CAPÍTULO XXVI
(El hijo del averno)
Antonio Cavalieri fue sepultado una mañana gélida de noviembre. La señora Cavalieri, de riguroso luto, escuchó las palabras en latín que despedían a su marido, sin quebrarse o estallar en llanto. Permanecía fuerte y erguida, sosteniendo las manos de sus hijas mayores. Bianca y Gianinna sollozaban a su lado. Marietta estaba ausente.
- El sobrino aún no se enfría en la tumba – Murmuró una vecina del mercader de telas, cuando el ataúd del difunto entró en el hueco de piedra y granito.
Ofelia, triste y visiblemente más delgada, acompañaba al sacerdote, sosteniendo el recipiente de plata para el agua bendita.
La mitad de los comerciantes y los artesanos de Milán asistieron a las exequias. Decenas de personas desfilaron frente al féretro del mercader de telas, llevando flores, cirios y pequeños rosarios de madera y hueso. La señora Cavalieri recordó que su esposo bromeó un día en la mesa, diciendo que lo único que esperaba del final de su vida era un funeral digno de memoria. Sonrió, mientras los ojos se le empañaban de lágrimas.
“Era un hombre bueno”, comentaron quienes lo conocieron. La silenciosa muchedumbre se movía lentamente para dar sus condolencias a la viuda. Conocían a las hijas de Cavalieri de toda la vida. “La más pequeña está enferma” rumoreaban. De hecho, el propio mercader había fallecido por la impresión de ver a su hija desangrándose, pobre niña.
Las campanas de la iglesia tañeron tristemente al mediodía. La multitud se retiró en silencio, luego de cubrir la tumba Cavalieri con flores y plegarias. Sólo en el momento final, la señora Cavalieri pareció perder el equilibrio y debió ser apoyada por uno de sus yernos. Estaba exhausta. No había dormido en dos días, organizando los funerales y tratando de socorrer a Marietta.
Aquella noche desdichada encontraron a Antonio Cavalieri boca abajo, sobre la alfombra de la habitación de la menor de sus hijas. Ningún indicio de violencia o dolor, ni siquiera un gesto de pánico o furia en su rostro. De hecho, la placidez del cadáver contrastaba con la desesperación y el desconcierto de Marietta. “¡Virgen Santísima!” gritó la señora Cavalieri al ver a su hija desnuda, temblando sobre las sábanas ensangrentadas de su cama; incapaz de llorar o dar una explicación coherente.
- Él se lo llevó…. Luego de matarlos a ambos… Se lo llevó – Murmuró, antes de desmayarse en los brazos de la cocinera de la familia.
La casa se llenó de alaridos y angustia. Uno de los sirvientes corrió en busca de un médico. Livia, la cocinera, venciendo el miedo a los bandidos y a los perros vagabundos, cruzó las callejuelas, rumbo a la iglesia. Azotó desesperadamente la aldaba de la morada parroquial. Fray Torcuato debía correr a la casa Cavalieri, cuanto antes. El mercader de telas había muerto y la niña Marietta podía seguirlo en cualquier momento.
Poco después de fray Torcuato, apareció el viejo médico de confianza. Determinó que el corazón de Antonio Cavalieri había dejado de latir por la impresión de ver a su hija en tan terrible estado. Por su parte, fue incapaz de explicar las causas de la hemorragia de Marietta, aunque se mostró más tranquilo, una vez que el funesto flujo se detuvo. Luego de comprobar que la muchacha había logrado dormirse, trató de calmar a la familia.
- Vivirá. Está débil y pálida. Dudo que pueda participar en los funerales de su padre, pero sobrevivirá. Es una jovencita fuerte. – Dictaminó, cerrando suavemente la puerta de la habitación.
- ¿Pero qué le sucedió? ¿A qué se debe tanta sangre? – Preguntó la señora Cavalieri, cuando los sollozos le permitieron decir dos frases comprensibles.
El médico le indicó que se dirigieran al salón. Era preciso hablar con discreción.
- Doña Gianna. Vuestra familia y yo nos conocemos hace mucho. Yo mismo traje al mundo a Marietta y atendí todas sus enfermedades infantiles. Por esa causa, sé muy bien qué clase de muchacha es ella y cómo la habéis educado… Sin embargo…
La pausa impacientó a la señora Cavalieri
- ¡Hablad, por favor! ¡No es el momento de omitir información, os lo ruego!
El médico se mordió los labios, antes de continuar.
- Los síntomas que presenta vuestra hija son muy similares a los de… una mujer que acaba de perder un embarazo. El sangrado, los humores agitados, la dilatación…
La señora Cavalieri sacudió la cabeza, alarmada.
- ¡Eso es imposible! ¡Mi hija es doncella! Por Dios, doctor Deboni, ¿Qué estáis diciendo?
- No me malinterpretéis. Sé bien que tal cosa no es procedente. – Se apresuró a justificar el médico – Y por lo demás, no existe infante alguno. De haber perdido a un hijo, tendríamos la prueba…
- ¡Entonces no me digáis este tipo de aberraciones, doctor! ¡No en este momento, os lo suplico! – La señora Cavalieri volvió a romper en llanto. El médico se acercó, tratando de consolarla; pero reaccionó, arisca y furiosa – ¡Doctor, mi esposo acaba de morir, mi hija fue encontrada sangrando junto al cadáver de su padre! ¡Aún no puede hablar de lo que pasó! ¿Y vos me decís que tiene síntomas? ¿Síntomas de haber perdido un hijo? ¡Tened piedad en este momento!
Cayó en un sitial, destrozada. En un segundo plano, fray Torcuato observaba atentamente la escena. Se acercó.
- Señora Cavalieri, nuestro señor os concedió la gracia de la vida de Marietta. Se recuperará y debemos estar agradecidos por esto.
Ella se aferró a sus brazos, buscando consuelo. Lloró durante largos minutos, angustiada por las circunstancias y el desamparo absurdo en que había caído su familia en apenas una noche. ¿Cómo se vuelve el tiempo atrás? ¿Cómo haber previsto lo que sucedería? Las preguntas eran punzadas en la garganta, mezcladas con sangre y lágrimas.
- Fray Torcuato – Gimió la esposa del mercader – Os suplico que habléis con Marietta. ¡Socorredla en este momento tan horrible! Por favor, concededle tranquilidad. ¡Si la hubierais visto! Pobre hija mía… Ella vio morir a mi Antonio…
El sacerdote asentía
- ¿Qué nos ha ocurrido? – Continuó ella, en medio de los alaridos - ¡Anoche estábamos juntos, como siempre! ¡Antonio cenó con buen apetito, Marietta estaba bien! Decidme, buen fraile, ¿¿Por qué sucedió esto??
No había consuelo posible. La voluntad de Dios, el amparo de la virgen, así son los designios del señor. ¿Quiénes somos nosotros para oponernos a su voluntad?, él era un hombre bueno, de seguro ya está en el paraíso de los justos, bien sabéis que así es… ¿Era suficiente para mitigar una noche de espanto y de muerte?
La cocinera, llorando suavemente, le trajo una infusión caliente y un chal. El salón estaba helado, pero el dolor impedía a Gianna Cavalieri notar cualquier detalle que no fuera la congoja de la casa. Luego de dar unos cuantos sorbos al tazón, se incorporó. Parecía algo más estable.
- Es necesario disponerlo todo – Dictaminó con la voz rota, pero los ojos firmes – Antonio Cavalieri merece un funeral digno. Mi esposo me necesita.
Salió de la habitación, arrastrando el chal y seguida por la sirvienta. Médico y sacerdote se inclinaron respetuosamente a su paso.
La habitación estaba en penumbras. Las velas del candelabro estaban a punto de consumirse. Ambos hombres estaban agotados por la falta de sueño y la difícil situación que implicaba ayudar a los deudos con la ciencia y la fe que eran, del mismo modo, insuficientes. Bebieron en silencio el tazón de sopa que se les ofreció. Fray Torcuato cortó el silencio.
- ¿Cuál es el estado real de Marietta, doctor Deboni? – Preguntó suavemente. El médico se revolvió en su silla, alzando las cejas.
- De hecho, está delicada. Perdió sangre y se encuentra visiblemente afectada. Lo que haya visto, sabrá Dios qué fue, le produjo una terrible angustia. – Dio un sorbo a su tazón. – Creo que su cuerpo se recuperará antes que su espíritu.
- Entiendo. Marietta es una niña, prácticamente. Ver morir a su padre sin duda ha sido algo terrible. – El sacerdote levantó los ojos e hizo ademán para que el médico se acercara – Pero decidme, ¿Qué sucedió exactamente? ¿A qué se debía toda esa sangre?
La pregunta pareció incomodar al médico. Se removió nuevamente en la silla.
- Bueno, sufrió una hemorragia importante. Estas cosas suceden…
Fray Torcuato lanzó un hondo suspiro, apoyándose en el respaldo del sitial. Durante unos instantes buscó las palabras precisas.
- Doctor, conozco a la familia Cavalieri desde hace tiempo y a Marietta desde que nació. No soy un inquisidor ni pretendo condenar a nadie en esta casa, mucho menos en estos momentos tan terribles. – Se acercó más y bajó la voz, hablando con énfasis – Pero escuché vuestra conversación con doña Gianna, y no puedo dejar de estar preocupado por la situación. ¿Es cierto que Marietta pudo haber perdido un hijo?
El médico se mostró consternado. Se rascó el cuello.
- No existen pruebas concretas – Dictaminó – Es decir, si es que dio a luz a un bebé prematuro, no hay nada que lo indique. Salvo la sangre y otros síntomas propios que cualquier médico reconocería. Si me preguntáis, aquí ocurrió un aborto espontáneo y el corazón de Antonio Cavalieri no resistió una escena semejante.
- ¿Pero cabe la posibilidad de que alguien haya removido al niño apenas ocurrieron los hechos?
- ¡Siempre existe esa posibilidad! Pero como bien decís, ambos conocemos a esta familia y sabemos que deshacerse del cadáver de un hijo prematuro no es el estilo de los Cavalieri. Simplemente, no es la forma como procedería alguno de los habitantes de esta casa.
Fray Torcuato reflexionó unos instantes.
- No, no es lo que alguien de esta casa haría… - Murmuró.
El médico concluyó con el contenido del tazón y lo dejó sobre una pequeña mesa, al costado del sitial.
- Aquí ha ocurrido algo extraño, fray Torcuato. Pero no tengo intenciones de ahondar más el dolor de la partida del dueño de esta casa con suposiciones que compliquen aún más la situación.
- Hacéis bien. – Sentenció el sacerdote. No era la primera vez que consideraba la discreción como la mejor forma de resolver un problema que implicara un dolor desmesurado.
El doctor se incorporó. Debía revisar a Marietta una vez más, luego del breve paréntesis. Antes de salir de la habitación se volvió hacia el fraile.
- Marietta está comprometida, ¿No es así? – Preguntó – Pronto va a casarse con un muchacho que trabaja en la casa del marqués De la Cañada, según me comentó el señor Cavalieri, que Dios haya acogido en su reino.
- Sí. Así es.
Durante unos segundos, el médico permaneció en silencio. Enseguida volteó al pasillo, rumbo al cuarto de Marietta.
La fiebre de Marietta Cavalieri persistió por un par de días. Su padre fue sepultado sin que ella alcanzara a salir del delirio que la quemaba, en medio de pesadillas y alaridos. La cocinera la cuidaba, mientras la familia despedía a Antonio Cavalieri, en una procesión gris y amarga. La temperatura de Marietta se volvió tan alta, que el médico ordenó cortarle el cabello. Cubierta de lágrimas, Livia fue cercenando los rizos de cobre, uno a uno. Al final de la operación, parecía un niño vulnerable, perdido en los desvaríos.
Al tercer, día su piel pareció refrescarse. Sin embargo no recuperó el sentido. Durmió sin pausas, en medio de temblores y sollozos. Por fin, al cuarto día, abrió los ojos. Una levísima tela parecía cubrir sus córneas, por lo que no pudo enfocar a quien estaba sentado junto a su cama. Pensó que era Franco. Comenzó a dar gritos y a retroceder en la cama. Si no hubiera estado tan débil, habría golpeado a su captor para escapar a ciegas por la casa.
- ¡Tranquila, niña, soy yo!
El hombre la sostuvo, mientras ella, endeble y destrozada, rompía en sollozos. Había reconocido la voz del sacerdote.
- ¡Fray Torcuato! ¡Mi padre..! ¡Mi padre..!
No era el momento de hablar. Marietta se limitó a llorar y a dar alaridos que provocaron que todos los habitantes de la casa se presentaran en la habitación. El asunto empeoró cuando le explicaron que su padre ya estaba sepultado.
Una semana después, fray Torcuato se presentó en la casa Cavalieri para preguntar por la salud de Marietta. La encontró sentada frente al fuego de la chimenea, algo más repuesta, a pesar de la palidez extrema y las sombras violáceas alrededor de los ojos. Una cofia blanca cubría su cabeza casi rapada.
- Cuando notó que le habíamos cortado el cabello no reaccionó. – Le susurró la cocinera, mientras lo conducía al salón.
El sacerdote se sentó junto a ella. Marietta no dio señales de haber notado su presencia. Tenía los ojos prendidos en las llamas de la chimenea.
- Buenos días, Marietta.
No hubo respuesta. Imperturbable, la única señal que daba de estar consciente, era el eventual parpadeo. Fray Torcuato esperó, antes de hablar.
- Me alegro de que tu salud haya mejorado en estos días. Te ves mucho mejor.
Nada. El crepitar de las llamas se reflejaba en los ojos húmedos de la muchacha. Se veía delgada, absolutamente triste. Sus manos descansaban inertes sobre la manta que cubría sus rodillas. Al sacerdote le recordó una anciana perdida en el olvido de la vejez. Tragó saliva para evitar hablar con la voz rota.
- Ofelia te envió aquellos pasteles de nuez que te gustan. ¿Quieres probarlos?
Ninguna respuesta. Un tronco se deslizó sobre las brasas, haciendo estallar minúsculas chispas rojizas.
Fray Torcuato trató de parecer alegre. Le habló de la dicha de los niños del orfanato que ella solía visitar para entregar la ropa de caridad y los juguetes de navidad. La invitó, como cada año, a coser muñecas de trapo para nochebuena. Le explicó que varios de los muchachos del orfanato se volvieron aprendices de carpintería. Le relató anécdotas de las clases de catecismo, de los domingos de la sopa de los pobres; trató de animarla con viejas historias de su juventud, cuando aún no encontraba el camino de Dios y la vía a su servicio.
- Se acerca la navidad, Marietta. ¿Vas a ayudarnos con la cena de nochebuena de los niños del orfanato?
El mismo silencio. El sacerdote suspiró.
- Querida mía – Comenzó, luego de una extensa pausa – Estás pasando por un momento muy difícil. Tu padre… fue un hombre justo que te educó como una buena cristiana y fue un ejemplo para la comunidad. Pero tu vida continúa. ¡Eres tan joven! Hay muchas razones para que te alegres… Tu familia está contigo, amándote. Ofelia y yo te queremos mucho… Debes ser fuerte y refugiarte en el amor de Dios y su consuelo. Es lo que hubiese querido tu padre...
No hubo ninguna reacción. Fray Torcuato esperó un poco más, antes de acercarse levemente.
- Sabes que puedes hablar conmigo y confesar lo que aqueja a tu corazón. – Susurró – Niña mía… ¿Hay algo que quieras decirme?... ¿Ocurrió algo la noche de..?
Marietta había abierto la boca, como si el aire se le atascara en la garganta. Finalmente, estalló en sollozos. La cocinera se asomó al salón, pero el sacerdote le indicó con un gesto furtivo que se retirara, que todo estaba bien. La situación se encontraba bajo control. Enseguida se volvió hacia la chica y tomó sus manos, tratando de contenerla.
- Tranquila… estás a salvo, pequeña. Nada malo va a sucederte… Jesucristo está contigo y te protegerá.
- Dios no me protegerá… - Gimió ella, con la voz entrecortada.
- ¿Por qué dices eso, querida? Sabes bien que Dios jamás dejará de ampararte.
El llanto de Marietta fue disipándose paulatinamente. Volvió a caer en el mutismo, con los ojos prendidos en el fuego que ya comenzaba a declinar. Sin embargo, esta vez tenía las manos entre las del sacerdote. Luego de una pausa, él volvió a hablar.
- ¿Franco ha venido a esta casa últimamente?
Marietta volvió a alterarse, apretando las manos. Comenzó a jadear. El fraile la miró a los ojos.
- Dime… ¿Sucede algo que tenga que ver con Franco? – al ver la inquietud de Marietta, el sacerdote insistió con más firmeza – Puedes decírmelo. Estás a salvo y será un secreto de confesión.
La muchacha respiró hondo y levantó los ojos hacia el sacerdote. Le costaba trabajo mantener el ritmo de su aliento.
- Franco mató a mi padre, fray Torcuato.
El sacerdote tardó unos segundos en asimilar las palabras. La miró, estupefacto e inmóvil. Luego sacudió la cabeza levemente, despabilándose.
- ¿Cómo dices?
- Franco mató a mi padre esa noche, fray Torcuato. Asesinó a mi padre y a mi hijo y luego se lo llevó…
- ¿Te das cuenta de lo que estás diciendo, niña?
- Dijisteis que confiara y os dijera la verdad. Esa es la verdad.
- ¿Pero cómo?
Marietta se puso de pie, con algo de dificultad. Y se dirigió al borde de la chimenea.
- Dios me perdone, padre. Me entregué a Franco sin estar casada. No una vez, sino muchas, desde el principio del verano. – El sacerdote no se alteró. Bien sabía que era cierto, por boca del propio herrero - Entraba de noche a esta casa, a escondidas de mi familia. Le mentí a mis padres y pagaré por ese pecado, lo sé. Estaba enamorada. – La voz volvía a romperse – Y fui débil. Estaba asustada. Temía que Franco se interesara por otra mujer más atrayente que yo, más elegante… de mejor cuna. Una noble hermosa, como doña Isabella de Béjar y Grajales.
- Pequeña…
- No, no… dejadme continuar – Volvía a recuperar la fuerza en su voz – Franco vino a mí durante muchas noches, pero cada vez más frío y distante. Un día supe que algo sucedía conmigo: aquella repentina repugnancia, los días lánguidos y pesados. Hice mis averiguaciones, pues no estoy instruida en estos temas, como podréis comprender. Estaba embarazada… Por supuesto, lo oculté. Traté de aparentar total normalidad. ¡Oh, virgen amada! ¡Qué horrible sentimiento de culpa, querido fraile! Mentirle así a mis padres… - Respiró hondo para continuar – Mi querido primo Stefano se enteró de mi condición. Descubrió que Franco entraba por mi ventana… ¡La vergüenza me cubre!
- No sientas vergüenza, niña. Continúa…
- Stefano me ofreció matrimonio y reconocer a mi hijo. Aseguró que Franco era un canalla, un mentiroso que yacía al mismo tiempo con doña Isabella, como su amante. Y no sólo eso: sostenía que Franco no era hijo del herrero Luciano Di Tasso, sino de su hermana, con un desconocido. Un bastardo.
El fraile parpadeó por unos instantes. Recordó a Franco confesando que había asesinado a Stefano Abiatti y las motivaciones que lo llevaron para cometer el crimen.
- ¿Y escuchaste a Stefano, Marietta? ¿Le creíste?
- No. En realidad, poco me importaba que Franco haya sido el hijo ilegítimo de su tía. Si es que tal cosa fuera cierta, no cambiaba nada sustancial. De hecho, el pecado de su tía era el mismo que yo había cometido al entregarme a Franco. – Hizo una pausa – Y no creí que Franco fuera capaz de convertirse en el amante de doña Isabella… Al menos no de inmediato. Me enfurecí con Stefano… Pobre primo mío. Nunca más volvimos a hablar del mismo modo. Lo evadí, hasta que la muerte lo sorprendió.
- Dios lo recibió en su gloria, querida mía.
- Lo sé. Pero en ese momento pensé que eran invenciones suyas, para desacreditar a Franco. Estaba ciega…
- ¿Ciega? ¿Entonces era cierto que Franco es un canalla? – Preguntó el sacerdote, fijando sus ojos surcados de arrugas en los de Marietta. La chica volvió a sentarse. Frotó sus manos nerviosamente.
- Volví a ver a Franco en las exequias de Stefano. De nuevo estuvo distante. ¡Le dije que viniera a verme! No por lujuria, os lo juro. Necesitaba hablarle, contarle lo que sucedía. Mi corazón estaba apesadumbrado desde hacía mucho. Pero tenía miedo de cómo reaccionaría cuando supiera que esperaba a su hijo. Su actitud, su distancia… Ah, buen padre. Lo peor de todo era la duda. Stefano me había hablado de la relación de Franco con doña Isabella. ¿Y si era verdad? ¿Si su evasión tenía esa causa? Lloré mucho… ¡Virgen María! ¿Por qué no le creí a Stefano? - Se llevó ambas manos a la frente – Perdóname, buen primo…
Cayó nuevamente en el sofá, reprimiendo los sollozos, tratando de buscar el aliento para continuar el relato. Fray Torcuato buscaba su mirada, intentando darle fuerzas.
- Niña, debes concluir lo que empezaste. ¡Libera tu alma!
- Vos no vais a creerme. Ni yo mismo creo lo que vi… Ah, en mis pesadillas lo vi tantas veces y rogué que no fuese otra cosa que el espanto de la fiebre. – Marietta sujetaba ahora las manos del sacerdote – Pero debéis prometerme algo, una vez que termine mi narración. ¿Lo haréis?
- No sé qué queréis, Marietta. No puedo prometerte algo así nada más…
- Quiero que me llevéis al convento de Santa María de la Gracia, en las montañas. ¡No quiero volver a ver la luz de esta ciudad! ¡No quiero volver a pisar este suelo que lo vio nacer, ni oler el aire que él respira! Quiero desterrarme de todo lo que él pudo compartir conmigo, extirparlo como a un tumor, extraerlo como al veneno de una víbora… No quiero ver nada ni nadie que me recuerde a ese hombre y lo que me hizo. ¡Sólo Dios y su misericordia podrán protegerme de él! Fray Torcuato, necesito que me ayudéis a entrar al convento. Pagaré mi pecado orando en una celda, como una monja dedicada por entero a su servicio, el resto de mi vida, suplicando para que me ayude a olvidarlo todo…
- Pero, hija mía…
- ¡Prometedlo, fray Torcuato!
- Es repentina tu decisión de tomar los hábitos… Ir al convento, bueno…
- ¡¡Prometedlo!!
- Lo prometo – Fray Torcuato empezaba a ponerse nervioso y estaba ansioso por saber lo que había ocurrido aquella noche.
Marietta cerró los ojos unos instantes, como si sintiera un leve alivio en medio de su desgracia. Luego abrió lentamente los párpados y continuó.
- Franco vino a verme aquella noche. Volvió a entrar por la ventana, como siempre. El sereno había anunciado la hora cuarta en la calle – Fray Torcuato calculó que el herrero se había dirigido a la casa Cavalieri apenas habló con él. Había comenzado a asustarse. Todo coincidía – Vino a mí y hablamos. Se veía apesadumbrado. Como si trajera todas las culpas del mundo consigo. Su conducta me hizo sospechar aún más en que las palabras de Stefano eran ciertas. ¡Ah, qué dolor horrible! Vino a confesar y terminarlo todo. Admitió su relación con doña Isabella. Lo vi avergonzado, pequeño, miserable. No era mi Franco altivo y soñador; era un hombre oscuro y apagado. Se arrodilló ante mí pidiendo perdón, pero no había nada que perdonar. Todo estaba roto y ya no quedaba furia en mí, sólo lástima. Lo vi destruido, fray Torcuato, tan destrozado como nunca he visto a alguien. Sus ojos… ¡Cómo pude sentir piedad por ese demonio!
El repentino rencor de Marietta hizo que fray Torcuato interviniera
- Dime por qué se volvió un demonio. Cómo es que tu corazón lo odia tanto ahora…
- Le conté sobre el niño. Le dije que esperaba a su hijo.
- ¿Cuál fue su reacción? ¿Negó su paternidad?
- No…
- ¿Entonces?
- Dudó que fuese cierto, al principio. Pero se veía aterrado, como si la cosa más horrible del mundo hubiese sucedido. Como si tuviera la certeza de que yo llevaba un monstruo en mi vientre – Volvían los sollozos – Actuaba extraño, se acercó a mí, como oliéndome. Me sentí extraña, asustada. Sentía una especie de calor que penetraba en mí, como si estuviese rodeándome el cuerpo con una antorcha; respirando fuego sobre mi piel. Luego comenzó a angustiarse, balbuceando incoherencias…
- Dime qué te decía, hija mía…
- Decía que no permitiría que me asesinara… que “él” me asesinara… Decía que me libraría del demonio que tenía dentro. ¡Franco sufría, fray Torcuato! O eso parecía… Sollozaba, angustiado. Me pidió perdón, asegurándome que jamás se habría acercado a mí, de haber sabido quién era él. No comprendí sus palabras. Aseguró que mi vida sería otra una vez que él se alejara, que arrancaría para siempre aquello que me llevaría al abismo. ¡Oh, por Dios! ¡Estaba hablando de mi hijo! – Respiró hondo, evitando llorar – Luego lo hizo. Me alzó del suelo como a una pluma y me arrojó a la cama, sujetándome. Os juro que pensé que querría tomarme por la fuerza, pero fue peor. Sentí dolor, angustia. No sé cómo lo hizo, fray Torcuato. Vi luz, una luz intensa que emanaba de él, como si algo se quemara justo a sus espaldas. – Volvía a perturbarse – yo estaba aterrada. Traté de defenderme, moverme. ¡Era inútil! ¡Sentí que entraba en mí, en mi vientre, que revolvía su contenido! No me preguntéis como tal cosa es posible, querido fraile. ¡Simplemente lo hizo!. Cuando volví a abrir los ojos y esa luz cegadora había menguado, él estaba al pie de mi cama, sosteniendo algo pequeño… ¡El cadáver de mi hijo, fray Torcuato! ¡Lo arrancó de mi vientre! ¡Franco mató a su propio hijo, fray Torcuato! Comencé a gritar, a aullar de dolor y miedo…
Rompió en llanto nuevamente. Sus temblores eran tales, que el sacerdote debió sostenerla.
- Niña, descansa. Ya no digas más… - Intentó apaciguarla.
- Debo concluir, fray Torcuato. Aún no he terminado. ¡Mi padre!... ¡Mi padre apareció en la habitación! Vio a Franco y quiso abalanzarse sobre él. Yo estaba en mi cama, incapaz de moverme, desnuda, asustada. ¿Por qué no ataqué yo? Ahora estaría muerta y mi padre con vida… Franco también lo mató a él con esa luz de muerte. Lo vi hacerlo… Mi padre se desplomó a sus pies, junto a mi cama, sin heridas, sin un rasguño. Sólo estaba muerto. ¡Él lo asesinó! ¡Y grité, grité como si mi vida estallara en litros de sangre y huesos, llena de pavor y odio! Él dio un rugido horrible y salió por la ventana… por esa ventana a la que yo lo invité a entrar… ¡Yo lo invité a entrar! ¡Mi padre está muerto por mi culpa, fray Torcuato! ¡Por mi culpa! ¡Ayudadme, noble fraile! Lo habéis prometido… no quiero que Franco regrese jamás a mi vida. ¡Quiero que pague por lo que hizo, que arda en una hoguera de la inquisición! ¡Quiero que su cuerpo hermoso se torne en cenizas, que sus ojos de metal se apaguen en las llamas! Y quiero desaparecer con mi culpa para siempre en el convento. No me neguéis esa penitencia. Se la debo a mi padre y a mi hijo…
- Niña, tu padre murió por causa de su corazón, cuando te vio ensangrentada… - A pesar de que ya no estaba tan convencido, el sacerdote tenía miedo de aceptar lo que se oía tan horrible y tan cercano a la versión de Franco.
- ¡No me creéis! – Marietta se incorporó, molesta – ¡Dijisteis que aliviara mi corazón con una confesión! Lo hice. Os narré lo que ocurrió esa noche. ¿Me creéis loca? No, fray Torcuato. Sé bien lo que sucedió. Dios decidió no dejarme caer en la locura, tal vez para castigarme con estos recuerdos terribles. ¡Ojalá estuviera ahora privada de la razón! Descansaría en la inconciencia de los dementes…
El sacerdote cerró los ojos unos momentos. Se llevó la mano a la frente, apesadumbrado.
- Me pides acusar a Franco de ser un aliado del demonio, Marietta. Quieres que la Inquisición lo aprese por actuar con trances de brujería y asesinar a tu padre y a su propio hijo no nacido. El muchacho prácticamente creció en mi casa…
- Lo amáis y lo sé. También yo lo amaba y destruyó todo lo que tenía. No me dejó nada, sólo la culpa. Haced que no toque a nadie más con esa luz de muerte, os lo ruego.
- Su padre, Marietta, es un hombre bueno que morirá de tristeza si su hijo es acusado ante la Inquisición… - Trató de convencerla el sacerdote
- Morirá de cualquier forma si Franco lo ataca. Lo vi, padre. Hay un horrible hijo del infierno entre nosotros.
- Marietta… - el sacerdote suspiró – Franco fue a verme esa noche a la parroquia. Habló justamente de aquellos temas, de demonios y del dolor que le producía ser uno de ellos. La madre de Franco murió demente… ¿No entiendes? Estaba loca la pobre muchacha y es lo que Franco padece. Ha perdido la razón y debemos acogerlo… se acusó de matar a Stefano.
- ¿¿Qué?? – Marietta retrocedió - ¡Entonces lo hizo! ¡Él mató a Stefano! ¡No es un pobre demente, fray Torcuato, es un hijo del averno! ¡Si no queréis creerme, acabará con todos nosotros como lo hizo con mi querido padre y su propio hijo! ¡Llevadlo con la Inquisición! ¡Haced que lo quemen! ¡Dadme esa última paz antes de desaparecer del mundo, fray Torcuato!
Había comenzado a llorar tan alto y a dar tales gritos, que la familia apareció en el salón. Debieron sujetarla entre la cocinera y su madre, pero continuaba rugiendo en medio de los sollozos.
- ¡Sólo vos podéis hacer algo, fray Torcuato! ¡Hacedlo, antes de que nos mate a todos!
No pudo dormir esa noche. La visita a la casa Cavalieri y la charla con Marietta lo habían inquietado profundamente. Estuvo durante tres horas, de rodillas, al pie del crucifijo de la capilla pequeña, suplicando por una solución. ¿Debía creerle a la muchacha? Su dolor era tan evidente, así como su profundo rencor. Por una parte, podría estar perturbada por la muerte de su padre. ¿Quién sabe si en el delirio de la fiebre imaginó aquellas horribles escenas y las tomó por ciertas? Sin embargo, estaba la cuestión del niño. El médico aseguraba que sus síntomas eran demasiado evidentes y, a pesar de su discreción, el fantasma de un embarazo rondaba con insistencia. ¿Y si Marietta efectivamente abortó espontáneamente y en su dolor imaginó todo? En ese caso, ¿Dónde estaba el cadáver del niño? No tenía sentido…
La descripción que Marietta había hecho sobre el ataque de la luz repentina, era muy similar a la que Franco le había hecho. Aquello resultaba infinitamente más inquietante. ¿Y si había algo de verdadero en ello? Sacudió la cabeza. Conocía a Franco. Era un niño inocente que corría por el jardín. ¿Un hijo de Satanás? ¿Un brujo? Imaginó al muchacho ardiendo en una pira, en medio del Duomo. Vio a Luciano, al pie de la hoguera, rugiendo de angustia. No pudo reprimir un gemido de dolor.
- Socorredme, señor, en este enigma. No dejéis que los inocentes sufran más de lo que ya lo han hecho. Permitidme que obre con justicia y en tu bendito nombre – Gimió en voz alta.
Toda la noche oró y pensó, murmurando en latín, mezclando sus cavilaciones con largos rosarios implorantes. Afuera, el frío soplaba con la fuerza del viento despiadado de las montañas. Tenía los pies helados, los dedos morados. La vela se consumía rápidamente en la palmatoria de cobre, al pie del crucifijo. La hora tercera de la noche.
Se incorporó cerca de las cuatro de la mañana. Los huesos le dolían y una pesadez le invadía cada rincón de su cuerpo ya anciano. Tomó la palmatoria para volver a su celda a prepararse para una pronta jornada. Cruzó el patio, aterido.
De pronto, desvió los ojos hacia el refectorio. Por una ventana entreabierta notó que había luz. Apagó la vela de un soplido y avanzó sigilosamente hacia el comedor. Se asomó diagonalmente por la puerta y pudo ver un candelabro encendido.
- Buenas noches, fray Torcuato
Una voz conocida y sombría. El sacerdote sintió que el corazón comenzaba a palpitar con inusual premura.
- Buenas noches, Franco…
Vestía completamente de negro, incluyendo la capa, sus guantes y el elegante sombrero empenachado que había dejado sobre la mesa, al lado de una pequeña caja de plomo de unos 30 centímetros.
- ¿A qué has venido, Franco? – Preguntó el sacerdote, aterrado por la posible respuesta
- A haceros mi última visita. Nunca más pisaré esta parroquia y jamás volveréis a verme.
Su voz era lóbrega, sin atisbos del viejo dolor que lo llevó más de una vez a recurrir al sacerdote por las noches.
- ¿Piensas viajar, Franco? – fray Torcuato no se atrevió a sentarse cerca
- Es posible.
- ¿Y Marietta? ¿Tu padre?
- Ambos estarán bien, mientras más lejos me encuentre.
El sacerdote se sintió con el valor suficiente de sentarse a la mesa, a cierta distancia del muchacho. Lo observó unos instantes, tratando de evocar su rostro de niño y la expresión de alegría cuando aprendía a leer. Franco volteó y lo miró a los ojos. ¿Quién era este hombre?
- Algo sucedió, Franco. Has venido a confesarte, lo sé. Y no será la primera vez que abra mi corazón para oírte. - El sacerdote acercó un poco el banquillo. El herrero pareció incorporarse levemente, alerta. – Sé que ocurrieron cosas, muchacho. No estás bien. Tu padre te extraña. Ofelia y yo podemos cuidarte bien, como antes.
- Pensáis que estoy loco…
- No he dicho tal cosa, Franco.
- Ojalá tuvierais razón. Ojalá estuviese tan demente como mi madre y morir como ella – Sonrió levemente – Pero tal cosa no es posible ya. No, fray Torcuato. No estoy loco.
Silencio. El sacerdote miraba constantemente la caja de plomo sobre la que Franco descansaba una de sus manos enguantadas.
- ¿No vais a preguntarme nada sobre Marietta? – Preguntó Franco con la misma calma.
Fray Torcuato sudaba frío.
- ¿Hay algo que quieras decirme sobre ella?
- Vos queréis saber lo que sucedió la noche en que murió su padre, Antonio Cavalieri. ¿No es verdad? No hay mucho que pueda deciros, ya que no creísteis una palabra de lo que os dije aquella vez, en vuestra celda. Y tampoco había mucho por hacer en esa ocasión. Ni un regimiento me hubiera detenido.
- ¿Tan fuerte eres?
- No queréis saberlo – Franco miró al sacerdote fijamente – Estáis asustado, porque no sabéis qué ocurrirá. Tranquilizaos. Nadie morirá esta noche.
- ¿Como aquella noche, en la casa Cavalieri? – Preguntó el sacerdote.
- La muerte del mercader de telas fue un error. Un accidente, si queréis llamarlo así. Pero a Marietta le salvé la vida, aunque su odio me persiga por toda la eternidad. – Franco cerró los ojos un momento. – He venido a pediros un favor cristiano. Será la última cosa que haga al alero de vuestro Dios.
- ¿Qué clase de favor?
- Quiero pediros que deis sepultura a alguien dentro de los muros de esta iglesia. Si bien no se merece descansar con los seguidores de vuestro Dios, de alguna forma no tuvo la culpa de su existencia. Fue afortunado al morir.
- ¿Cómo salvaste a Marietta? – fray Torcuato tenía demasiadas preguntas en la lengua, ahogadas por el miedo. Las iba soltando poco a poco.
- Evité su muerte temprana, provocada por mí. Ella estaba encinta, fray Torcuato. Habría muerto en el instante de dar a luz, como mi madre, así que prolongué su vida. Culpadme a mí de todo lo que sucedió en aquella casa. No me creísteis cuando os dije que yo maté a Stefano Abiatti, ¿Verdad? Pues bien, supongo que hoy tampoco me creeréis cuando os diga que maté a Antonio Cavalieri. – El sacerdote se echó a temblar - Qué importa ya si me creéis o no... Decidle a Marietta que no me verá nunca más y eso será lo único que puedo obsequiarle, a cambio de la vida de su padre. ¿Queréis saber lo que ocurrió? Evité que un demonio como yo matara a Marietta un día.
- ¿Evitaste que un demonio…?
- Como lo escucháis. Y de paso, evité que el mundo tuviera que acogerlo, como lo hizo trágicamente conmigo. Dejad de temblar. No he venido a mataros a vos también… Decidme, ¿Sepultaréis cristianamente a quien os he traído?
Durante unos instantes, aterrado, el sacerdote temió que en su demencia, Franco hubiera profanado la tumba de Antonio Cavalieri o la de Stefano Abiatti; y hubiera arrastrado alguno de los dos cadáveres hasta la puerta de la parroquia.
- ¿Qué has hecho? – Susurró, invadido por el pavor.
- Terminé lo que no debí hacer nunca. Dadle sepultura en estos muros. Es lo último que haré para remediar mis culpas como humano. Nada más, nunca.
Alargó la caja de plomo, deslizándola hacia el sacerdote.
- ¿Qué es esto? – Preguntó, con las manos trémulas sobre la cubierta de la caja.
- El peor de mis crímenes. Abridla.
Fray Torcuato levantó la tapa y enseguida trastabilló. Cayó sentado sobre las piedras del piso, mientras la caja se desplomaba cerca.
- ¡Dios mío, bendito! – Gimió, rompiendo a llorar.
Dentro de la caja, minúsculo, se hallaba un pequeño ser encogido. Un feto humano incorrupto reposaba sobre una mortaja blanca, con la calma de la matriz, como si estuviera encerrado en la cápsula de carne del seno de su madre.
- No se pudrirá. Lleva días sin corromper. Quizás, dentro de quinientos años alguien abra su sarcófago y continuará igual, como la noche en que lo arranqué del vientre de Marietta, para salvarle la vida. – Explicó Franco - Aprendo cada día como somos los demonios, fray Torcuato.
El sacerdote se había doblado, en medio de las arcadas y el llanto. Levantó los ojos nublados por las lágrimas.
- ¿¿Qué eres?? ¿Qué has hecho? – Clamó fray Torcuato, protegiéndose con las manos
- Soy lo que os dije desde aquella visita en que me creísteis loco, como mi madre. ¿Tampoco a ella le creísteis? Seguro os habló de un hombre rodeado de luz. Mi padre debió arrancarme del seno de Lavinia, como yo lo hice con Marietta. – Franco dio un paso hacia él - ¿Sepultaréis a ese niño en los muros de esta iglesia? Decidme…
Pálido de terror, el sacerdote se llevó las manos al rostro y luego extendió una hacia el herrero, mientras la otra aferraba el crucifijo que colgaba de su cuello. Comenzó a murmurar con voz entrecortada.
- De ventre inferi clamavi… et exaudisti vocem meam…
- ¿Le pedís ayuda a vuestro Dios? Dedicasteis vuestra vida a un Dios que no existe, fray Torcuato, un Dios que jamás habría permitido que seres como yo existan en su creación. ¿No os duele saberlo? Decidme… ¿Os angustia saber que sólo el infierno existe?
- Et projecisti me in profundum in corde…
Franco se había inclinado junto al sacerdote. Hablaba muy cerca de su oído, modulando cada palabra. El fraile, trémulo, sentía su aliento.
- ¿Seguís rezando? ¡Palabras inútiles, fray Torcuato! Como vuestras enseñanzas cuando era niño, vuestro afecto, cada esfuerzo que hicisteis por volverme un hombre de bien. ¡Ni siquiera era un hombre! Miradme un momento… ¡Miradme! – aferró el rostro pálido del fraile, como con una garra negra – Vuestro Dios es un invento de quienes salían en la noche y nos temían en los bosques y los caminos solitarios. El miedo os hizo crearlo para poder dormir, sin temer que les robáramos los hijos o les consumiéramos la vida a medianoche. Toda la historia de la humanidad se sustenta en algo que los calma, que los alivia, como las mentiras dulces de una madre… “Sí, hijo, eres el más hermoso, el más inteligente. El mundo te adorará como yo…” Sí, soy un demonio, uno de esos seres que cazará al alero de la oscuridad… No puedo evitar existir como uno de ellos, pero sí frené al producto de mi semilla, para que no venga al mundo a destruirlo todo, como su padre condenado… ¿Rezaréis por él? No os lo estoy rogando. Sólo os pedí un lugar entre las piedras de esta iglesia para poner su sarcófago, no por mí, sino por Marietta. Ella no tiene la culpa de nada.
Se incorporó. Junto al sacerdote encogido en el piso, parecía un gigante oscuro. Fray Torcuato continuaba murmurando en latín.
- Qui verbum meum audit, et credit ei qui misit me, habet vitam aeternam et in judicium non venit…
- ¡¡No habéis oído una palabra de lo que os dije!! - Rugió Franco. Dio un zarpazo tal a la mesa, que voló como si se tratara de un simple abalorio. Se estrelló ruidosamente contra el muro contrario del refectorio. El sacerdote se cubrió la cabeza con ambas manos.
- Eres una abominación… - Murmuró fray Torcuato, sin atreverse a mirar al muchacho.
Ahora Franco temblaba con los ojos cerrados, procurando serenarse.
- …Veo que comenzáis a creerme. Así es. Se lo debo al que me engendró en Lavinia. Pero incluso una abominación sabe cuándo es el momento de desaparecer. No le digáis a Luciano Di Tasso lo que soy. Es preferible que piense que lo desprecié por volverme un noble, antes de que se entere que crió a una abominación, como vos me llamáis…
El herrero dio un paso hacia la puerta.
- Que Dios te perdone… - Susurró fray Torcuato.
Ni un segundo después, el sacerdote colgaba del muro, sujeto de la mano de Franco, apretando su garganta.
- ¿Os burláis de mí? ¡Os dije que Dios no existe! ¡Rogad al aire para que los demonios no llamen a la puerta de vuestra parroquia, porque nada os protegerá de las fibras ni de la luz que emana de nuestros cuerpos! ¡Suplicad a la nada! ¡Rezad los años que os quedan para que ninguno como yo vuelva a cruzarse por vuestro camino! ¡Pedidle perdón a vuestro Dios de niebla y mentiras por haber criado a un esbirro del averno entre estas mismas paredes, en este refectorio, alimentándolo y educándolo para que fuera un instrumento de muerte..!
- ¡¡Franco!!
La voz de Ofelia cortó el aire del refectorio y soltó la mano del herrero. Fray Torcuato se desplomó en medio de toses y resoplidos.
Durante unos instantes la observó, temblando, aún con las manos crispadas.
- No le digan a mi padre lo que soy – Susurró, antes de desaparecer para siempre por la puerta del refectorio.

11 comentarios:
¡¡¡POROSHNYJ!!!,,, ES INTENSO, PROFUNDO,,, DOLOROSO, ES PERFECTO,,, EL EMPLEO DEL POR QUÉ JUSTO CUANDO EL MUNDO SE QUEDA SIN RESPUESTAS, ESTE CAPITULO ES EL NIRVANA, QUE MADUREZ INSIGNE,,, LOS PERSONAJES LLEGARON CON NATURALIDAD HASTA ESTE SITIO Y AHORA ESTAN PERDIDOS, TODOS ESTAN PERDIDOS, ME ENCANTO, ME LLENO DE IMAGENES,,, ¡¡¡ME LLENO DE IMAGENES!!!
Lo que más me ha gustado es el modo lento en que han ido cambiando los personajes principales y la forma en que han explotado en esté capítulo.
¡¿podremos leer el proximo capítulo en un futuro no tan lejano?!
ohh increible !!!!! esto es oscuro y muy pero muy potente. Queremos otro capitulo pero yaaaaa!!!!
Buenísimo!, vuelvo a insistir, es más lo que nos tenés esperando que lo que nos dura el capítulo! y según veo no soy la única que se queda con hambre de mássssssssss!!, ojalá el próximo no tarde tanto, cada vez me atrapa más la historia. Simplemente genial.
UNA REVERENDA MIERDA XD
Se agradece su comentario. Ojalá lea los otros 26 capítulos para que eche las puteadas correspondientes. Y claro, con nombre y apellido del que suscribe.
QUE FACIL ES PARA UN COBARDE SACAR LA ESPADA Y HUIR,,, NADA MAS BARATO QUE LAS CRITICAS SIN APELLIDO :D
humildemente, escribes desde la mirada tridimensional de un asperger, ningún detalle se escapa, las escenas tienen que ser y sentirse reales y concretas en toda su magnitud, esos largos diálogos deben expresar todo lo que sucede para que no hayan dudas...los diálogos humanizan, conectan..es la manera que te conectan....humildemente...eres genial tu lo sabes..naciste con ese don que a la vez es una cruz.....
Muchas gracias por tu comentario. La verdad, siempre vi polémicamente el hecho de ser tan detallista cuando narro. Cuando me cuentan algo exijo un gran nivel de detalles, de imágenes. :) Me gustaría saber si leíste el último capítulo o el blog entero. SI es lo último, estaría impactado. Siempre he pensado que tal cosa necesita mucha paciencia.
Gracias, de nuevo
Te haz dado cuenta de lo talentoso que eres? no lo leí entero, pero me agradó lo que miré
Soy la cami_camposr y no tengo blog así que seré anómima jajaj
Leí casi-todo, la cagaste pa ser detallista, no es una mala característica, pero pa mi tampoko es la mejor, podrías dejar algo más como pal futuro en la historia, no explicar todo altiro, así podí usar unos flahback y hueas, lo que vi de la historia está buena, me gustó Fray Torcuato :)
Cami_Camposr
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