CAPÍTULO XXV
(La muerte y la doncella)
(La muerte y la doncella)
Décadas más tarde, ya marchita, envuelta en sus hábitos de monja anciana, Marietta recordaría aquella noche funesta. En la fría celda de piedra, en donde oraba frente a un crucifijo de madera, trataría de recordar el tono de fuego de su cabellera de la adolescencia, desordenado sobre el pecho de Franco. “¿Por qué no morí, siendo niña?” se preguntaría, de rodillas. “¿Por qué no desaparecí cuando aún era tiempo, antes de conocerlo, antes de su embrujo?” Una y otra vez recordaría el rostro armonioso de Franco, sus ojos claros, la línea perfecta de su nariz, el temblor azabache de su pelo cuando sacudía la cabeza; y las lágrimas se precipitarían por su piel ajada.
Dentro de poco tiempo - corroboró Marietta - ningún corsé podría ocultar la realidad que crecía en su vientre y le hinchaba los pechos bajo el corpiño. Se miraba desnuda y desconsolada en su espejo de cuerpo entero. De perfil, su vientre había comenzado a marcarse con una suave colina, casi imperceptible, justo debajo del ombligo. Se palpaba los senos. Habían adquirido una exuberancia que debía ocultar con chales atados al pecho. Se vestía, sollozando. Las lágrimas brotaban solas y en silencio, humedeciéndole el rostro. Temblaba. Tenía miedo y se sentía sola en la penumbra otoñal de la habitación en donde por primera vez se desnudó frente a Franco y rompió en llanto, delatándose, en el regazo de Stefano Abiatti.
Las hojas rojizas se arremolinaban en el empedrado del sendero que cruzaba el jardín, rumbo a la higuera. Se sentaba frente a la ventana, silenciosa e imperturbable; como si se hubiera convertido en una escultura. A veces sentía el estremecimiento, el leve aleteo en el agua de su vientre. Se llevaba ambas manos a las entrañas, conmovida. No estaba arrepentida, ¿Cómo podría?. Sólo el recordar la piel húmeda de Franco le empañaba los ojos.
Sus padres creían que su nostalgia venía del dolor por la muerte de su primo. Procuraban consolarla, animarla. Traían músicos a la casa, golosinas, libros nuevos. Antonio Cavalieri sacó de sus bodegas doce metros de la mejor seda dorada y contrató a las más cotizadas costureras de Milán. Ni siquiera aquel vestido, cosido según las estrictas indicaciones de patrones parisinos, pudo sacarla de aquel estado melancólico que le había robado la risa.
Finalmente, el mercader dedujo que quizás el esquivo novio podría alejarla de su tristeza. Después de todo, hacía tiempo que no visitaba la casa ni daba señales de pretender fijar una fecha para la boda. Un par de veces, Cavalieri se presentó en el palacio De la Cañada, pero el mayordomo le indicó que el señor Di Tasso se encontraba indispuesto y a la brevedad presentaría sus respetos a su prometida. Al día siguiente, un lacayo apareció en el taller de telas con un descomunal ramo de rosas blancas para Marietta.
- De parte del señor Di Tasso – Indicó.
Aquel fino presente calmó los ánimos de Antonio Cavalieri, pero no logró sustraer a su hija del silencio y la congoja; y mucho menos, congraciar a su esposa con el futuro yerno.
- ¿Qué clase de noviazgo es este? Marietta no lo ha visto desde los funerales de Stefano. ¿Acaso piensa que sólo debe enviar flores? Debería presentarse con regularidad a comer con nosotros y explicarnos de una buena vez qué pretende ofrecer a su prometida – Comentaba en medio de la cena.
Marietta Cavalieri pasaba los días en un misterioso mutismo. Olvidó reír, charlar, suspendió sus visitas frecuentes a la parroquia para ayudar a Ofelia con los pobres. Lloraba en silencio, sin motivo ni explicaciones. Comía poco y sin ánimo. Dormía largas siestas y por la noche, no pegaba los ojos. Escribía cartas para Franco, que al final no enviaba. Bianca trató de animarla, invitándola a pasar unos días en su casa. Todo fue inútil. Se estaba apagando sin causa aparente.
Cada noche, sumergida en sus sábanas, dejaba de respirar para captar cualquier sonido proveniente del jardín. El crujir de una rama y la caricia de las hojas sobre las piedras le parecían sonidos idénticos a los pasos sigilosos de Franco cerca de su ventana. Conforme pasaban las horas, lloraba. Veía la luz del amanecer con la cara húmeda y la garganta apretada por los sollozos.
Esa noche, había neblina. Se podía saborear el frío, como una bocanada azul que invadía los pulmones. El viento anunciaba el hielo de los Alpes sobre los techos de las casas y la hierba húmeda de los bosques.
- Cierra esa ventana, Marietta. Hace frío – Ordenó la señora Cavalieri, estremeciéndose, cuando abandonó la habitación de su hija luego de despedirse con un beso en la frente.
Pero Marietta no obedeció. Se acurrucó entre las mantas, atenta, como cada noche. Sabía que la desazón la obligaría a sollozar hasta casi el alba, pero no perdía la esperanza. Había aprendido a convivir con el dolor de escuchar los crujidos del jardín y comprobar que no había nadie esperándola en la oscuridad.
Sin embargo, esta vez fue diferente. Se durmió. Su nueva condición la agotaba notablemente y no fue capaz de resistir, escuchando los sonidos de la noche. Cedió y soñó dulcemente, como hacía mucho tiempo no lograba hacerlo. Se vio caminando en un trigal maduro que se mecía como un lánguido mar amarillo. Sonrió mientras dormía; y aún tenía un gesto plácido en el rostro cuando abrió los párpados y notó una figura oscura sentada frente a ella, en el otro extremo de la habitación.
Era Franco.
- No quise asustarte – Murmuró él, distante, cuando la vio incorporarse.
A pesar de que su primer impulso fue saltar a sus brazos, Marietta permaneció inmóvil entre las mantas de la cama; como si se hallara frente a un desconocido. No podía distinguirlo en la penumbra, por más que escrutó por encontrar el gris luminoso de sus ojos en la sombra.
- ¿A qué has venido? – Susurró ella. La garganta pugnaba por estallar en sollozos en cualquier momento, pero logró controlarla e incluso, adquirió valor. Lentamente, descendió de la cama.
- Me pediste que viniera. – Respondió él, en voz baja.
- Hace mucho que no me visitas. No has dado señales, únicamente el ramo de rosas que enviaste para calmar a mi padre…
Franco parpadeó, perplejo. Nunca había enviado un ramo de rosas… Pirandello, sin duda. Su guardia personal. Lo recordó por los pasillos del palacio del marqués, expectante, vigilando sus movimientos y al mismo tiempo, casi invisible. Ningún mortal tendría esa capacidad para el silencio. Franco lo vio, de pronto, cargando el cadáver de Stefano Abiatti…
Marietta avanzó hacia él. Intentaba distinguir las pupilas claras.
- ¿Qué sucede, Franco? – Luchaba por parecer serena. – Dime… ¿Por qué viniste?
Él se retrajo disimuladamente en el rincón, temeroso. Recordó a la mucama, Giovanna Rossi. No la mató. A pesar de que estuvo tan cerca, tan ansioso, sus fibras se limitaron a examinarla. Respiró hondo. Nada le ocurriría a Marietta, de eso estaba seguro. Relajó los músculos de su mandíbula y le permitió acercarse.
- Han sucedido cosas, Marietta – Comenzó. De pronto, buscar las palabras precisas resultaba casi tan difícil como dominar esos cristalinos tentáculos que lo aterraban – Tu primo… Stefano…
- ¿Qué tiene que ver Stefano con tu ausencia? – Se atrevió a replicar Marietta. Encendió las tres velas del candelabro metálico que descansaba sobre una mesa. Quería verlo a los ojos. Conocía sus gestos. Necesitaba más que las explicaciones usuales. Levantó la mirada hacia él - ¿Qué tiene que ver él? – Insistió.
- Stefano estaba enamorado de ti. Imagino que lo notaste en algún momento.
Estúpido argumento.
- Talvez… Pero no fue a Stefano a quien dejé entrar en mi cuarto y en mi cama.
Franco apartó la mirada durante unos instantes.
- Es cierto – Franco se acercó un poco – Fui yo el que entró a esta habitación, desde aquella noche, después del baile de primavera del marqués.
- Te repito, Franco… - Insistió Marietta, en voz baja - ¿Qué tiene que ver Stefano con tu desaparición?
- Él… Pensaba hablar contigo, sobre algunas cosas que he hecho.
Silencio.
Marietta se mordió los labios. Le dolía la garganta, por tratar de reprimir el llanto. Recordó aquella primera vez en que Franco saltó fuera del cuarto y ella escondió la sábana manchada. Le dolían las ingles y estaba más sola que nunca. Sin embargo, a pesar del vacío que sintió en ese momento, lo esperó noche tras noche, ansiosa y enamorada; más ahora, que debía contarle todo.
Pero él no había venido a visitarla como antes. Lo supo desde que escuchó su voz en la penumbra de su alcoba. Y sí, sabía de lo que él estaba hablando. Un escalofrío de miedo le recorrió la espalda.
- ¿Has estado en la cama de doña Isabella de Béjar? – Preguntó ella. Su voz ya estaba rota. – Si es así, ya no tiene sentido ocultarlo. Creo que tengo el derecho de saberlo.
Franco apretó los ojos. No era necesario mentir. ¿Para qué? Estaba dispuesto a dejarla. Quería salvarla, alejarla de las fauces de la bestia. Si no la mataba él mismo, en un arranque de sus fibras, lo haría Néfer. ¿Cuánto tiempo lloraría Marietta? ¿Meses? ¿Un par de años? Hasta que un hombre bueno apareciera, sin duda. No le faltarían pretendientes y más de alguno sería digno de ella. Cualquiera era más digno que él, por supuesto. Él, que no era más que un demonio huérfano, una asquerosa aberración aparecida en el mundo por quién sabe cuál broma del diablo. Sí. Ella lloraría, pero cada lágrima lavaría cualquier inmundo contacto con él. Lo olvidaría.
- Sí…
No le alcanzó el valor para mirarla a los ojos, mientras lo admitía. En el enorme silencio de la habitación, sólo se percibía el tenue sonido de la respiración entrecortada de Marietta, conteniendo el llanto.
- ¿Cuándo comenzó? – Preguntó ella, apenas audible - ¿Cuando llegaste a la casa del marqués?
- No… - Respondió él – Fue en Lecco.
Marietta asintió, mordiéndose los labios, con los ojos anegados. Se sentó en la cama. Lecco. Es cierto. De pronto dejó de escribir y cuando regresó, se mantuvo silencioso y distante.
- Stefano lo sabía - Susurró ella – Me lo advirtió. Me lo dijo y no quise escucharlo… ¡Él me lo dijo! – Estalló en llanto. Trató de reprimirlo con ambas manos sobre la boca.
No la consoló. Le permitió llorar, ahogada de dolor. Se limitó a observarla en silencio. De pronto, ella apartó las manos del rostro y le clavó los ojos enrojecidos.
- ¿¿Por qué pediste mi mano, entonces?? ¿Por qué no te alejaste de mí?
- Te quería…
- ¿¿Me querías?? – Interrumpió Marietta, tan furiosa, que Franco pensó que había despertado a toda la casa. - ¡Jamás me quisiste! ¡Ni cuando me mandabas todas esas cartas, siendo solo un herrero, ni mucho menos cuando me hiciste sangrar en esa cama! – Señaló su lecho revuelto. Temblaba de ira y dolor. Se percibía su respiración agitada, bajo los pliegues del camisón.
Franco la miró a los ojos, suplicante.
- Nunca he querido dañarte, Marietta… En Lecco yo…
- ¿La quieres? ¿Estás enamorado? – Inquirió ella, acercándose. Se apoyó en la punta de los pies, aferrándolo de la ropa, alcanzándolo con sus ojos y su aliento. – ¿O también fue como en mi cama?
- Marietta, basta…
Apartó la vista, pero no intentó apartarle las manos que lo sostenían del jubón.
- ¡Contéstame, cobarde! ¿Te enamoraste de ella?
- Vas a despertar a todos… Marietta…
Una lluvia de bofetadas le sacudió el rostro. Las fibras se alzaron, expectantes, pero logró dominarlas. Sostuvo las muñecas de Marietta con ambas manos, mientras ella se retorcía, desesperada y furiosa. Logró depositarla sobre la cama. Ahora él tenía los ojos empapados, mientras la observaba sollozar, balanceándose levemente. Había lastimado a su padre y ahora a ella. ¿Cuánto más debía hacer para hundirse en el abismo?
Luego de unos minutos, Marietta pareció tranquilizarse. Su respiración se hizo profunda, aunque entrecortada. Alzó la mirada lentamente. Tenía los ojos inflamados.
- Stefano me dijo que no eras hijo de Luciano Di Tasso, sino de su hermana. ¿Es cierto?
Hablaba con suavidad, envuelta en una extraña calma. Él tragó saliva. Había pasado lo peor.
- Es verdad. Soy el hijo bastardo de Lavinia Di Tasso.
Sellaba el asunto. No volvería a aceptarlo, Franco estaba seguro. Quizás se aferrara a ese hecho como consuelo. Era cierto, actuó como un cobarde. ¿Qué puede esperarse de un bastardo? ¿De un mentiroso? Trepador, arribista… maldito hipócrita y seductor sin honor. “Sí, ódiame… te será más fácil olvidarme”, pensó él. Un día lo recordaría como algo lejano y nebuloso, como un simple error.
- No me importa si no sabes quién es tu padre… - Declaró ella con los ojos bajos – Una mujer hace muchas cosas por amor. No puedo juzgar la conducta de tu madre. Quizás también se enamoró de alguien que terminó engañándola.
Franco sintió que las lágrimas terminaban por rodar de sus pestañas. Cayó de rodillas frente a ella. Apretó sus manos y se concentró en los ojos hinchados que lo observaban desde su infinita tristeza.
- No soy bueno para ti, Marietta. No soy nada de lo que quise ser un día y no tiene que ver contigo o doña Isabella. – La voz se le rompía al hablar – Algún día vas a entender que lo mejor que puede sucederte es que me aleje de ti… Yo te amaba…
“Vete a un convento… no debes volverte madre de pecadores”… Ella abrió los ojos. Hamlet en su cabeza… y en momento inoportuno.
- No soy quien crees, Marietta – Proseguía Franco, apretándole los dedos hasta el borde del dolor – No existe el futuro para ti a mi lado, porque yo mismo carezco de él. Me alejaré de ti y vas a ser feliz sin mi perniciosa influencia…
“Soy muy orgulloso, vengador, ambicioso, con más disposición para hacer daño que ideas para concebirlo, imaginación para plasmarlo o tiempo para cumplirlo. ¿Por qué gente como yo ha de arrastrarse entre la tierra y el cielo?” Los versos de Shakespeare volvían a cruzarse en el dolor y el delirio.
Marietta alargó la mano y acarició su mejilla. Franco no comprendía si había perdón o lástima en el gesto; pero lo agradeció, apretando un beso contra la palma. Por un segundo sintió alivio, amparado en aquella simple reacción.
- Estoy embarazada – Susurró ella – Lo sé desde antes de la muerte de Stefano…
Franco levantó la mirada, estupefacto. Durante unos momentos, no hubo reacciones, ni gestos, ni palabras. Sólo el hielo y el horror de la confesión oída. Alguna vez imaginó sembrar hijos en el vientre de Marietta. Verlos crecer bajo el almendro del taller de su padre. Oír sus voces alrededor de su cama, en las mañanas de domingo. Quizás hijas, pequeñas pelirrojas de ojos grises sentadas alrededor de su madre, vestidas de organdí y lazos de seda.
Nada de eso era posible. Franco sabía que algo muy diferente a un bebé crecía en la matriz de Marietta. Se incorporó, aterrado.
- No es cierto… - Murmuró, abrumado por el miedo.
- Stefano lo sabía. De hecho, él mismo se ofreció para darle su apellido, en caso de que terminara mi compromiso contigo. ¿Crees que estoy mintiendo?
- No puede ser…
- Viniste muchas noches hasta mi alcoba. Me hiciste sangrar en esta misma cama – Se puso de pie. En un gesto violento, se despojó del camisón, bajo la luz del candelabro.
Nunca estuvo tan hermosa. El cabello brillaba ígneo, derramado en los hombros y cayendo en ondas sobre los pechos inflamados. Franco notó la nueva exuberancia que le alzaba los pezones como frutas crecidas. Reparó en la curva madura de las caderas y el vientre levemente hinchado sobre el ombligo. Qué diferente al cuerpo sonrosado y frágil que aprendió a besar en las primeras noches clandestinas que pasó en esa habitación: los pequeños senos de doncella que despertaron con su boca y con su lengua, ahora estallaban en la plenitud de la preñez; y el vientre plano que acogió el peso de su propio cuerpo, se alzaba, ahora, en un bulto rotundo y aterrador.
No pudo reprimir las fibras que apuntaron hacia ella, ondulantes y curiosas. Las dejó acercarse, controlando el objetivo, más seguro de sus capacidades. “Que no hallen nada…” Rogó en su mente, mientras los invisibles tentáculos se concentraban en el vientre de Marietta. Recordó, de pronto, los latidos profundos que percibió mientras la consolaba junto al féretro de Stefano Abiatti. El calor, concentrado en las entrañas. Alguien lo interrumpió, es cierto, y no prestó atención a aquel extraño descubrimiento.
Cerró los ojos, jadeando. Las fibras percibían la respiración leve de la muchacha y el temblor de su cuerpo. Y abajo, profundo, acurrucada en la matriz, pudo sentirla: temblorosa, incandescente, la pequeña presencia; un ser minúsculo y letal, rodeado por un halo de delicadísimos filamentos. Sí, era uno de ellos. Era suyo, su hijo. Había engendrado un nuevo demonio que se preparaba para crecer y arrancarle la vida a su madre, apenas lo diese a luz. ¿No lo había hecho él mismo, esa noche de tormenta, hacía más de veinte años?
Se apartó de ella, horrorizado. Chocó contra el tocador, volcando pequeños frascos de vidrio y porcelana.
- ¡No vas a morir..! - Gimió – ¡No puedes morir..!
Marietta había comenzado a llorar, nuevamente. Se le acercó.
- Es tuyo, Franco… Vamos a tener un bebé en pocos meses – El rostro brillaba en la penumbra de las velas, bañado en lágrimas – ¡No puedes hacerme esto ahora que tengo a tu hijo dentro!
- ¡No… no..! - Franco cerró los ojos, reprimiendo las fibras con todas sus energías. Ella le rodeó el cuello con los brazos. Se erguía en la punta de sus pies desnudos, pugnando por alcanzarle el rostro con los ojos y la boca suplicante.
- ¡No me hagas esto, por favor, no ahora! – Marietta sollozaba, más frágil que nunca, desnuda y aferrada a su cuello, mientras él trataba de apartar la cara, con los ojos cerrados. - ¡Abrázame, por favor! ¡Dime que no vas a dejarme… Dime que vas a criar a tu hijo conmigo! Por favor… ¡Dime algo!
Franco le tomó el rostro entre las manos. Contempló los ojos desfigurados por el llanto, apenas un destello verde entre los párpados hinchados. La había asesinado. Desde el momento en que entró en ella, desgarrando su doncellez. No… mucho antes. Desde que la observó saliendo de la iglesia, siendo un quinceañero… Desde el instante en que él mismo nació de Lavinia Di Tasso, aquella noche nefasta. En ese momento oscuro, en que nadie lo mató, cuando aún palpitaba el cordón umbilical que lo unía a su madre muerta, se determinó el futuro de la pobre Marietta Cavalieri; destinada a gestar a un monstruo en el vientre, castigada por haber amado a un condenado, al más maldito de los hombres de la tierra. Un día, dentro de poco, arrojaría a la bestia al mundo, entregando su propia vida en ese acto definitivo.
- ¡Perdóname por todo lo que te he hecho! ¡Perdóname por mi crueldad! - Franco rompió en sollozos – Si hubiese sabido antes… si alguien me hubiera dicho quién era yo… ¡Jamás me habría acercado a ti! ¡Me habría ido lejos de Milán! – Le besaba las manos y los dedos, uno por uno. Marietta lo observaba confundida. Había comenzado a asustarse – ¡Escúchame! Nunca quise esto, Marietta, ¡Te lo juro! Pero es necesario que aparte a todos de mi vida. ¡Es importante que me oigas! Debes comprenderlo… No volverás a verme y tendrás otra vida, te lo prometo. Vas a olvidarme y a esto que crece en tu vientre… ¡No voy a permitirle hacerte daño! ¿Entiendes? ¡No dejaré que te arrastre al abismo!
- ¿Qué estás diciendo..? – Marietta soltó su cuello y trató de apartarse – Franco, ¿¿Qué te pasa??
Se abalanzó sobre ella, alzándola del piso. La depositó en la cama, sosteniendo firmemente sus muñecas con las manos, inmovilizándola.
- ¿¿Qué vas a hacerme?? – Había terror en sus palabras. Súplica – ¡Por favor, suéltame!
- No le permitiré dañarte – Murmuró él con los ojos cerrados, concentrándose en algo nefasto y misterioso – No dejaré que traiga su veneno a este mundo…
- ¡Franco, suéltame! – Marietta había comenzado a retorcerse
- Esto lo hago por ti… Y Dios quiera que un día me perdones… - Las manos eran garras sobre sus muñecas. Grilletes de hierro puro. Con una rodilla le apartó los muslos desnudos, descubriendo la carne tierna del sexo.
- ¡¡Franco!!
La invasión… Las fibras emergieron como un millón de tentáculos de su cuerpo y se incrustaron en el sexo, abriéndolo como a una amarga boca. El cuerpo de Marietta se arqueó, aterrado, mientras la luz entraba entre sus piernas como un destello de magma satánico. Sintió los filamentos invasores, hurgando entre la blanda oscuridad, asaltando la tibieza del refugio. El alarido de dolor cortó el silencio de la noche. Los ojos de ella se volvieron implorantes hacia él, mientras el pavor se deslizaba por su sangre, alterada por el flujo funesto que removía quirúrgicamente el contenido de sus entrañas. “Es una pesadilla, producto de la fiebre” se dijo ella, mientras rugía de miedo sobre la cama revuelta. Su amado, su querido herrero la estaba asesinando con armas del infierno.
Franco, con los ojos cerrados, dirigía aquella macabra operación con determinación oscura, estremecido por la sensación de revertir la ruta del nacimiento con sus ondulantes apéndices de plata y luz. El túnel, las tinieblas de la matriz… ¡Las fibras! Ah… el pequeño demonio había comenzado a defenderse. Se retorcía en su minúscula cápsula, alzando pequeñas agujas doradas para evitar la muerte. Quería vivir. Sin duda, él mismo lo había querido, en su momento, cuando no era más que una bola de carne en el útero de Lavinia. “¿Por qué no me arrancaron?” Envolvió a la criatura con inmisericorde arrojo, sin piedad ni remordimiento. En su mente, escuchó el diminuto grito de angustia… No, no era su hijo… Era un demonio… Era una bestia… Una aberración… ¡Silencio!
Lo sostuvo. Cabía en sus manos. Se retorcía en sus palmas, rodeado por las pequeñas fibras. Los enormes ojos hinchados, se movían dentro de los párpados. No había ternura en el examen. Debía matarlo.
Era tan fácil y terrible, que debía hacerlo con los ojos cerrados. Lo envolvió en sus fibras y procedió. Tibieza, agua, refugio, la voz de Marietta bajo su cuerpo… El niño recordaba sensaciones de sus padres. Debía saberlo. Era de su especie. “No durará mucho esta blasfemia, Marietta, de lo prometo” De pronto, la quietud. Lo supo. Estaba muerto. Un inmortal de la antigua raza había muerto, antes de vivir.
Franco abrió lentamente los ojos y volteó hacia ella, con las palmas abiertas, enseñándole el minúsculo cadáver.
- Te prometí que no te haría daño, Marietta, jamás.
Por años, Marietta recordó la escena y despertó gritando a medianoche. Aún sentía el dolor entre los muslos, la textura viscosa de su sangre sobre las sábanas y Franco, diabólico y hermoso, mostrándole el cuerpo de su propio hijo asesinado. El pánico subió desde su garganta hasta convertirse en un grito que buscaba arrastrarla lejos de allí, de ese tiempo y lugar, lejos de la angustia de haberlo perdido todo en un instante de sangre.
Antonio Cavalieri se sentó en la cama, alarmado.
- Alguien dio un grito – Señaló en voz baja, pero su esposa sólo dio un suave gruñido. Seguía dormida.
Habituado a despertar antes del amanecer, se sintió perfectamente lúcido para patrullar la casa. Los pasos lo llevaron al salón, pero no había nada fuera de orden. Fue entonces cuando sintió nuevamente el ruido a lo lejos. Era un llanto. Era la voz de Marietta. Ciego de angustia avanzó a tientas por los pasillos oscuros hasta llegar a la puerta. Se abalanzó sobre ella y la abrió de golpe, pero el pánico lo obligó a detenerse. Sobre la cama, su hija retrocedía, desnuda y ensangrentada; mientras un hombre procuraba acercarse, extendiendo las manos.
- ¡Suelta a mi hija, malnacido! – Bramó. El desconocido levantó los ojos hacia él.
El mercader de telas necesitó de unos momentos para recuperarse de la impresión. Era Franco… ¡Franco! ¿El propio novio de Marietta la había ultrajado en medio de la noche? La furia le caldeó la sangre en ese instante. Levantó un pesado candelabro de hierro y se arrojó sobre el que pudo ser su propio yerno. Alcanzó a ver que el muchacho sacudía la cabeza, tratando de explicar algo inútilmente. Lo atravesaría como a un pato, como a un cerdo. Escupiría en su sangre y en su cuerpo empalado.
Lo último que vio Antonio Cavalieri fueron los ojos grises de Franco completamente abiertos y una luz dorada que lo embistió, de pronto, antes de volverse oscuridad y nada.
Franco cerró los ojos, tratando de ordenar, nuevamente, el caos de sensaciones que se revolvía en sus nervios y en su sangre. No volvería a matar, se había prometido días antes. No volvería a absorber vida a través de sus tentáculos del averno. Y ahí estaba, de pie, junto al cadáver de Antonio Cavalieri, a un metro de distancia de Marietta, paralizada de terror, con la mirada suspendida en su padre y los brazos extendidos hacia su cuerpo.
- No quería hacerlo… - Gimió, tratando de tocar el hombro de Marietta.
Pero apenas se produjo el contacto, ella volvió a gritar. Y esta vez, el grito se convirtió en un profundo alarido, un aullido de dolor y miedo que resonó por toda la casa, como un viento de muerte que empaparía los rincones con la tragedia.
Franco aún sostenía el cuerpo del pequeño feto. Había matado a Antonio Cavalieri. Le había arrancado al hijo de las propias entrañas a Marietta. ¡Dios mío! ¿¿Cuál Dios?? ¿El mismo que permitía esto? ¿El mismo que lo dejó vivir para convertirse en monstruo y verdugo? ¿El mismo que había puesto a una muchacha buena en su camino, para que él mismo le desgarrara la vida para siempre?
Ahora él lanzó un rugido de rabia y dolor. El último llanto de su vida humana, antes de sumergirse eternamente en su esencia de bestia. Antes de asumir de ahí, hasta el infinito, que nunca más respiraría en el mundo si no era como un demonio.

9 comentarios:
LA SECUENCIA DE HECHOS ES MAGNIFICA, PERO LO REALMENTE TRASCENDENTE ES COMO AL FINAL, EL LECTOR ES CAPAZ DE SENTIR TERNURA Y CONMISERACION POR UN INDIVIDUO QUE ACABA DE MATAR A SU PROPIO HIJO,,, ES GRAFICO, COMPLETO,,, UNO SUFRE Y EL HECHO DE SUFRIR CON EL PERSONAJE HACE GESTIONES EN FAVOR DEL PERDON,,, ME ENCANTO :O
Genial, buenísimo, y te digo algo.. uno espera mucho por un capítulo y apenas lo tiene, éste se termina demasiado rápido y me quedo esperando más! jejeje, muy bueno Nico, genial! sorry por no comentarte más pero me mata la gripe jejeje, nos hablamos. (Ceci)
No me gusta decirlo, pero no me ha gustado tanto como los capítulos anteriores.
La primera impresión que tuve, es que lo había escrito una persona diferente.
Muy extraño.
Igual sigo esperando los proximos.
Saludos.
Sin palabras, una obra de arte verdaderamente...
Gracias, Dunkle and Light. Me alegra que le parezca satisfactorio.
¿Por qué no te gustó, en primer lugar, Ackane? ¿QUé tiene este que no te gusta? ¿Por qué crees que otra persona lo escribió? ¿Está mal escrito? ¿La historia decayó? O es lo que narro lo que no te gusta.
CREO QUE ES NORMAL QUE HAYA DESCONCIERTO, MUCHA GENTE ESPERA DE LAS HISTORIAS, FINALES FELICES,,, EN ESTE CASO, YO CREO QUE AQUI QUEDA MARCADA LA IMPROCEDENCIA DE UN FINAL DE TELENOVELA VENEZOLANA,,, SI SE VEIA VENIR ALGO ASI, HAY EN LA HISTORIA UNA IMPECABLE EVOLUCION DEL ESTILO DEL ESCRITOR, POR ESO EL CAPITULO RESULTA INTENSO, VÍVIDO, REPENTINO, PERO MAGNIFICO EN ESA RUINDAD DESCABELLADA,,, SE ENTIENDE QUE NO SE ENTIENDA, SE LLAMA ARTE >_<
Cuántos amores o amistades se habrán perdido porque una mujer o un hombre no obedecieron a sus ganas.
Lucía Rivadineyra.
De hecho, Ackane. Obedecer impulsos determina todo. No hacerlo, implica la eterna duda y la oscuridad, muchas veces. Es preferible una vida de "creo que la cagué" a una de "no he hecho nada que pueda contar..."
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