían por la brisa que entraba por la ventana.

La puerta se abrió con lentitud. Néfer giró despacio y se apoyó en uno de sus codos, atenta.

- Esto no es Lecco y ya no eres el Franco que entraba por la terraza, a través de mi ventana. Vas a casarte con aquella chica de pelo rojizo, esa niña a la que seguramente le explicarán cómo se traen bebés al mundo, la noche anterior a su boda – Dijo ella con un tranquilo tono despectivo.

- Soy el mismo de Lecco. – Rebatió él, sombríamente y con la vista baja - ¿Eres tú la misma Néfer del lago?

- Siempre seré la misma.

Franco avanzó hacia la cama.

jueves 29 de enero de 2009

XV EL TIEMPO DEL ÉXTASIS

CAPÍTULO XV
(El tiempo del éxtasis)

Comenzaba a amanecer. El débil canto de los grillos nocturnos se había convertido en un coro de pájaros. Una tenue luz entraba por la ventana y conforme transcurrían los minutos, pasaba del azulado al rojizo. Las cortinas de la habitación flotaban, en un ventanal que jamás fue cerrado. La cama estaba revuelta y en ella descansaba Franco, despierto, con los ojos fijos en el dosel de cortinaje dorado. Néfer estaba recostada sobre su cuerpo, con la mejilla apoyada en su pecho, acariciando el vello leve y claro que lo cubría como a la corteza de una fruta. Ninguno de los dos hablaba.

Fue una noche muy diferente de la anterior. Esta vez Franco dosificó su deseo, guiado por ella. Dedicó tiempo para recorrer y aprender completamentesu cuerpo, para probar sabores secretos, para beber de sus panales escondidos; controlando la explosión de sus impulsos; retardando la consumación de sus afanes. También ella lo exploró, concentrada en el temblor de cada músculo y tendón, fascinada por el relieve de las venas que enlazaban sus brazos como cuerdas; por el contorno de su abdomen y por la orgánica reacción que provocaba en él, al marcar con su boca los lugares prohibidos. Ambos dejaron que el deseo creciera pausada, pero frenéticamente; invadiéndolos como un lento diluvio. Esta vez Franco no se arrojó sobre ella como una fiera devoradora: se recostó en la mansedumbre mantequilla de las sábanas y la observó mientras lo montaba. Nuevamente veía la escultura de la diosa del lago, meciéndose con la suave voluptuosidad de una flor acuática, dominándolo, cubierta por su cabellera negra e imposible de contener, acariciada por sus manos enormes y ansiosas que pugnaban por dirigirla, por aferrarla, por evitar que esa visión escapase. Otra vez sintió esa ansiedad terrible, esa escalada profunda que parecía anidar en el fuego más recóndito de su vientre, la ola de magma que pugnaba por explotar dentro de ella. Durante el eterno instante en que pareció morir en su estallido, la escuchó decir su nombre con una voz desconocida; como si de pronto deseo y ternura significaran lo mismo para Néfer.

- Tienes las manos ásperas – Murmuró ella, besando suavemente la palma derecha de Franco, levemente encallecida.

- ¿Por qué será? – Respondió él, con los ojos cerrados y sonriendo.

- Con el tiempo, se volverán suaves, como el resto de tu cuerpo. – Comentó ella, acurrucándose más apretadamente contra él y cerrando los párpados.

- Es difícil que un herrero tenga las manos de una doncella – Observó él, acariciando su pelo.

Ella se incorporó un poco y lo miró a los ojos.

- Talvez tu destino no sea trabajar en la fragua durante toda la vida, Franco.

Él lanzó una carcajada. Alargó un poco el cuello y la besó. Ella volvió a apoyarse sobre su pecho.

- ¿Por qué no quisiste admitir que me conocías del arroyo, hace casi tres años? – Preguntó Franco, con calma.

Néfer guardó silencio por unos segundos.

- No era el momento – Se limitó a responder.

- ¿Qué pasó ese día, Néfer? Necesito saberlo – Inquirió él, mirándola seria y fijamente.

- ¿Qué ocurrió? – Ella sonreía, alternando besos sobre el pecho de Franco, mientras hablaba – Ya sabes que me gusta pasear por los bosques y pues, cierto día, encontré a un muchachito encantador que parecía triste… Y no pude resistirme… Tenía que probar esos labios – Néfer ahora lo había trepado, para besarlo una y otra vez en la boca, sin dejarlo hablar.

- No… espera… Néfer… ¡Calma! – Él la apartó suavemente, sonriendo – Me refiero a lo que ocurrió durante el beso.

- Fue exquisito.

- Pero extraño. Sentí algo… Vi algo… Algo que volví a encontrar en mi mente, mientras… anoche… mientras lo hacíamos. – Franco carraspeó, buscando aclarar su voz - ¿Acaso tú no viste nada?

- Te veía a ti, Franco – Parecía algo inquieta, a pesar de su sonrisa.

Él se sentó en la cama. Ahora parecía más serio.

- Néfer. Cuando me besaste aquel día en el bosque, junto al arroyo, sentí como… Como si quisieras matarme. No lo sé, una sensación muy extraña. – Él gesticulaba, buscando las palabras adecuadas para describir lo que le había ocurrido – Me sentí enfermo… como si tú estuvieras tratando de arrancarme algo desde mi propia sangre… Me sentí igual esa noche del baile de máscaras y los fuegos artificiales, ¿Recuerdas? Me miraste… ¡Lázaro y tú me miraron!... Bueno, don Lázaro… Y entonces sentí nuevamente ese malestar, esa sensación de muerte… Varias personas se desmayaron a mi lado, pero yo no; ¿¿Por qué yo no?? ¿Y qué fue lo que nos sucedió?

Néfer lo escuchaba con un gesto impávido. También se había sentado. Mientras él hablaba, ella comenzó a ondular los largos cadejos de su cabello, como si buscara distraerse.

- No puedo saberlo – Fue lo único que ella dijo, y se recostó nuevamente. Comenzó a estirar los brazos sobre su cabeza y a arquear la espalda. Sus pechos perfectos apuntaron hacia Franco. Él estuvo a punto de inclinarse para besarlos, pero siguió inmóvil y pensativo.

- Vi una imagen aquel día, Néfer – Franco miraba hacia adelante, concentrado en sus recuerdos, casi imbuido por ellos. – Había una chica muy joven, talvez de unos quince años, en el mismo bosque donde nos conocimos… Estaba… haciendo el amor con un hombre. ¡Pero no era un hombre cualquiera! Era un hombre extraño, alto, de cabello largo y oscuro, de ojos muy claros… Rodeado de luz, bañado en luz…

Néfer se incorporó con bastante interés.

- Era como… como si de él salieran rayos de luz; más bien, hilos de luz que ondulaban – Franco se había vuelto a mirarla y rió entre dientes – Sé que suena estúpido. Pero fue como un sueño muy real. Y ella, la chica, quería que él la preñara. Estaba convencida de que si él engendraba un hijo en ella, el bebé sería eterno o mágico; no lo sé… Esa muchacha… Me parecía tan familiar… Y tenía el nombre de mi tía…

- ¿Tu tía? – Preguntó Néfer, casi en un murmullo.

- Sí, mi tía Lavinia, hermana de mi padre – Explicó él. Había vuelto a acostarse y sujetaba su nuca con los brazos cruzados. – Yo no sé mucho sobre ella. Sé que murió cuando era una adolescente aún. Dicen que era bonita y bastante loca. Bueno, no loca en sí, pero muy extraña. Tuvo suerte de que la Inquisición no le echara el guante.

Néfer estaba ahora con la mirada perdida. Sujetando el borde de la sábana, meditabunda.

- ¿Y ese hombre… Cómo era? ¿Tenía un nombre, como la muchacha? – Interrogó ella.

- Nunca oí su nombre. Pero recuerdo sus ojos. Eran pálidos, casi sin color… como si fueran de un azul muy diluido – Franco hizo una pausa y soltó una risotada – Me preguntas eso porque te burlas de mí. Debes pensar que me estoy volviendo loco.

- No, en lo absoluto – Aseguró ella

- ¿Entonces, tú también viste lo que yo? – Preguntó Franco, entusiasmado.

- No, Franco. No vi nada de eso…

- ¿¿Entonces, porqué yo lo hice??

- ¿Cómo voy a saberlo? – Replicó ella, con algo de hastío, mientras comenzaba a vestirse y sacaba su cabellera del cuello de su prenda ligera.

Franco estaba de lado, apoyado en el codo derecho, sobre las sábanas; observando sus movimientos; aún sumergido en sus reflexiones.

- Ese día me dijiste algo. Fue antes de irte, no logro recordarlo – Insistió él.

Ella revoloteaba por la habitación, buscando joyas, hurgando en baúles, abriendo las cortinas. Parecía ignorarlo. Incluso comenzó a tararear una melodía con su cristalina voz de soprano. Se sentó frente al tocador, cogió un cepillo de mango plateado y comenzó a peinar su larga cabellera negra.

- …Dijiste que yo era uno de ustedes – Aseveró Franco, firmemente.

- ¿Lo dije? – Preguntó ella, inmóvil frente a su tocador, dándole la espalda.

- ¿A qué te referías con eso? ¿Quiénes son ustedes? – Insistió Franco.

Él se había puesto de pie fuera de la cama, sin que le importara su completa desnudez. Sujetó el respaldo de la silla donde estaba Néfer y la miró directamente a los ojos en el reflejo del espejo del tocador.

- No recuerdo haber dicho algo así – Rebatió ella, cepillándose con más energía.

- ¡Me estás ocultando algo, lo sé! – Discutió él – Además, dijiste algo anoche, cuando entré en tu alcoba… ¡Dijiste que yo era un mensajero del altísimo! ¿Por qué lo hiciste? ¡Dímelo, Néfer!

Ella volteó bruscamente y clavó sus ojos oscuros en el gris plateado de los de Franco.

- ¡Fuiste tú el que me dijo eso, aquel día! ¡Te pregunté quién eras y respondiste “Un mensajero del altísimo”! Si eres tú el que dice incoherencias en momentos de lujuria, ¿Por qué me abrumas con esas preguntas sin sentido? – Repuso ella, casi furiosa. Enseguida, cerró los ojos por unos instantes, procurando calmarse, procurando evitar que él se alterase – No sé por qué tienes esas visiones, Franco. Lo ignoro. Sé que ese día en el arroyo vi a un adolescente hermoso, probablemente el más bello que nunca vi antes; y te besé. Quizás soy una libertina, quizás una loca… Pero no tengo idea de por qué me haces todas estas preguntas. No soy la indicada para responderlas.

Hubo una larga pausa. Franco no volvió a insistir. Parecía confundido e intrigado. Cruzó los brazos y ladeó un poco la cabeza, como si quisiera decir algo, una idea que aún no estaba ordenada en su cabeza. Néfer posó los ojos en el abdomen del joven, y más abajo… Alzó una ceja y sonrió traviesamente.

- Creo que es prudente que te pongas algo de ropa. No querrás que alguna mucama te vea así, ¿Verdad?

Ese día, Franco se convenció por completo de que todos los habitantes de la propiedad del marqués en Lecco, estaban al tanto de lo que había sucedido durante las últimas dos noches. Había susurros a sus espaldas, comentarios ahogados, leves cuchicheos. Cuando se cruzaba por su camino un grupo de mucamas atareadas, las veía sonreír pícaramente, para luego escucharlas soltar la risa a cierta distancia. Incluso Luigi Grossi, el herrero actuaba de manera diferente. Cuando apareció por su taller, el gigante le dedicó una maliciosa sonrisa e incluso le extendió una especie de cantimplora personal que siempre llevaba consigo, y de vez en cuando sacaba para beber.

- Tomad, señor– Ofreció con actitud ladina – Fortalecerá vuestra sangre y os hará funcionar como un toro cada noche. Os acordaréis de mí, os lo aseguro.

El único que parecía inmune a aquella plaga de especulaciones taimadas era Giorgio Pirandello. Seguía tan solemne y protocolar, rígido en su traje negro de antigua moda española del siglo anterior; serio y eficiente, haciendo retumbar la casa con sus órdenes. Para él, la vida privada de los señores de la casa no era de su incumbencia. Y si por alguna razón llegaba a sospechar de algo, jamás permitiría que un solo indicio se hiciese patente.

Durante las comidas, Franco y Néfer se miraban a los ojos, intensamente. Ella, naturalmente, apenas tocaba la copa con sus labios; mientras él devoraba montañas de manjares, sabiendo que su resistencia se pondría a prueba dentro de poco rato. Ella abandonaba el comedor muy pronto, mientras él permanecía en su sitio por unos minutos, bebiendo con parsimonia y calma. Las sirvientas comenzaban a mirarse de reojo, mientras el impasible Pirandello las reprochaba con su rostro pétreo. Finalmente, Franco se ponía de pie y abandonaba la mesa.

Algunas noches era ella la que aparecía en su ventana con el cabello suelto, cruelmente bella, letal, apenas envuelta en una translúcida prenda que cada vez era más fácil de quitar. Él la esperaba de pie junto a la cama, aturdido por la sorpresa y el deseo, aguardando su lento arribo hasta sus brazos. En otras ocasiones, era él quien irrumpía como un bandido en su puerta de la terraza, ansioso como un felino, esclavo del deseo absoluto, envuelto en la magia de aquella seductora. En una oportunidad la halló recostada sobre la seda dorada y mantequilla de sus cobijas, bajo la luz de dos candelabros encendidos; completamente desnuda y adornada con joyas… En el cuello brillaba un pesado collar de diamantes y plata bruñida… en la cintura, una leve cadena que esparcía por el vientre un goteo de perlas… en las muñecas y los tobillos, brazaletes de alguna princesa pagana de otros tiempos… Ella sabía como atraparlo, como hacer que se sumergiera en su cuerpo y retenerlo suspendido en el éxtasis durante toda la noche. Una vez saciado su deseo, Franco descansaba sobre el blando perfume del cuerpo de Néfer, acariciado por sus rizos oscuros e interminables. Cuando despertaba, se necesitaba muy poco para que volviera a renovar sus ímpetus y arremetiera como un león sobre su presa.

Los días transcurrieron con maravillosa languidez en Lecco. ¡Qué lejos estaba Milán y el pasado! Tenían esas noches febriles, en donde la primavera hacía que el calor se sumiera más profundo entre sus sábanas y sobre sus cuerpos. De día, compartían libros, eternas cabalgatas por los bosques y el pueblo, provocando asombro entre los habitantes por su elegancia y hermosura.

- ¿Eres de verdad la sobrina de Lázaro? – Le preguntó Franco una noche, en la oscuridad. Acababan de hacer el amor y estaban uno frente al otro, de lado, en absoluta complicidad.

- No – Respondió ella en un susurro – Él me encontró.

- ¿Te encontró? Entonces eras una huérfana... – Franco contrajo las cejas. La besó suavemente, conmovido por sus sospechas.

Ella se incorporó, mirando un punto incierto en las tinieblas de la alcoba.

- Mi madre… Ella murió al darme a luz. Mi única tía se hizo cargo de mí y me educó. Era una mujer importante, muy respetada. – Néfer parecía evocar algo demasiado lejano, como si le costara gran trabajo recordar – Yo era feliz en el palacio, con ella. Teníamos caballos y… Y toros; ¡No te rías! Los toros eran algo importante en mi familia… algo sagrado. No lo entenderías.

Néfer volvió a acostarse. Esta vez se refugió en el hombro de Franco.

- ¿Y entonces, qué sucedió? – Insistió él, auténticamente intrigado.

Ella hizo una pausa. Parecía rememorar algo doloroso. Su voz salió ahora en un hilo.

- Ocurrió algo horrible, no lo recuerdo bien. Era yo muy pequeña… El palacio se vino abajo, hubo un horrible cataclismo, un terremoto. – Había tanto silencio, que Franco pudo escuchar como Néfer apretaba los párpados que parecían húmedos – Todos murieron… Los caballos, los toros… los sirvientes… Mi dulce tía.

Franco la estrechó un poco contra sí.

- Menos tú… Lograste escapar…


Néfer cerró los ojos. Nuevamente tenía cinco años, cubierta de sangre, bajo pesados pilares. A su lado, yacía una hermosa mujer que había tratado de protegerla. En medio del dolor que comprimía la mitad de su frágil cuerpecito infantil, ella había entreabierto los párpados para ver a un hombre que retiraba sin esfuerzo el horrible escombro de su derrumbado hogar y la alzaba con sumo cuidado. Lo vio a contraluz, rodeado de una pálida cabellera.

Durmió durante días, semanas talvez. Entre sueños y el dolor, vislumbró unas pupilas violetas y una voz de extraordinaria suavidad que le cantaba canciones de cuna en una lengua extraña. Ese hombre la alimentó y cuidó con absoluta dedicación; curando sus heridas y convirtiéndose en el pecho donde se refugiaba al despertar, en medio de sus pesadillas. Cuando se sintió mejor y se sentó en la cama, miró a su alrededor. Se trataba de una rica habitación, tan lujosa como la que ella misma compartía con su tía, en el magnífico palacio de los laberintos, de los frescos con escenas marinas, de las imágenes de doncellas esbeltas saltando toros en honor a los dioses. Ignoraba donde estaba, pero se sintió tranquila y reconfortada.

Un niño de unos once años entró en la recámara. Tenía los ojos pálidos, la piel morena y el cabello rotundamente negro.

- ¡Has despertado, Néfer! – Exclamó el muchacho, alegremente. A pesar de que hablaba correctamente su lengua, lo hacía de forma extraña – Yo soy Gwydion…

- ¿Quién es Néfer? – Preguntó ella, confundida.

- Tú – Respondió el niño, al punto – Él te ha dado ese nombre. Ahora somos hermanos.


Franco la rodeó con ambos brazos, casi aprisionándola sobre su pecho tibio.

- Él me encontró – Concluyó ella. – Y me educó como a una hija.


No podía darle más información sobre el pasado. No aún. Afortunadamente, parecía que a Franco le bastó saber eso y no hizo más preguntas.


La luna cambió varias veces sobre el cielo de Lecco. Menguó como una fruta lujuriosa… se ocultó en la absoluta oscuridad de su traje de terciopelo negro y finalmente volvió a llenarse como una voluptuosa esfera. Durante muchos días, Franco y Néfer se olvidaron completamente de cualquier cosa que no tuviera que ver con la casa sobre la colina, los apretados bosques perfumados que rodeaban la propiedad, el lago cómplice de sus cabalgatas, el pequeño pueblo que salpicaba de color el estuario del río Adda y las dos alcobas junto a la terraza, en donde alternaban sus noches de fiebre. Había transcurrido más de un mes desde que dejaran atrás los muros de Milán, y no parecía existir una buena razón para recordarla.

Una tarde en que Franco se preparaba para vestirse y cenar, Néfer irrumpió en su habitación, agitada como una niña.

- ¡Ven, salgamos! – Exclamó ella, inundada de euforia – Hará calor esta noche.

- ¿Dónde vamos? – Preguntó él, riendo y sosteniéndola por los brazos – Casi se pone el sol y Giorgio sufre de ataques de gota cada vez que nos retrasamos para sentarnos a la mesa.

- ¡Al demonio con la cena de hoy! Vamos al pueblo, a una taberna. ¡Quiero bailar! – Néfer daba graciosos giros por la habitación.

- Ya te dije que no sé bailar – Franco cruzaba los brazos. Sonrió torcidamente: el gesto que más le gustaba a ella. Por esa razón, Néfer brincó a su cuello y lo besó.

- No seas tonto, no habrá pavanas ni gallardas esta noche. ¡Una taberna! Incluso, si me acompañas, talvez hasta me anime a beber – Amenazó.

Minutos después, ambos cabalgaban hacia el poblado. Franco llevaba un traje gris perla que evocaba a un mosquetero francés. Estaba muy apuesto. Sobre su muslo, se extendía la hermosa espada que Lázaro le había dado.

- Debes tomar clases de esgrima – Observó ella – ¿De qué te sirve lucir una Toledo Salamanca, si cuando un espadachín se cruce por tu camino, te empalará en tres movimientos?

Franco lanzó una carcajada.

- ¿De qué te ríes? – Preguntó ella, falsamente irritada – Si lo prefieres, yo misma podría enseñarte el arte de la espada.

- ¿Tú?

- ¿Crees que solamente sé bailar en los salones de Lázaro y coquetear con sus aburridos invitados? He tenido el tiempo libre suficiente como para aprender esgrima.

No muy convencido, pero algo impresionado, Franco examinó sus delicadas manos, imaginándolas en rápidos movimientos con un arma.

- En ese caso, tendré cuidado – Señaló él, sin dejar de sonreír.

- Una de estas noches, marcaré tu pecho con la espada; para que cualquier otra dama se entere quién fue la primera en tu cama – Aseguró ella.

Franco cambió el semblante, pero no tuvo tiempo para sombríos pensamientos, pues ante él tenía el letrero de madera que anunciaba la taberna más importante de Lecco. “IL TORO NERO” tenía las puertas abiertas y desde el interior, les llegaba un ruido ensordecedor. Parecía repleta.

Un niño se hizo cargo de los caballos. Néfer se apoyó en el brazo de Franco mientras descendían los escalones de piedra que llevaban al salón principal de la taberna. El lugar era caluroso y de ambiente alegre. Había pocas ventanas, de modo que el aire estaba bastante viciado y dominado por una tenue luz mezcla de amarillo y rojizo; producto de la luz de día que se filtraba aún por las rendijas y por las lámparas de hierro forjado que colgaban del alto techo. Multitud de taberneras voluptuosas servían piernas de cerdo marinadas, pintas descomunales de espumosa cerveza y botellas empolvadas de vino barato. Una música alegre se distinguía entre las risotadas y las charlas de los comensales: sonaba una flauta, tamboriles, salterios y vihuelas. Los parroquianos vestían ropas sencillas. Allí había campesinos, agricultores, artesanos, herreros, orfebres... Personas del mismo origen social que la familia Di Tasso.

No era la primera vez que Franco visitaba una taberna; pero jamás le había sucedido que su entrada provocara tal expectación. Apenas aparecieron, Néfer y él, se produjo un leve silencio, una pausa extraña. Los nobles no acostumbraban a asistir a Il Toro Nero; y estos no sólo eran nobles; sino, una pareja de abrumadora belleza. Los hombres contuvieron la respiración cuando Néfer pasó por su lado, dejando una estela de suave perfume. Cuando encontraron una mesa, se les acercó una tabernera de enormes senos trémulos casi reventando bajo un corpiño blanco. Coqueteó descaradamente con Franco mientras él pedía cerveza y ciervo asado. Néfer la fulminó con la mirada.

- ¿Vuestra esposa ordenará algo, mi señor? – Preguntó la mujer, con un tono deliberadamente sedoso.

Franco miró a Néfer y rió entre dientes. ¿Eso parecían? ¿Un matrimonio joven de nobles?

- ¿Deseas algo, amor? – Preguntó él, con fingida solemnidad.

- Por ahora nada, esposo mío – Respondió ella, abanicándose afectadamente.

Lanzaron una carcajada cuando la tabernera se alejó.

- ¿Parezco una esposa, acaso? – Preguntó ella, divertida.

- Naturalmente. Y yo no sólo soy tu marido, sino un noble de la región.

Se escuchaba una dulce melodía, proveniente de un laúd. Franco comenzó a tararearla con los ojos cerrados y a seguir el tenue ritmo con la cabeza. Néfer lo observó atentamente durante largos instantes, con la barbilla apoyada en su mano.

- Tienes una hermosa voz – Observó ella.

- Mentirosa.

- No tengo razones para mentir. Me gusta.

En ese momento se escucharon gritos desde el otro lado de la taberna. Al sentir que lo llamaban por su nombre, Franco se incorporó levemente y entonces vio que un hombre enorme agitaba los brazos a cierta distancia, saludándolo. Era Luigi Grossi. Eufórico por el encuentro, lo invitaba con gran aspaviento a unirse a él en su mesa. Franco lanzó una breve carcajada y alzó la mano para devolver el gesto.

- Es Luigi Grossi – Explicó Franco, aún saludando.

- ¿Quién?

- ¡Tu herrero! ¡El de la casa del lago! – Exclamó él. No podía creer que no conociera los nombres de los que trabajaban para ella – Es un hombre muy amable y divertido. Me invita desde hace tiempo a beber con él a alguna taberna.

- ¿Quieres que vayamos? – Preguntó Néfer. Estaba de excelente humor.

- ¿De veras no te importa? – Franco estaba intrigado – Son hombres rudos, del pueblo. Grossi es un herrero… como yo.

- Llevo un mes compartiendo mi cama con un herrero rudo y del pueblo – Replicó ella, guiñando el ojo derecho – No creo que sea un problema compartir una mesa con otros similares.

Se dispusieron a cruzar la taberna. Había multitud de taberneras en movimiento y los comensales charlaban animadamente, a veces, con gestos exagerados. Era fácil llevarse un accidental bofetón. Franco cogió la mano de Néfer y comenzó a avanzar entre las mesas. Un ebrio cayó de su asiento, estrellándose contra el piso empedrado, entre las risotadas de sus amigos. Unos más, otros menos; todos los observaban con una mezcla de intriga y fascinación. Finalmente, llegaron a la mesa de Luigi Grossi. Estaba acompañado por otros tres hombres que comenzaron a mover sillas y acomodarse, atentos a los insignes invitados.

- ¡Señor Di Tasso! Por fin aceptasteis venir a mi refugio de ebrio – Grossi lanzó una potente risotada parecida a un alegre rugido. – ¡Y vinisteis con doña Isabella! Señora, es un honor que compartáis nuestra mesa.

Néfer reía, y estiró su mano enguantada. El herrero miró a sus amigos, alzando las cejas, ufano… y se inclinó para besar los nudillos de la dama. Trató de imitar la ceremonia de Giorgio Pirandello, pero más parecía un oso que se encogía sobre un tarro de miel.

- Es buena taberna la tuya, Luigi – Observó Franco.

En ese momento, la tabernera inicial dejaba la orden de Franco, sobre la nueva mesa. Parecía algo contrariada, quizás porque debió cruzar todo el local por el cambio de opinión de sus ilustres clientes. Franco pidió una ronda completa de cerveza.

- ¡Ah, qué modales los míos! – Exclamó el gigante, haciendo retumbar la mesa con sus palmas – Él es el señor Franco Di Tasso, herrero principal del Marqués De la Cañada, en Milán… Y la hermosa dama es doña Isabella, sobrina de don Lázaro y reina de Lecco… - Grossi alzó su copa hacia la dama, con toda la galantería que pudo hallar. Enseguida indicó a sus amigos – Ellos son Benedicto, Lorenzo y Giovanni; Curtidores y artesanos del pueblo.

Los tres hombres alzaron sus vasos al unísono.

Un grupo comenzó a bailar en el centro de la taberna. La danza era muy diferente de las que Franco vio en el palacio del marqués; y también, con mejor ritmo para sus oídos. Comenzó a palmear y a seguir los sones con el pie; e incluso a silbar cuando el baile acababa. Néfer lo miraba, mezcla de sorprendida y abrumada por la risa.

- Hace tiempo que os había invitado, señor Di Tasso… Tarde aparecisteis por estos lares – Observó Grossi, riendo de buena gana.

- ¡Ya no me digas “señor”, Luigi! – Reparó Franco, chocando su vaso contra el de Grossi – Soy un herrero como tú. En Milán, mi padre también tiene un taller… ¡Además, no soy tan viejo! Hace dos meses cumplí los veinte años…

Todos rieron. Lorenzo, el curtidor, habló.

- No os veis como un herrero, señor. Vuestra ropa habla de rango, entre otras cosas – Dio una mirada de soslayo hacia Néfer.

- ¡Basta de tonterías! – Insistió Franco – ¡Si no van a tratarme como a uno de ustedes, nos retiraremos de la mesa enseguida! – Hizo ademán de ponerse de pie, pero Néfer tocó suavemente su brazo, obligándolo a sentarse nuevamente.

- ¡En ese caso, bienvenido seas a “Il Toro Nero”, Franco Di Tasso, herrero veinteañero de Milán! ¡Bienvenido a Lecco, donde la cerveza es barata, el vino abundante y las taberneras resbalosas! - Bramó Grossi, alzando un botella.

Risotada general. Néfer los miraba uno por uno, con una tranquila sonrisa.

- Señora, perdonad nuestra falta de propiedad – Grossi estaba ahora algo serio – En ningún caso pretendemos ofenderos…

- No te preocupes, Luigi Grossi. He venido a divertirme y lo estoy haciendo. Tu mesa y tus amigos son de mi total agrado – Anunció ella. Los tres amigos del herrero la escucharon embobados.

Las jarras de cerveza se alineaban unas tras otras. Las taberneras las retiraban y volvían a renovar la ronda. Las bromas subían sustancialmente de tono; de modo que las risotadas estridentes hacían retumbar la mesa. Franco era uno más de ellos, absolutamente alegre y al borde de las lágrimas por los chistes de Luigi Grossi.

- Es triste para Vittorio Simonetti continuar dirigiendo la taberna, con la pena que trae – Observó Luigi, indicando a un hombre gordo y casi anciano que observaba a la concurrencia, desde la barra.

- ¿Y qué podría hacer? Así es la vida – Replicó Benedicto

- No es cualquier cosa que un hijo muera de un día para el otro – Insistió Grossi – Hay que pedir la resignación del señor para semejante tristeza… - El herrero se santiguó.

- ¿Quién es ese hombre y qué le sucedió? – Quiso saber Franco.

- Mataron a su hijo mayor – Respondió Giovanni – Tenía su nombre.

- ¿Lo mataron? ¿Bandidos?

- Eso es lo extraño, Franco – Explicó Grossi, apuntándolo con el cuchillo que pensaba utilizar para cortar una tajada de ciervo asado – Nadie sabe cómo murió. Hace poco más de un mes, cuando había luna llena, el muchacho salió de noche a pescar al lago y no regresó a casa.

- ¿Murió… ahogado? – Interrogó Franco.

- ¡No, no! El muchacho estaba completamente seco, recostado a la orilla del lago – Grossi dibujaba con sus manazas una posición horizontal – ¡Simplemente muerto! Como si algo le hubiera arrancado la vida, dejándolo intacto.

- Ni una puñalada…

- Ni un golpe.

- Nada. Sólo estaba muerto

- El pobre Vittorio tenía el corazón hecho pedazos. Hace un año que enviudó y el muchacho era su único consuelo – Explicó Grossi – No era mucho mayor que tú, Franco… Era un buen chico...
Bueno, cuando no bebía. ¿Recuerdan esa vez que perdió los estribos y le marcó el rostro con una navaja a Fiorella, aquella tabernera rubia y de mal carácter? Fue algo horrible. Pero el muchacho estaba ebrio en esa ocasión…

- Un hombre que marca la cara de una mujer, quizás sí merece morir; sea un ebrio o no – Observó Néfer. Sus ojos brillaban.

Se produjo un incómodo silencio. Bajaron la mirada, Grossi alzó las cejas. Franco la miró algo desconcertado por su inesperada intervención y por lo tajante de sus palabras. Por largos segundos, nadie supo qué decir.

- Bueno… el hijo de Simonetti tampoco fue el único que murió por aquellos días. ¿Recuerdan el caso del verdugo? También se volvió un cadáver, uno o dos días antes que Vittorio.

- Ese se lo merecía – Opinó Grossi – Gozaba con acusar a mujeres inocentes de brujería. En Turín quemaron a una tía de Giorgio Salvatto, ¿Recuerdan? Hace diez años… Ese maldito verdugo la acusó falsamente, porque ella no quiso venderle una pequeña propiedad cerca de la ciudad. Era una basura.

- ¿Y qué me dicen de ese tal Farnessi? Fue el primero en morir, exactamente dos días antes que Vittorio Simonetti hijo. – Indicó Benedicto – Apareció estirado y frío como el mármol, en una huerta en las afueras del pueblo. ¿Recuerdan que se emborrachó y ahogó a uno de sus hijos, por acostarse sobre él? Dicen que no tuvo castigo alguno porque era sobrino del juez… Bah…

Franco estaba sorprendido. Lecco no era el lugar pacífico que pensaba. Habían sucedido extrañas muertes en un lapso de tiempo muy breve; y todos parecían haber dejado de existir sin causa aparente.

- Las muertes se detuvieron con el hijo de Simonetti – Indicó Grossi – Pero, por si acaso, jamás salgo de noche si no es con un buen cuchillo – Acarició su costado, donde se veía una gruesa vaina de cuero.

- No creo que haya habido lucha, Luigi – Discutió Lorenzo – Vi el cadáver de Vittorio Simonetti hijo. Simplemente estaba dormido… Bueno, no exactamente. Lo encontraron con los ojos abiertos y las manos crispadas, como si se defendiera de algo. Pero no había heridas ni marcas de golpes. Fue como… como si se le escapara la vida en pocos instantes… El médico dijo que talvez su corazón se detuvo por algo que vio, quién sabe…

- Un vampiro… - Azuzó Giovanni, con fingida voz tétrica.

- Un ángel de la muerte… - Corrigió Lorenzo

Los demás, incluyendo a Grossi, lanzaron una carcajada. Franco sonrió algo desconcertado. Sólo Néfer permaneció impasible.

- ¿Qué es eso del ángel de la muerte? – Quiso saber Franco.

- Una tontería – Explicó Grossi, aún riéndose y sorbiendo su vaso – Lorenzo creció en el sur, en Calabria. En su pueblo hablaban de hombres hermosos que estaban rodeados de luz. Eran como ángeles, pero cuando atrapaban a un desprevenido, le arrancaban la vida…

- No sólo la vida… ¡El alma, los recuerdos! – Añadió Lorenzo – Ustedes se burlan, pero es la verdad. Ya les dije que creo que uno de esos mató a Farnessi, al verdugo y al hijo de Simonetti.

- ¡Ya deja de inventar tonterías! – Rió Grossi.

- Franco, deseo retirarme…

Todos alzaron la vista al ver a Néfer de pie junto a la mesa, de esa forma tan repentina y airada. Ella suavizó el gesto y sonrió encantadoramente.

- Estoy muy cansada – Indicó.

- Mi señora, es temprano… Además, no habéis comido nada… Y comenzará el baile para que Franco nos muestre las habilidades de los bailarines milaneses – Insistió Luigi Grossi.

- Él puede quedarse con ustedes. Se está divirtiendo – Señaló ella – Yo debo retirarme

Franco se puso de pie de golpe. Estaba algo contrariado. Miró a Grossi y sus amigos con un gesto de desconcierto.

- Debo ir con ella, señores. Fue un placer compartir su mesa. Me retiro – Hizo un ademán de despedida.

- ¡Vuelve cualquier día, Franco! – Gritó Luigi Grossi, cuando se hallaban a alguna distancia, rumbo a la puerta.

Los tres dieron un largo sorbo a sus pintas de cerveza.

- Ella es una remilgada. Se notaba incómoda con nosotros – Observó Lorenzo – Después de todo es una noble y eso se nota.

- ¡Pero es hermosa como un demonio! – Agregó Benedicto, sonriendo - ¿Y bien, Grossi? ¿El muchacho y ella..?

- Claro que sí. Son amantes – Explicó el herrero – Toda la casa lo sabe. No es primera vez que ella trae a alguna de sus conquistas a Lecco, pero nunca hubo uno tan joven o tan plebeyo… ¡Además él es uno de nosotros! He charlado con el muchacho. Es un buen chico, pero sé bien que era un sirviente de la casa del marqués, en Milán.

- No culpo al muchacho. Ella es increíble – Concluyó Giovanni.

- Cuando el marqués se entere que el herrero que contrató ocupa la cama de su sobrina en Lecco, ordenará sacarle las tripas al pobre chico – Afirmó Grossi, con un dejo de tristeza en su voz.

- Perder las tripas es un buen precio, por ocupar esa cama

Todos rieron.


- ¿Qué pasa? – Preguntó Franco, tratando de alcanzar a Néfer que caminaba demasiado rápido en su yegua - ¡Néfer! ¿Por qué nos fuimos de ese modo?

- Estaba aburrida.

- Te molestó que te llevara a una mesa en donde había hombres como yo, ¿Verdad? – Franco se mordió los labios, comenzando a irritarse.

- No es eso… Sólo estaba cansada de oír tantas historias de asesinatos, es todo. – Explicó ella, sin dejar de mirar al frente – Ese tipo de temas me enferma.

- ¿Acaso te asustaría que ocurriera algo ahora? ¿Que nos atacaran? – Quiso saber él – Yo voy a protegerte.

Néfer lanzó una carcajada.

- ¡No sabes usar la espada!

- Bueno, ¡Usaré los puños! Soy bueno en eso.

Ella volvió a reír y luego alargó la mano para acariciar la mejilla de Franco con su guante.

- En realidad, tenía otra cosa en mente. – Alzó la vista al cielo – Mira, hay una Luna maravillosa. Ya sabes que adoro nadar en noches como esta. – Le guiñó un ojo y golpeó suavemente los flancos de Perla. Franco la persiguió al galope.


El mismo claro hermoso, a la orilla del Como. La misma raíz en donde Franco se refugió para espiar a la ninfa del bosque que a esa hora tomaba un baño. Néfer bajó de su yegua y corrió a la rivera de las aguas. Lanzó a cierta distancia sus chinelas y comenzó a desatar su vestido. Franco se acercó para ayudarle con algunos nudos.

- ¿No está un poco fresco para nadar? – Preguntó él, algo indeciso.

- No digas tonterías. ¡La noche es perfecta!

Ciertamente. Hacía un mes, una brisa helada soplaba en ese mismo bosque mágico; pero ya estaban a mediados de Junio, prácticamente rozando el verano. El aire era tibio a ratos, muy agradable.

Néfer dejó caer su amplio vestido, enaguas, refajos y el ajustado corsé. Levantó la cabeza par retirar las agujas de plata y perlas que sostenían su peinado. Sacudió su hermosa cabellera negra. Como cada vez que la veía desnuda, Franco contuvo la respiración. No podía dejar de sorprenderse ante la magnificencia de sus formas.

Antes de que él reaccionara, Néfer había brincado alegremente hasta el agua, corriendo hasta sumergirse en un santiamén. Apareció a alguna distancia, agitando uno de sus brazos.

- ¡Ven acá, cobarde!

Franco arrojó el sombrero emplumado sobre la hierba, así como el elegante cinto de cuero que contenía su espada. Se quitó el jubón y desató los nudos que ataban su camisa… Ella estaba concentrada en nadar de espaldas y desaparecer, engullida por la oscuridad del agua. En un minuto, Franco estaba desnudo, entrando en el lago.

- Está fría – Comentó él, riendo. Estaba sumergido hasta el abdomen.

- ¿Qué esperabas? – Preguntó ella. Flotaba deliciosamente, con el cabello repartido en el agua, ondulando a su alrededor - ¿Quieres que te enseñe a nadar?

- No es necesario – Aclaró él, zambulléndose.

Comenzó a cruzar en dirección a la otra orilla, dando elegantes brazadas. Aparecía y desaparecía ahora, como un pez, inhalando acompasadamente. Néfer lo observaba, atenta y encantada. Franco nadó a considerable distancia, se volvió para mirarla y finalmente desapareció. Néfer aguardó, flotando perezosamente… El tiempo transcurría… De pronto, él emergió violentamente casi sobre ella, lo que la hizo retroceder, dando un grito.

- Eres un animal... – Comentó, abrazándolo.

Se sumergían juntos… Al abrir los ojos, sólo había oscuridad, lentísimas y apacibles tinieblas; al alzar la vista, la luna sobre el espejo desdibujado de la superficie. Néfer aferró su mano. Cerró los ojos. Había una quietud exquisita mientras se dejaba llevar por la suave corriente, acariciado por la fría masa que lo impulsaba en un vaivén cadencioso. Olvidaba salir para respirar, como si de pronto, nada de eso fuera necesario. También ella estaba a su lado, prendida de la mansedumbre acuática.

Por largo rato permanecieron disfrutando de la luna y ese lago hechicero que los envolvía como una madre.

El cuerpo de Néfer era ahora plateado y brillante: Un metal bruñido labrado por el agua y el cielo. Yacía de espaldas en el borde del lago, sobre la dulcísima y suave arenilla, con las breves olas lamiendo sus pantorrillas: único indicio de que no se trataba de una sirena nocturna. Franco se recostó a su lado, maravillado por el tono metálico y la textura fría de su piel de nereida. Quiso beber de la fruta helada de su cuerpo, recorriéndola con los labios desde el cuello, por entre los pechos, por la soberbia planicie del vientre y hasta el interminable camino hacia su sexo. Sus manos fuertes se amoldaron a las formas bañadas de luna y fueron amasando en ella el deseo, convertido en líquida miel. Ella lo abrazó, aferrándose a su espalda húmeda, guiándolo con precisión y paciencia. Llevaban tiempo, ya, aprendiendo las secretas conductas del otro en el momento del amor. Conocían sus ritmos, sus voces, la lentitud con la que se amoldaban para buscar el éxtasis. No hacía falta palabras, ni órdenes ni subrepticias sugerencias; en una maravillosa adaptación, ambos conocían las rutas precisas para orientar al otro hacia la explosión mágica, la placentera comunión.

Néfer, Néfer… Su nombre era dorado cuando él lo decía. Ninguno de los otros nombres tenían importancia, ni siquiera el verdadero que alguna vez llevó cuando niña. Un vocablo tan antiguo, tan desgastado, recobraba brillo en los labios de él, como si acabara de inventarlo. Le pidió que lo repitiera una y otra vez, como si necesitara confirmar su presencia. Ahora era ella la que dudaba. ¿Era un sueño? Hacía tanto que no dormía. Hacía demasiado tiempo que decidió que no necesitaba soñar. A partir de entonces, sólo buscaría lo onírico, únicamente para evocar esa noche, el lago, la luna, el cuerpo de Franco fusionado con el suyo y aquel nombre, pronunciado por sus labios.

Franco abrió las manos sobre la arena oscura de la orilla del lago y la apretó, tensando sus brazos. Sus embestidas eran cadenciosas, pero enérgicas; como la deliciosa invasión del agua. Esta vez ambos se miraban a los ojos. Era una noche clara, venenosa; impresionantemente envolvente. Franco la vio retorcerse bajo su cuerpo, como si el éxtasis la quemara por dentro. Apenas ella parecía recobrar la calma, él sintió su propio estallido: profundo, inmenso y punzante; pero no pudo emitir un sonido, porque ella se llevó en un beso el último gemido de su boca.

Amanecieron en la alcoba de Néfer, dorada y bañada de sol. Por primera vez en mucho tiempo, ella se durmió; y sólo tuvo sueños que la envolvían con aquel hombre que ahora descansaba a su lado, con los párpados sellados. Maravillada, lo besó secretamente, sin que él se percatara. Se concentró en la tenue respiración de su amante; el acompasado ir y venir de su vientre, en el tranquilo siseo que exhalaba. Posó su oído sobre ese pecho acariciado por un ralo vello castaño dorado, y escuchó. Increíble. El corazón palpitaba sereno, tiernamente, como el de un niño. Deseó que el mundo entero se hundiera en un horrendo cataclismo cósmico; que solamente quedara flotando esa casa, el pueblo, el bosque, los montes y su lago. Quiso que desaparecieran los siglos, los recuerdos, los rostros y su propia naturaleza de flor carnicera. Por un instante, cerró los ojos y se imaginó en ese cuarto, eternamente, para siempre recostada sobre su pecho, arrullada por el compás de esos latidos.

Él abrió los ojos, sonriente y somnoliento. Hizo preguntas, se desperezó, le acarició el cabello. Pero ella sólo estaba concentrada en buscar la forma para eternizar lo imposible. Néfer se negaba a creer que lo mágico no perdura; y que la belleza más sublime debe estar – forzosamente - condenada a morir, si es que pretende seguir conservando su título.

Ella se levantó primero. Apareció en el comedor, alegre y hermosísima. Sonrió a las mucamas, divertida por sus miradas maliciosas. Fue a la biblioteca y escogió varios libros. Una de las sirvientas le preguntó qué color de flores quería para la mesa.

- Amarillas, rojas, azules… ¡Las que quieras!

Estaba radiante, optimista; maravillada nuevamente, con la existencia humana. Convencida de que si comenzaba a envejecer a partir de ese día, aguardaría la muerte con la misma felicidad de aquella mañana.

Volvió al comedor. Allí estaba Giorgio Pirandello, hierático y solemne, como siempre. La mesa estaba servida, pero él no estaba allí.

- ¿Dónde está Franco, Giorgio? – Preguntó, sonriendo.

- En la terraza, mi señora. Esta mañana han llegado cartas de Milán.

Vacilante, Néfer avanzó por las habitaciones hasta encontrar la puerta adecuada. Pausadamente, caminó hacia él, pero se detuvo a varios metros. Él volteó lentamente sobre su hombro. Su expresión era indescifrable, ambigua, casi dolorosa.

- Es de Marietta – Dijo con un hilo de voz – Dice que su padre ha permitido que la corteje y que aspire a su mano… También el marqués ha escrito, solicitando mi regreso…

Siglos después, Néfer recordaría ese momento, y sentiría la sal de las lágrimas anegando sus ojos, la puñalada certera en el centro del pecho.

Sin embargo, su actitud fue pétrea. Era una diosa de mármol, quieta, rotunda.

- En ese caso, debemos regresar a Milán lo antes posible – Se escuchó pronunciar.

Volteó suavemente y se dirigió a su alcoba. Cerró el ventanal, el cortinaje y se quedó perpleja e inmóvil en medio de la habitación.

¿Cómo muere una dama de la antigua raza?¿Hace falta una daga consagrada, una estaca en el pecho, un conjuro maligno, un golpe certero? Qué importaba. Qué relevancia tenía la forma, si en ese momento estaba segura de que una carta había hecho el trabajo. Avanzó lentamente por el cuarto, sin rumbo exacto, sin un objetivo. Cerró los ojos. ¿Cómo poder absorberse a sí misma? Extendió las fibras a su alrededor, como la imagen de una antigua diosa oriental, como si un arco dorado la estuviera acechando. ¿Cómo se puede vivir como una humana, cuando este dolor era para ella insoportable, aún siendo inmortal?

Bloqueó sus armas y cayó de rodillas, estallando en llanto. Nada era eterno, sólo su maldita vida.

martes 27 de enero de 2009

XIV LUNA MALDITA

CAPÍTULO XIV
(Luna maldita)

Una comitiva cruzaba los caminos a través de la campiña, en la distancia de poco más de 35 kilómetros que unía Milán y el pueblo de Lecco. Varios guardias se apostaban en la vanguardia y retaguardia de la caravana en donde viajaba doña Isabella de Béjar y Grajales. Un carruaje principal de madera rubia transportaba a la hermosa sobrina del marqués De La Cañada. Detrás de ella, varias carretas llevaban los numerosos baúles con sus lujosos vestidos, zapatos, sombreros y enseres. Unos veinte lacayos escoltaban a un buen número de sirvientes, doncellas, jardineros y empleados. Y junto al vehículo de la dama, viajaba Franco, ataviado con un traje de viaje color caqui con sombrero a tono; sobre Amadís, su caballo alazán.

Fuera del alcance del joven herrero de la casa del marqués, la servidumbre cuchicheaba. Las mucamas del servicio hablaban sobre Franco desde hacía algún tiempo. Era uno de ellos, un sirviente más; y sin embargo disfrutaba de una habitación digna de un noble, de la preferencia del marqués, de las atenciones de doña Isabella.. Atribuían esa predilección a la insólita apostura del joven o a alguna relación oculta que quizás mantenía con la sobrina del marqués. Se especulaba. Franco no estaba al tanto de toda esa atención.

El paisaje era impresionante: el río Adda anunciaba el pronto arribo a Lecco, apenas cruzaran el antiguo puente Azzoni Visconti. El lago Como, enorme y tranquilo, se extendía como un pulido espejo hasta el ocaso. El pueblo bordaba la rivera con sus casitas blancas y sus bosques, junto a los Alpes lombardos. Néfer asomó la cabeza por la ventana del carruaje. El viento primaveral agitó los rizos que descendían por sus hombros y un aroma exquisito emanó de ellos rumbo a la nariz de Franco, el que se volteó enseguida.

- Lecco… ¿Lo imaginabas así? – Preguntó Néfer, alzando la voz por sobre el ruido de los cascos y las ruedas del carruaje

- No tenía mucho para imaginar. – Respondió él. Estaba impresionado por el entorno – Sólo me aventuré unos pocos kilómetros fuera de los muros de Milán, apenas hasta el arroyo.

Néfer sonreía, abanicándose con rapidez. El sol le daba en la cara, por lo que debía hacer pantalla con su mano enguantada.

- Estamos muy cerca.

La casa del marqués junto al lago Como era más pequeña y menos ostentosa que el palacio de Milán; sin embargo, se contaba como una de las más elegantes de Lecco. De muros blancos y altas techumbres, recordaba una finca española más que una construcción del norte de Italia. Dos criados se apresuraron a abrir la alta verja para que la caravana ingresara a la propiedad. Una cúpula de árboles se enarcaba a lo largo del camino que se dirigía hacia la casa; de hecho, gran parte de los terrenos de la villa estaba constituido por un espeso bosque que en esa época, comenzaba a despedir una lluvia de pétalos. Los pequeños puntos blancos y rosados salpicaban el camino.

Franco, entusiasmado, adelantó a la comitiva, rumbo a la casa. Al avanzar por el camino, notó que el edificio estaba emplazado en una pequeña colina verde que descendía suavemente hasta la orilla del lago. A la distancia, las aguas reproducían con exactitud el contorno húmedo de los bosques de la rivera opuesta. Era un lugar muy hermoso.

Un anciano salió de la casa y se asomó al camino. Llevaba un traje oscuro con gorguera, bastante elegante, aunque anticuado. Varios empleados se formaron detrás de él, en perfecto orden. El carruaje principal se detuvo y un lacayo se apresuró a abrir la portezuela. El anciano se aproximó y extendió la mano con una reverencia. Aparecieron unos dedos enguantados de encaje.

- Señora doña Isabella, sed bienvenida a vuestra casa. Todo está dispuesto como lo pedisteis en vuestra carta – La voz del anciano era profunda y juvenil. No parecía suya.

- Giorgio, me complace que, como siempre, tu eficiencia haga de mi estadía un placer – Halagó Néfer, dejando caer la cascada de seda de su falda, sobre sus chinelas de satén bordado.

Los empleados habían comenzado a bajar baúles, cajas y toda clase de bártulos. Franco descendió de su caballo y lo ató a la empalizada junto a un abrevadero. El anciano lo observó fijamente y luego a Néfer.

- Es él – Murmuró ella, detrás del abanico.

Giorgio saludó con una reverencia. Parecía ágil, como si se tratara de un muchacho disfrazado de anciano.

- Señor, mi nombre es Giorgio Pirandello. Haré lo posible para que vuestra estadía en Lecco sea de vuestro agrado

Franco estaba confuso. Sonrió.

- No es necesario que me saludéis con esta formalidad, señor Pirandello. – Su risa reducía sus ojos a dos líneas brillantes – Soy Franco Di Tasso, herrero del marqués De la Cañada y sólo he venido a trabajar. Disto bastante de ser un invitado ilustre en esta casa.

- Qué modestia, Franco – Observó Néfer, dándole un leve golpecito en el brazo con su abanico – En Milán eres el herrero en jefe de Lázaro. Gozas de un lugar en nuestra mesa y de la estima de nuestra casa. Giorgio sabe distinguir un huésped al que hay que agasajar.

- Doña Isabella reina en este hogar de Lecco, señor Di Tasso – Replicó Giorgio, con el cuerpo aún suspendido en una reverencia – Ella ha dispuesto que seáis atendido de la mejor forma posible; y sus deseos son órdenes.

Minutos después, el baúl de Franco estaba instalado en su habitación. Era amplia, de paredes blancas, sencilla, pero cómoda. La cama era mullida. Talvez, demasiado. Los muebles, en contraste con los muros, eran oscuros; probablemente de ébano. En una mesa, bajo un espejo, habían puesto un ramo de flores frescas; por lo que la habitación evocaba el aroma del jardín de la casa del marqués en Milán. Luego de dar una ojeada a su recámara, Franco se acercó al enorme ventanal de dos hojas que daba al amplio balcón. Caminó hacia el borde de la baranda. El suelo era de piedras perfectamente calzadas. Desde aquella terraza, se dominaba el lago. Una vista increíble se extendía hasta el horizonte. Lecco, en primavera, le pareció a Franco el lugar más hermoso de la tierra, una promesa del paraíso.

De pronto notó que la terraza era extensa; tanto, que varios ventanales desembocaban en ella, desde otras habitaciones. De una cuarta ventana, a partir de la suya, flotaba una tenue cortina. El aire traía aroma a rosas. Franco supo enseguida que era la recámara de Néfer. Prefirió entrar a su propio cuarto y cerrar.

El resto de la tarde lo invirtió en inspeccionar la herrería del lugar. El encargado era Luigi Grossi, un hombronazo peludo con excelente humor y mejor apetito. Lejos de sentirse amenazado por la presencia del herrero principal de Milán, Grossi actuó con amabilidad y empatía al conocer a Franco. Al cabo de un rato, éste se sentía a gusto junto a la fragua de aquel Hefesto con forma de oso. El hombre, incluso, lo invitó a que acudiera con él alguna de las tabernas del pueblo, apenas dispusiera de tiempo para salir. Sin darse cuenta, el sol se puso mientras departía con Luigi. Franco se despidió y se retiró a su habitación, para prepararse para la cena.

Esa noche, Néfer no estaba. Franco se sentó a la mesa y fue atendido con parsimonia por una sirvienta que era supervisada por Giorgio Pirandello. Le sirvieron truchas de río exquisitamente guisadas. Una vez que acabó de cenar y con algo de vacilación, le preguntó al viejo mayordomo por la señora de la casa. Con la misma solemne actitud con que organizó la comida, le explicó que doña Isabella jamás informaba donde pretendía ir.

El asunto era extraño. Era tarde, evidentemente peligroso para que una dama saliera sin motivo lógico ni acompañante. Se asomó a la terraza. No era prudente que Néfer deambulara por esos bosques espesos. Al menos, eso creía Franco.

Dudó en dormirse. No había traído libros y tampoco le habían informado de la existencia de una biblioteca en la casa; de modo que su encierro nocturno le parecía una jaula. Conforme pasaba el tiempo, comenzó a preocuparse. Se asomó al pasillo. Una mucama había comenzado a apagar las antorchas. La abordó.

- ¿Doña Isabella regresó a la casa?

- No, señor. – Respondió ella.

A Franco le pareció que lo miraba con algo de intriga y malicia.

Regresó a su recámara. Cerró la puerta con llave. Se recostó sobre la colcha de la cama, sin quitarse las botas. Las velas del candelabro de plata sobre su mesa de noche estaban casi completas. Decidió esperar hasta escuchar el regreso de Néfer. No resistió y se durmió. Cuando abrió los ojos, horas después, la habitación estaba a oscuras; y las velas, totalmente consumidas. Intrigado, se levantó y caminó por la casa en medio de la negrura y el silencio. Se dirigió al establo y comprobó que Perla, la yegua blanca de Néfer, estaba debidamente atada. Volvió a su cuarto.

Al día siguiente, Franco no tuvo demasiadas cosas que hacer. Aunque estuvo toda la mañana en la herrería, Luigi Grossi parecía tener la faena bajo control, de modo que no era necesaria su intervención. Aún así, el herrero lo invitó a acompañarlo y charló animadamente y de forma casi exclusiva. De ese modo, Franco se enteró de que aquel oso alegre era padre de buena cantidad de niños ilegítimos, y que los había asumido a todos con el mismo cariño y el sentido de responsabilidad, como si hubiesen sido concebidos bajo las sagradas bendiciones. Rió de buena gana con él. Por la tarde, cabalgó por la rivera del lago, para luego adentrarse en los bosques. Tocó la falda de las montañas y continuó su camino. Regresó a Lecco a la hora de cenar. Cuando se dirigía al establo para darle comida y agua a su caballo, alcanzó a ver a Néfer, galopando hacia la oscuridad de los árboles. Se perdió en la espesura, como una sombra pálida. Por unos instantes permaneció inmóvil, decidiendo si debía seguirla o no. Finalmente, se limitó a atar a Amadís junto al abrevadero y regresar a la casa.

Lo mismo se repitió por tres noches. Nadie del servicio parecía conocer las motivaciones de la dama para abandonar su casa a esas horas; o bien, trataban de evadir nerviosamente cualquier pregunta al respecto. Prácticamente no había visto a Néfer en cuatro días. Si le sucedía algo malo, era probable que el marqués lo culpara por su negligencia. Después de todo, se suponía que su viaje a Lecco tenía el propósito de protegerla.

A la mañana siguiente, Franco se levantó para desayunar en el comedor principal. Ahí estaba ella, Néfer, hermosísima en un vestido amarillo sin hombros y con el cabello recogido a cada lado de la cabeza, dejando caer una cascada de bucles sobre los hombros, según dictaba la moda de Francia. Junto a sus platillos intactos había un libro encuadernado en piel marrón. Cuando Franco apareció, ella tomó el volumen y lo agitó alegremente.

- Encontré algo para ti: “Jerusalén libertada” de Torcuato Tasso. Pensé que el apellido podría interesarte. Además, es una historia de caballeros en batalla y de amores imposibles. – Anunció, riendo.

Franco recibió el libro, murmurando un agradecimiento y examinó su canto impreso en dorado. Se sentó.

- ¿Por qué tan serio? – Preguntó Néfer, jugando con una cucharilla.

Él guardó silencio por unos instantes, concentrado en la portada del libro. Luego, levantó la cabeza.

- Doña Isabella, mi viaje a Lecco tiene un propósito. El marqués me pidió que os protegiera.

Néfer lanzó una carcajada.

- ¿Qué tiene de gracioso? – Preguntó Franco, abiertamente molesto.

- Me cuesta imaginar qué peligros podría haber en una antigua casa como ésta, o en un pueblo en donde la única novedad es la misa del domingo.

- Talvez el pueblo sea seguro, o esta casa. Pero el bosque es otra cosa, sobretodo de noche – Rebatió Franco, seriamente.

- Ah… - Replicó Néfer. - ¿Estás esperando explicaciones de mi parte?

Franco jadeó. Movió la cabeza, confundido, casi sonriendo.

- Nunca podría exigir algo así de vos. – Admitió Franco – Sólo no quiero defraudar a don Lázaro. No sabría qué responderle, si algo os sucede.

Ella hizo un mohín.

- No tendrás que rendirle cuentas a Lázaro por nada.

Néfer se retiró del comedor. No volvió a verla en todo el día. Los sirvientes no pudieron informarle si estaba en sus aposentos o había salido.

Franco estuvo tentado de ir al establo, sacar su caballo y largarse de Lecco. Su estadía no tenía el menor sentido. Lo habían alejado de Milán, de Marietta, de su padre; quién sabe por cuánto tiempo ¿Y para qué? Para encerrarse en una casa y moverse según el capricho de una mujer que a todas luces, no le guardaba el menor respeto. Se sentó en el sitial de su habitación y apretó los puños contra sus piernas. ¿Hasta cuándo duraría aquello? No sólo se sentía inútil, sino también, engañado. Ese holgazaneo absurdo que llevaba en aquel poblado lacustre, le provocaba una impaciencia insoportable. Y era inútil hablar con ella. Era una mimada aristócrata que se divertía burlándose de él. Estaba harto.

Esa noche, ni siquiera se molestó en indagar el paradero de Néfer. Cenó con avidez y luego salió a grandes zancadas rumbo a las caballerizas. Ensilló a Amadís y se desplazó trotando por un sendero que descendía a través de la colina y hasta el borde de las aguas.

Era una noche clara. Había luna llena y el contorno de los árboles se delineaba con bastante exactitud, como una masa de diferentes tonos de colores fríos. El lago se extendía suavemente como una estela plateada lamida por las orillas floridas, quieto y suspendido, apenas agitado por el eventual temblor de un pez en la oscuridad. Desde la profundidad de los bosques, llegaba el murmullo de mil criaturas ocultas, pájaros nocturnos, ardillas escondidas, insectos furtivos. Franco detuvo su trote y redujo el paso de su cabalgadura para apreciar la hermosura de la noche. Los brotes primaverales exhalaban aromas embriagadores a esa hora. Inhaló aquella fragancia ondulante y llenó sus pulmones de las promesas de la estación.

Seguía un sendero claro entre los árboles sobre las colinas ribereñas, resguardado por un pequeño muro de piedra que lo acompañaba, como las vértebras de un lento y gigantesco monstruo dormido a orillas del lago. La plata y la obsidiana parecían dominarlo todo: la tenue luz azul de la luna, que de pronto se transformaba en oscuridad cuando era abrazada por la cúpula ansiosa de los árboles. Lecco era tan hermoso aquella noche, que por muchos años – siglos, incluso – Franco evocó aquel paisaje cristalino cuando cerraba los ojos y caía en el sopor de la melancolía.

De pronto, un murmullo a cierta distancia. Parecía provenir de la orilla del lago, del agua misma… Era como si alguien estuviese perturbando su quietud, o talvez, bañándose en él. Parecía improbable. El aire estaba más que fresco en aquella noche de mayo, apenas saliendo del invierno de Lombardía. Franco se detuvo en seco y se inclinó hacia la cabeza de Amadís, acariciando tenuemente su hocico, calmándolo, callándolo, a una buena cantidad de metros de la procedencia del ruido. Descendió despacio del caballo y lo ató a una rama.

Franco comenzó a caminar lentamente rumbo al objetivo. Se cuidaba de no hacer crujir ramas u hojas, bajo las suelas de sus botas de bucanero. Apartaba el follaje con prudencia, para no despertar a algún ave que anunciara a gritos su espionaje. Avanzó furtivo e intrigado, sosteniendo el mango de su daga a un costado, por si llegara a necesitarla. Arqueó las cejas, sorprendido. A poca distancia, se hallaba Perla, la yegua blanca de doña Isabella, pastando tranquilamente junto a un fresno. Vadeó con sumo cuidado una fila de arbustos de casi su estatura, que rodeaban al animal, siguiendo hasta la ribera, al origen de la agitación de las aguas.

Y entonces la vio. Al principio, sólo era una pequeña sombra oscura y brillante bajo la luna, suspendida sobre la superficie del agua. Al enfocar su vista, notó que se trataba de la cabeza de una mujer, de Néfer, con su cabello negro y ondulado, abierto como las plumas de un pavo real sobre el espejo lacustre. Nadaba lentamente, a lo largo de la ribera, tranquila, majestuosa; y en cada brazada, se asomaba su cabeza de pelo lustroso, como un metal recién pulido. Franco se quedó embelezado ante aquella serena visión. Instintivamente tocó la corteza del árbol donde se refugiaba y fue deslizándose pausadamente, hasta quedar sentado sobre una raíz oscura.

Néfer había volteado ahora, nadando de espaldas, desplazándose suavemente hacia un punto de partida imaginario. Irrumpía rítmica y lentamente, haciendo que el agua escurriera fugazmente sobre sus pechos. Eventualmente desaparecía, como una sirena naufragante, para luego emerger entre estallidos iridiscentes a una impresionante distancia. Iba y venía, como si fuera una criatura en comunión con el agua, una habitante de lo profundo, una nereida oscura y de silenciosa belleza. Franco estaba transportado, imbuido por la rotunda hermosura del espectáculo, sobrecogido por el momento y la caricia del sonido cristalino del lago contra la piel .

De pronto, contuvo el aliento. Néfer emergió violentamente, sacudiendo su pesada cabellera nocturna, con el agua apenas a la altura de las rodillas. Ella tomó un extremo de aquella planta flexible y azabache y comenzó a retorcerla suavemente, para retirar la humedad. Cantaba. La piel empapada brillaba con reflejos plateados. Comenzaba por la frente bruñida, suave y amplia, interrumpida por el arco de las cejas y los ojos enmarcados en pestañas húmedas, abiertas y enormes, como un abanico. Al volverse, la luz de la luna la iluminó por completo: el rostro, el cuello de alabastro que descendía hacia el pequeño hueco de la garganta… Los hombros redondos, la curva perfecta de los pechos erguidos, el brillo suspendido de una gota, sobre los pezones. Franco descendió con sus ojos por la planicie gloriosa del vientre, adornado por la tenue joya del ombligo y la ruta redondeada de las caderas, fundiéndose en los poderosos muslos de amazona, en la oscuridad magnífica de su sexo y en la eternidad de sus piernas sumergidas en el agua. Néfer avanzó, lenta y majestuosa, hasta que el agua descubrió sus pantorrillas y los tobillos, sobre el fondo blando del lecho lacustre.

La noche estaba fría. El reciente invierno alpino estaba aún demasiado cerca de aquella primavera boscosa. Sin embargo, Néfer no parecía sobrecogida por la brisa gélida que agitaba su cabellera y escurría la humedad sobre su piel. Y por supuesto, Franco no prestaba la menor atención al aire helado. Estaba conmovido por la magnífica desnudez de ella, por su perfección abrumadora y por su propio deseo insoportable. Jadeó, aferrando la corteza que lo sostenía; mientras ella, con su cuerpo pleno de colinas y valles, parecía bañarse ahora con los rayos lunares. No supo cuánto duró aquella divina exhibición, mientras él temblaba en la oscuridad de su refugio. Finalmente, Néfer recogió sus ropas y se cubrió con ellas. Llamó con un siseo parecido al de una víbora y Perla apareció en la rivera. La trepó y se alejó al galope, rumbo a la casa.

Por unos minutos, Franco no pudo moverse. Permaneció en silencio, con los ojos cerrados, escuchando únicamente su respiración y los sonidos del bosque. Luego, se incorporó de un salto, avanzando hacia el borde del agua. Quietud. No había rastros de la ninfa reciente. Era como si lo hubiese soñado. Sin embargo, sabía quién era: aquella fiera, ese demonio con trajes de princesa, esa arpía, la misma del arroyo de hacía años, la misma.

Avanzó a tientas por el bosque, hasta que finalmente encontró a su caballo que bufaba impaciente. De un brinco estaba sobre la silla y soltando las riendas para apurar el paso. En poco tiempo, estaba en el establo. Con manos trémulas le quitó la silla y soltó los aperos.

Sonidos de grillos. El siseo permanente de la noche del bosque. Entró en la casa, con la vista baja, avanzando de memoria por los pasillos en tinieblas, hasta que finalmente palpó la puerta de su propia alcoba. Irrumpió en el cuarto al borde de la furia y ni siquiera encendió los candelabros. Casi con desesperación se arrancó el cinto y arrojó en un rincón su espada y su daga. Luchó contra las ataduras del jubón y los nudos de su camisa, hasta quedar con el torso desnudo sobre los pantalones y las botas. Se sentía molesto, alterado, confundido. Presnetía que luego de aquella experiencia junto al lago, ya no volvería a ser el mismo, ya no habría pie atrás.

Y de hecho, así fue.

- ¿Por qué me sigues, Franco? ¿Por qué me espías?

Volteó violentamente. En el ventanal abierto que daba a la terraza, y junto a las cortinas mecidas por el viento, se recortaba la figura de Néfer. A contraluz, no se podía apreciar su rostro o los detalles de su atuendo; sólo podían vislumbrarse, las ondas de su cabello suelto enmarcadas en la plata lunar, la etérea textura de alguna translúcida prenda de dormir, las curvas perfectas de sus caderas, el quiebre imposible de su cintura.

Franco no pudo responder a su pregunta. Sólo sacudió suavemente la cabeza y estiró el brazo hacia ella, como si buscara defenderse de lo inevitable. La dama avanzó prácticamente flotando por la habitación, mientras él retrocedía vacilante un paso, buscando fundirse con el muro. Absolutamente incapaz de rechazarla o replicar, definitivamente envuelto en su voz y su presencia, tragó saliva y comenzó a respirar profundamente.

Tenía los ojos cerrados cuando sintió la tibieza de las manos de Néfer sobre su rostro, sosteniendo su cara. La dejó palparle el cuello con tacto experto y delicado, el contorno de los hombros, la anchura de los brazos… Percibió su aliento sobre la piel de la garganta y el roce leve de sus labios dibujando una ruta a través de la línea que cortaba en dos su pecho. Ella alzó el rostro. Franco la miró. Sus ojos ya se habían adaptado a la penumbra y pudo enfocarse en el brillo nefasto de las pupilas morenas de Néfer, en su sonrisa victoriosa de princesa del averno.

- ¿Por qué me sigues, herrero? ¿Te gustó lo que viste en el lago?

Ella lo atrajo suavemente, perversamente; como aquella tarde terrible hacía tiempo. Él separó los labios para probar su boca y la halló dulce, como una fruta tóxica. Avanzó con su lengua por esa embriagante cavidad que tantas veces pareció torcerse en una risa desdeñosa, en una palabra irónica, en una invitación maligna. Sintió los brazos de ella trenzarse alrededor de su cuello y respondió con sus propias manos, aferrando el talle flexible bajo el vestido iridiscente, entre la cascada de cabello oscuro que se enredaba en el abrazo.

Y entonces, detonó. La aferró fieramente y la arrojó sin esfuerzo sobre la cama. Ella reía. Su cabello parecía una explosión de tinieblas sobre la blancura de la almohada. Néfer arqueó la espalda mientras él desgarraba la translúcida tela de la prenda que lo separaba de la nereida que vio emerger de la plata del lago. Con su boca, convertida ahora en las fauces de una bestia, pugnó por devorar cada rincón de su cuerpo, por aprender con los labios y los dientes esas formas secretas que lo aturdieron en el bosque. Ella lo envolvió con sus brazos, con sus piernas, con su cuerpo; atrayéndolo como una ponzoñosa planta, como una bellísima araña cristalina, como una diosa furiosa y fértil. Franco se aferró a las columnas de sus muslos, pugnando por avanzar, por treparla, por fundirse. Cada movimiento de ella lo hacía embestir como una bestia sedienta, como un demonio anhelante al sentir el rojizo desgarro de las uñas, sobre su espalda de músculos tensos.

Olvidó el pasado, el lugar, su existencia y su propio nombre; ya no estaba en Lecco, ya no era Franco, ya no era hijo de un herrero, ya no tenía un propósito en la vida; sólo existía la explosión magmática de su propio deseo, el rugido de ella bajo el peso de su cuerpo, el ardor terrible que crecía bajo el vientre... “Lavinia… Lavinia… Volveré por ti, volveré por él, el niño eterno, cuando haya crecido, cuando cumpla su hombría. Déjame entrar en ti para entregarte mi semilla, mi fuego, mi esencia…” Franco abrió los ojos de golpe, con la boca abierta en medio de su respiración de toro enfurecido, sobrecogido por las visiones, por esas palabras, por el abrazo maligno de ella y por el inconmensurable estallido que se gestaba en sus entrañas.

Con un rugido sordo, se vertió en el fuego interno de Néfer.

Silencio. Amanecía cuando Franco abrió lentamente los ojos. Estaba de espaldas sobre la cama, desnudo y apenas cubierto por la sábana de batista. Palpó su pecho y lo halló pegajoso por su propio sudor ya seco. Estaba solo. Se inclinó sobre la almohada y aspiró. No había sido un sueño: su fragancia estaba impregnada en la tela, en las sábanas, en su propio cuerpo. Se dejó caer sobre la mullida superficie del colchón, con los ojos apretados. Varias veces restregó su rostro para convencerse de la veracidad de sus recuerdos.

- ¿Qué hice...? – Gimió; y a pesar de su angustia al recordar lo ocurrido, levantó las sábanas para examinar su cuerpo y sintió que el deseo parecía seguir latente y pronto a crecer.

Fue entonces cuando el nombre de Marietta apareció en su mente, como letras de fuego, como un latigazo desprevenido. No dudaba de su corazón, pero lo que ocurrió durante la noche, fue como la embestida de un demonio; el empuje de una ola. “Te amo, Marietta”, murmuró al borde de las lágrimas, sin poder apartar de su cabeza el terrible sonido de sus propios rugidos, la textura húmeda y dulce de la piel de Néfer, la supina sensación de su estallido final. No pudo hacer nada. Se lo repitió más de una vez. Fue imposible luchar contra el magma de su sangre, contra la magia de su entrada terrible, contra el intenso ardor de su abrazo. No pudo hacer nada.

Se levantó casi aterrado. Cada mucama o lacayo que cruzaba con él un respetuoso saludo, parecía llevar una sonrisa maliciosa, una mirada cómplice y hasta un reproche por su atrevimiento espantoso. Sintió punzadas en su estómago cuando entró al comedor para desayunar; pero para su suerte, sólo había un par de sirvientes y el infalible Giorgio Pirandello.

Durante la tarde, huyó a la herrería. Por fortuna, no halló ninguna señal extraña en Luigi Grossi, ninguna broma contenida, ningún guiño travieso. Parecía no haberse enterado de nada. Se relajó durante un rato e incluso lo ayudó en sus tareas. Durante un lapso de tiempo, sintió que nada extraño había ocurrido. Sin embargo, cuando cayó la noche, volvió a sentir que sus nervios se tensaban por todo el cuerpo.

A la hora de la cena entró en el comedor con la esperanza de que la dama se hubiese ausentado, como cada noche anterior. La imaginó nadando lejos, en ese lago perverso que la convertía en una deidad desnuda, y sintió una pizca de tranquilidad. Pero frenó en seco cuando la encontró en la mesa, perfectamente ataviada de escarlata y negro, como una diablesa alegre que lo esperaba.

Se sentó en la silla que un lacayo le ofrecía y puso las manos sobre el mantel, sin saber qué hacer con ellas. Ella lo miró en silencio, sin un gesto que delatara su opinión frente a lo ocurrido la noche anterior, sin una palabra, sin un indicio. Le pareció que Giorgio Pirandello lo observaba de reojo y luego intercambiaba una indescifrable mirada con ella.

- Buenas noches, Franco – Saludó ella con la acostumbrada seda de su voz - ¿Ya comenzaste a leer el libro que te entregué?

Necesitó unos segundos para asimilar el saludo y aquella pregunta. No podía creer la facilidad con la que ella le dirigía la palabra, la calma de sus movimientos; como si realmente no hubiese sucedido nada. Por unos segundos, volvió a dudar del realismo de sus recuerdos recientes.

- Aún no – Respondió roncamente, luego de carraspear.

- Si no te parece adecuado, puedes leer otro. Imagino que nadie te comunicó que esta casa cuenta con una biblioteca. Talvez no tan completa como la de Milán, pero bastante apropiada para una estadía en el campo – Señaló ella, jugando con la cena que seguramente no pensaba probar.

- Muchas gracias – Dijo él, casi inaudiblemente.

Esta vez, prácticamente no cenó. Estaba tan tenso durante la velada, que apenas sorbió un par de tragos de vino tinto y dio una leve probada al cerdo dorado que yacía sobre un enorme plato de verduras. Cuando Néfer se levantó de la mesa, él dio un respingo. Atento a sus movimientos, esperó algún comentario, alguna pista, algo. Y nada. Ella se limitó a inclinarse, recogiendo el borde de su falda roja de seda y alejarse hacia su habitación, con el leve siseo de la tela con cada paso que daba.
Se estaba volviendo loco.

Salió de la casa y aguardó sentado cerca de la herrería. Desde allí, tenía un claro panorama de quien salía o entraba de los establos. Tiempo después adoptaría el mal hábito de fumar, lo que le habría sido de mucha utilidad en esa ocasión nerviosa. Era una noche fría, tal como la anterior; sin embargo tuvo la entereza de aguardar el tiempo suficiente, hasta que vio a Néfer entrar a las caballerizas y salir presurosa, montada en su yegua. Inhaló profundamente y exhaló de un soplido. Estaba más tranquilo.

Entró a su cuarto y encendió todos los candelabros, con la secreta esperanza de que en la habitación iluminada, sería imposible que volviese a repetirse una noche como la anterior. Conforme pasaban los minutos, fue relajándose. ¿A qué le temía, exactamente? ¿A la reacción de ella? ¿A su propio descontrol? ¿A que Lázaro de la Cañada ordenara castrarlo por acabar en la cama de su sobrina, tal como su propio padre profetizó? ¿A la horrible traición de entregarle a otra mujer lo que esperaba darle a Marietta? No lo sabía bien. Estaba confundido. Se recostó en la cama y cerró los ojos unos minutos. Nuevamente apareció en su cabeza la imagen de Néfer en el lago, plateada y húmeda, y luego, su rostro contraído por el deseo justo debajo de su cuerpo. Y Lavinia… ¡Lavinia! ¿No era el nombre de su tía? En medio de su ansiedad amatoria, había visto nuevamente a esa muchacha bonita que vio cuando Néfer lo besó la primera vez. En esa oportunidad no vio el rostro del hombre que la abrazaba, envuelto en luz, sólo a ella, aferrada a su piel brillante. Pero ahora, era él quien hablaba: un hombre moreno de ojos casi transparentes, poseyendo a la muchacha con una furia parecida a la que lo dominó mientras le hacía el amor a Néfer, murmurando en antiguos dialectos que sin embargo comprendía; estallando dentro de la joven.

Se incorporó. Abrió el ventanal con sumo cuidado, observando alrededor. Aún dominaba la luna llena el cielo nocturno de Lecco, la misma que bañó el cuerpo de Néfer en una iridiscencia malvada que acabó embriagándolo.

- Astro maldito – Masculló.

Avanzó despacio hacia la barandilla de la terraza. Incluso de noche, el paisaje era sobrecogedor. Apoyó los codos en la piedra y aspiró el perfume de los árboles cercanos y de las aguas del lago, a la distancia. Estaba solo y calmado. Al menos por ahora. Esa noche no habría sobresaltos, ni visiones, ni pecado, ni la luna maliciosa que llenaba todo Lecco con su luz y veneno.

Inspiraba el aire de la oscuridad, cuando sintió una presencia a su lado. Volteó. Allí estaba ella, nuevamente con el cabello suelto sobre la tela de un delgadísimo vestido. Miraba al frente, hacia un punto lejano en ese lago que parecía perderse lujuriosamente entre dos montañas que parecían muslos.

- Franco… ¿Hay algo que quieras decirme? – Preguntó ella, con tranquilidad.

Franco sintió que el corazón le estallaba. Una mezcla de fascinación y nerviosismo le impedían hablar. Finalmente tosió.

- Lo que pasó anoche… fue… fue… - Comenzó él

- ¿Qué fue? ¿Real? – Preguntó ella, esta vez mirándolo de frente y cruzando los brazos sobre el pecho - ¿Tú qué crees?

Él hizo una pausa. Prendido de sus ojos y su rostro, era difícil concentrarse.

- Sé que fue real. Sólo quiero saber…

- ¿Mhh? – Ella acercó su rostro un poco más, para inquirir.

- …Qué va a suceder… Eso quiero saber – Completó él, desviando la mirada.

- ¿Qué va a suceder? ¿Qué va a suceder? – Imitó ella, mezcla de molesta y sardónica – Franco, soy yo la dama en esta historia, ¿No es así? Se supone que debo ser yo quien tenga las preguntas preocupantes. La que no tenga nada claro.

- ¿Tenéis todo claro, entonces? – Contraatacó él.

- Por supuesto. El que parece no tener nada claro, eres tú – Acusó ella.

- Sé que anoche acabamos en mi cama y que violé todo lo que… - Comenzó Franco

- No violaste nada, Franco. Fui por mi propia voluntad a tu alcoba – Interrumpió ella, a punto de echarse a reír.

- ¡Me refiero a que violé todo lo que el marqués me había confiado! – Rugió él, abiertamente irritado. Estaba tenso y ella bromeaba a su costa. – ¡Me pidió que viniera a protegeros, y os escapáis cada noche; os dais un baño en el lago helado y termináis conmigo en mi propia cama!

- Talvez estoy más segura en tu cama que nadando en el lago a estas horas – Concluyó ella, sonriendo.

Franco la miró con seriedad. Por largos instantes se limitó a observarla. Comenzaba a temblar de ira.

- ¿Quién os creeis? – Preguntó Franco, pausada, pero enérgicamente - ¿Acaso os faltan amantes en Milán que me sacasteis del palacio del marqués para venir a esta casa a serviros de diversión? – El rostro de ella cambió de la risa al estupor – En la ciudad tengo una novia, a la que pienso desposar apenas pueda. ¡A ella quiero dedicarle mi deseo, como su marido!; ¡No a una noble que está tan aburrida de sus bailes y sus lujos, que debe acostarse con un herrero para salir de su hastío…!

El chasquido de la bofetada cortó los sonidos propios de la noche. Franco comprimió los párpados y bajó la cabeza. Tenía los puños apretados y la mandíbula tensa. Ella volteó hacia el lago.

- Sé bien lo que es ella para ti… tu Marietta – Murmuró, de espaldas hacia él. A pesar de que comenzó con un tono apenas audible, se percibía su encono – Y no pretendo compararme a ella en lo absoluto– Volteó lentamente – Sin embargo, pudiste expulsarme de tu alcoba anoche, y en cambio, permitiste que me acercara y te arrojaste sobre mí casi al instante. ¡Tu amor por esa chica talvez no tiene la fuerza que crees!. ¿Vas a olvidar su nombre cada vez que el deseo te domine?

Franco palideció.

- ¡Yo te diré lo que sucede, Franco Di Tasso! Viniste a este viaje, no porque Lázaro te lo haya pedido ni por tu enorme sentido de la responsabilidad. ¡Poco te importó dejar atrás Milán y a tu pequeña novia! ¡Viniste aquí por mí, porque me deseabas tanto como yo a ti! – Ella hablaba tan alto, que casi era seguro que todos los habitantes de la casa estaban oyendo – Sí, Franco, deseaste esto desesperadamente desde el día en que me viste por primera vez en el bosque, junto al arroyo, cuando no eras más que un sucio muchacho que ayudaba a su padre en la herrería. ¡Esto no tiene que ver con tu corazoncito de príncipe enamorado!

Néfer caminó rápidamente en dirección a su habitación, pero él le dio alcance y la obligó a voltear, aferrándola de los hombros.

-¿¿Qué pasó en el bosque?? ¿¿Qué pasó?? – Rugió Franco sobre su rostro, a escasos centímetros.

- Te besé… - Murmuró ella. Franco se detuvo y la soltó.

Estaba pasmado. Los ojos de Néfer se habían anegados de lágrimas. Miles de pequeños brillos de luna se bañaban en la oscuridad de sus pupilas empañadas. Ella bajó los ojos, avergonzada. No había planeado esto. Estaba desnuda, ahora de verdad; y por primera vez en demasiado tiempo sintió pudor. Se cubrió el rostro con las manos y trató de alejarse, vacilante. Logró entrar en su alcoba, absolutamente perpleja y desorientada por sus propias emociones. Se volvió para cerrar el ventanal y chocó con el pecho de Franco que había entrado en la habitación. Levantó la mirada

- ¿Qué me pasa? – Preguntó él, casi suplicando - ¿Quién soy?

La pregunta la conmovió. Por unos instantes, olvidó su arrogancia, sus caprichos, los siglos de depredaciones, de cacerías, de orgasmos fríamente calculados. Se hundió en el pecho de Franco, aspirando ese aroma que aprendió de memoria durante la pasada noche, en la que se incendiaron sus fibras y debió dominarlas para no abrazarlo con ellas en medio del delirio.

- ¿Quién soy? – Insistió él, dulcemente. No había rechazado el abrazo. Incluso, lo había respondido, atrapándola suavemente entre sus poderosos brazos de herrero.

Ella sintió la sal de una lágrima que se había escurrido desde sus ojos, a la comisura de sus labios. ¿Hacía cuánto que no probaba ese sabor? ¿Hacía cuánto..? Dejó escapar un sollozo, absolutamente vencida, y en medio de su derrota murmuró:

- Un mensajero del altísimo.

jueves 22 de enero de 2009

XIII EL CORAZÓN DE NÉFER

CAPÍTULO XIII
(EL CORAZÓN DE NÉFER)

Llegó el invierno a Milán, y con él, la nieve inmisericorde de Lombardía. El frío no detuvo a Franco y su cuadrilla de herreros. Al principio, los hombres se mostraron reacios a seguir las órdenes de un muchacho prácticamente recién salido de la adolescencia, pero pronto notaron su extraordinaria pericia y la convicción que demostraba en su trabajo. Con el tiempo, la herrería privada del marqués De la Cañada adquirió cierta notoriedad entre el círculo de los expertos en el arte del trabajo metalúrgico.

Naturalmente, Luciano Di Tasso estaba al tanto de la prosperidad de su hijo y lo enorgullecía. Le gustaba pensar que era el resultado de haberlo criado con esmero y con respeto hacia el trabajo duro y el ahorro. Si alguna vez fue estricto o demasiado exigente con el muchacho, sin duda fue por una buena causa. La casa del herrero había cambiado. Efectivamente, ahora contaba con varios animales de carga y una buena provisión de gallinas ponedoras. No faltaba el tocino y las legumbres en sus despensas, así como el buen vino que antes era imposible de costear. Llegaron muebles nuevos, una carreta, sacos de harina recién comprada en el molino principal y ropa fina para Luciano, que difícilmente usaría, pero que al herrero le gustaba examinar de vez en cuando, henchido de orgullo.

Cada dos domingos, nevara o lloviera, Franco aparecía en la casa de su padre. Con el tiempo, el muchacho parecía más el hijo de un noble que de un herrero; sin embargo, parecía ser el mismo. Reía, bromeaba, comía con Luciano, bebía con él. Hacía planes. Parecía dichoso. Su padre olvidó sus aprehensiones iniciales y comenzó a ver al marqués como un benefactor generoso, tal como su hijo aseguraba.

- Voy a casarme con Marietta, padre – Sostenía Franco, con la lengua traposa, luego de beber más de la cuenta.

- ¿Y esa mujer de la casa del marqués? ¿Ha vuelto a rondarte? – Preguntaba Luciano, con una mezcla de inquietud y morbosa curiosidad.

- Casi nunca, padre. Me ha dejado en paz. – Mentía Franco.

Cada vez que visitaba a Luciano, pasaba antes por la parroquia. Marietta lo esperaba allí, en el jardín junto del refectorio, puntual, con la excusa de ayudar a Ofelia después de misa. Cuando el invierno se hizo duro, comenzaron a reunirse dentro del sencillo comedor, junto al calor de la lumbre. La propia hermana del sacerdote los vigilaba, sentada a cierta distancia, para cuidar el recato de esos encuentros. No era necesario, Franco se limitaba a tomar las manos de la muchacha y hablar. De pronto, se había vuelto muy conversador, como si los temas se agolparan en su mente, pugnando por salir cada vez que la veía.

Franco tenía otros temas en sus charlas: ahora leía. Leía con una avidez que no imaginaba cuando no era más que un adolescente iletrado que espiaba a Marietta semioculto en una esquina, a la salida de la iglesia. Cada semana, había leído un libro nuevo; e incluso su forma de hablar fue cambiando, conforme pasaba el tiempo. Poco a poco su acento se modificó, hasta adquirir ciertas inflexiones que había oído de labios del marqués o de alguno de sus amigos aristócratas. Marietta bromeaba con ello, como si de pronto su joven herrero se hubiese convertido en una graciosa y encantadora copia de un condecito.

Franco le hablaba del dinero que estaba ahorrando para comprar una casa. No una cualquiera: una casa con muchas habitaciones, con un gran patio interior para plantar árboles frutales y bastante espacio para establos y una herrería tan completa como la del marqués,

- Quiero que tengamos muchos hijos, al menos siete – Decía Franco, eufórico.

- ¡Para ti es fácil decirlo! – Replicaba Marietta, ruborizada y divertida.

En años anteriores, Franco miraba con tristeza la nieve que seguía a la navidad. Enero era un mes oscuro y triste que dificultaba el trabajo en la herrería y le helaba las manos hasta volverlas rojizas e inmóviles. Pero ahora, no era más que el preludio de un año excelente y lleno de promesas. Cada noche, regresaba a su cómoda habitación en la casa del marqués, siempre tibia por el calor de la chimenea convenientemente encendida. Lo esperaba un cuenco de porcelana con sopa caliente y mucho pan recién horneado; ropa limpia y todo su anaquel de libros para devorar hasta altas horas de la noche. Sólo faltaba que Antonio Cavalieri lo recibiera en su casa como prospecto de su hija, para que la felicidad fuera completa.

Don Lázaro De la Cañada hablaba con él todas las noches, durante la cena. Con el tiempo, Franco fue perdiendo el nerviosismo que sentía cuando estaba en su presencia. Se relajó y sintió que era parte de esa casa no como un sirviente, sino como un invitado, un miembro de la familia; tal como el marqués insistía.

El problema era Néfer. Su trato hacia él era cortés. Se comportaba encantadoramente cuando estaba en público, guardando la distancia conveniente. Cambiaba, cuando estaban solos. Parecía perder las inhibiciones y gozar al verlo ansioso y desesperado. Lo rodeaba, como una gata, siempre al acecho. Y en otras oportunidades, parecía ignorarlo. Más de una vez fue por su caballo a los establos sin dirigirle, siquiera, una mirada o un saludo. Entonces, él se quedaba intrigado durante todo el día, esperando su regreso, aguardando una reacción de su parte, como si estuviera atado a los cambios de humor de esa mujer perturbadora. Es cierto que pasaban períodos en que Néfer apenas parecía reparar en él; pero en otras ocasiones, era como si ella disfrutara con provocarlo. A veces era un tobillo; otras, un escote demasiado atrevido, su aliento demasiado cercano a su oído, un roce… A nadie podía comentarle aquellas vergonzosas ocasiones en que debió recurrir a métodos adolescentes para calmar el fuego que ella parecía encender con deleite.

- A todos nos pone así, señor – Bromeó uno de los hombres de su cuadrilla, cuando Franco se quedó embobado observando a Néfer alejándose al galope sobre su yegua blanca, rumbo al portal.

La nieve se derritió en los Alpes lombardos y bajó por los ríos, convertida en aguas gélidas y cristalinas. La gente comenzó a poblar alegremente las calles, con los primeros días tibios de la primavera. El marqués anunció un gran baile para recibir su estación favorita: el verano. Aunque faltaban aún varios meses, comenzaron algunos preparativos. Se decía que una multitud de faisanes eran alimentados de forma especial, para adquirir ciertos sabores en la mesa, cuando la ocasión lo ameritara. Los jardines del marqués se cubrieron de flores y fue posible oler el perfume de sus rincones desde cualquier lugar de la casa.

Franco cumplió veinte años a principios de abril. Marietta le envió una faja de seda verde oscura que ella misma hizo con la mejor tela de su padre, acompañada por una dulce carta. Ese domingo, Franco anudó el regalo en su cintura, antes de acudir a la cita en la parroquia. Debía buscar algo realmente especial para darle a Marietta cuando ella cumpliera los dieciocho, dentro de pocos meses. ¿Qué edad tendría Néfer verdaderamente? Si estaba serena, con aquella mirada pensativa que le confería más hermosura, no parecía mayor que él mismo, o incluso, que la propia Marietta. Pero cuando actuaba acechante y provocativa, a Franco le parecía que era un niño, abrumado por una mujer completa.

Una noche, durante la cena, el marqués dijo algo realmente insólito.

- Franco, ¿Te parece si mañana me acompañas a comprar unas telas al establecimiento de Antonio Cavalieri?

Franco levantó la mirada, primero hacia don Lázaro, luego hacia Néfer. Ella se había puesto pálida, de pronto.

- ¿Cavalieri..? – Balbuceó Franco, desconcertado

- Tengo entendido que estás enamorado de la menor de sus hijas, ¿No es verdad? – Lázaro hablaba con su aterciopelado tono habitual, rayano en la indiferencia. – Talvez sea tiempo de que Antonio Cavalieri se entere de que trabajas conmigo y con bastante éxito.

El rostro de Franco se iluminó. ¿Hablaría en serio? De hecho, él soñaba cada día con ir a la casa del mercader y sorprenderlo con su meteórico ascenso. ¿Qué opinaría la madre de Marietta cuando lo viera? Estuvo a punto de caer de rodillas frente al marqués, para besar las sortijas que lucía en sus dedos. Néfer clavó los ojos en las pupilas de Lázaro, como si estuviera a punto de ponerse de pie y abofetearlo. Él se limitó a sonreír levemente.

- Excelencia, ¿Queréis que vayamos a la casa del mercader para… para..? – Jadeó Franco, aún impactado por las palabras del marqués.

- Con calma, Franco. No iremos a la casa de esa muchacha a pedir su mano en matrimonio. Sólo iremos para revisar algunas mercaderías y hacer que Cavalieri te eche una mirada. – Lázaro parecía divertido con la situación.

Néfer bajó los ojos. Se quedó unos momentos con la mirada prendida del diseño del mantel de hilo florentino, tratando de contener su visible alteración. Era evidente que Lázaro hacía esto para molestarla, para detenerla. ¿Qué pretendía? Odiaba cuando él recurría a esos juegos y sucias argucias.

- ¡Debo preparar todo en la herrería, excelencia! – Franco estaba exultante – El trabajo no debe detenerse porque yo deba acompañaros a la casa de Cavalieri…

- Por supuesto que no – Pronunció el marqués con estudiada lentitud. Parecía disfrutar con la situación, mientras movía pausadamente su copa de cristal rojo.

Franco pidió permiso para retirarse y salió prácticamente corriendo a sus habitaciones. Sus pasos se perdieron por los salones contiguos, rumbo a la escalera.

- Cambia esa cara. Te ves más hermosa cuando sonríes – Dijo Lázaro, con actitud sardónica.

- ¿Por qué haces esto? – Preguntó Néfer, temblando de ira - ¿Acaso crees que es posible que Franco logre algo con esa mocosa insignificante? Sabes bien que nunca concretará ninguno de esos absurdos sueños que implican a aquella burguesita carente de gracia.

- Lo sé – Respondió Lázaro, impasible – Por esa razón no tiene importancia la visita de mañana a la casa de Cavalieri. Es sólo un calmante para el muchacho.

- ¿¿Entonces para qué vas a llevarlo?? – Néfer estaba furiosa ahora. Se había puesto de pie y golpeaba la mesa con sus puños.

Lázaro levantó la mano para hacerla callar. Tenía los ojos muy abiertos. El violeta de sus ojos parecía más claro, ahora. Néfer inclinó levemente el cuerpo hacia atrás y se sentó. Bajó los ojos, respirando con más calma. Las aletas de su nariz se dilataban levemente, en su lucha por tranquilizarse.

- ¡Hace mucho que te advertí que esos arranques estaban prohibidos en mi presencia! – Rugió Lázaro. Su voz había adquirido un tono más profundo – Todo está marchando a la perfección y tú planeas arruinarlo con tu obsesión por el muchacho.

Néfer arqueó las cejas, tratando de replicar algo. Estaba notablemente desconcertada.

- Sé lo que estás pensando, Néfer – Advirtió Lázaro, más tranquilo - Y créeme, pequeña, te estás metiendo en algo realmente peligroso.

Ella hizo una mueca de desdén.

- No planeo nada en especial – Rebatió Néfer, tratando de parecer convincente.

- Estás jugando con fuego

Néfer volvió a inclinarse hacia adelante, en actitud de desafío.

- Todos jugamos, ¿Verdad? Tú, yo… Gabriel lo hacía mientras estuvo con nosotros – La voz de Néfer era una mezcla entre susurro y gruñido - ¿Acaso no es parte de nuestra naturaleza? ¡Tú mismo me enseñaste a jugar y me animabas a hacerlo!

- Una cosa es jugar. Otra, enamorarse de la presa – Sentenció Lázaro, poniéndose de pie.

Se produjo un silencio. Néfer retrocedió. Articuló, como buscando las palabras adecuadas, pero no las halló. Al menos, no enseguida.

- Eso es absurdo… - Concluyó ella, sonriendo llena de nerviosismo.

- Talvez no en este momento, talvez aún no lo notas – Añadió Lázaro, caminando alrededor de la mesa, dirigiéndose hacia ella – Pero ocurrirá, tarde o temprano.

- Eres capaz de leer los pensamientos, pero no el futuro – Discutió ella – No puedes adivinar si tal estupidez ocurrirá o no.

Lázaro ya estaba detrás de ella, apoyando ambas manos en sus hombros, por sobre el respaldo de la silla.

- En ese caso, ¿Qué más da que Franco se reúna con esa chica? – Interrogó Lázaro. Acariciaba levemente la piel de los hombros, descubiertos por sobre el escote del vestido. – No te importa en lo absoluto, ¿Verdad?

- Claro que no – Dijo ella, en voz baja.

Lázaro se sentó junto a la dama y le tomó las manos. La miraba fijamente.

- Te lo he dicho siempre, Néfer: Nunca debes permitir que la situación se te escape de las manos. Tendremos a Franco satisfecho y tranquilo, listo para empezar a prepararlo. Sólo hay que darle la oportunidad de sentirse a gusto aquí – Explicó él, con un tono marcadamente paternalista.

- Él nunca podrá estar con Marietta Cavalieri y lo sabes. ¡Nunca! – Murmuró ella.

- No tienes que repetirlo mil veces para que sea una verdad más evidente. – Lázaro levantaba ahora la barbilla de ella, para mirarla directamente a los ojos – Pero tampoco es necesario que te involucres con él, como si cayeras en el descontrol de una mujer humana.

Él la insultaba, pero tan suavemente, con tal veracidad; que no podía hacer otra cosa que apartar el rostro y morderse los labios. Se puso de pie y avanzó unos pasos, con una mano en la frente. Finalmente, volteó y lo miró directo a los ojos. Nuevamente recuperaba la compostura.

- Observamos a Franco por mucho tiempo, Lázaro. Sabíamos que acabaría en esta casa, llegado el momento. Tiene potencial, fuerza, brillo propio. Un día sabrá quién es y su despertar será hermoso, lo sabemos. – Néfer hablaba con total convicción – Si está pendiente de esa chica, si se aferra a ella; odiará todo lo que nosotros representamos, querrá alejarse… Entonces, todo será en vano. Fallaremos, como ocurrió con Gabriel. Nuevamente fallaremos.

Lázaro la observó por largos instantes. Ella se quedó inmóvil, esperando una respuesta.

- Lo que dices tiene mucho sentido, Néfer. – Replicó el marqués, con tranquilidad – Y de hecho, sé que estás absolutamente convencida. Pero eso no quita el hecho de que deseas al muchacho como nunca antes deseaste a un hombre en tu larga vida. Y ese deseo se hace más punzante, porque él está enamorado de una humana que te parece irrelevante.

Néfer soltó una carcajada

- Tonterías…

- Nada de tonterías, querida – Continuó Lázaro – Muy bien. Admito que lo desees. Te autorizo a que lo hagas. ¡Es más! Puedes jugar con él, llevarlo a tu cama si quieres. Pero cuídate de que no despliegue su luz antes de tiempo, que no descubra los antiguos secretos antes de que esté listo…

Lázaro se acercó ahora junto al oído de la dama. La tomó por la cintura y susurró en él.

- Si terminas enamorada de él, tu corazón será despiadado contigo… Y si arruinas lo que hemos planeado, seré yo quien te castigue.



Un carruaje negro de maderas nobles se detuvo frente a la casa de Antonio Cavalieri. Varios clientes que a esa hora se encontraban en el acceso a la tienda, se quedaron pasmados al ver el escudo de armas del marqués De la Cañada en la puerta del vehículo. Se asomaron a la acera para mirar de cerca. El lacayo de retaguardia se apresuró a abrir la puerta, con una respetuosa inclinación. Del interior, bajó el marqués, ataviado de dorado oscuro. Llevaba el cabello blanco recogido con una cinta amarilla a la altura de la espalda. Enseguida extendió una mano enguantada en marrón claro, para ayudar a bajar a una dama joven y hermosa. Ella traía un vestido negro y púrpura, salpicado de bordados y encajes. Detrás de ella, descendió un joven alto de extraordinaria belleza, vestido como un príncipe. Sobre su hombro izquierdo, caía una suntuosa capa verde oscuro, forrada en seda; y sobre los cabellos oscuros y brillantes, llevaba un sombrero a la moda, con un penacho de plumas de aves africanas. Sus ojos revelaron inquietud en cuanto la dama tomó su brazo.

El mercader de telas salió presurosamente a saludar al más distinguido de sus clientes.

- ¡Excelencia, señor, don Lázaro! – Se inclinó teatralmente para saludar al marqués – Qué honor teneros en mi humilde tienda. He traído para vos lo mejor de mis embarques de oriente. Nadie en toda Lombardía podría ofreceros mercancía más digna de vuestra gracia.

- Don Antonio, no dudamos de vuestra extraordinaria colección – Respondió Lázaro al saludo, entrando con elegancia a la tienda.

La gente reunida en el salón de recepciones que antecedía a los depósitos, murmuraba. Habían saludado con una inclinación a la ilustre visita, pero ignoraban quién era aquel muchacho impresionante que llevaba a doña Isabella de Béjar prendida del brazo.

Antonio Cavalieri se inclinó ante Néfer.

- Señora doña Isabella, como siempre, adornáis mi humilde establecimiento con vuestra hermosura… - Halagó el mercader, con palabras que seguramente había ensayado durante todo el fin de semana. Enseguida levantó la vista para mirar con algo de desconcierto a aquel hombre joven, a un costado de la dama. Pareció reconocerlo por unos segundos – Señor, bienvenido a mi establecimiento, soy Antonio Cavalieri.

El mercader dio por hecho que el muchacho era pariente del marqués o el esposo de doña Isabella; sin embargo no entendía por qué su rostro le parecía tan familiar.

En ese momento, Marietta Cavalieri se asomó al salón de recepciones. Néfer apretó el brazo de Franco con fuerza y le sonrió a la muchacha. Ella abrió los ojos, abrumada por la sorpresa y enseguida se animó al encontrarse con los ojos de Franco. El mercader notó que el joven miraba a su hija y entonces abrió la boca en un gesto de asombro. Lo había reconocido.

- Imagino que conocéis a don Franco Di Tasso, señor Antonio – Interrumpió el marqués, con un suave gesto – Trabaja en mi casa, dirigiendo a los hombres de la herrería del palacete. Un muchacho muy promisorio, en verdad.

- Don Antonio – Se inclinó Franco, quitándose el sombrero – Es un honor ser recibido en vuestro local.

Cavalieri se quedó perplejo. ¿Este muchacho elegante era el mismo adolescente medio sucio que vio hablando con su hija en el mercado? Ese día la llamó a su despacho para preguntarle qué tratos tenía con el hijo del herrero Luciano Di Tasso. Conocía al padre del chico. Era un buen hombre, pero naturalmente, inadecuado para que su primogénito anduviera por ahí, dejándose ver con la menor de sus hijas. No tenía nada en su contra, claro; pero tampoco, nada a favor. Y ahora venía a su tienda, abiertamente, en el mismo carruaje que el célebre marqués De la Cañada, prendido del brazo de doña Isabella, altivo como un noble.

Cavalieri volteó para ver la reacción de su hija y al verla tan radiante y emocionada, enseguida supo que seguían encontrándose a sus espaldas. Sin embargo, la situación había cambiado dramáticamente. Ya conversaría con Marietta, a su debido tiempo.

- ¡Oh, Marietta! – Saludó Néfer, acercándose a la muchacha y cogiéndole las manos rosadas entre sus guantes de encaje púrpura – Qué gusto de verte. ¿Vas a acompañarnos?

Marietta opinaba que doña Isabella era una mujer encantadora. No sólo era digna de ser imitada, sino que era gentil y sencilla; muy diferente a otras nobles arrogantes que visitaban el establecimiento de su padre. Desde aquella tarde en que le prestó ayuda, ocultándole a Cavalieri que la había sorprendido junto a Franco en el castello Sforzesco; llegó a sentir por ella algo parecido al aprecio. Se alegró, ahora, de que su amado viniera acompañado de ese ángel benefactor que parecía querer ayudarla en su relación.

Franco miraba fijamente a Marietta, tratando de controlar su euforia. Sonreía abiertamente. El grupo entró a los depósitos de telas. Cavalieri comenzó a exhibir su mejor mercancía frente al marqués. Lázaro asentía suavemente, mirando de vez en cuando en dirección de Néfer, Franco y Marietta.

- Franco está guapo hoy, ¿Verdad, Marietta? - Preguntó Néfer, con un guiño.

- Es cierto – Asintió la muchacha, reprimiendo la risa. Estaba maravillada por la situación.

- Creo que tu padre me reconoció – Susurró Franco, al borde de la carcajada.

- Era difícil que lo hiciera, tomando en cuenta la ropa que traes – Replicó Marietta, mirando de reojo a su padre – Pero se ha quedado anonadado en cuanto el marqués le dijo quién eras.

- No me queda claro quién soy a estas alturas – Rió Franco, en voz más alta; pero Marietta lo hizo callar. Él bajó el tono al nivel de un murmullo – Pero espero que haber llegado en el carruaje del marqués y con este sombrero, haya servido para impresionar a tu padre.

Los dos lanzaron una carcajada, que se detuvo en seco cuando se encontraron con la mirada de Cavalieri. Reemplazaron la risotada con gestos de diversión contenida.

Néfer estaba a un lado de aquella escena de complicidad adolescente. Por alguna razón, sintió que era invisible para ellos, parte del fondo de ese taller que servía de escenario para una entrevista amorosa. No podía interrumpir ese diálogo, las miradas, los mil y un pequeños códigos desconocidos. ¿Quién era esta Marietta? No era alta, definitivamente. Su coronilla apenas le llegaba a ella a la altura de la nariz y con suerte, al hombro de Franco. Tenía las mejillas suaves como duraznos, pero redondeadas. El rostro sugería la forma de una manzana. Su boca era pequeña y rosada: sin sensualidad, sino dulzura. Tenía ojos grandes y verdes, pero carentes de misterio o seducción. Sólo denotaban ignorancia y una aburrida virginidad. La chica tenía el talle flexible y estrecho, bajo ese vestidito que era – evidentemente – una copia de alguno que vieron en una mujer de la nobleza. Sus pechos eran definitivamente pequeños. Talvez no tanto, pero lo parecían, si se los comparaba con sus propios senos opulentos que llenaban de forma definitivamente más sensual, su escote de encaje veneciano. En suma: Era una adolescente bonita. Llamativa, talvez. Apropiada para reinar en fiestas de la cosecha o para ser la célebre belleza del pueblo. Pero jamás podría compararse con ella misma en un salón de la nobleza o en un ambiente palaciego. Nunca tendría su propia elegancia o exquisitez, desnuda sobre una cama de satén. Nunca sería digna de alguien como Franco. Nunca.

Néfer se apartó unos metros, sin que su retiro fuera advertido por ninguno de los dos. En el muro, un espejo enmarcado en madera tallada le devolvió su propia imagen. Era deslumbrante, como siempre. Había reinas que hubiesen matado por tener ese rostro, ese porte, esa deliciosa estampa. Era capaz de detener un baile con su entrada, de hacer que reyes y emperadores perdieran la cabeza por una noche en su lecho. Sin embargo, el muchacho a sus espaldas estaba ciego para aquellas evidencias, y se encontraba embobado por los ojos de una niña como otras… como tantas...

En el carruaje, de vuelta al palacete, Néfer iba silenciosa. Miraba por la ventana, evitando los ojos lila de Lázaro, enfrente. Cada vez que se topaba con ellos, fugazmente, notaba que él estaba fijo en ella, con un gesto indescifrable. Claro. Lo sabía. Sabía lo que ella estaba pensando, lo que ella sentía en ese momento y la sensación era humillante.

- Don Antonio pareció llevarse una buena impresión – Comentó Franco. Se notaba de excelente humor.

- Ciertamente, Franco. – Asintió el marqués, pausadamente. – Creo que quedó bastante impresionado y era lo que querías, ¿No es así? Ha sido una velada excelente.

Franco no borraba la sonrisa de su cara.

- ¿Te has divertido, querida Néfer? – Preguntó Lázaro, inclinándose levemente hacia adelante y torciendo la cara para mirarla de frente, mientras ella se concentraba en el cristal de la ventana – Quisiste venir. Pensé que preferías una visita a la esposa del duque De Frías.

- ¿Es una broma? Pocos lugares en Milán son tan aburridos como el palacio del Duque de Frías – Dijo ella, desdeñosa, sin dejar de mirar por la ventana.

- Sin duda visitar la tienda de telas y ver a Franco tan feliz con su prometida, fue una experiencia interesante para ti.

Ella no respondió. Franco no lograba entender esa extraña conversación, pero miraba a uno y otro, atento a cualquier señal. Néfer no pronunciaba palabra alguna. Lázaro se limitó a continuar mirándola; luego, a Franco.

- Tu prometida es una chica preciosa, Franco. Tienes buen gusto – Concluyó Lázaro. Franco sonrió, complacido.

Néfer volvió la cabeza. Tenía una actitud altiva, arrogante, decidida.

- Me marcho a Lecco, Lázaro. Quiero estar unos días junto al lago. – Anunció Néfer, quitándose uno de sus guantes de encaje morado.

- ¿A Lecco? ¿Sola? – Preguntó Franco, atónito. Enseguida se arrepintió de su intrusión, cuando ambos, Lázaro y Néfer lo miraron fijamente.

- ¿Crees que podría pasarme algo durante el viaje? Estoy acostumbrada a moverme sola. No soy de esas melindrosas que requieren de un guardián – Anunció ella, abanicándose con afectación.

- Claro que no, Néfer. Pero creo que es conveniente que Franco te acompañe – Opinó Lázaro, reclinándose con hastío en el respaldo del asiento del carruaje. – La herrería de la casa de Lecco está muy descuidada y, además, talvez sí necesites que te acompañe un guardia.

Néfer dio una ojeada a Franco, con actitud divertida. ¿Acaso era una broma? ¿Qué demonios pretendía Lázaro? Por un lado, reunirlo con Marietta; por otro, enviarlo con ella a Lecco, a la boca del lobo, a la guarida de los monstruos.

Ya estaba el palacete al alcance de la vista. Guardaron silencio mientras el vehículo entró por la amplia alameda y se detuvo, finalmente, frente a la puerta principal. Néfer descendió sin pronunciar palabra y entró en el edificio. Franco no comprendía bien lo que había sucedido, pero caminó en silencio detrás del marqués. Él volteó y se detuvo.

- ¿Qué pasa, Franco?

- Excelencia, ¿Queréis que viaje a Lecco con doña Isabella? – Preguntó el muchacho.

- Sólo si así lo deseas. ¿Conoces Lecco? – Preguntó el marqués. Continuaba caminando, mientras Franco lo seguía.

- Jamás he salido de Milán, señor – Admitió.

- Isabella es una mujer fuerte, pero muy obstinada. Piensa que no es necesario que un hombre la escolte durante los cincuenta kilómetros hasta Lecco. – El marqués suspiró – También piensa que ella sola puede gobernar mi casa del lago. Dejaré que se divierta un poco.

- Señor, yo puedo escoltarla y quedarme en Lecco el tiempo que sea necesario – Ofreció Franco. Se oyó a sí mismo, atónito. Ir a ese lugar implicaba una separación de Marietta, pero la perspectiva del viaje en compañía de Néfer, le atraía poderosamente.

- Pues si así lo deseas… Talvez este viaje sea apropiado para ti – Lázaro se alejó pausadamente.

Franco permaneció unos instantes absorto en sus pensamientos, y se dirigió a su habitación.

Lázaro entró a su despacho. En el amplio sofá de damasco descansaba Néfer, aún en su vestido púrpura y negro.

- No comprendo el motivo de tu molestia – Expresó Lázaro, sonriendo – Querías acechar al muchacho y estoy entregándotelo como una presa para que te lo lleves.

- ¿Cuál es tu juego, Lázaro? ¿Lo llevaste a la casa de ese mercader para que se hiciera ilusiones con la pelirroja y ahora lo animas a que se vaya conmigo a Lecco?

- Así es – Respondió Lázaro, instalándose en su sitial.

- Sabes muy bien lo que podría pasarle si se marcha conmigo a la casa del lago. ¿Vas a prohibirme algo? – Néfer estaba desafiante – Este sería el momento.

- No hay prohibiciones para ti, Néfer. Puedes hacer lo que quieras en Lecco.

Ella pareció desconcertada. Se paseó unos segundos por la habitación, con una mano en su frente, como invocando algún pensamiento. Ese gesto la acompañaba siempre que necesitaba aclarar algo. Volteó de golpe, al escuchar la voz de Lázaro.

- Equilibrio, Néfer. Eso es lo que buscamos. – Él estaba serio ahora, sin asomo de ironía o divertimento – Tenías razón cuando dijiste que esa chica lo apartaría del camino hacia su aprendizaje. Si decide casarse porque es próspero en mi casa, habrá dificultades. Sin embargo, tu acoso constante lo está volviendo loco; lo que podría hacer que decida dejar este palacio y nos obligaría a apurar los acontecimientos, forzándolo a abrirse antes de tiempo.

- En ese caso, ¿Qué es lo que quieres? – Preguntó ella, con las manos en la cintura.

- Mantenlo atraído, atrápalo. Que sienta que no puede dejar esta casa, pero tampoco, apresurarse con los asuntos de su noviecita. Que crea que está en tu red y que no podría volver a su hogar de herrero, porque ya no es el mismo. – Lázaro la apuntaba ahora con un largo y pálido índice - ¡Pero sin revelarle nada! Necesitamos un poco más de tiempo.

Néfer apartó la mirada, haciendo un gesto desdeñoso.

- Vas a usarme de carnada para que Franco esté atado a este palacio y a nosotros – Dijo, tristemente.

- Cuidado, Néfer. Siempre cooperaste con todo lo que planeábamos, porque eres parte de la familia. – Acusó Lázaro – Ahora hablas de que voy a usarte, porque tus emociones están en juego en este proceso. Estás volviéndote vulnerable, princesa de Cnossos, dama de los toros, diosa de la belleza… Estás mostrándole a Franco las venas de tu cuello y sabes que no podrás controlar lo que viene, una vez que acepte morderlas.

- Seré yo quien lo muerda – Amenazó ella, recogiendo los labios y enseñando los dientes

- Sabes bien que no ocurrirá así. – Señaló Lázaro – Te vi en el taller de Cavalieri. Estabas abrumada por la conexión que existía entre Franco y esa muchacha. Estabas más que ofendida: furiosa, dolida. Analizabas a la chica, con más odio que objetivo desprecio. No puedes contenerte cuando los celos te atenazan por dentro. Recuerda el asunto de Bobadilla: sé que lo mataste sólo porque miraba a Franco con lascivia.

- Lázaro, en nombre de todos los demonios… ¿Estás diciendo que me estoy enamorando del hijo de un herrero? ¿De un muchacho de veinte años que acaba de aprender a leer? – Rió ella, pero su carcajada sonó frágil y falsa.

- Deja esos argumentos para los prejuicios de un simple humano. Ambos sabemos que Franco no es hijo del hombre que lo cuidó desde su nacimiento. – Rebatió el marqués – Hace tiempo te lo dije: el muchacho será más fuerte que el propio Gabriel, abrirá sus fibras y necesitará quién lo eduque para usarlas. Ese será el tiempo para actuar.

Néfer guardó silencio unos segundos.

- Sólo me interesa que todo fluya como está escrito. No seré yo quién obstruya lo que hemos construido para él – Concluyó ella, sin mirar a Lázaro.

- Eso espero, Néfer. Dobla tu corazón como una carta y ocúltalo en alguna parte. Sólo concentra tu mente predadora en lo que debes.


Caía la tarde y el aire se perfumaba con el aroma del jardín. De pronto, las nubes se abrieron y el tono verde oliva del patio adquirió un hermoso color jade. Néfer se acercó a la barandilla de la terraza y apoyó los codos en ella. Cerró los ojos, aspirando el aroma que llegaba con una tenue brisa.

De pronto, abrió los párpados y comenzó a jadear suavemente. Alzó la barbilla, con una leve sonrisa.

- Estás ahí – Dijo ella - Acércate

Franco avanzó. Estaba sorprendido de que ella lo notara. La observaba desde bastante distancia, en la oscuridad del pesado cortinaje del salón que se abría hacia la terraza.

- ¿Cuándo partimos hacia Lecco? – Preguntó él, levantando el rostro, con aparente convicción.

- En dos días. ¿De verdad quieres ir conmigo? – Preguntó ella, volteando y apoyando la espalda en la baranda.

- El señor marqués me ha pedido que os acompañe. Será un honor… - Comenzó a explicar Franco.

- Ya sé lo que el señor marqués dijo – Néfer entornó los ojos, con algo de hastío – Mi pregunta es para ti: ¿Realmente quieres ir conmigo a Lecco? Eso implicaría dejar de ver a tu Marietta por un tiempo. Planeo quedarme varias semanas junto al lago.

Franco hizo una pausa.

- Aún si fuera un año – Concluyó.

Néfer volvió a voltear hacia el jardín. Se concentró en sus dedos, bajo el encaje de los guantes púrpura. Él se acercó lentamente y se apoyó en el borde.

- Estoy demasiado aburrida – Murmuró ella, como si hablara para sí.

Franco rió entre dientes. Ella volteó para mirarlo.

- No entiendo cómo alguien como vos podría aburrirse. Lo tenéis absolutamente todo – Replicó él, sin dejar de ver el jardín – Esta casa, los libros, los bailes, vuestros amigos, la protección del marqués, vuestra belleza…

Franco se ruborizó luego del último ejemplo. La miró de soslayo.

- Absolutamente todo terminará aburriéndote, Franco. Verás las maravillas del mundo como objetos huecos y carentes de sentido. – Sostuvo ella, con tristeza. – Tienes suerte de que tus planes con Marietta llenen tu existencia. Yo sólo tengo mis bailes, mis vestidos, mis viajes y a Lázaro.

- ¿Estáis diciéndome que me envidiáis, acaso? – Preguntó él, lanzando una carcajada ronca.

Ella se quedó largos instantes mirándolo a los ojos, fijamente. Franco cambió el gesto. Ahora estaba serio. El contorno de su rostro había tomado los colores del ocaso, así como el gris de sus pupilas líquidas. Néfer comenzó a caminar, dejándolo atrás.

- En realidad, envidio a Marietta... – Alcanzó a decir, antes de desaparecer en la oscuridad del salón.

lunes 19 de enero de 2009

XII INTERLUDIO EN EL HOTEL LANESBOROUGH

CAPÍTULO XII
(SEGUNDO INTERLUDIO: LA SUITE DEL HOTEL LANESBOROUGH)

La suite real estaba amoblada con lujo extremo. Por doquier había espejos, tapices, óleos, lámparas de lágrimas y finísimo mobiliario de maderas nobles y relucientes. Estaba dividida, en realidad, en varios cuartos destinados al descanso, la lectura, el solaz, el placer. Un magnífico piano de cola adornaba el centro del cuarto de música; una espléndida colección de libros recubría los enormes anaqueles de cristal de la sala de lectura, preciosas lámparas de estilo modernista iluminaban los rincones de aquella suite de ensueño. En el dormitorio, se alzaba una cama de seda dorada con dosel, de donde pendían largas y vaporosas cortinas.

Néfer entró al hotel en las primeras horas de la mañana. El personal de la recepción la recibió con un respetuoso saludo. Era, sin duda, la más conocida de los huéspedes del recinto. Llevaba varios meses viviendo en las más caras instalaciones del hotel y, por supuesto, era quien levantaba más especulaciones. Todos comentaban que era la amante del vizconde de Birmingham, mientras su esposa se dedicaba a bordar y tocar el piano en su residencia oficial de la campiña. El noble caballero viajaba cada vez que podía a Londres y corría a la suite real del Lanesborough para encontrarse con su espléndida amante que - se decía - lo desangraba exigiendo joyas y toda clase de extravagancias.

Pero esa mañana, la dama regresó acompañada por un extraño: un hombre joven y extraordinariamente apuesto. Eso bastó para hacer que el personal del hotel comenzara a cuchichear. El chisme podía ser muy interesante. Cuando avanzaban por el alfombrado pasillo que se dirigía a la suite real, una fila de mucamas jóvenes saludaron a Néfer.

- Buenos días, señorita Saint-Honoré.

- Buenos días. – Respondió Néfer, deteniéndose.

- ¿Hay algo que podamos hacer por usted? …¿O el señor? – Preguntó una de las chicas. Observaban de lado a Franco. Parecían fascinadas. Intercambiaban miradas maliciosas. Él torció un lado de la boca, sonriendo. Sabía que era irresistible cuando lo hacía.

- Sí. Una botella de champaña fría, por favor, Bessy – Indicó Néfer

Una vez en la suite, Franco se quitó el enorme abrigo con cuello de piel y el sombrero de copa. Sacudió un poco el pelo, mientras se aflojaba la corbata.

- ¿“Señorita Saint-Honoré”? – Preguntó, sonriendo.

- ¿Ya olvidaste que era mi nombre en París? …Madeleine Saint-Honoré. – Replicó Néfer con displicencia. – Talvez sea hora de adoptar uno nuevo.

- Lo olvidé. Recuerda que no nos vemos desde 1805. En esa horrenda fiesta, ¡Oh, Dios! – Franco puso los ojos en blanco.

- Ya sabes cómo se divertía Josefina, cuando su pequeño Napoleón se iba a sus campañas. Y no la culpo – Rió Néfer – A propósito, ¿Cuál es tu nombre ahora?

- Nunca he cambiado el que tengo desde que nací.

- Siempre nostálgico y fiel al pasado. – Sentenció Néfer.

Breves golpes en la puerta. Franco caminó lentamente y abrió. La mucama alzó los ojos. Se ruborizó de inmediato al encontrar el líquido gris de las pupilas del joven y su seductora sonrisa. Extendió tímidamente un cubo lleno de hielo, con una botella dentro.

- La champaña, señor, para la señorita Saint-Honoré – Balbuceó la muchacha.

- Gracias, Bessy… ¿Tu nombre es Bessy, verdad? – Preguntó él, torciendo la cabeza, sin dejar de sonreír. La joven asintió, con una leve inclinación. Parecía encandilada por la mirada del Franco y por su aterciopelado acento mediterráneo. Un poco más allá, un pequeño grupo de mucamas murmuraba, con los ojos fijos en al puerta. – Bien. Podré llamarte, entonces, si deseo algo más. Gracias.

Se escucharon las risas en el pasillo, cuando se cerró la puerta. Con un leve movimiento, la tapa de la botella saltó. Franco la atrapó en un gesto veloz, mientras derramaba un poco de espuma dentro del cubo. Enseguida, tomó una copa de un pequeño bar de ébano y sirvió una pequeña cantidad. Agitó otra copa vacía hacia Néfer, pero ella rehusó con un leve ademán.

- ¿Recuerdas cuando me embriagué en el primer baile en el palacio de Lázaro? Nunca antes había probado la champaña. – Rió Franco, dando un leve sorbo a su copa.

- Naturalmente. Apenas había sido creada en Francia. Fue una ternura. – Sonrió Néfer. Luego hizo una mueca de asco - ¿Y recuerdas cómo te miraba aquel cerdo asqueroso, el conde de Bobadilla? Por el demonio, que nunca tuve visiones tan horribles como cuando lo absorbí con mis fibras aquella noche, en su carruaje.

- ¿Fuiste tú? – Preguntó Franco y lanzó una sonora carcajada – ¡Todo este tiempo he querido preguntártelo! Debí suponerlo mucho antes. ¿Lo hiciste por celos?

- No seas presuntuoso, Franco Di Tasso. – Dijo Néfer, con desdén; mientras entraba en el dormitorio. Luego alzó la voz, desde el interior. – Ese hombre estaba condenado hacía mucho.

Franco se paseó por la habitación durante unos minutos, examinando las pinturas de los muros, los adornos de los muebles, los exquisitos tapices.

- Bonito lugar, ¿Eh? Tu vizconde debe estar muy enamorado. – Comentó, observando de cerca una antigua pintura renacentista.

- Los humanos son capaces de muchas cosas, por deseo. – Sentenció Néfer. Había regresado con un vestido matinal de muselina, color mantequilla. Se estaba abrochando un camafeo al cuello.

- Creo que nuestra especie es capaz de llegar más lejos, por deseo… Y por cualquier otro sentimiento – Rebatió Franco.

- Más intenso y mejor – Completó Néfer.

Franco se dirigió a la sala de música. Se sentó sobre el taburete forrado en terciopelo negro, frente al piano y levantó la tapa. Comenzó a tocar una triste melodía que evocaba una insoportable nostalgia. Néfer apareció en la habitación y se dirigió en silencio hacia un sitial.

- No sabía que tocabas el piano – Comentó, una vez que Franco hubo terminado.

- He tenido años para practicar.

- Tienes talento. ¿Pero es necesario que tu interpretación sea tan deprimente? – Preguntó Néfer, sonriendo.

- ¿No te gusta Beethoven? – Replicó él, volteando alegremente hacia ella.

- Adoro a Beethoven. Lo vi tocar varias veces, pero siempre me gustó más cuando aquel genio sordo perdía los estribos y se volvía eufórico sobre las teclas; no cuando su interpretación goteaba dolor. Por alguna razón, te gusta llamarlo.

- Por alguna razón, siempre tratas de evitarlo – Replicó Franco, mientras continuaba con una melodía algo más alegre, esta vez de Liszt.

- Es lógico, ¿No es así? – Puntualizó ella.

- Es lógico en un humano, no en nosotros. Se supone que eres una poderosa hembra de la antigua raza. – Su voz parecía irónica. Sonreía.

- No necesito revolcarme en todo lo que me produzca dolor, para demostrarme mi propia fuerza.

En ese momento, Néfer alzó la cabeza y cerró los ojos. Respiró hondo con los labios entreabiertos. Luego rió entre dientes.

- Lo que nos faltaba – Murmuró.

Franco volvió la cabeza hacia la entrada de la suite. También había sentido la presencia próxima.

- ¿Es él? – Preguntó entusiasmado.

- No sabía que volvería a Londres hoy. Debí intuirlo, qué estúpida. Jamás regresa tan temprano. – Néfer se puso de pie, arreglando su peinado frente a un espejo.

- ¿Quieres que me esconda en un armario o algo? – Preguntó Franco, con un tono burlón.

- No seas idiota – Respondió ella, sonriendo con algo de hastío.

La puerta sonó. Franco abrió prestamente. Era Bessy, la camarera. Parecía agitada. Volvió a mirarlo a los ojos, embelezada, como si la cara del joven la distrajera poderosamente. Finalmente, pudo hablar.

- El vizconde de Birmingham, señor… - Jadeó – Viene hacia acá.

- Gracias por avisarnos, Bessy – Dijo Franco. Guiñó y le lanzó un beso, antes de cerrar.

Se sentó en el amplio sofá Luis XV, sosteniendo su copa de champaña. Tenía una sonrisa irónica en el rostro. Néfer se acomodó en un canapé, a pocos metros.

- Al menos ten la delicadeza de cambiar ese gesto sardónico – Sugirió Néfer.

- Quiero ver cómo sales de esta – Le respondió Franco. – ¿Le saltarás encima si se pone difícil? Sería la segunda vez en el día que te vería absorber a un tipo.

- No haré tal cosa. No seas infantil.

En ese momento, giró una llave dentro del cerrojo de la puerta. Se abrió y un hombre alto apareció en el umbral. Era rubio, de cabello liso y engomado, peinado cuidadosamente hacia atrás. Tenía unos pequeños ojos azul claro y una barba con forma de candado. Traía un elegante traje de dandy con una capa oscura. En las manos enguantadas, llevaba un sombrero de copa y un fino bastón con mango de plata. Debía tener poco más de treinta años y su actitud era altiva, petulante. Sin embargo, fue evidente el desconcierto en su mirada, cuando vio a Néfer acompañada de un hombre, en la propia suite que él costeaba.

- ¡Albert..! – Exclamó Néfer, avanzando hacia él con un exquisito brinco. – Has vuelto temprano.

- Demasiado, por lo que veo – Dijo él, con afectación. – Al menos podrías tener la delicadeza de indicarme quién es este señor.

Franco rió internamente. Era obvio que el vizconde estaba temblando de ira, pero como buen inglés, trató de disimular su indignación con una ironía. Siempre le cayeron bien los británicos por esa razón. La capacidad de mostrarse sardónicos, para ocultar la explosión de cualquier sentimiento intenso. Era muy diferente para alguien con sangre latina, como él. Caminó hacia el vizconde y le tendió la mano.

- Mi nombre es Franco Di Tasso, señor.

El vizconde ignoró el gesto de saludo y caminó por la habitación. Sólo su agitada respiración delataba su encono.

- Franco, él es Albert Edward Henry IV, vizconde de Birmingham – Néfer usaba un tono deliberadamente solemne y caricaturesco para denominar a su amante humano. Luego, volteó el rostro del vizconde hacia ella. Él trató de resistirse, pero se quedó prendido de sus ojos – Él es un primo que no veía hace mucho, Albert. De Italia. Ya sabes que crecí en Italia, te lo he contado.

- En Milán, específicamente, señor – Agregó Franco. Le divertía la facilidad con que Néfer había logrado hechizar al vizconde. Era imposible sumergirse en esos ojos oscuros rodeados de pestañas tupidas, sin quedar fascinado. Él lo sabía muy bien.

- ¿Durmió aquí? – Preguntó él, ya dudando de su ira.

- Por supuesto que no, tontito. Llegó hace un rato. Puedes preguntar en la recepción – Aseguró ella. Había tomado las manos del vizconde, para rodearlas en su talle. Se puso de puntillas y lo besó. El vizconde tomó su rostro y le respondió efusivamente.

Franco desvió la mirada. De pronto, su sonrisa se desvaneció y se transformó en un gesto que mezclaba desconcierto y abierta molestia. Volteó, contrariado. Durante la noche, la había visto copular con un hombre y matarlo como una fiera; sin embargo, ese beso inofensivo que ella recibía de aquel humano, le parecía intensamente incómodo. La incomodidad se transformó en dudas. Afortunadamente no duró mucho.

- Franco ha venido para que habláramos de un anciano tío. Quiere noticias sobre él – Señaló Néfer, ayudando al vizconde a quitarse la capa.

Franco despertaba de su ensimismamiento repentino.

- Así es. Hace mucho que no sé nada de tío Lázaro. Pensé que había muerto – Señaló Franco, algo desorientado.

- No, no ha muerto, Franco. Es más, salió en busca de tío Gabriel. Hay cosas pendientes entre ellos – Indicó Néfer. Luego se volvió hacia Albert – Te ves cansado, amor. ¿Quieres que pida algo para ti?

- No me gusta que traigas a nadie al hotel, ni siquiera a miembros de tu familia – Señaló el vizconde, evidentemente enojado, pero sutilmente seducido por las caricias que Néfer le daba todo el tiempo, mientras él hablaba.

- Albert… ¡Hace un siglo que no veía a Franco! – Ella reía - ¿Te parece justo que no lo reciba, sobretodo cuando él está tratando de reunir a la familia?

Volvieron a besarse. Franco se cruzó de brazos y apartó la vista. De pronto, sentía unas insoportables ganas de marcharse. Obviamente no sería posible hablar mucho, ahora que el vizconde interrumpía con sus celos y sus estúpidas exigencias.

- Traeré champaña para ti, Albert – Anunció Néfer. Segundos después apareció con la botella en la mano. Con una velocidad imposible para los ojos humanos de su amante, Néfer arrojó un papel doblado al regazo de Franco. Él lo guardó con la misma rapidez en un bolsillo de su pantalón.

Había demasiadas preguntas sin formular. ¿Qué era eso de que Lázaro salió en busca de Gabriel? En primer lugar, ¿Acaso Gabriel vivía? Le dijeron que hacía mucho, había desaparecido definitivamente y él lo interpretó con la muerte. Ahora, ¿Cómo podía ella conocer los propósitos de Lázaro? Quiere decir que lo había visto, que se habían reunido; Entonces, ¿Néfer era su mensajera? ¿Había vuelto a ser su sombra, como en aquellos años en Milán?

Levantó la vista hacia ella. Lo miraba fijamente. El vizconde parecía esperar alguna reacción por parte de ese intruso, del que no estaba muy convencido del parentesco con su amante.

- Querida Madeleine, es hora de que me retire. No quiero ser impertinente – Se inclinó.

- Que tengáis buenos días, señor Di Tasso – Se apresuró a decir el vizconde, impaciente e irritado. Quería a ese intruso fuera de sus aposentos, lo antes posible.

- Por favor, Franco, no dejes que pase demasiado tiempo antes de volver a encontrarnos – Néfer avanzó hacia él y tomó sus manos. – Sé que a tío Lázaro le encantaría que la familia vuelva a reunirse.

Franco tomó su abrigo, su sombrero y salió discretamente, luego de una rápida despedida. Avanzó a grandes pasos por la alfombra interminable del pasillo. Al llegar a la esquina, sacó de su bolsillo la nota que Néfer le había entregado y procedió a leerla.

“ Lázaro vive, al igual que Gabriel. Hace mucho que sabes sobre él. Fue, de alguna forma, mi hermano y alumno de Lázaro y talvez, más peligroso que su propio maestro. Estás muy ligado a él, más de lo que te imaginas. Debemos seguir en contacto”

Condenada Néfer. ¿Acaso no pudo hablarle sobre eso en todo ese tiempo en el que comentó sus dotes como pianista, antes de que llegara su amante? Le estaba ocultando algo. O simplemente, lo retenía con la excusa de manejar información relevante. ¿Cómo saberlo?

Miró a su alrededor. Estaba en un pequeño salón en donde comenzaba un pasillo que se dirigía hacia las escaleras y el elegante elevador. Los huéspedes del hotel habían empezado a salir de sus habitaciones. Cerró los ojos y se concentró por unos segundos. Enseguida supo hacia donde dirigirse. Abrió los párpados y comenzó a avanzar a grandes zancadas por los corredores alfombrados. Allí estaba. Bessy traía una bandeja con varios platos cubiertos por pequeñas campanas de plata.

- ¿Bessy? – Llamó él, casi en un susurro; pero tan repentinamente, que la chica se sobresaltó y estuvo a punto de arrojar lejos todo el contenido de la bandeja. Con la agilidad de un gato, Franco atrapó los platos y los puso en su lugar. Enseguida, le arrebató suavemente los objetos de las manos, y los depositó sobre una mesita, a un costado del corredor. Ella volvió a caer en el trance de quedar prendida al tono metálico de los ojos del extraño.

- Bessy, necesito que me hagas un favor – Franco la miraba deliberadamente a los ojos, fulminándola - ¿Es posible que me traigas papel, un sobre, tinta y una pluma?

Ella asintió, pero sin dejar de devorar con los ojos cada detalle de su rostro. Franco esperó unos segundos.

- Es importante, Bessy – Apresuró él, con suavidad.

Afortunadamente, ella reaccionó. Al poco rato había regresado con el encargo. Franco se sentó en la pequeña mesa del pasillo y comenzó a escribir. El papel era satinado y con el membrete diluido del hotel más costoso de la ciudad y quizás, de toda Inglaterra. Naturalmente, Néfer jamás se habría conformado con menos.

Mientras Franco redactaba la nota con su estilizada letra, la joven mucama estaba de pie, observando cada uno de sus movimientos. Era una chica muy joven, probablemente no llegaba a los veinte años; y sus modales y actitud, delataban una tímida infancia en el campo. Llevaba el cabello rubio ceniza recogido prolijamente bajo una cofia de camarera victoriana; y las mejillas ardiendo en escarlata. Franco alzó las fibras hacia ella, mientras escribía; despacio, imperceptiblemente. No pretendía asustarla y mucho menos absorberla. Sólo quería intuir sus emociones. Lo había hecho con la mujer elegante de la galería de arte. Sin embargo, mientras aquella dama exudaba lujuria hacia él, Bessy parecía mirarlo con la fascinación que provoca en una niña, la descripción de un príncipe en un cuento de hadas. Se enterneció.

Una vez que acabó su misiva, la dobló y la introdujo en el sobre, rápidamente.

- Bessy, necesito que hagas algo por mí – Pidió Franco, tomando una de las manos de la muchacha. Estaba tibia y temblaba levemente. – Debes entregar este mensaje a la señorita Saint- Honoré, ¿Está bien? ¡Sólo a ella!

La muchacha asintió. Estaba trémula, al sentir el roce de las manos de Franco.

- Eres una buena muchacha. Te estaré profundamente agradecido – Aseguró él, poniendo varias monedas en la palma de la mano de la chica y sonriéndole.

- Señor… ¿Es usted amante de la señorita Saint-Honoré? – Preguntó ella, pero enseguida se horrorizó por su osadía y comenzó a disculparse. Él rió entre dientes.

- Ojalá supiera qué hemos sido durante todos estos años, Bessy. – Él levantó la mano para acariciar en un rápido movimiento, el contorno de la mejilla de la mucama – Pero no hay para qué hacer enojar al vizconde. Sobretodo si planeo marcharme lo antes posible.

Franco volteó y se dirigió al hall de entrada del hotel. Bessy lo siguió con la vista hasta que desapareció. Habían quedado unas pocas hojas sin usar, con diminutas manchas de tinta. Las dobló y guardó cuidadosamente en uno de los bolsillos de su delantal, como si se tratara de una valiosa reliquia. Debía entregar lo antes posible aquella carta, obviamente, luego de la partida del vizconde. No podía fallarle a aquel príncipe. ¿Cómo saber su nombre? Debía averiguarlo, para mencionarlo antes de dormirse o cuando despertara. Sonrió para sí, ruborizada. Era una tonta, ¿Qué dirían las otras chicas del servicio cuando supieran? ¡Por supuesto que era el amante de la señorita Saint-Honoré! Y era lógico: ella era tan bella y elegante; y aquel joven, tan hermoso y de mirada tan dulce. ¡Sus ojos parecían plata fundida! No podía defraudarlo. Sólo le quedaba rogar para que él regresara algún día.


Franco cruzó las calles, pensando en las palabras de Néfer. De pronto, tuvo en su mente la visión de aquella cama sedosa en la suite y a ella, envuelta en sábanas de satén con su amante, ese vizconde rubio e insípido que sería absorbido cuando ya no le sirviera. Trató de pensar en otra cosa. Aquello le desagradaba. ¿Qué le importaba, después de todo? La vio tantas veces matar a sus víctimas.

Irónicamente, vivía cerca del hotel Lanesborough, por Hyde Park. ¿Sería por esa proximidad que Néfer lo había encontrado y espiado durante varios días? Lo había encontrado en la ópera y luego, en la taberna. Era imposible saber cuánto tiempo duró el acecho. Pero él no la intuyó, lo que significaba que mantuvo una distancia prudente, más allá del alcance de sus fibras.

Tenía una casa de varios pisos, bastante típica a fines del siglo XIX, en un tranquilo barrio de ancianos y burgueses prósperos. La decoración era simple y funcional. Por doquier había libros, como si cada habitación de su morada fuese el ala de una gran biblioteca personal. En uno de los cuartos, junto a una amplia ventana, había un piano oscuro, viejo, pero bien conservado. Cada tarde se sentaba frente a las teclas amarillentas con una copa de coñac, o aguardaba la medianoche leyendo en un sitial de mimbre, a la entrada de su pequeño jardín florido, al fondo de la casa. Con frecuencia, escuchaba algunas melodías de Beethoven en un espléndido fonógrafo que acababa de adquirir, máxima exhibición tecnológica en su hogar. Pasaba el tiempo solo, a veces asistiendo a museos, a galerías de arte, a conciertos, a la ópera. Podía pasar horas en el parque, escuchando las fuentes o las risas infantiles. No había prisa. Tenía todo el tiempo del mundo, y tener conciencia de aquello, con frecuencia le provocaba una insoportable tristeza.

Cuando oscurecía, salía a cazar. Era cuidadoso, casi gentil. Procuraba intuir emociones antes de hacerlo. Mataba hombres, por lo general bandidos o asaltantes que lo esperaban en callejones, atraídos por su atuendo de dandy y sus modales de noble, lo que indicaba pertenencias caras y una jugosa billetera. En otras ocasiones mataba mujeres: ansiosas libertinas que caían rendidas por la lujuria cuando se les acercaba; Normalmente, alguna prostituta demasiado osada o alguna elegante y madura burguesa que creía poder comprarle una noche, a cambio de un collar de diamantes. Nada de juegos con ellos, nada de sufrimiento innecesario. Era directo, letal, rápido. Una vez, hacía más de cincuenta años, una joven condenada por la tuberculosis pareció prendarse de él. Se lamentó, ruborizada, de que moriría sin haber conocido el amor carnal; pues jamás podría casarse. Él la poseyó con una delicadeza de príncipe de cuento, con una ternura que sólo habría guardado para la cama de Marietta, susurrándole al oído toda clase de dulzuras y despidiéndose de su frágil cuerpo, mientras la absorbía con el encanto de una canción de cuna. Ella simplemente se durmió, mientras él, a su lado, cerraba los ojos para asimilar aquella pequeña vida llena de sufrimiento físico, de encierro, de tristeza. La acunó, llorando por lo que ella jamás tendría. La vistió, nuevamente, con su camisón de batista y la dejó inerte y bonita en su palidez mortuoria, lista para su funeral de virgen eterna.

Franco estaba solo, tanto o más que esa chica moribunda que tranzó con él un final glorioso. A veces pensaba buscar la forma de acabar con su existencia, pero finalmente, se conformaba con continuar esperando el paso de los años y observando el vaivén de esa humanidad que no cambiaba demasiado, a pesar del ritmo de los siglos.

Por una ventana, entró un gato gris de ojos amarillos. Saltó a las rodillas de Franco, mientras él se disponía a tocar el piano.

- Estuviste perdido, Plutarco, ¿Eh? – Preguntó Franco, acariciando el lomo color humo del animal. - ¿Acaso tienes muchas novias por aquellos tejados?

Néfer en su cama de satén, abrazada al vizconde, perdonándole la vida en medio del abrazo; realmente siendo su amante… ¿Por qué volvía a pensar en ella? Talvez habrá leído su nota, o quizás Bessy tuvo miedo… ¿Y si falló? ¿Si la carta fue interceptada antes por el vizconde? Imaginó la cara de estupor en su cara de rubio paliducho con el ego herido. ¡Qué tontería! Que pensara lo que quisiera. Después de todo, ¿Qué más daba?

Se puso de pie y el gato dio un salto. Maullaba. Franco fue a la cocina y volcó un poco de leche de una botella de vidrio, sobre un pequeño plato metálico. Naturalmente, aquel recinto no tenía otro propósito, que servir de comedor para el felino. Nadie la utilizaba. La lumbre permanecía muerta desde hacía mucho.

Subió al segundo piso. Se quitó el traje y lo cambió por una camisa simple y un pantalón oscuro, sujeto por suspensores. Se contempló unos instantes en un espejo de la habitación. Ningún rastro de la noche en vela. No necesitaba dormir, al menos no en tiempos humanos. A veces lo hacía, más por hastío que por urgencia orgánica. ¿Hacía cuánto que no dormía? Talvez un par de meses. Evitaba hacerlo. Marietta siempre terminaba apareciendo en sus sueños, siempre anciana y rechazándolo, rogándole a Dios que se la llevara de una vez, para no continuar mirando esos ojos grises y malditos.

La aldaba. La puerta principal. Franco erizó sus fibras alrededor y lo supo. Bajó las escaleras rápidamente y abrió.

- Estoy aquí.

Néfer llevaba un sombrero de moda y un traje azul oscuro, curiosamente, del mismo tono del que traía en el arroyo en las afueras de Milán, hacía - ¡Por Dios! – casi trescientos años. Y era la misma.

- ¿Y tu amante? – Preguntó Franco

- ¿Importa, acaso? – Dijo ella, sonriendo.

- En absoluto. Sólo me da curiosidad saber si lo mataste.

- ¿Por qué habría de hacerlo? Me gusta que pague la suite del Lanesborough. – Néfer lanzó una carcajada cristalina. – Debería buscar otro sitio, porque no estoy dispuesta a costear esa habitación yo misma, echando mano a mis rentas y las joyas que he logrado sacarle a él y a otros tantos que ya no están.

- Sin duda – Rió él, haciéndola pasar.

- A menos, claro, que me invites a vivir contigo – Néfer miraba alrededor con una mezcla de sorpresa y sorna. – Por Dios, ¿Me vas a decir que también tienes una herrería al fondo del patio?

- Y un gato… - Completó él.

Ella volvió a reír.

- Apareciste rápido – Observó Franco, ofreciéndole un sitial

- Sí, afortunadamente Albert debía hacer algunas cosas y se largó pronto. – Franco pensó que talvez no hubo tiempo para sexo entre Néfer y su vizconde esa mañana, y sin proponérselo sonrió – Algo le hiciste a esa chica del servicio, Bessy; hablaba de ti más de la cuenta cuando me entregó el sobre. Está fastidiando demasiado, talvez sea necesario que me encargue de ella.

- Ni se te ocurra – Amenazó Franco, sombríamente

- ¿Con esas andamos, Franco Di Tasso? ¿Acaso te gustó esa camarera salida del campo?

- No seas absurda. No tiene que gustarme alguien para saber que no merece morir. Es sólo una chica ingenua sin mayor gracia. – Dijo Franco.

- Y así es como te gustan – Concluyó Néfer, mirándolo fijamente.

Hubo un silencio. Ese último comentario pudo ser una broma, una cuchillada, una estupidez. Como fuera, Franco no supo replicar, o talvez no quiso.

- Bien, creo que es tiempo de que hablemos de asuntos más serios. ¿Cómo es eso de que Lázaro fue a buscar a Gabriel y que ese tipo está ligado a mí? – Apuntó Franco, para cortar la pausa repentina.

Néfer sonrió y se puso de pie para acercarse a la ventana que daba al jardín, junto al piano.

- Yo creo que hay varias cosas que debemos aclarar, antes de eso. – Puntualizó ella, sin mirarlo - ¿Tienes tiempo para largas y viejas historias?

- Siglos, si es que piensas extenderte. – Respondió Franco, sonriendo.

- Excelente.

martes 13 de enero de 2009

XI REGRESO

CAPÍTULO XI
(REGRESO)

- Aún no tienes nombre – Murmuró Franco, mientras acariciaba la cabeza de su caballo alazán.

El animal alzó la nariz para recibir una zanahoria que su amo le ofrecía. Poco después, Franco metió el pie en el estribo y se atrevió a montarlo. No corcoveó ni pareció molesto. La silla era magnífica y sumamente cómoda, lustrosa y tallada con gran arte. A los costados, y como práctico detalle, pendían unas alforjas de cuero labrado. Franco se volvió a su costado izquierdo para volver a admirar su última adquisición: una espada toledana, exquisitamente trabajada, brillante como plata nueva. El marqués se la había dado en una reciente entrevista.

- Ahora sólo tengo que aprender a usarla – Rió Franco. Nunca antes había tomado clases de esgrima.

Avanzó por el empedrado, algo nervioso. Al salir a la alameda, ya había perdido un poco del desconcierto que sintió cuando trepó a su caballo. Apretó las riendas en sus guantes de cuero negro y ajustó su sombrero emplumado. Comenzaba a animarse.

Habían transcurrido algunas semanas desde el baile. A la mañana siguiente de la fiesta, había despertado con un horrible dolor de cabeza y una sed quemante en la garganta. Afortunadamente, alguien dispuso una jarra de cristal con agua fría en su mesa. No tocó el desayuno que prepararon como siempre y se dispuso a salir a trabajar. Era el plazo que el propio marqués había dado para comenzar con sus labores, de modo que se apresuró a salir a la herrería.

Por fortuna, había varias cosas que hacer. Se ocupó toda la mañana en revisar herraduras, comprobar el estado de la fragua, de los yunques, preparar el metal para algunas lanzas de la guardia y ordenar los martillos de bola y de cuña. Se sintió cómodo junto al calor del acero. Nuevamente estaba en su medio, nuevamente ocupado. Allí era un pez en el agua, era el ambiente en el que se había desarrollado desde la infancia. Le informaron que dentro de unos pocos días, llegaría una cuadrilla de herreros que estarían a su cargo. Al principio, lo cohibió un poco el hecho de saber que hombres mayores que él – y naturalmente, con más experiencia – debían seguir sus órdenes. Sin embargo, pronto se convenció de que Luciano lo había instruido bien y se dispuso a cumplir con el cometido que el marqués le había dado.

En la casa de don Lázaro sólo se comentaba una cosa: habían encontrado muerto al conde de Bobadilla dentro de su propio carruaje, a un costado del Duomo. Se decía que su cochero había recibido órdenes de aguardar hasta que se le indicara otra cosa, pero se había dormido en el pescante. Finalmente, cuando amanecía, despertó; y se asomó a una ventana de la carroza. Allí encontró el cadáver ya rígido del conde, frío y con las manos crispadas alrededor de una finísima pistola. Llegaron los guardias y al poco rato, la noticia se había extendido por todo Milán. El último lugar donde se vio con vida a don Juan de Zúñiga y Salamanca, fue en una fiesta en casa del marqués De La Cañada.

Franco recordó los ojos minúsculos y lascivos de aquel hombre, prendidos de él durante la cena. No lo conocía mayormente, pero sospechaba que su partida no implicaba una pérdida digna de ser lamentada.

Durante varias semanas, Franco trabajó puntualmente en la herrería. El marqués le indicó que no extendiera sus labores más allá de las cinco de la tarde; de ese modo alcanzaría a prepararse para cenar con él y doña Isabella de Béjar. Cada vez que regresaba polvoriento y sudoroso a su habitación, después del trabajo, encontraba la tina de cobre rebosante de agua caliente y perfumada. Elegía alguna de las ropas de su armario y se dirigía hacia el comedor. Se sentaba en una mesa más pequeña que la que se dispuso el día del banquete; pero igual de espléndidamente servida. Cada noche, el marqués presidía la comida, ordenando que ofrecieran los más deliciosos platos para Franco. Isabella siempre estaba allí, radiante, hermosa. Incluso alegre. Apenas tocaba su copa y prácticamente no comía. Ninguno de ellos lo hacía. Seguramente preferían alimentarse en sus habitaciones, lejos de la mirada de los otros. Franco no comprendía bien, pero no pretendió ser impertinente, indagando sobre los hábitos de los nobles.

La conversación era variada. El marqués parecía muy interesado en conocer el origen de la familia de Franco, las características de su madre, las aldeas natales de sus abuelos. Isabella relataba anécdotas de antiguos bailes, de viajes, chismes de la corte. A veces le recomendaban libros o piezas teatrales.

- Deberías leer algunas traducciones de las obras de Shakespeare – Recomendaba la dama – Pocas veces he leído algo más delicioso. Dicen que provocaban el deleite de la reina.

Poco a poco, Franco se estaba sintiendo cómodo en aquella casa. Es cierto, le gustaba su trabajo en la herrería; pero rematar la jornada con una cena grata, en donde era tratado con exquisita cortesía, comenzaba a agradarle verdaderamente. Cada noche, se dirigía a su cuarto y sacaba alguno de los libros que habían recomendado para él. Se propuso leerlos todos.

Un sábado por la noche, mientras cenaba bajo la luz de los candelabros plateados, el marqués habló amablemente.

- Ha pasado mucho tiempo sin que veas a tu familia, Franco. Es bueno que visites a tu padre y talvez, a aquella damita que quieres desposar – Señaló, con amable acento – No es necesario que trabajes mañana. Tienes libertad para hacer lo que te plazca. Puedes usar tu caballo para salir, si así lo deseas.

Antes de partir, el marqués le entregó varias monedas de oro español. Era su salario por una semana de trabajo en la herrería. Se trataba de una fortuna para él. Pensó que era buena idea pasar por el Duomo y comprar un ramo de rosas rojas para Marietta, a algún comerciante de la piazza. Hacia allí se encaminó, cruzando con calma la Vía Mercanti.

Pasaba por noble: Un apuesto noble español, talvez hijo de un conde o de un duque, inclusive. Levantó la barbilla, con orgullo. Sabía que traía ropas elegantes y que la capa forrada en armiño caía graciosamente sobre su hombro. Sabía que el sombrero de espumoso penacho emplumado le sentaba maravillosamente y resaltaba sus facciones. Sabía que las personas que transitaban por aquellas calles empedradas, lo observaban fascinados, impactados por su increíble imagen. Aquello comenzaba a gustarle. Hasta hacía tan poco, era un muchacho que corría por esas mismas callejuelas, sin llamar la atención. Era invisible para ellos, e incluso para él mismo. ¿Acaso había sido antes conciente de que era capaz de causar revuelo entre un grupo de damas aristocráticas en un baile? Sonrió, mientras sostenía las riendas nuevas de su caballo y entraba majestuosamente en la plaza principal de Milán.

Esa mañana, Marietta estaba en la parroquia de Fray Torcuato, acompañada por Bianca. Desde que su hermana mayor se había casado, eran pocas las oportunidades en que podían salir juntas. Ese día, afortunadamente, estaba de visita; por lo que decidieron asistir a misa y charlar un rato con Ofelia y Fray Torcuato. Marietta extrañaba a Franco y Bianca pensó que un paseo talvez la animaría. Se habían sentado en una banca en el pequeño jardín junto al refectorio. Aprovechaban los últimos días antes de que comenzara a caer el frío en la ciudad.

En ese momento ocurrió. Sonó la pesada aldaba de la puerta principal de la casa parroquial y Ofelia se puso de pie para ir a ver quién era. Bianca y Marietta escucharon un grito de exclamación de la hermana del sacerdote y se apresuraron a correr hacia la entrada; más por curiosidad que precaución.

- ¡Santísima virgen María! – Gritó Bianca, arrojando al suelo un pequeño bordado que traía en una canasta que no había dejado en el jardín, por la prisa.

Allí estaba Franco. Más alto que nunca, más apuesto que nunca en su finísimo traje gris y negro, con capa, sombrero, espada y botas altas de jinete. El rostro radiante. Sostenía un ramo de rosas rojas en las manos enguantadas en exquisito cuero negro. ¿Dónde estaba el niño de la herrería? Bianca lanzó una carcajada. Hacía tiempo que ya no oficiaba de mensajera entre la pareja, de modo que no había visto a Franco en mucho tiempo. No sólo ya no tenía el aspecto imberbe de los diecisiete años, sino que ahora era un hombre deslumbrante.

Marietta sólo se llevó las manos a la boca y permaneció así por largo rato. Simplemente, no podía creerlo. Los ojos se le anegaron de lágrimas en un minuto. Franco tomó sus manos y puso las rosas entre ellas, sonriendo. En ese momento, entró Fray Torcuato.

- ¿Acaso es nuestro Franco? ¿Nuestro pequeño herrero? – El sacerdote alzaba los brazos, impresionado.

- ¿Pequeño? – Ofelia reía y palmeaba la cara de Franco – ¡Mira qué guapo se ha puesto y tan elegante!

Por cerca de una hora, Franco se sentó en el jardín de la parroquia, como cuando era niño; para relatar las maravillas de la casa del marqués, su trabajo en la herrería, el trato cortés que le prodigaban. Fray Torcuato lo escuchaba atento, pero con una expresión pensativa en su amplio rostro. No comentó nada de lo que el muchacho contaba entre ademanes entusiastas; y de vez en cuando, tomando la mano de la embelezada Marietta, para besar sus nudillos.

- Siempre te he dicho que debes tomar con templanza cada giro de tu vida, Franco – Señaló el sacerdote con suavidad.

- Lo estoy haciendo, Fray Torcuato. Me he propuesto trabajar duro para mejorar la vida de mi padre y ofrecerle a Marietta lo que se merece. – Le dio una mirada a la muchacha, que se ruborizó casi de inmediato.

- Mi padre pronto deberá recibirte, en ese caso – Indicó Bianca. Estaba muy animada. - ¿Por qué no salen a dar un paseo? El día está radiante. Deben aprovechar. Aún no es invierno.

Franco miró a Marietta, esperando una respuesta. Ella sonrió.

- Puedo decir en casa que te quedaste en la parroquia, ayudando a Ofelia. No será la primera vez – Agregó Bianca.

- ¿No será la primera vez que me ayude o que debas mentirle a tu padre para apoyar a estos enamorados? – Preguntó Ofelia.

- Dios me perdone por formar parte de esta pequeña farsa – Se santiguó Fray Torcuato. Todos rieron.

Minutos después, Franco caminaba con Marietta por la acera de la Via Orefice. Había dejado a su caballo en la parroquia.

Franco miró a Marietta de perfil. Siempre le había encantado la textura de durazno de la piel de sus mejillas, algo redondeadas; y los animados ojos verdes, bajo las pestañas rizadas. Le enloquecía su risa infantil de labios rojizos. Marietta traía el pelo recogido a ambos lados de la cabeza y luego, suelto y rizado, sobre los hombros. Estaba muy bonita.

- Hoy estás preciosa – Le dijo, sin dejar de caminar.

- Apenas vine con un vestido de casa para acompañar a Bianca – Marietta reía - Pero tú… ¡Mírate! Sólo un par de semanas de ausencia y ya vuelves convertido en un príncipe. He leído tus cartas y entendí que estabas cómodo en casa del marqués, pero jamás pensé a qué punto.

- Es un buen hombre. Y justo, además. – Concluyó Franco - ¿Viste ese caballo en el que vine? Me lo regaló hace una semana. Es primera vez que lo monto.

- Es hermoso. ¿Ya le pusiste nombre?

- Pensaba que me ayudarías.

Marietta lo llamó “Amadís”. El nombre de un príncipe encantado. El primer libro que Franco había podido leer.

Cruzaban lentamente la larga avenida que rodeaba el Castello Sforzesco. Frente a la puerta, se alzaba la hermosa Torre de Filarete. Allí se detuvieron. Franco la empujó suavemente hacia el muro y la besó largamente. Uno de los guardias de la entrada los miró de reojo, sonriendo levemente.

- ¡Déjame respirar! – Protestó ella, alegre

- ¿Me extrañaste? – Preguntó él, sujetando su barbilla con los dedos enguantados. – Yo pensé en ti todos los días.

- Mentiroso. Debiste ver damas hermosas en aquella casa – Bromeó Marietta, fingiendo abofetearlo. - ¿Al marqués no lo visitan mujeres bonitas?

- No me he dado cuenta. He estado ocupado en la herrería – Mintió Franco.

- ¿El marqués no tiene esposa, prometida, sobrinas? – Quiso saber Marietta, ahora con curiosidad.

Franco se apartó suavemente de ella. No podía hablarle de Néfer. El sólo hecho de recordarla, le daba la impresión de cometer una infidelidad. Por eso no había mencionado nada sobre ella. Nada sobre la escena de la tina. Nada sobre el baile. No podía hablarle de aquel sueño malsano que le afectó la primera noche en la casa del marqués.

- ¡Franco Di Tasso! – Exclamó una voz femenina de acento español, a sus espaldas. Ambos voltearon.

Sobre su yegua blanca, espléndidamente ataviada de amazona color púrpura, endemoniadamente bella y altiva, Néfer parecía sumamente complacida del casual encuentro. Sobre la cabeza, un exquisito sombrero de terciopelo morado caía sobre un costado de su frente. Exótico plumaje tornasolado se sacudía suavemente con cada uno de los sutiles movimientos de su cuello. Traía un escote sumamente atrevido, rodeado de encaje blanco y espumoso.

- No pensé encontrarte por aquí. ¿Esta hermosa dama es tu prometida? – Preguntó, dulcificando su voz.

Franco tragó saliva. Tardó en recuperarse de la impresión de encontrar a Néfer tan repentinamente. Instintivamente, aferró la mano de Marietta.

- Marietta… - Comenzó a explicarle a la muchacha – Doña Isabella de Béjar y Grajales, ella es…

- Sobrina de don Lázaro de la Cañada – Interrumpió Néfer – Franco vive ahora en nuestra casa y se ha adaptado admirablemente.

Marietta cogió el borde de su falda y saludó con una respetuosa reverencia.

- Os saludo, señora – Dijo, suavemente.

- ¡Qué encantadora, Franco! Y tan bonita… De verdad tienes buen gusto – Néfer le guiñó uno de sus ojos oscuros – Por supuesto, debes invitarla al próximo baile al que asistas en nuestra casa. Qué lástima que ella no estuvo contigo en el de la semana pasada. Habría adornado el gran salón con su belleza.

La yegua alzó las patas delanteras y Néfer se despidió fugazmente, antes de que el animal partiera al galope hacia la Vía Dante.

Franco bajó la vista, algo consternado. No esperaba esa interrupción y menos, que Néfer aportara tanta información que él había preferido omitir. Se volvió para mirar a Marietta, como esperando una reacción de su parte, un comentario, un reproche. Ella se quedó observando a la dama, alejándose.

- Qué hermosa es – Murmuró Marietta – Y vive contigo.

Franco lanzó una nerviosa carcajada. Hizo ademán de coger una de sus manos, pero desistió. Cruzó los brazos.

- ¡Claro que no! No vivimos juntos, Marietta.

- Están en la misma casa, ¿No? – Discutió ella, algo desafiante.

- No imaginas el tamaño de la casa del marqués. – Franco se había puesto serio, de pronto – No hay muchas posibilidades de encontrarnos.

- Sin embargo estuvieron juntos en un baile, ¿No es así? – Ella tenía ahora un gesto molesto.

- ¿Por qué tenemos que hablar sobre ella? – Replicó Franco, alzando un poco la voz. Quería parecer irritado, pero se sentía inquieto; casi culpable.

- Está bien. No tenemos que hablar de esa bella dama que vive en la misma casa que tú – Franco abrió la boca para replicar, pero ella alzó la voz – ¡Entonces háblame de ese baile al que fuiste!. No lo mencionaste en tus cartas. Por lo que veo, no todo ha sido el trabajo de la herrería.

Franco se quedó perplejo ante la reacción de Marietta. No tenía excusa. De verdad no le había contado nada sobre el baile. Era como si tratara de evitar cualquier tema que se relacionara tangencialmente con Néfer, sin tener claro por qué.

- En ese baile me embriagué. Me retiré a mi habitación antes de medianoche. – Explicó Franco.

Marietta comenzó a caminar apresuradamente por la acera. Franco tuvo que dar pasos largos para alcanzarla. Se ubicó frente a ella y la sujetó por los hombros, suavemente.

- Nos vemos tan poco, Marietta, ¿Vamos a discutir por una dama que apenas conozco? No tengo la culpa de que ella viva en aquella casa y que se organizara un baile – Los ojos grises de Franco parecían ahora suplicantes - ¿Podía negarme? Habría sido descortés.

Marietta lanzó un suspiro. Cerró los ojos.

- No estoy molesta porque fuiste a ese baile, Franco – Alzó la vista y lo miró – Estoy molesta porque no me lo dijiste. Y si no lo hiciste, hubo una razón.

- Me embriagué. Me avergonzó que lo supieras – Se apresuró a explicar Franco. – El marqués ofreció un extraño vino con burbujas. No supe medirme.

Marietta clavó sus ojos verdes en el gris de las pupilas de Franco. Él tomó uno de sus rizos color bronce y lo enredó en sus dedos.

- Soy un estúpido. – Concluyó él.

Ella lo abrazó, repentinamente.

- La estúpida soy yo – Dijo Marietta, hundiendo la cara en la tela gris bordada del traje de Franco. Él respondió su abrazo. – Por favor, no vuelvas a ocultarme nada. Te extrañé tanto y me asalta este miedo de que ahora estés rodeado de tanto lujo y mujeres hermosas…

Marietta soltó una carcajada. Puso ambas manos en su cara. Tenía los ojos al borde del llanto.

- ¡No puedo creer lo apuesto que estás! – Confesó ella, enjugando una lágrima.

- Ahora puedes caminar conmigo, sin avergonzarte. – Indicó Franco, alegremente – Ya no le dirán a tu padre que te vieron hablando con un sucio aprendiz de herrero.

- Nunca me importó – Sentenció Marietta, seriamente. Él volvió a besarla.

Caminaron rumbo hacia la Porta Vittoria, cerca de la casa de Cavalieri. Por pudor, frente a los transeúntes, ella sólo se sostenía de su brazo; pero de vez en cuando, Franco levantaba la mano de Marietta y besaba sus dedos.

- Qué hermoso vestido el de aquella dama – Comentó Marietta. – Y el sombrero… ¡Qué elegancia!

- ¿No quedamos en no hablar sobre ella? – Preguntó Franco, suavemente, sin dejar de mirar al frente.

- No hablo sobre ella, sino de su ropa – Lanzó una risa – Si me invitan a alguno de sus bailes, me pondrán en un aprieto. ¿Qué vestidos usaré? No quiero parecer una provinciana al lado de todas aquellas damas tan finas.

- Eres más bonita que cualquiera de ellas. Además, todas son unas coquetas. – Sentenció Franco.

- Apuesto a que todas coquetearon contigo, ¿Verdad? – Puntualizó Marietta, con un guiño malicioso.

Se acercaban a la casa de Antonio Cavalieri.

- No es conveniente que te vean conmigo – Señaló Franco, sosteniendo entre sus manos el rostro de Marietta y besándola una vez más – Un simple traje no hará a tu padre cambiar de opinión. Prefiero acercarme cuando tenga algo más concreto.

Marietta aferró sus manos, aún prendidas de sus mejillas; y se volvió para besarlas. Le daba el sol directo a la cara. Sus ojos adquirían, con la luz, un tono verde amarillento.

- ¿Cuándo te veré de nuevo? – Preguntó ella, con un hilo de voz.

- Es difícil saberlo, amor. Depende de lo que el marqués disponga. – La estrechó. La cabeza de Marietta calzaba justo debajo de su barbilla, en el hueco de su garganta. Siempre debía ponerse de puntillas y él, inclinarse, para besarla.

- Voy a trabajar con empeño – Indicó él, con convicción. Estaba convencido de que su esfuerzo en la herrería le concedería más ocasiones para verla.

Marietta le quitó uno de sus guantes de cuero negro. Aún tenía los dedos ásperos por el trabajo en la fragua. Acarició sus palmas lastimadas y luego puso un beso en ellas. Él cerró los ojos, sonriendo. Enseguida, Marietta tomó la pequeña daga que colgaba del cinturón de Franco y cercenó unos cuantos centímetros de uno de sus rizos de cobre. Puso los cabellos dentro de la mano del muchacho y la cerró.

- Guárdalos – Le dijo.

Se alejó, volteando de vez en cuando. Los últimos metros los recorrió brincando hacia la puerta. Franco olió el pequeño manojo de cabellos que aún tenía en su mano y los guardó en la pequeña alforja de cuero que pendía de su cinto. Se alejó lentamente hacia la iglesia, para buscar su caballo y marchar a casa de su padre.



La tarde estaba calurosa, a pesar de que el otoño se acercaba. Luciano tenía la espalda brillante de sudor, mientras trabajaba en la fragua. Tenía una magnífica encomienda: una armadura como regalo de cumpleaños para el hijo de un miembro de la familia Borromeo, una de las más insignes de Milán. Con ese dinero pensaba comprar algunos animales y llenar sus despensas para el invierno. Naturalmente, si Franco estuviese con él terminaría el trabajo mucho antes. Cada día extrañaba más a su muchacho. Incluso, una noche se sentó sobre la piel de oveja de la cama vacía de su hijo y dejó que las lágrimas resbalaran por su rostro ancho y curtido. Jamás habría admitido que lo hizo, pero sintió alivio luego de hacerlo.

Era la hora de comer. Se dirigió a la cocina, luego de lavarse las manos en un pequeño balde de madera. Puso leche a hervir y cortó pan para acompañar el queso de cabra y un cuenco de nueces que Ofelia le había dado luego de la misa. Se sentó a esperar, junto al fuego. En ese momento escuchó ruidos en la entrada del taller: pasos que se aproximaban.

-¿Quién anda ahí? – Gritó de pronto, incorporándose.

Avanzó hacia el patio. Se paró al final del corredor. Junto al almendro, había un hombre alto y joven. Un noble, elegantemente vestido. Luciano pensó que talvez se trataba de un miembro de la familia Borromeo que venía a supervisar la fabricación de la armadura. Avanzó unos pasos, respetuosamente.

- Señor, vuestro pedido está en marcha. Estaba, justamente trabajando en las hombreras – Anunció. Traía un paño con el que se secaba las manos.

El hombre se volvió de pronto. Luciano soltó el paño que traía.

- Padre… - Dijo Franco, sonriendo.

Luciano se quedó clavado en su lugar, mientras su hijo avanzaba hacia él, de golpe. Lo abrazó. Hacía cerca de dos semanas que no lo veía y estuvo a punto de no reconocerlo. El herrero aferró la espalda del muchacho, dudando si debía tocar esa tela preciosa, temiendo impregnarlo con el aroma a sudor que emanaba de su ropa de trabajo. Pero a Franco parecía no importarle. Lo estrechó. Luciano lo apartó un poco, para examinarle la cara, el cabello lustroso bajo ese sombrero de moda. Era su niño, era su muchacho, guapo como un noble, maravillosamente ataviado. El herrero no dijo palabra alguna, sólo volvió a abrazarlo con fuerza. En la cocina, la espuma de la leche caía sobre el fuego.

Se sentaron a la mesa. Luciano estaba alegre, exultante. Le ofreció el mismo tazón de madera donde bebió leche hervida desde que era niño. El mismo pan, el queso, el tocino salado, las nueces de aquella mañana. Franco comió dichoso. Había comenzado a habituarse a faisanes asados y salsas exóticas, pero aquella simple comida en la mesa de su padre tenía un sabor que parecía llenarle el corazón. Charlaron como nunca antes. Franco relató cuanto pudo sobre el marqués, su casa, sus empleados, su magnífica habitación, la gran herrería a su cargo. Bromearon. Recordaron viejas anécdotas de infancia. Llegó el ocaso y continuaron riendo a la luz de las velas. Luciano puso ahora en la lumbre, la cena compartida: un poco de lentejas sazonadas y cordero asado con romero. De la alacena, una botella que parecía guardar para ocasiones especiales.: un vino más costoso, que ameritaba el reencuentro.

Franco le habló sobre Néfer. No le narró nada, por supuesto, sobre el bosque ni los extraños sucesos del día de los fuegos artificiales, en el baile de máscaras. Le contó sobre su extraordinaria belleza, su carácter indómito, su aire desenfadado, la forma en la que le hablaba.

- Ten cuidado, hijo. Esas mujeres son peligrosas – Advirtió Luciano, llenando el vaso de Franco.

- Ella no me interesa, padre. – El muchacho sonreía – Sabes bien que estoy enamorado de Marietta, desde hace mucho.

- Si no te interesara, no me habrías contado todo aquello. Vives en la misma casa, la ves a menudo. ¿Qué harás cuando ella te aborde? – Preguntó el herrero, sorbiendo ruidosamente una cucharada de sopa.

- ¿A qué te refieres?

- Franco, puede que yo sea un herrero ignorante, pero creo no ser un idiota. – Luciano lo apuntaba con una cuchara – Las mujeres nobles son unas caprichosas. No cejan hasta que consiguen lo que quieren. Me has descrito a esa dama como una niña mimada en esa casa, como la joyita del palacio del marqués. Llegaste a trabajar como sirviente en la propiedad y mírate, arreglado como un príncipe apuesto. Ya eres un hombre, Franco. Deberías darte cuenta de ciertas cosas. Acabarás en su cama, tarde o temprano.

Franco abrió los ojos. Su padre jamás le habló de ese modo antes. Lanzó una sonora carcajada. ¿Luciano estaría bromeando?

- Pero… no es posible - Replicó el joven, incrédulo.

- Hijo, sólo te digo que tengas cuidado. No creo que al marqués le parezca bien que el herrero de su casa termine siendo el amante de su sobrina, ¿Dijiste que era sobrina, verdad? Puedes acordarte de mí cuando ella te entregue las llaves de su alcoba o se presente en la tuya. Y espero, por tu bien, que ese hecho no se sepa.

Franco recordó a Néfer con la boca y la nariz pegadas sobre su pecho húmedo, donde ella acababa de esparcir ungüento perfumado; su aliento tibio, el leve roce del cabello oscuro, en su piel. El terrible esfuerzo de aferrarla de los hombros y apartarla, para no arrojarla sobre la cama. Bebió un lento y silencioso sorbo de vino, mientras pensaba.

- Estoy enamorado de Marietta. – Dijo, suavemente.

- Veremos si te acuerdas de eso cuando la tentación esté delante – Sentenció Luciano, mientras se incorporaba para recoger los platos.

El herrero volvió a la mesa. Comenzó a contarle a Franco sobre la magnífica armadura que hacía para los Borromeo. Le habló sobre los diseños, el material, el proceso, los pagos. Le contó sobre mil labores rutinarias que Franco conocía al dedillo. Se notaba que Luciano estaba feliz de tener nuevamente a su hijo en su mesa, por eso se había vuelto tan comunicativo. El joven sonreía, le gustaba esa nueva faceta de su padre.

- ¿Vas a quedarte esta noche? – Preguntó Luciano, mientras buscaba otra botella, una vez que la anterior se acabó.

- No puedo. No le dije al marqués que planeaba quedarme. – Se disculpó Franco – Además, mañana llegará la cuadrilla de herreros que estará a mi cargo.

- ¿A tu cargo? – Luciano sonreía. Estaba orgulloso del rápido ascenso de su hijo.

- Te lo dije, pero no escuchas – Franco volvió a lanzar una carcajada – Te dije que sería el herrero principal y eso implica subalternos.

De pronto recordó uno de los motivos fundamentales de su visita y buscó en su alforja de cuero. Extrajo la bolsa que tintineaba con sonidos metálicos. La agitó unos segundos, riendo y enseguida se la arrojó a su padre. Luciano la miró, desconcertado.

- ¿Qué es esto? – Preguntó el herrero, mientras abría la pequeña bolsa. Lanzó un grito cuando vio las monedas de oro reluciente - ¡Diez, veinte… treinta…! ¡Franco!

- El primer salario, por una semana en la herrería del marqués De la Cañada – Franco se inclinó en la mesa, con actitud altiva.

- ¿Y tanto?

Luciano recordó que le pagarían una cifra similar por la fabricación de la armadura. ¿Y Franco recibía un salario en oro español, apenas por una semana en la herrería privada de la casa de un noble? Esbozó una sonrisa de orgullo por el éxito de su hijo. Parecía mentira que todo aquello se desatara en tan poco tiempo. Alargó la mano para devolver la bolsa a Franco, pero el muchacho la rechazó.

- Es tuyo – Indicó el joven – Lo gané para ti

- Pero fue tu trabajo, hijo. – Protestó Luciano – Seguramente querrás usarlo.

- No tengo motivos para gastarlo. En la casa del marqués son demasiado generosos. Quiero que lo tengas, padre, por favor.

Luciano sopesó nuevamente la bolsa y la guardó en uno de los cajones de la alacena. Se volvió hacia el muchacho.

- Debes pensar en ahorrar para ofrecerle un hogar a la hija de Cavalieri – Sentenció el herrero, con suavidad.

Franco levantó la vista, sorprendido. Era la primera vez que su padre parecía apoyar su relación con Marietta. Recordó las incontables discusiones en donde el herrero pretendía disuadirlo de su idea de cortejarla.

- Muy pronto haré una visita a la casa del mercader de telas – Rió Franco. – Cuando mi padre tenga la más lujosa herrería de todo Milán y yo esté en condiciones de comprar una casa para vivir con mi esposa.




Esa tarde, Marietta regresó alegre a su casa. Bianca había mentido por ella – una vez más – y nuevamente su versión de los hechos fue aprobada por la familia. Entró, cantando, por los corredores relucientes que rodeaban el jardín interior de la casa. No había nadie a la vista. Se topó con la vieja cocinera.

- ¿Has visto a mi padre, Livia? – Preguntó Marietta

- En la bodega de telas, señorita.

Marietta entró en el taller de su padre. Los metros de tela se encontraban dispuestos por doquier sobre anaqueles y encima de largos mesones, para que los clientes examinaran. Avanzó por uno de los pasillos multicolores, tapizados de estampados y se topó de frente con doña Isabella de Béjar y Grajales. La sorpresa fue evidente en el rostro de Marietta; sin embargo, la dama conservó la calma. Sonrió suavemente.

- Señorita Marietta, naturalmente. Sois la hija de don Antonio Cavalieri… - Los ojos oscuros de Néfer tenían un brillo irreal, perturbador.

- Señora… - Marietta nuevamente la saludó con una breve reverencia, bajando los ojos – Habéis venido a ver las telas de mi padre, por supuesto.

- Así es. Y qué coincidencia haberos encontrado en la calle, primero, cuando estabais con Franco; y ahora, en casa de mi proveedor de terciopelo veneciano. – Néfer reía.

Marietta sintió, de pronto, terror. Aquella dama la había visto con Franco, seguramente mientras se besaban junto al muro del Castello Sforzesco. ¿Qué pasaba si por casualidad se lo mencionaba a su padre? En ese momento, Antonio Cavalieri apareció en la sala, trayendo un pesado rodillo de terciopelo rojo italiano. Se sorprendió de ver a su hija en compañía de tan elevada clienta.

- Doña Isabella, os traigo el mejor terciopelo que podríais encontrar en todo Milán, os lo aseguro – Anunció Cavalieri, estirando la magnífica tela sobre el mesón – Veo que hablabais con la menor de mis hijas.

Néfer comenzó a palpar el borde del terciopelo. Luego habló con un tono casi indiferente.

- Nos conocimos con vuestra hija, hace un rato. Tuve la oportunidad de verla bajo la Torre de Filarete.

Marietta palideció.

- ¿Y qué hacías en el Castello Sforzesco, niña? – Preguntó Cavalieri, intrigado, dirigiéndose a su hija. Marietta, lívida, había comenzado a tartamudear, cuando Néfer la interrumpió.

- Vuestra hija caminaba por la acera, don Antonio. Yo iba cabalgando y la señorita Marietta tuvo la gentileza de indicarme el camino a vuestra casa. – Néfer sonreía ahora, arrebatadoramente.– Tenéis una hija encantadora y muy amable, señor.

- Su madre la ha educado bien, señora – Presumió el mercader.

Un minuto después, Antonio Cavalieri volvió a las bodegas interiores. Doña Isabella había pedido ahora una muestra de las sedas chinas más delicadas que pudiese guardar en sus estantes.

Néfer comenzó a revisar otras telas en los mesones, sin prestar atención a la hija del mercader.

- Señora… - Comenzó Marietta, tímidamente – Os agradezco que no mencionarais a Franco. La verdad es que…

- No es necesario que me expliquéis nada. Puedo darme cuenta de que lleváis una relación furtiva con Franco. – Néfer sonreía ahora – Vuestro secreto está a salvo conmigo. Podéis confiar en mí

Marietta se llevó las manos a la cara. De pronto se había ruborizado.

- Vos no os imagináis lo difícil que es esto – Susurró Marietta.

- Puedo hacerlo. Pero decidme. ¿Lleváis mucho tiempo en esta situación? – Inquirió Néfer

- Dos años, señora. – Marietta se sentía en confianza y quería hablar de su historia con Franco, como si de pronto necesitara un desahogo inmediato – Nos encontramos en el jardín de la iglesia o en las afueras de la ciudad, en el bosque. No penséis mal, estamos enamorados y queremos casarnos. Pero mi padre… Oh, podéis imaginarlo.

- Lo entiendo perfectamente – Asintió Néfer.

Marietta acompañó a doña Isabella de Béjar a la entrada. Su magnífica yegua blanca esperaba, impaciente, junto a un abrevadero.

- Vuestra historia de amor me parece encantadora, os lo aseguro – Señaló Néfer, mientras se ponía los guantes de amazona y cogía la fusta. – Insisto, Franco debería llevaros un día a alguna de las fiestas en la casa del marqués De la Cañada. Sois muy hermosa y hacéis una maravillosa pareja con nuestro querido herrero.

Marietta se quedó de pie, junto a la puerta, mientras la dama partía al galope por la calle.



Franco estaba algo mareado. Faltaba menos de una hora para que diera la medianoche, cuando dejó la casa de su padre. Habían olvidado el tiempo, charlando y disfrutando del reencuentro, mientras vaciaban algunas botellas de vino y cenaban un poco de cordero recalentado. Cruzó el Duomo, silbando. Estaba alegre. El día fue fantástico. Había visto a Marietta, a su padre, tuvo una velada muy agradable… ¿Acaso podría repetirlo cada domingo?

Al final de la calle, podía distinguirse la plaza que antecedía al palacio del marqués. Un lacayo, con una antorcha en la mano, se apresuró a abrir la verja de hierro barroco. Entró, ufano y complacido, rumbo a los establos. Poco después, subía las extensas escaleras que daban al pasillo de su habitación. Trataba de no hacer ruido, pisando con cuidado sobre las alfombras y el pulido piso de madera que cubría los extensos corredores. Rozó un busto romano que descansaba sobre un pedestal, y debió reaccionar rápidamente para atraparlo, antes de que se despedazara en el suelo. En la penumbra, volvió a ubicar el objeto en su lugar, suspirando aliviado. Continuó su viaje hacia su recámara. Faltaban pocos metros.

- Tu novia es muy dulce.

La voz sonó a sus espaldas. Estaba parado junto a un amplio ventanal, por donde entraba luz de luna. Era Néfer. Llevaba un delgadísimo traje largo, un camisón etéreo de una tela translúcida que le ceñía las curvas con su delicada caída. Traía el cabello suelto: una cascada azabache de ondas espesas. Franco bajó los ojos.

- Lo es – Asintió. Enseguida volteó para continuar hacia su habitación.

Abrió la puerta y la cerró tras de sí. Encendió algunas velas de los candelabros. La recámara se iluminó de pronto. Tenía la intención de leer un poco antes de dormir. En la mesa de noche, descansaba un volumen que la propia Néfer le había recomendado. Se quitó el jubón y había comenzado a despojarse de su camisa, cuando se sobresaltó. En medio de la habitación, Néfer lo observaba, serena, sonriente. Traía algo oscuro en la mano. Franco la miró, perplejo, con la camisa abierta, sin atreverse a terminar de quitársela o hablarle.

- Te he traído algo de Shakespeare: Macbeth – Dijo ella, avanzando hacia la mesa de noche. La delgada bata que traía dejaba descubiertos los brazos. Eran exquisitamente redondos. Enseguida tomó el libro que descansaba sobre la mesa de noche y leyó la primera página - ¡Plutarco! Veo que sigues mis sugerencias.

Volteó hacia él. Ahora estaba completamente iluminada. Franco abrió los ojos y la boca, aturdido. La tela de la prenda era tan fina y tan ceñida, que podía adivinarse con exactitud cada contorno de la piel, cada color oculto: la suave curva de las caderas, la hendidura breve del ombligo, el contorno turgente de sus pechos, la tenue y erguida oscuridad en la punta de los senos. Franco apartó la vista, abrumado. Le dio la espalda. Cerró los ojos y trató de controlar los repentinos latidos de su corazón, el sudor en su espalda, la alerta que le provocaba el despertar de sus propio cuerpo.

- Mañana debo trabajar en la herrería. – Dijo él, mirándola de lado. – Os ruego que salgáis.

- Por supuesto – Respondió ella, dejando rápidamente cada libro en la mesa.

Caminó con elegante ademán hacia la puerta. Franco se apresuró a abrirla. Ella volteó una vez más.

- Admiro la fuerza que tu novia y tú han tenido durante estos años, para mantener oculta su relación – Señaló Néfer. – Sinceramente, espero que todo salga bien para ustedes.

Franco no respondió. Con la vista baja, para no mirar el cuerpo de la dama bajo la demoníaca translucidez de su ropa, asintió con la cabeza.

- Buenas noches.

La puerta se cerró suavemente. Néfer volteó y comenzó a caminar lentamente sobre las alfombras del corredor.

- Veremos si sueñas hoy con tu querida Marietta – Murmuró, sonriendo.

jueves 8 de enero de 2009

X LA CITA DEL CONDE DE BOBADILLA

CAPÍTULO X
(En donde se cuenta algunos interesantes sucesos acaecidos al final del banquete del marqués De la Cañada)

- Fuiste tú, Néfer. No lo niegues. – Acusó el marqués, apoyado en su sitial favorito, mientras sostenía una nota que acababa de entregarle un lacayo que salió apresuradamente del salón.

Ella guardó silencio unos segundos, tratando de desviar la mirada.

- Sabes bien que nada consigo ocultándote algo. De todas formas lo verías en mi mente. – Admitió ella. – Además, se lo merecía. Y también conocías mis intenciones de hacerlo, desde hace mucho tiempo.

El marqués se puso de pie y caminó hacia la amplia ventana. Afuera, Una multitud de jardineros se esforzaba por mantener su paraíso vegetal. Daban cerca de las doce del día siguiente al baile. A pesar de la noche agitada, Néfer parecía tan fresca como si acabase de despertar de un sueño largo y reparador. Traía un vestido ligero de casa.

- ¿¿Era necesario que ocurriera ahora, cuando el hombre acababa de salir de mi casa?? – Increpó Lázaro, abiertamente molesto.



Medianoche anterior. Dos lacayos llevaban a Franco sujeto de los brazos, mientras él reía y repetía frases incomprensibles. Detrás de ellos, silenciosa, Néfer avanzaba, supervisándolos. Entraron a la habitación. La dama encendió un candelabro. Los sirvientes recostaron a Franco sobre la cama y le quitaron las botas, tal como su ama había indicado. Posteriormente, se retiraron discretamente.

Néfer se acercó al lecho y cubrió a Franco con la colcha. Él tosió, dormido, alternando frases balbuceadas. Ella se sentó junto a él y alargó la mano para apartar mechones de cabello que cubrían la cara del muchacho. Al contacto de los dedos, Franco sonrió, sin abrir los ojos.

- Marietta… - Murmuró.

La dama se incorporó de un salto. Avanzó hacia la puerta y salió sin hacer ruido.

La fiesta estaba en su apogeo. Varios caballeros se habían embriagado y perseguían a las damas e incluso a las mucamas. Sobre una mesa, una torre de copas era repentinamente bañada por una cascada de vino dorado que un conde completamente borracho derramaba entre risotadas, rodeado de nobles. Sobre un diván, una dama había descubierto sus pechos y los untaba en un licor ambarino. Dos jóvenes se apresuraban a beberlo directamente de la piel. Un grupo de mujeres se besaba ansiosamente, alternando bebidas y cerezas entre las caricias. Los músicos continuaban tocando sus instrumentos, infatigablemente. Algunas parejas aún bailaban, varios de ellos, ya ligeros de ropa. Continuaban llegando manjares, licores, enormes recipientes cristalinos rebosantes de líquidos desconocidos. Las parejas correteaban por el amplio salón, perdiéndose por las escaleras, entre los cortinajes y en las habitaciones. Por doquier se escuchaban gritos, carcajadas, gemidos.

En un sitial mullido, un marqués de rostro impávido observaba la escena. Un lacayo se acercó para ofrecerle una copa, pero él la rechazó con un suave gesto. Su casa era el centro de los placeres en Milán. Allí reunía a lo más granado y exquisito de la decadente nobleza española. A los más depravados, obscenos y hambrientos magnates del imperio. Leía sus pensamientos, uno por uno, sin demostrar un sólo gesto de sorpresa o asco. Apenas, una sonrisa leve en la comisura de sus pálidos labios. En sus ojos violeta se reflejaban las escenas orgiásticas que se habían desatado en su propio salón, sin que él hiciese nada para detenerlas o para formar parte.

Sobre la alfombra persa interminable, las pequeñas chinelas venecianas de Néfer no hacían ruido alguno. Caminaba resuelta, tranquila, entre las columnas y los extensos salones, para regresar a la fiesta. Había dejado a Franco dormido en su cuarto y tenía mucho que hacer. En su paso hacia el gran salón, pudo divisar a algunas parejas furtivas, en el frenesí amoroso: en rincones oscuros, de pie contra el muro; sobre divanes, en la privacidad de un balcón; o a media luz, en habitaciones afortunadamente abiertas. Nada de aquello le impresionaba. Nada de aquello la asustaba. Toda esa humanidad ansiosa por los placeres de la carne, no eran más que comida fresca para sus sentidos, fáciles presas para llenar su cuerpo y sus fibras. Un hombre la abordó mientras cruzaba uno de los últimos corredores. Era apuesto y estaba ebrio. Habría sido fácil y placentero. Sin embargo Néfer tenía otros planes aquella noche, de modo que lo apartó con la mano y continuó avanzando.

Faltaba poco para llegar al salón del banquete. Néfer se detuvo y cerró los párpados. Entreabrió los labios, respirando suavemente. Lentamente y como una anémona, extendió sus armas alrededor, sus fibras, su instinto. Abrió los ojos de golpe. Lo tenía. Estaba en el jardín, lejos del salón, lejos de la mirada omnipotente de Lázaro. No sería difícil.

Entre los arbustos esculpidos y las fuentes, en medio de la oscuridad, Néfer pudo ver a otros invitados en las mismas diversiones que en el salón. Avanzó lentamente hasta una pequeña pérgola rodeada de bancas de mármol y rosales. En el centro, un hombre grueso bebía de una botella, entre carcajadas. Estaba rodeado por varios nobles que parecían divertirse. Era don Juan de Zúñiga y Salamanca, el conde de Bobadilla. Pugnaba por mantener sobre sus rodillas a un muchacho, un lacayo de unos quince años, aterrado, que suplicaba permiso para retirarse. El conde sostenía la cara del niño, obligándolo a beber. Enseguida, siempre aferrando su rostro, lo besaba, inoculando una lengua resbalosa como un molusco dentro de la boca del lacayo.

- Excelencia, os he buscado por toda la fiesta – Pronunció Néfer.

Se hizo un silencio. El muchacho aprovechó la distracción y se alejó a toda prisa.

- Doña Isabella… - Balbuceó el conde. Estaba ebrio, naturalmente, y consternado. No esperaba ver a la dama en esas circunstancias. Se puso de pie, arreglando su ropa y su cabello. Se apresuró a cerrar su camisa y ajustar sus pantalones. Con toda la dignidad que era posible conseguir, luego de semejante escena, se puso de pie y avanzó hacia ella.

- Veo que vuestra esposa, doña Inés, ya no está con vos – Comentó Néfer, caminando con él por una avenida de arbustos geométricos.

- No, doña Isabella, ella no disfruta de las fiestas. – El conde carraspeó, dejando salir un nauseabundo halo de alcohol - Es una mujer de su hogar, de modo que se marchó hace un rato.

- Naturalmente. Es tímida, además, tal como el señor Franco Di Tasso, a quien conocisteis en la fiesta. Lo recordáis, ¿verdad?

El conde pareció animarse de pronto. Abrió los ojos y sonrió.

- Oh, el señor Di Tasso, claro, cómo olvidarlo. Vuestro acompañante, sí – Reía bajo sus bigotes engomados – Por cierto, muy pronto desapareció de la fiesta.

- Es un joven muy apuesto, imagino que estáis de acuerdo. – Agregó Néfer, con un dejo de malicia en su voz.

- Ciertamente, así es. Un hermoso muchacho, en verdad.

Ambos rieron. El conde le ofreció el brazo y ella aceptó. Caminaron unos metros más.

- Le habéis causado una excelente impresión a Franco, excelencia. Extremadamente buena.

Se detuvieron. Por unos segundos, se miraron fijamente a los ojos. El conde estaba ahora serio, atento.

- Queréis decir que… ¿Es posible? – Preguntó él, ilusionado.

- Señor, el joven es tímido. Jamás ha hecho un trato semejante con hombre alguno. – Explicó Néfer en voz baja y con mucha convicción – Pero vos, con vuestro porte majestuoso y vuestra elegancia, habéis impresionado al señor Di Tasso. Naturalmente, no se atrevería a salir con vos de esta casa. Alguien podría verlos. Pero estaría dispuesto a reunirse con vuestra excelencia, en vuestro carruaje dentro de una hora, en el Duomo, a un costado de la catedral. ¿Estáis de acuerdo?

El conde sonreía, triunfante. La perspectiva de que un hombre joven de las características de Franco se entregara tan fácilmente, le parecía un exquisito bocado. De hecho, desde que vio a aquel muchacho al lado de doña Isabella, no pudo dejar de pensar en el modo de abordarlo.

- Debéis salir discretamente. Despedíos de vuestros amigos, pero no del marqués. Está ocupado en estos momentos y no desea ser molestado. – Indicó Néfer. El conde sólo asentía con la cabeza – Anunciad a todos cuantos podáis que os marcháis a vuestra casa. El señor Di Tasso desea la mayor discreción posible, imagino que comprendéis. De modo que no comentéis con nadie la naturaleza del encuentro que vais a tener dentro de una hora. Ni siquiera a vuestro cochero.

El conde aceptó todas las condiciones que aparentemente establecía Franco. Estaba exultante, frenético. Rápidamente se preparó para su partida. Se despidió de sus conocidos y abordó su carruaje. No dejaba de ser sorprendente que una dama de la alcurnia de doña Isabella de Béjar se prestara para esta clase de transacciones. Sin embargo, don Juan de Zúñiga y Bobadilla le agradecía su intercesión.

- ¡Al Duomo! – Ordenó a su cochero, el que dio un rápido latigazo a los caballos.

Maravilloso. Había observado al muchacho durante toda la fiesta y en la cena. Era encantador, viril. En todos aquellos años, nunca tuvo ocasión de ver a un joven de tan impresionante estampa. Y faltaba poco para que lo tuviese. Afortunada noche, en verdad. En cualquier momento, aquel hombre, hermoso como un demonio, tocaría la puerta de su carroza y entraría en ella. La idea lo ponía en un estado febril exquisito.

Aferró la empuñadura de su arma, una espléndida pistola de Ripoll. Si bien, estaba dentro de su propio carruaje, no podía descuidarse. Malhechores podrían acercarse a esas horas de la noche, aunque estuviesen inmóviles a un costado de la catedral. No debía correr riesgos. Asomó la cabeza por la ventana y vio a varios guardias que custodiaban la plaza. Excelente. Pocas posibilidades de ser abordado por maleantes. Uno de los soldados se acercó al vehículo, pero le bastó decir quién era, para que el hombre se alejara discretamente, luego de una respetuosa reverencia. De modo que sólo le restaba esperar. El cochero se había envuelto en una amplia manta de lana, para soportar el frío nocturno. Se acercaba el invierno. En pocos minutos, estaba dormido, con las riendas sujetas entre sus manos cubiertas.

Los minutos pasaban, talvez más lentamente de lo normal. Se acercaba la hora convenida. La ansiedad aumentó hasta niveles insoportables. Volvió a recordar el rostro agraciado de Franco, su magnífica estatura, el espléndido cuerpo que podía adivinarse bajo la tela fina de su traje; y una oleada de deseo lo recorrió. Faltaba poco. Lo haría su amante, por supuesto. Le ofrecería cuanto él le pidiese. Tenía fortuna para ello. Lo había hecho con otros muchachos durante años, sin que el hecho de estar casado con aquella mujercita seca y triste a la que eligió por su dote y sus títulos, hubiese sido un impedimento. Sí, estaba en edad de darse un baño de juventud, de regalarse con aquel adolescente de belleza extraordinaria, para recuperar los años perdidos. La perspectiva era deliciosa, brutalmente placentera.

En ese momento, se abrió la puerta de la carroza, fugaz, rauda y en silencio; tan rápidamente, que sus ojos no alcanzaron a vislumbrar el tránsito de quien entraba en el cubículo. En el tiempo en que se tardó en enfocar la vista, su propia pistola de Ripoll estaba en las manos del otro ocupante de su vehículo. Vio unas manos delicadas de dedos finos, acariciando la culata.

- ¡Excelente arma, señor conde! – Exclamó una sedosa voz fácil de identificar.

El intruso levantó la capucha que cubría el rostro y entonces, el conde se relajó un poco.

- Doña Isabella, ¿Ocurrió algo? – Preguntó, nervioso ante la perspectiva de que el plan fallase - ¿Está el señor Di Tasso con vos? ¿Podré verlo, al menos una vez?

Néfer levantó la mirada. Sonreía encantadoramente.

- Franco está dormido, excelencia. Y creo que seré lo último que vuestros ojos vean en esta vida.

Antes de que el conde intentara comprender las palabras de Néfer, una multitud de hilos plateados lo rodeó en silencio. Eran finos, como hebras capilares de un bebé, brillantes, encendidos. Trató de agitar los brazos para repeler esos minúsculos tentáculos que parecían emanar del cuerpo de doña Isabella, pero los músculos ya no respondieron. Sintió como cada hueso comenzaba a entumecerse y su sangre, a transformarse en un lento océano muerto, dentro de sus venas rígidas. Como si se durmiese, la oscuridad se metió en sus ojos hasta que ya no pudo sentir absolutamente nada.

Al terminar el contacto, Néfer se apoyó en el respaldo del carruaje, con los ojos apretados. Parecía algo mareada, confusa. De pronto, abrió los párpados al máximo, sintiendo las múltiples visiones y recuerdos que había extraído de su víctima. Jadeó, apoyándose en la pared de terciopelo negro. Levantó la mirada, ya más serena. El marqués estaba inmóvil, con los ojos y la boca abierta, con una expresión imbécil en su rostro gordo y rosado. Néfer puso el arma entre sus manos, nuevamente.

- Debiste morir como un cerdo y no tener el honor de nutrirme – Murmuró ella.

Un segundo después, se encontraba a considerable distancia del carruaje, al otro lado de la plaza. El cochero continuaba dormido, roncando plácido entre los pliegues de su manta. Los guardias seguían marchando alrededor de la catedral. Nadie notó absolutamente nada.

miércoles 7 de enero de 2009

IX EL BANQUETE DEL MARQUÉS

CAPÍTULO IX
(El banquete del marqués De la Cañada)

Franco despertó muy tarde. Recordó que a partir de ese día debía sentarse a la mesa con el marqués en cada comida, de modo que se apresuró a lavarse y vestirse. Ese detalle implicó un problema. Debía elegir ropa de su armario. Decidió que un jubón sencillo sin mangas era apropiado, sobre una camisa blanca sin adorno alguno. Se calzó un pantalón negro de cuero y las botas café moro. Salió del cuarto para buscar el comedor principal, pero pronto le informaron que el marqués tuvo que salir urgentemente para cumplir con un compromiso de última hora. Sintió alivio. No se sentía preparado para enfrentar una situación formal como esa.

Se quedó de pie en medio del amplio comedor, mientras los sirvientes preparaban todo para el banquete de esa noche. Doblaban finísimos manteles, trasladaban utensilios, cambiaban el cortinaje. De pronto se acercó tímidamente a una mucama gorda que doblaba servilletas de hilo finísimo.

- Perdón… ¿Doña Isabella de Béjar… también salió con el marqués?

- La señorita se encuentra en sus aposentos.

Franco volvió a su cuarto. En pocos minutos, tenía una bandeja con suculento desayuno. Comió, mirando por la ventana el trajín de jardineros y empleados. Nada tenía sentido: era un perezoso en aquella casa. No había hecho otra cosa que comer, dormir y revisar libros. No estaba habituado a esa existencia de noble, pues había crecido en una casa donde tuvo deberes desde los cinco años.

Apenas terminó su comida, bajó rápidamente las escaleras y se dirigió a las caballerizas. Se trataba de un edificio enorme, talvez demasiado limpio para ser el simple recinto donde se apiñaban los caballos. Varios hombres trabajaban cepillando los pelajes, recogiendo residuos o alimentando a los corceles. Franco se acercó a uno de los animales e intentó levantar una de sus patas para examinar las herraduras; pero el caballo corcoveó peligrosamente, obligándolo a retroceder, sobresaltado.

- Cuidado, señor. Es “Diavolo”, el caballo del marqués. No obedece a nadie que no sea su amo, os lo aseguro – Advirtió uno de ellos, aparentemente divertido por la reacción de la bestia.

Franco miró al corcel. Era extraordinario. De largas y poderosas patas, negro y lustroso pelaje; y una cabeza altiva de ojos encendidos. Naturalmente, era el caballo adecuado para alguien como Lázaro de la Cañada.

- Perdón, señor – Preguntó uno de los trabajadores - ¿Sois vos alguno de los invitados a la fiesta del marqués?

- No, soy…- Franco pensó que se escucharía ridículo, pero decidió no mentir. Tosió antes de hablar – …el encargado de la herrería. El marqués me ha contratado para… para revisar sus caballerizas y, bueno…

- ¿Sois el señor Di Tasso? – Preguntó otro de los sirvientes. Parecía interesado por Franco. – Entonces debéis ver algo en este momento.

El hombre condujo a Franco al final del corredor. Varios caballos lo observaron inquietos. Otros bebían de sus respectivos abrevaderos.

- Mirad aquí, señor. El marqués indicó que vos debéis buscarle un buen nombre.

El sirviente señalaba a un hermoso caballo alazán, recién cepillado, que parecía algo inquieto, ansioso. Era joven y muy fuerte; podía adivinarse.

- Este caballo… ¿Es para mí? – Preguntó Franco, incrédulo. Luego rió – Debe haber un error.

- Su excelencia aseguró que el encargado de la herrería, el señor Franco Di Tasso, vendría a buscar su cabalgadura durante el día. Yo sólo cumplo las órdenes de mi señor el marqués, os lo prometo – Señaló el caballerizo, haciendo una breve reverencia. Enseguida se retiró.

Franco se acercó al caballo, cauteloso, recordando la experiencia con el corcel del marqués. El animal relinchó suavemente y se volvió para mirarlo. Franco, lentamente, estiró una mano para acariciar el lomo. Era un pelaje suave, de un brillante color caramelo. Enseguida, posó la otra mano en la cabeza del animal. Parecía tranquilo y Franco sonrió. No podía creerlo. Era la primera vez que poseía un caballo propio y además, de semejante hermosura.

- Ayudé a Lázaro a elegirlo. Magnífico, ¿verdad? – Indicó una sedosa voz a sus espaldas. Se volvió. En el umbral de la puerta y con una fusta en la mano, lo enfrentaba Isabella, hermosa y arrogante, como siempre.

Llevaba un traje de amazona oscuro, con encaje en el cuello y muy ceñido en la breve cintura. El cabello estaba recogido en un sombrero amplio de vaporoso plumaje. Unos guantes de cuero de tono claro sostenían un pequeño látigo.

- Deberás buscar un nombre para él. Ya saldremos a cabalgar en los próximos días, para que ustedes dos se vuelvan amigos – Indicó ella, acercándose para acariciar la nariz del animal. Pronunció unas palabras casi inaudibles, talvez en un idioma desconocido. Por el tono, Franco supo que eran dulces y tranquilizadoras, como en una canción de cuna.

Franco la observaba. El gesto hizo que el nerviosismo habitual con el que la enfrentaba cada vez que la veía, se fuera apaciguando hasta volverse una sensación de calma.

- Os gustan los caballos – Comentó él.

- Me apasionan, desde siempre – Miró a Franco, sonriendo. Esta vez no había maliciosa sensualidad, sino una expresión casi cercana a la ternura. – Pero eso ocurrió hace mucho tiempo. ¿Eres bueno montando, Franco?

- No monto mal. Generalmente soy el que entrega los animales a sus dueños y a veces hasta me atreví a galopar en ellos. Pero nunca he tenido un caballo propio – Admitió Franco.

- …Hasta ahora – concluyó ella.

Ella volteó suavemente y salió al corredor. Franco la siguió lentamente. En el patio, uno de los caballerizos la esperaba con una preciosa yegua blanca de larga cabellera. La silla femenina era exquisitamente labrada. Sin dificultad, trepó el estribo y se instaló elegantemente en lo alto del lomo. Cogió las riendas delicadamente y las sostuvo con firmeza.

- Recuerda el baile de hoy, Franco Di Tasso. Es necesario que tomes un baño adecuado. Regresaré para ayudarte con la elección de tu ropa. – Advirtió ella, alegremente.

Murmuró nuevamente las mismas palabras desconocidas de hacía unos momentos, sin necesidad de utilizar la fusta o golpear el vientre del animal. La yegua alzó las patas delanteras y salió rauda por el empedrado de la alameda principal. Franco se quedó inmóvil, observándola alejarse.

- En nombre de Jesucristo, esa sí es una mujer – Suspiró el caballerizo que había entregado la yegua a Isabella. Los demás rieron, aprobando. Franco se volvió hacia ellos.

- ¿Quién es ella? ¿Es familia del marqués? – Osó preguntar.

- Nadie lo sabe, señor. Y tampoco creo que alguno de nosotros se atreva a preguntar. Pero el caso es que nos alegra cada mañana cuando aparece por los establos, sobretodo cuando usa esos escotes de tabernera.

Carcajada general. Franco trató de reír con ellos, pero enseguida emprendió la marcha hacia su habitación.

En el centro del aposento, había una enorme tina de bronce, rebosante de agua perfumada. Pudo notar que había pequeñas hojas flotando en la superficie. Rió. En su vida había visto algo así. Se inclinó para recoger un poco de agua en el hueco de su mano y la llevó a la nariz: olía bien. A un costado, en un pequeño taburete tallado, había dos recipientes de porcelana. Franco los abrió: contenían extraños ungüentos con aromas que le recordaron a Franco el perfume del bosque. Talvez de pinos o almizcle.

Se quitó la ropa rápidamente. Pretendía usarla en el baile, obviamente. Estaba limpia y no la había manchado en su paso por los establos. Una vez que estuvo totalmente desnudo, se metió dentro de la tina. El calor del agua lo hizo exclamar; luego, suavemente, se deslizó en el humeante contenido. Una sensación de bienestar lo inundó completamente, como cuando estaba a punto de dormirse. Extendió los brazos a cada lado de la tina y se sostuvo por unos instantes. Luego, sonriendo, se hundió completamente en el agua por largos segundos, rebalsando sobre la alfombra del cuarto. Salió bruscamente, jadeando y sacudiendo el pelo. Se restregó los ojos. Estaba disfrutando la situación, como si fuera un niño.

Volvió a sostenerse de los costados de la tina. Los músculos de los brazos brillaban con algunas hojas pegadas a la piel. Esta vez echó la cabeza hacia atrás, en el borde, dejando que el agua goteara de su cabello empapado. La sensación era increíble. Permaneció en esa posición por larguísimo rato, talvez, horas. Es imposible medir el tiempo cuando se siente placer. El agua se enfrió, pero no importaba. Su cuerpo se encontraba tan lánguido, que daba igual.

De pronto, sintió el rápido giro de la manilla de la puerta y vio a Isabella entrar resueltamente en el cuarto. Llevaba aún su traje de amazona. Franco se incorporó de golpe, sobresaltado. Ella pareció no reparar en el hecho de que él se encontraba en el centro de la habitación, dentro de la tina. Se acercó a la cama y cogió la camisa que Franco se había sacado hacía un momento. También examinó el jubón, cuidadosamente doblado sobre la colcha.

- ¡Imagino que no pensarás usar esta ropa en el baile!, ¿Verdad? – Preguntó ella con gesto escéptico, sosteniendo la camisa.

Franco estaba perturbado. No sabía qué hacer en ese momento. Se sentía ridículo.

- Señora… estoy tomando un baño – Señaló, absolutamente incómodo.

- Puedo verlo, Franco. – Respondió ella, con total soltura – Pero no te preocupes. No eres el primer hombre al que veo desnudo; e imagino que tampoco soy la primera que te ve de ese modo, ¿O me equivoco?

La expresión de Franco hizo que ella lanzara una carcajada.

- Muy bien, saldré de la recámara. Pero… veamos. Antes, te daré algunas sugerencias.

Se aproximó al armario y comenzó a revolver el contenido. Murmuraba cosas inaudibles, mientras parecía elegir y descartar, entre las hermosas prendas que se alineaban en el interior. Franco, ansiosamente, alargó el brazo y atrapó la toalla que había dejado sobre un taburete, cerca de la tina; pero no se atrevía a incorporarse.

- Si quieres salir de esa tina, puedes hacerlo. Estoy ocupada y no tengo intenciones de voltear para mirarte – Anunció ella, tranquilamente.

Franco, titubeante, comprobó que ella estaba a cierta distancia y dándole la espalda. Se animó y lentamente se puso de pie dentro de la tina. Estiró la toalla, sin dejar de mirar la nuca de Isabella y se envolvió a la altura de las caderas. Afortunadamente, no notó que ella había visto todos sus movimientos, a través del estratégico espejo enmarcado en plata en el muro. Le complacía lo que estaba viendo: el cuerpo de Franco era proporcionado, elástico, sin musculatura excesivamente desarrollada; pero sí, debidamente marcada en zonas como los bíceps y el abdomen. Esos segundos que él le regaló ingenuamente hicieron que aprobara definitivamente al herrero de la casa del marqués. Sonrió. No debía dar indicios de su pequeña argucia.

Isabella se volvió hacia él con algunas prendas seleccionadas, incluyendo un sombrero. Las depositó en la cama. Franco llevaba el torso desnudo y empapado. No perdió tiempo secándose, pues se apresuró a envolverse la pelvis con urgencia. Cruzaba los brazos sobre el pecho y evitaba mirarla directamente a los ojos.

- ¿Ya te pusiste los ungüentos perfumados? – Preguntó ella, señalando los recipientes de porcelana. Él trató de responder, pero antes de que pudiese armar una oración, la dama había destapado uno de los objetos y se encontraba muy cerca.

- El aroma a pinos y el almizcle te sentarán muy bien – Murmuró Isabella, esparciendo la tenue crema sobre el cuello de Franco. Luego bajó hacia la línea entre los pectorales, mirándolo a los ojos, con un atisbo de sonrisa maliciosa. Ella detuvo su lento masaje y acercó su rostro al pecho del muchacho. Cerró los párpados y aspiró pausadamente, con la punta de la nariz apoyada en la piel.

- Hueles bien… - Susurró.

Franco la sostuvo por los hombros y la alejó firmemente. Ella parecía sorprendida por la fuerza del gesto. Normalmente, aunque pareciese frágil, era imposible obligarla a retroceder. Por unos instantes, pareció desconcertada y evitó mirarlo a los ojos. Velozmente, Franco se había situado junto a la puerta y la abrió.

- Señora, os suplico que salgáis, por favor.

La atmósfera se volvió tensa. Isabella estaba sorprendida, más aún: indignada. Este muchacho, este herrero de apenas diecinueve años se había atrevido a expulsarla de su cuarto, siendo apenas un sirviente en la casa de Lázaro. Hacía un par de días estaba semidesnudo y cubierto de polvo, mientras trabajaba en el taller de su padre; y ahora, se había transformado en un noble acaudalado, ¿Por obra y gracia de quién? Ella era una de las damas más cotizadas de la corte, la joya más preciosa de Milán; ¿Tratada como una mucama impertinente por este mocoso altanero que no comprendía cuál era su lugar?. Isabella levantó los ojos iracundos hacia él. Hubiese querido abofetearlo, arrojarse sobre su cuello y envolverlo hasta desangrar la última gota de sus recuerdos… Pero al alzar la mirada hacia Franco, se encontró con el gris transparente de sus pupilas. No había desprecio en esos ojos, sólo orgullo y temor.

Sin decir palabra, Isabella salió de la recámara. Franco cerró detrás de ella, lentamente. Apoyó la espalda contra la puerta y levantó el rostro hacia el techo. Se alisó el cabello mojado con ambas manos, mientras resoplaba.

- En esta casa terminaré volviéndome loco – Se dijo.

Enseguida se acercó a la cama para examinar las prendas que ella había elegido para él. Sonrió. Talvez había sido grosero, pero no se arrepentía. Aquella mujer había llegado demasiado lejos. Por fortuna, volvieron a traer su comida a la habitación. Excelente. No tenía que pasar por el bochorno de compartir la mesa con alguien tan elegante como el marqués. Si debía hacer el ridículo, que ocurriera esa noche durante el banquete; y no antes.

Pasó el resto de la tarde leyendo algunos de los libros de los anaqueles de su habitación; y escribiendo cartas para Marietta y una para Fray Torcuato. Nuevamente omitió detalles. No era conveniente explicar que la hermosa dama de esa casa elegía su ropa para un baile y menos, en esas circunstancias. Cuando se acercaba el crepúsculo y habían encendido las antorchas que iluminaban la larga alameda por donde entrarían los carruajes de los invitados; Franco decidió que era hora de vestirse.



- ¿Estuviste rondando a Franco de nuevo, Néfer? Te pedí expresamente que no jugaras con él. ¿Lo recuerdas? – Señaló el marqués, mientras un sirviente acomodaba el nudo que sostenía la capa de damasco, ligeramente dorada, frente a un amplio espejo de marco barroco. Llevaba un jubón de delicado bordado de piedras preciosas. Se disponía a ajustarse una pequeña daga con incrustaciones de esmeraldas, en el cinto. La habitación era enorme, lujosa, impresionante.

- No pretendo otra cosa que simplemente jugar. – Dijo ella, lánguidamente.

Isabella llevaba un vestido rojo oscuro con bordados negros en el corpiño, las mangas y la sobre veste. Había pequeñas obsidianas talladas entre los pliegues de su falda y el escote excesivamente generoso. En su cuello, alto y arrogante; un exquisito collar de múltiples rubíes tejía una pequeña red de gotas rojas sobre su piel. El peinado estaba recogido bajo un broche oscuro y una rosa escarlata que se prendía en el cabello. Gruesos rizos sedosos caían cuidadosamente sobre los hombros. Estaba deslumbrante.

El marqués hizo un ademán y el sirviente salió discretamente, luego de una respetuosa reverencia.

- Siempre te ha gustado jugar, Néfer. Ese es el problema. Y por muchos de tus juegos, las cosas se han complicado. – Sentenció Lázaro, sin alterarse, arreglando el encaje finísimo de su cuello.

- No seas injusto. No he sido yo quién complicó las cosas. – Se defendió ella, abanicándose – Eres demasiado severo conmigo. Si lo hubieses sido con Gabriel, cuando era tiempo…

Lázaro se volvió. Tenía una expresión molesta.

- No metas a Gabriel en esto. ¡Y no vuelvas a mencionarlo! ¿Acaso quieres que todo se arruine?

Ella bajó la mirada. Comprendió la magnitud de su falta y guardó silencio por unos instantes. Sólo se escuchaba el sonido de los dedos del marqués, rozando el encaje y la seda de su atuendo.

- Hasta ahora, las cosas marchan correctamente. Una vez fallamos, pero no volveremos a cometer el mismo error – Concluyó Lázaro, mirando a Isabella a través del espejo.

La dama levantó el rostro, atenta, como si de pronto percibiera una brisa o un aroma que ponía en alerta sus sentidos.

- Es él – Anunció ella – Y se aproxima.

Se escucharon pasos de botas y luego, un suave toque en la puerta.

- Puedes pasar – Indicó Lázaro.

Franco entró en el recinto.

- Perdonad mi atrevimiento. Me dijeron que me enviasteis llamar. – Explicó el muchacho.

Franco llevaba un traje de fiesta, verde opaco. Un exquisito jubón bordado que comenzaba en un cuello de encaje italiano. En las manos, calzaba guantes de cuero español de un suave tono marrón. En el hombro izquierdo, sostenía el borde de una capa corta de terciopelo, forrada en piel de marta. En el talle, una hebilla de plata sostenía un cinto con una hermosa daga. Traía unas botas finísimas, de bucanero, con ruedo bajo la rodilla y en la cabeza, un sombrero de mosquetero con un surtidor de espumosas plumas blancas. No era el hijo de un herrero, era un noble, el hijo de un duque, de un conde, un príncipe de cuento, un joven extremadamente apuesto. No, ya no podía ser el hijo de Luciano Di Tasso y nunca más volvería a serlo, luego de aparecer en aquella habitación.

Después de mirar a Franco por largos instantes, Isabella apartó la vista, sobrecogida. No sabía si era por la impresión de ver al muchacho con tan increíble apostura, o abrumada, por la incómoda escena de aquella tarde. Franco, por su parte, la devoró con los ojos. Nunca antes la había visto tan perturbadora. En cambio, Lázaro parecía calmo, complacido.

- Te ves bien, Franco Di Tasso – Comentó el marqués

- Gracias, excelencia – Respondió Franco, algo nervioso.

- El banquete está por comenzar y es tiempo de que te presentes en el salón. – Señaló Lázaro, dándole la espalda para regresar al espejo – Nuestra querida Néfer te acompañará esta noche y será tu guía. Te aseguro que puedes confiar en ella.

La dama se puso de pie, abanicándose. Estaba seria, casi incómoda. Franco le ofreció su mano y ella apoyó los dedos delicadamente enguantados en encaje negro sobre el dorso. Luego de una cortés reverencia, ambos salieron al pasillo.

- ¿Por qué os llama Néfer? – Preguntó Franco, después de varios y lentos pasos silenciosos. Sabía que esa tarde había ocurrido algo bastante grave y no pretendía ofenderla definitivamente. Al caminar a su lado y desde su estatura, pudo ver la hermosa unión de suspechos, fuertemente encorsetados, bajo el escote de bordados de obsidiana. Rápidamente miró al frente.

- Él me llama así – Respondió ella, sin dar detalles.

- Sí, pero, ¿Por qué? – Insistió Franco, sonriendo.

- Es el nombre egipcio que él me dio. – Contestó ella, con un dejo de hastío. Enseguida se detuvo. - ¿A qué se debe tu interés por un simple apodo? ¡Esta tarde me expulsaste de tu habitación, como si yo fuera una mucama corriente! ¿Por qué debería charlar amablemente contigo?

Franco clavó sus ojos en los de ella. Permanecieron en silencio por unos segundos.

- Ni vos sois una simple mucama, ni yo, uno de vuestros amantes, para que entréis de esa forma en la habitación – Replicó él, seriamente – Soy un herrero tosco, señora. Pero hay cosas que un hombre como yo, aún siendo vulgar e ignorante, no puede tolerar. Perdonadme.

Franco se inclinó y se dio media vuelta. Se disponía a avanzar por el pasillo. Ella lo detuvo, sosteniendo su brazo, suavemente.
- … Lázaro me llama así desde que era una niña. Me dio un nombre egipcio. Significa “belleza”.

Franco le ofreció nuevamente su mano. Caminaron juntos otra vez.

Franco la contempló cuidadosamente. Bajó los ojos.

- No pudo daros un nombre mejor – Dijo él.

En ese momento llegaron a las altas puertas que daban al gran