domingo 7 de febrero de 2010

XXIV LOS DÍAS DE OSCURIDAD


CAPÍTULO XXIV
(Los días de oscuridad)

Naturalmente se equivocó. En esos tiempos de recién nacido, Franco estaba particularmente proclive a cometer errores. Era un niño de la antigua raza, un neófito. Sus fibras tenían tanta potencia como las ansiedades de un adolescente en el colmo de sus hormonas y por la misma razón, el mismo descontrol.

Luego de varios días de paz, Franco pensó que nunca más usaría sus imperceptibles tentáculos para segar vidas y esa creencia le permitió, incluso, dormir. Comprobó complacido que aún podía hacerlo, aunque realmente no lo necesitara. Durmió sin soñar y despertó tranquilo. Dios le daba otra oportunidad. Luego de aquel asesinato – accidental, por cierto – podía continuar como un buen muchacho, semihumano, en conciliación con el mundo. Cada noche intentaba dormir, sólo para aferrarse al pasado en que la bendita ignorancia le daba seguridad… Al menos, por un breve tiempo.

Una noche en que intentaba sumergirse en el sueño, sintió que el cuerpo comenzaba a arderle. Se sentó, jadeando, agobiado por el sudor que lo cubría como un barniz perlado. Abrió la boca para acaparar el aire. Apretó los párpados húmedos, concentrado en el fuego que erizaba todos aquellos horribles filamentos, como si se tratara de una anémona. Pronto comprendió que esta vez no lo azotaba la espantosa sed de muerte, de modo que se incorporó de golpe y se abalanzó al balcón.

Néfer, recostada en su recámara, revisaba un antiguo libro de grabados chinos. Sus fibras apenas alcanzaron a extenderse a su alrededor, cuando Franco emergió de su propia ventana. Con insólito ímpetu se arrojó sobre ella, veloz, brutal. Despedazó el raso etéreo de sus ropas de descanso y la volteó como a una tabernera sobre la cama. Apenas le dio tiempo para sostenerse sobre sus codos, mientras él le aferraba los muslos para entrar en ella sin preámbulos ni miramientos. Atiborrada y atónita, Néfer trató de incorporarse, increparlo, comprender; pero las embestidas eran tan profundas, insistentes y raudas; que se vio obligada a seguir el ritmo y responder al ardor de Franco con gemidos hondos que la condujeran a su detonación. Una y otra vez explotó, embriagada por la ferocidad de su amante, sin que él alcanzara la agonía.

El asalto se prolongó por tanto tiempo, que Néfer se sintió tentada a rogarle que se detuviera, agotada por las arremetidas y la insistencia del enjambre de fibras que emanaban del cuerpo de Franco y la envolvían como a la presa de una araña. Finalmente él, rugiendo y apretándola con sus tentáculos transparentes, estalló con furia volcánica en lo profundo.

Descansaron uno al lado del otro sobre la cama, jadeantes, desnudos y bañados por un brillo metálico. Ella, de boca, lánguida y satisfecha, miraba el perfil de Franco, de espaldas, cortando en dos la seda de la colcha. Se concentró en el pecho húmedo del amante que subía y bajaba, acaparando el aire que adormecería su tensión previa. Pronto los invadió la calma y permanecieron inmóviles y en silencio, escuchando los ruidos nocturnos y el viento golpeando suavemente la ventana abierta contra el muro.

- Si haces esto con Marietta, vas a matarla – Comentó Néfer, sin moverse de su posición.

Franco volteó hacia ella. Sus ojos traían preguntas.

- ¿Acaso…?

Néfer se incorporó y trató de ordenar su cabellera revuelta, recogiendo la masa de hebras oscuras en la nuca.

- No, no me refiero a tus nuevos hábitos de sátiro. – Dio una rápida caricia a los genitales de Franco, haciendo que diera un respingo – Hablo de tus fibras. No sabes controlarlas. Las extendiste hacia mí, mientras creías que era tu hembra en celo. Si no eres capaz de retraerlas estando tan cerca de un humano, sobretodo en tu nueva condición, regarás de cadáveres las camas de Milán.

- No extendí las fibras hacia ti... – Se disculpó Franco – No quería hacerte daño.

- Y tampoco podrías. Ahora vete. Pronto amanecerá y quiero tomar un baño antes de mi cabalgata de los domingos.



Por la mañana, como de costumbre, la mucama designada para limpiar y ordenar la recámara de Franco entró con sus propias llaves. Estaba habituada a recoger la bandeja del desayuno, cambiar las flores, ordenar las ropas de cama y de paso, aspirar el aroma de las camisas de ese hombre exquisito destinado únicamente a la cama de la sobrina del marqués. Recogió una prenda arrojada al descuido sobre la silla, cerró los párpados y se la llevó a la nariz, imaginando la textura de ese cuerpo hermoso y vedado.

Cuando abrió los ojos, la muchacha comprobó aterrada que Franco la observaba mustio desde el reflejo del espejo. Trató de disculparse, balbuceando, concentrada en la alfombra, cabizbaja y nerviosa. Alzó la cabeza. Dio un brinco al notar que él estaba tan cerca, que su respiración le entibiaba la frente. Trató de retroceder, pero él le aferró el brazo, casi hundiendo las uñas en su carne y atrayéndola con lentitud. Perpleja y asustada, tragó saliva mientras él la husmeaba, casi rozándole las mejillas y el cuello con la punta de su nariz. Se atrevió a levantar los ojos y se topó con las pupilas grises del herrero, fieras en un momento y suplicantes al siguiente. La presión de su mano cedió, permitiéndole replegarse. El corazón le latía fuertemente y comprobó, turbada, que había comenzado a humedecerse.

- Mi señor… sólo vine a arreglar las cosas de vuestra habitación… - Pudo articular finalmente.

- ¿No sientes nada? – Preguntó él, con un hilo de voz. Se había pegado al muro, como si temiera nuevamente el contacto con ella.

- Nada… ¿Nada como qué, señor? – Se atrevió a preguntar ella.

Franco la estudió. Percibió el efecto físico que provocó su examen. Naturalmente, la mucama no se percató de las fibras que la recorrieron completamente, estableciendo un diagnóstico. Era evidente la reacción de la chica: la sangre avanzando más rápido, el corazón bombeando sin pausas, el deseo endureciéndole la punta de los senos. Pero no le había hecho daño. No la había matado. Ni siquiera un malestar.

- Gracias. Quiero estar solo – Murmuró Franco, volteando hacia la ventana.

Ella salió rápida y discreta de la habitación.


Los herreros del taller estaban preocupados. Se acercaron a la casa del marqués para consultar por la salud del joven líder de la cuadrilla. Era obvio que algo estaba sucediendo, puesto que no se había presentado a trabajar desde hacía varios días. Giorgio Pirandello los tranquilizó con algunas monedas y un par de botellas de vino tinto. Les dio el día libre para evitar que siguieran azuzando los chismorreos de la servidumbre con sus comentarios.

Franco se agazapó en su habitación. Sus oídos parecían haberse aguzado hasta el punto de que era capaz de oír los cuchicheos de los sirvientes al otro lado de la casa. Sus ojos, por su parte, distinguían el contorno y el detalle de los muebles en la penumbra de una sola vela encendida. No tenía hambre. No sentía sueño. Sólo esa angustia nueva de perder los estribos, estallando como una medusa de muerte. Sobre la mesa descansaban los platos fríos de la cena que no quiso tocar. Se limitó a levantar la cubierta de plata para mirar sin interés la porción de una liebre guisada.

Al tercer día de su exilio y prisión voluntaria, la mucama volvió a aparecer, probablemente convencida de que el dueño de la recámara se había animado a salir. Al entrar, no distinguió a Franco en la media luz de su sitial, junto a las enormes cortinas de terciopelo. Cuando logró enfocar la vista y se percató de su presencia, estuvo a punto de disculparse y salir sin aspavientos, pero Franco se incorporó con la vista prendida en ella, aproximándose en silencio. La sujetó fuertemente de los hombros, expectante.

Él volvió a pegar la nariz y los labios a la piel de sus mejillas y su cuello. Percibió los leves latidos en las venas de la garganta y la sangre moviéndose a través de millones de minúsculos canales, tensando los músculos y obligándola a aumentar el ritmo de la respiración. Franco sintió sus fibras, acechando, como mil víboras hambrientas; sin embargo no la envolvieron en aquel ritual macabro que le arrancó la vida a Abiatti, sino que la acariciaron y volvieron a emitir juicios orgánicos. Delicados y efectivos, los filamentos le trajeron información: el miedo, convertido en cientos de finísimos vellos erizados; y el deseo, manifestándose en el aroma embriagador de la miel que empezaba a alojarse entre sus muslos.

Como una última prueba, Franco rozó con la punta de su lengua incineradora la piel que unía el cuello con el hombro izquierdo. Ella se contrajo en un escalofrío.

- Mi señor, os suplico que me digáis qué queréis de mí – Murmuró, bajando los ojos.

- Quiero saber si me tienes miedo, si sientes que estás en peligro conmigo – Susurró él, sin despegar la boca de su garganta – Dime… ¿Crees que voy a matarte?

- No… - Jadeó ella – No sé lo que pensáis… No me atrevo a adivinar, mi señor.

Franco había comenzado a desatar los nudos que oprimían el corpiño del vestido de mucama. Apartó lentamente el cuello de tela blanca que cerraba el escote, abriéndolo casi hasta el vientre. Se inclinó a besar los abundantes pechos descubiertos. Ella le respondió acariciándole el cabello y adelantándose como un ansioso mascarón de proa.

“No voy a matarla… No voy a matarla…” se repetía Franco, mientras dosificaba cuidadosamente su ansiedad, temiendo estallar en un enjambre de hebras mortales que convirtieran a su improvisada amante en un cadáver. Se incorporó. La muchacha, animada, ahora, por una insólita iniciativa; lo besaba con más frenesí que pericia, hurgando entre sus ropas y arrimándose a su cuerpo.

- Sois tan hermoso… tan hermoso – Murmuraba, ahogada de deseo.

Franco apegó la espalda contra el muro. Alzó la cabeza hacia el techo, aún concentrado en los latidos crecientes de sus fibras y permitiendo que ella actuara por su propio empuje, descendiendo por su cuerpo. Emitió un jadeo cuando sintió la boca de la chica cerrándose en su sexo, afanada por devorarlo. Cerró los ojos, de pie, guiando los movimientos de ella con dedos certeros enredados en su pelo.

Antes de alcanzar la explosión, la alzó de los muslos y la empujó sobre la cama, apartando desesperadamente la falda y las enaguas. La trepó y estaba a punto de acomodarse sobre ella, cuando alzó los ojos y vio su reflejo en el espejo lateral, de frente, con los hombros tensos, rodeado por los brazos hambrientos de la muchacha. No era Néfer. No era Marietta. Su pelo castaño se escapaba de la trenza compacta que antes había estado oculta bajo la cofia. Ni siquiera sabía su nombre y nunca antes se preguntó por ella, durante todos esos meses en que se metió en la cama que aquella sirvienta perfumaba con jazmines bajo la almohada. ¿Qué estaba haciendo? Si yacía con ella y era incapaz de controlar sus nuevos poderes, enviaría a la joven con Stefano Abiatti. Si lograba restringir sus fibras asesinas, quizás alcanzaría a arrojar su semilla dentro de la chica, para luego condenarla a muerte si es que concebía un hijo. Sea lo que fuere, estaba destruyéndola; y la posibilidad real de haberse convertido en el demonio que tanto temía, lo aterró.

Se apartó de ella y se sentó al borde de la cama, dándole la espalda.

- ¿Hice algo malo, mi señor? – Preguntó la mucama con un hilo de voz, Su pecho aún estaba agitado.

- No – Respondió él, sin mirarla, casi avergonzado. – Es mejor que te vayas.

La chica comenzó a abrocharse el corpiño, a cerrar su escote y acomodar los cabellos dentro de la cofia. Lloraba suavemente, casi inaudible. Franco volteó hacia ella.

- No quise ser irrespetuosa, señor Di Tasso. Perdonad mi atrevimiento... – Franco sacudió la cabeza, conmovido y estuvo a punto de acercarse para calmarla, diciéndole que había sido él quien comenzó con todo, pero ella estalló en llanto definitivo. Sus sollozos casi le impedían hablar – ¡Por favor, doña Isabella no puede enterarse de esto, os lo ruego!

- No, nunca lo sabrá. Puedes estar tranquila. – Aseguró Franco, frenando el primer impulso por consolarla.

Una vez que estuvo vestida – y con la vista baja - se inclinó respetuosamente y caminó hacia la puerta. Antes de cerrarla, Franco la interrumpió.

- Espera. Por favor, dime tu nombre…

No se atrevía a mirarlo.

- Giovanna, mi señor. Giovanna Rossi.



Al día siguiente, Luciano Di Tasso se presentó en el palacio del marqués. Algo más resuelto que en su primera visita, apareció con su traje de domingo y un sombrero adornado con plumas chillonas. Era evidente que era primera vez que lo usaba, porque lo acomodaba en su cabeza de tanto en tanto y disfrutaba como un niño viendo la sombra del penacho en el muro. Giorgio Pirandello lo condujo a través de los pasillos y lo invitó gentilmente a esperar a su hijo en el salón violeta. Se retiró luego de su acostumbrada reverencia. Poco después, una sirvienta entró en la habitación y le ofreció una copa de vino blanco y bizcochos horneados por las monjas. Se atrevió a tomar el primer bocado de la bandeja sólo cuando la mujer abandonó el recinto.

Franco apareció unos diez minutos más tarde. A pesar de no verse pálido ni ojeroso, parecía cansado. No llevaba aquellos lujosos trajes que dejaban mudos a los transeúntes del Duomo: apenas una camisa entreabierta y un pantalón algo arrugado, recogido dentro de las botas altas. Cuando Luciano se incorporó para saludarlo, notó que algo brillaba en el pecho de su hijo. Reconoció el crucifijo de Lavinia.

- Hace tiempo que no te veía, hijo. - Murmuró el herrero, complacido.

Luciano dio dos pasos, pero Franco lo frenó, estirando la mano abierta hacia él.

- No te acerques, por favor – Parecía que evitaba su mirada – Estoy… algo enfermo y no quiero contagiarte.

Luciano vaciló unos instantes y luego sonrió.

- ¿Enfermo? ¡Nunca has estado enfermo, desde que naciste! – Lanzó una breve carcajada – ¡No vas a enfermarte ahora que duermes en una cama de plumas y comes todos esos manjares!

Avanzó otro paso, pero esta vez Franco retrocedió. Levantó la vista y clavó los ojos firmemente en los de su padre.

- Por favor... – Masculló Franco. Más que un petitorio, era una orden.

Luciano, confundido, se sentó. Su hijo permaneció en silencio, sin mirarlo a la cara.

- Doña Dorotea Manetti me dijo que habías estado buscándome – Comentó el herrero, quedamente. – Supuse que podrías aparecer por el taller, durante mi viaje. Por eso te dejé la llave con Ofelia. Vi que te bebiste el vino añejo de la alacena… Y no estabas solo. Encontré dos copas a medio usar… ¿Fuiste con ella?

- Nunca antes habías viajado a ninguna parte – Murmuró Franco, ignorando la pregunta de su padre.

- Talvez era tiempo de hacerlo… ¿Estuviste con ella en la casa? – Reiteró Luciano.

- No, padre. No fui con ella – Franco se incorporó y se dirigió hacia la ventana, vadeando el salón, esquivando al herrero. Abrió ambas hojas. Una ráfaga de viento entró y sacudió las rosas que se equilibraban en un florero de cristal. Luciano Di Tasso sintió un leve escalofrío. Su hijo habló ahora, dándole la espalda. - ¿Cuál fue el motivo de tu viaje?

- Visité la aldea de tu madre…María aún tiene algunos primos cerca de Lecco. Aproveché para llevar flores a la tumba de tu tía Lavinia. Hace mucho que nadie limpia los abrojos o quita las malezas. Pobrecita mía…

- Quizás debieron sepultarla en Milán ¿Qué estaba haciendo ella en esa aldea? ¿Se escondía de algo? – Franco volteó lentamente hacia él. Se cruzó de brazos - ¿Había algo que tenía que ocultar en el poblado de tu esposa, lejos de los vecinos de Milán?

- ¿Por qué habría de ocultarse?... – Parecía levemente nervioso – Lavinia estaba enferma… El galeno le recomendó aire fresco, el campo, fuera de la ciudad.

- Enferma... – Repitió Franco. Se volvió hacia la ventana, nuevamente. Permaneció en silencio unos segundos – Lavinia era mi madre, ¿Verdad? – Disparó, sin rodeos.

Luciano palideció. Sonrió, desconcertado.

- ¿Qué estás diciendo? Mi hermana nunca se casó… La pobre niña murió a los dieciséis años… Antes de que tú vinieras al mundo en Milán, en nuestra casa. ¿De dónde has inventado esas tonterías?

- No soy tu hijo. Nadie sabe quién es mi padre… Lavinia fue engañada por un desconocido que la preñó en los bosques de las afueras de Milán. – Su voz sonaba calma, casi dulce. Exhaló un suspiro - Ustedes me ocultaron todo esto por años, durante más de veinte años… Fray Torcuato, Ofelia, María, tú. Dios sabrá quién más conocía este secreto…

- No es cierto… - Susurró Luciano Di Tasso, aterrado. Enseguida alzó la voz y se abalanzó sobre el muchacho. Lo sujetó por los hombros - ¡No es cierto! ¡Quién te dijo esa mentira!

Franco, sobresaltado, se tensó, tratando de contener las fibras que comenzaban a ondular a su alrededor. Apretó los ojos, despavorido, casi rogando para no estallar por la sorpresa del contacto repentino. Enseguida notó que estaba captando el miedo en su padre, la confesión silenciosa de cada latido de su corazón, del temblor de los músculos del rostro, de la contracción estomacal que traía el pánico de ser descubierto, de perder a su hijo por una mentira que nunca tuvo una intención oscura.

- Soy un bastardo… – La voz de Franco era casi un susurro. Cerró los ojos, procurando calmar las ondulaciones de sus extensiones de medusa; intentando tranquilizar al herrero. Las manazas que se cerraban en los músculos de sus antebrazos comenzaron a ceder lentamente. Abrió los párpados y clavó las pupilas en las de Luciano Di Tasso – Trataron de proteger a Lavinia… y a mí, ¿Verdad? Esa mentira buscaba hacerme feliz… y limpiar la memoria de tu hermana menor.

Luciano retrocedió y cayó sobre el sillón forrado en seda, fuera del alcance de las fibras de Franco. No se atrevía a mirar a su hijo.

- ¿Cómo lo supiste? – Musitó.

- Alguien me lo dijo. No tiene importancia.

Luciano Di Tasso no solía llorar, a pesar de que tenía bastantes recuerdos amargos en su vida de herrero solitario. Si algunas veces lo hizo, añorando a su esposa o lamentando el destino de su hermana, siempre procuró que Franco no lo notara. Cuando el muchacho se mudó a aquella casa de ensueño, derramó lágrimas por la inquietud y la nostalgia; siempre entre las cuatro paredes de su taller, solo. Tenía la certeza de que si se mostraba débil frente a su hijo, sería como enseñarle que el caos entraría en sus vidas y ya no habría modo de arreglar las cosas. Quería ser un roble, un pilar, una fortaleza de piedra más poderosa que el Castello Sforzesco, más impresionante que los muros de la ciudad. Quería proteger a ese niño que era lo único que la vida le había dejado, luego de las tristes vueltas de su existencia.

Pero ahora se sentía desnudo, descubierto y endeble. Como si de pronto, con una carcajada de fondo, se desgarrara el telón de su pobre escenografía protectora. No pudo resguardar a su niño de la verdad. ¿Podría él perdonar tamaño error?

- Eres un buen hombre – Dictaminó Franco – Pero no eres mi padre. Debí saberlo hace mucho tiempo. No soy como tú.

Luciano levantó los ojos empapados y se puso de pie, tratando de juntar dignidad.

- Procuré hacer de ti un hombre honesto. – La voz se le rompía cada tantas sílabas – Creo que intenté criarte para el trabajo y que fueras un buen cristiano. ¡María y yo somos tus padres! ¡Nosotros fuimos los que te alimentamos, los que cuidamos de ti desde que Lavinia murió apenas te dio a luz! Lo hicimos lo mejor que podíamos, en la medida de nuestra pobreza. Si no te pareció suficiente, entonces que Dios me perdone, no puedo remediarlo…

Franco comprendió. Había desplegado suavemente las fibras hacia Luciano y a pesar de la distancia, podía sentir la furia mezclada con el dolor, como un aura quemante. Su padre no entendía: pensaba que su hijo lo rechazaba por haber optado por una vida diferente, por habitar salones como ese, por rodearse de nobles y una amante cubierta de joyas y de seda. Creía que Franco tomaba aquella revelación como una oportunidad: no era el hijo de un herrero, aún había esperanzas de que alguien más encumbrado lo hubiera sembrado en el seno de una aldeana loca. ¿No era acaso un elegante caballero de capas finas y botas de cuero español? Haber vivido hasta entonces como un herrero, era sin duda una broma de la existencia.

Luciano no entendía nada y Franco pensó que era mejor así. Prefería que su padre sufriera por un hijo ingrato, en vez de comprender que había criado a un monstruo, a una alimaña que cruzaría el mar de los siglos sin otro propósito que causar la muerte. ¿De qué otra forma podría alejarse para salvarlo?

- Así es – Corroboró Franco, alzando la barbilla, tratando de parecer despiadado – No pudiste evitar algunas cosas. No soy honesto ni un buen cristiano… Soy un demonio, como el que engañó a Lavinia. Ya no puedes protegerme, papá. Ya no puedes hacer nada por mí… Hay cosas peores.

Un año antes, hubiese optado por amputarse un brazo por sí mismo, antes que lastimar de esa forma a Luciano Di Tasso. Sin embargo, ese dolor ahora parecía un mal menor; una sangría profunda, pero necesaria. Si lo mantenía cerca, lo arrastraría con su propia gangrena. Procuró no toparse con los ojos empapados del herrero, para no sentirse tentado a explicar algo de lo que se arrepentiría y que sólo empeoraría las cosas.

Permitió que Luciano se retirara en silencio, sin réplicas mayores, sin consuelo alguno. Lo observó a través de la ventana, caminando vacilante hacia el portón de salida; sin voltear ni una vez hacia su ventana. Huyendo. Franco sintió que el dolor le trepó por la nariz y reventó en lágrimas. ¿Acaso debía correr tras él y contarle todo? ¿Le creería? ¿Podría hacer algo para ayudarlo con el miedo y la incertidumbre? ¿Y qué le diría Néfer? Quizás, que debía matarlo para mantener el secreto de la antigua raza. La eternidad valía más que la vida de un pobre hombre destinado a la vejez y la muerte.

Abrumado por el encuentro con su padre, Franco no salió de su habitación durante el resto del día. Registró cada uno de los libros de los anaqueles de la recámara, buscando indicios, información, pistas sobre su naturaleza repugnante. Alguna señal que lo salvara o condenara en esa oscuridad en la que nadaba, aterrorizado. Creyó reconocerse en viejas descripciones de demonios o ángeles caídos, en bestiarios medievales, en arcaicas leyendas y narraciones de la Europa del Este. Leyó ávidamente toda la noche, agazapado, iluminado apenas por una vela moribunda. Era una ventaja no tener sueño, no tener hambre. Podía convertirse en un monstruo obsesivo, sin interrupciones.

Prosiguió hasta que el amanecer lo sorprendió, dándole de lleno en el gris de sus ojos amargos; y un tumulto extraño llamó su atención desde el piso inferior. Eran voces femeninas, gritos, pasos que retumbaban como pisadas de elefante por las habitaciones de la servidumbre. Se puso de pie y escudriñó atento junto a la puerta. Varias mujeres lloraban. Reconoció la voz de Giorgio Pirandello dando algunas órdenes. Entendió algunas frases. Parecía algo grave, importante; puesto que había descontrolado a mucamas y mayordomos. Cerró el vetusto tratado de demonología europea que consultaba y caminó hacia la puerta.

Nadie pareció advertir su presencia cuando apareció en el pasillo en donde se sucedían las puertas de los dormitorios de la servidumbre. Vio a varias sirvientas consolándose mutuamente mientras otras llevaban candelabros y ropa de cama; dirigidas por un diligente Giorgio Pirandello y su imperturbable gorguera. Cuando notó a Franco cerca, lo saludó con una reverencia.

- Buenos días, mi señor. Os suplico disculpéis el alboroto que seguramente os despertó. Ha ocurrido un suceso trágico… Una de las mucamas ha muerto.

- ¿Una…mucama?

- Sí… la pobre muchacha amaneció muerta en su cama.

- ¿Cuál era su nombre? – Preguntó Franco, con un hilo de voz.

- Se apellidaba Rossi, mi señor. Giovanna Rossi. Ahora, si me disculpáis, debo disponerlo todo para un funeral apropiado e informar a sus pocos familiares. La chica era de Lecco.

Pálido, entró en la habitación de la chica. Una mucama mayor sacaba la ropa de la fallecida y la ordenaba dentro de un canasto. Otra, una adolescente, vaciaba un pequeño cajón con las pocas pertenencias de Giovanna Rossi. Franco pudo verla ocultar algo en su escote, talvez un peine de madera o algunas monedas. Cuando lo vieron, ambas mujeres dieron un respingo. La mucama madura habló, luego de una reverencia.

- Mi señor, no habíamos reparado en vuestra presencia.

Franco se aproximó a la cama. El cuerpo había sido cubierto por una sábana. La levantó con suavidad. Cruelmente, esperaba indicios de violencia o una repentina enfermedad que la cubriera de pústulas o de sangre. Rogaba en secreto para no encontrarla intacta, como Stefano sobre el lodo del taller. Abrió los párpados, pero debió apretarlos enseguida: Giovanna Rossi parecía dormida, hermosamente conservada en un gesto de absoluta paz. No había motivos aparentes, ni una marca en la piel o el cuello. Nada.

- ¿Cómo murió? – Preguntó, tristemente.

- Nadie lo sabe, mi señor – Respondió la mucama mayor, al borde del llanto; luego agregó, indicando a la otra chica que trataba de acomodar disimuladamente el pequeño objeto que había ocultado en su pecho – Ana compartía la habitación con ella. Dijo que no había visto nada extraño, que no escuchó cuando Giovanna llegó a dormir.

- ¿No la viste venir a su cama? – Inquirió Franco, clavándole los ojos.

- No, mi señor. Me dormí y ella aún no regresaba al dormitorio. Cuando me levanté a las cinco de la mañana, como siempre, noté que aún no se despertaba. Era raro en ella, pues siempre era la primera que se reportaba en la cocina. Le hablé y no me respondió. Insistí y fue entonces cuando me di cuenta de… Ya sabéis… – La chica se animó a levantar los ojos y mirar a Franco de frente - ¿La conocíais, señor Di Tasso? Ella hablaba mucho de vos…

- ¡Ana! – Interrumpió la otra mujer - ¡No seas atrevida!

Franco bajó los ojos, perturbado.

- Hablamos… un par de veces.

Cubrió nuevamente el rostro de Giovanna.

Salió de la habitación. Caminó torpemente por los pasillos. Llegó a su propia alcoba luego de una ruta eterna y giró la llave de bronce dos veces. Se dejó caer sobre la cama, apesadumbrado.

- Néfer… - Murmuró – Ella lo hizo.



No precisaba de mucho descanso. A su edad, fray Torcuato apenas requería de unas cuantas horas para estar en condiciones de levantarse antes del amanecer y comenzar el día con sus plegarias matutinas. De modo que a las dos de la mañana, aún leía los salmos y revisaba la lista para las compras de la cocina de los pobres, en su pequeño despacho junto al refectorio. En esa noche fría, y luego de beber el cuenco de sopa caliente que Ofelia dejó para él, el anciano sacerdote había dispuesto un pequeño brasero cerca de sus pies. Una pequeña comodidad que, a su juicio, no lo alejaba del camino de la humildad.

Se inclinó para revolver los carbones encendidos, pero al levantar los ojos, el atizador se le cayó de las manos sobre el piso embaldosado. En un rincón de la habitación, en la penumbra, Franco lo observaba, pegado al muro. Apenas se notaba su rostro, pues iba envuelto en una gruesa capa oscura, forrada en piel. El sombrero caía sobre la mitad del rostro.

- Franco, muchacho…

El sacerdote se puso de pie, desconcertado. Por alguna razón, se sentía inquieto, de modo que no avanzó para saludarlo.

- Sé que es una hora inoportuna, pero he venido por mi última confesión – Anunció el visitante, con voz sombría. En ese momento, fray Torcuato dio un paso, pero Franco se retrajo velozmente. - ¡No os acerquéis! Es por vuestro propio bien, os lo suplico…

- Está bien, me quedaré aquí – Respondió el sacerdote, sentándose nuevamente. Sonrió – Espero que no te importe si permanezco en este taburete. Tus confesiones suelen ser extensas.

No era cualquier confesión, fray Torcuato lo sabía. Franco no traía la actitud desesperada de su última visita espiritual. No eran líos de faldas, no eran pecados de la carne a orillas del lago Como. Los ojos eran diferentes. Incluso su postura en las tinieblas del cuarto era otra. Parecía un enorme cuervo herido, acechante, esquivo, aterrado.

- Habla, muchacho. No tengas miedo de abrir tu corazón. Lo que sea que hayas hecho, es hora de hacer las paces con Dios.

Hubo una pausa. Franco cerró los ojos y comenzó a jadear suavemente.

- Yo maté a Stefano Abiatti. – Soltó, sombríamente – Ocurrió en el taller de mi padre, de noche, poco después del incidente en el refectorio. Yo fui, fray Torcuato, yo lo hice. No hay otro culpable.

El sacerdote necesitó de algunos segundos para asimilar esas palabras.

- ¿Tú… mataste a Stefano?

- Sí…

Se rascó la tonsura por unos momentos y sacudió suavemente la cabeza.

- Los médicos determinaron que fue un accidente, Franco. El pobre Stefano, que Dios ampare su alma, sufrió de algún problema al corazón, e infortunadamente cayó al río Olona. – Reparó fray Torcuato, con la mayor delicadeza.

- El cuerpo fue arrojado al río, mucho después de que yo lo asesinara. – Insistió Franco.

- Sin embargo no presentaba señales de violencia ni envenenamiento. Estaba intacto y pudiste corroborarlo el día de sus funerales. ¿Por qué crees que lo hiciste?

- ¡Porque yo lo hice! ¡Yo lo maté, y no fue con veneno o con mis manos! – Bajó los ojos y tragó saliva dificultosamente – No comprendéis. No podríais entender cómo ocurrió si no os lo demuestro; y si lo hago, vuestra propia vida correría peligro.

- Quieres confesar un crimen que no cometiste, Franco. Ignoro tus razones, pero ciertamente no podré absolverte por algo que sé que no has hecho… Tu alma está en paz.

- ¡¡Yo lo hice!! ¡¡Yo maté a Stefano Abiatti!! – Rugió Franco, avanzando. Ahora se veía claramente su rostro, bajo la luz del candelabro de hierro. Tenía los ojos enrojecidos. Fray Torcuato se encogió. Había comenzado a asustarse.

- Te suplico que te controles – Susurró.

Franco retrocedió nuevamente. Chocó contra un pequeño anaquel. Una palmatoria de cobre se balanceó y se estrelló contra el piso. Fray Torcuato esperó a que la respiración del muchacho se calmara un poco.

- Si dices que mataste a Stefano y buscas que te absuelva por ese crimen, es necesario que me digas cómo lo hiciste. – Explicó con la misma ternura que usó alguna vez para enseñarle el alfabeto.

Franco abrió la boca, como si tuviera que contener una represa de palabras envenenadas en su garganta, asustado por la posibilidad de liberarlas. Hizo ademanes con las manos, buscando una forma apropiada de narración. De un par de zancadas recorrió nerviosamente la habitación y, finalmente, se dejó caer en el sitial de madera, al otro lado del despacho.

- Hay cosas que debemos hablar antes, fray Torcuato – Dictaminó desde su puesto – Cosas que vos sabéis y nunca me revelasteis.

- ¿Qué clase de cosas?

- Sobre mí… sobre mi madre

- ¿María? – Preguntó el sacerdote - ¿Qué tiene que ver María con la muerte de Stefano?

- María no es mi verdadera madre, fray Torcuato, y vos lo sabéis.

El clérigo parpadeó varias veces, atontado por la réplica de Franco.

- No podéis mentir por más tiempo, querido fraile. Y no es necesario que sigáis pecando por faltar a la verdad en este caso. Sé que soy hijo de Lavinia Di Tasso.

El sacerdote se llevó las manos al rostro, apagado y sombrío. Permaneció cerca de un minuto en esa posición, meditabundo. Franco lo observaba con ojos tristes.

¿Cuánto tiempo se preparó para ese momento? Esperaba encontrarse con Dios al final de su vida y explicarle las causas por las que un hombre de fe debe mentir durante tantos años. En algún momento sería necesario hablar con el muchacho, talvez cuando se hiciera hombre, y enseñarle que el mundo es diferente del que conoció al abrigo de las faldas de María y la calidez del taller de su padre. No era tiempo aún. No mientras jugaba por las callejuelas, con los niños de la parroquia. No mientras vigilaba a la hija de Cavalieri y aprendía el alfabeto en el refectorio de la iglesia. No mientras ascendía, próspero, como el jefe de la herrería del marqués de la Cañada; y mucho menos, cuando estaba confundido por las tentaciones del cuerpo, por primera vez. Sí, dejó pasar el tiempo. Un error irresponsable que no podría perdonarse si es que aquello alejaba a Franco para siempre.

- Nunca quisimos hacerte daño, hijo… Sólo queríamos proteger la memoria de Lavinia y tu propia felicidad – Explicó el sacerdote.

- No tenéis culpa de nada. Sé que querían protegerme – Concluyó Franco. – Ya he perdonado vuestro silencio.

- ¿Quién te dijo la verdad?

- Stefano Abiatti. Por eso lo maté.

Fray Torcuato se puso de pie. Parecía molesto.

- ¿Insistes con eso? Sé que estabas celoso por la cercanía de Stefano con Marietta; pero tu broma ha llegado lejos. Te pido que desistas con eso.

- ¡Lavinia os dijo que mi verdadero padre era un ángel, fray Torcuato! ¡Pero se equivocó! ¡No era un ángel, era un demonio antiguo, una bestia capaz de arrancar la vida sin derramar sangre..! - Franco se incorporó - ¡Yo soy uno de ellos!

- ¿Uno de ellos?

- ¡De los demonios! – Franco alzaba la voz – ¡Soy como mi padre, fray Torcuato! ¡Y Lázaro de la Cañada, y doña Isabella también! ¡Incluso el viejo mayordomo que se deshizo del cuerpo de Stefano! – Franco cayó de rodillas y sujetó las manos del sacerdote. Rompió en sollozos - ¡Debéis creerme, por piedad! ¡Ellos me eligieron, porque sabían quién era, quién fue mi padre! ¡Maté a Abiatti como los de mi raza, lo envolví en luz, en tentáculos repugnantes que emanaban de mi cuerpo! Ocurre cuando me siento amenazado o me descontrolo… ¡Ahora mismo los he extendido hacia vos! Estáis desconcertado, creéis que estoy loco, ¿Verdad? No es así, no estoy loco, querido fraile… Tengo miedo… Veréis, Marietta ya no es virgen. ¡Dios me perdone! Es por mi culpa… No quería lastimarla, pero no tuve la voluntad de respetarla. He yacido con ella y con doña Isabella al mismo tiempo. ¿Qué ocurriría si continúo visitándola? ¿Si concibe un hijo mío? Será un demonio como yo y la matará cuando lo dé a luz, como lo hice con mi madre… Maté a Abiatti porque me dijo la verdad, ¡Porque me escupió la verdad a la cara..! ¡No quería hacerlo! Fue un accidente, fray Torcuato, no quería matarlo, no se lo merecía. ¡Si la muerte me liberara de este miedo, os pediría que me entregarais a La Inquisición! Pero nada puede matarme, ella me lo dijo… Viviré eternamente como un asesino… ¡Fray Torcuato, ayudadme, os lo ruego… haced algo… decidme cómo se mata a un demonio! He leído toda la noche, sin respuestas, sin consuelo… ¡Os lo ruego, ayudadme!

El sacerdote lo contemplaba con pavor. Lentamente suavizó la mirada y le sostuvo el rostro entre las manos. Le acarició el pelo, como cuando era niño. Lo calmó paulatinamente, hasta que dejó de llorar y su respiración se volvió regular.

- El perdón de Dios es inmenso, querido muchacho… Lo que hayas hecho, él entenderá – Murmuró fray Torcuato, finalmente.

- ¿Él… me perdonará? ¿Realmente creéis que Dios perdonará que haya matado a Stefano? – Preguntó Franco con la voz rota. – ¿Dios me perdonará, aunque sea un demonio? Os juro que estoy arrepentido…

- No hay pecado que Dios no sepa perdonar – Besó la frente del muchacho – Ahora vete, hijo mío. Descansa, duerme… Dios te entiende y sigue amándote.

- No necesito dormir, fray Torcuato, ni tampoco comer. Os lo juro… Los demonios dejamos de hacer esas cosas. Sólo nos atormentan los pecados carnales…Fray Torcuato, terminaré mi compromiso con Marietta… La dejaré libre para que pueda ser feliz. Nadie puede saber que ya no es doncella… Ella merece que la amen, un hombre bueno, no un monstruo como yo… Dios sabe que quiero su bien.

- Sí, sí, hijo mío… Te comprendo – Sonreía dulcemente – El señor sabe de esas cosas.

- Lo de Stefano fue un accidente…

- Sí, lo sé… Fue un accidente

- No quería matarlo, no quería – Franco se había incorporado, sin soltar las manos del sacerdote.

- No, claro que no querías. Ahora debes irte en paz, querido muchacho… Ve a la casa del marqués. Quizás… deberías reconsiderar regresar al taller de tu padre… de Luciano… Talvez es bueno que te recuperes en el seno de tu familia.

- Lo he lastimado, fray Torcuato. Pero con el perdón de Dios, puedo hacer lo que sea; incluso redimirme ante mi padre. Él debe saber que siempre lo he considerado mi padre – Franco sonreía - ¿Me creéis, verdad?

- Claro, hijo mío. Te creo…

- No sólo que estoy arrepentido… Sino que soy un demonio… ¿Me creéis?

- Pero Dios perdona a quienes se arrepienten. Él te ha dado su infinita misericordia. – El sacerdote se había liberado de las manos de Franco y se aproximó lentamente a la puerta. La abrió – Ahora, por favor, debes retirarte. Hablaremos largamente mañana, si así lo quieres.

Franco permaneció unos instantes inmóvil, mirando al sacerdote a los ojos.

- ¿No vais a darme una penitencia? – Musitó Franco, vacilante.

- No, Franco. No habrá penitencia esta vez.

- ¿No es necesario? – Franco titubeaba.

El sacerdote suspiró con los ojos cerrados.

- Dijiste que fue un accidente y que estás arrepentido. No, Franco. No es necesario que cumplas con penitencia alguna.

Franco abrió la boca para una frase final, pero se contuvo. Cerró los ojos y salió sin palabras del despacho y de la iglesia.

El sacerdote cerró la pesada puerta y puso el cerrojo en su lugar. Caminó hasta su escritorio y se dejó caer en la silla. Comenzó a sollozar en silencio. Su llanto se hizo más violento, hasta que finalmente se volvió alaridos. Cayó de rodillas frente al crucifijo medieval que pendía sobre un pequeño altar cercado por velas amarillas.

- ¿Por qué, señor? ¿Por qué?

Continuó llorando y murmurando plegarias en latín.

Franco había perdido la razón, como su madre. ¿Era posible que Lavinia le entregara una última ofrenda al momento de arrojarlo a la vida? La debilidad que alimentó el engaño. Eran sus palabras, su voz de niña repitiendo que pariría al Mesías, que un ser de luz la había poseído en el bosque. Lavinia soñaba con ángeles. Franco creía que era un demonio. Fray Torcuato compadeció a Luciano Di Tasso y el triste legado de su familia.

Por la mañana visitaría al herrero. Era necesario traer a Franco nuevamente a su casa. Precisaba afecto, apoyo, cuidados; todo aquello que le prodigaron a Lavinia. Se hacía perentorio vigilarlo, para que la desgracia no cayera sobre él, como sucedió con su madre.

- Ayudadme, señor… Bien sabéis lo mucho que amamos a este muchacho bendito. Bien conocéis lo que hemos sufrido para que encuentre la felicidad.



Apenas un par de mendigos dormían apoyados en el muro de la catedral. Franco cruzaba el Duomo sobre su caballo. Los guardias se inclinaron a su paso. Sus ropas elegantes garantizaban el servilismo de quienes custodiaban la plaza mayor de la ciudad. Daban las tres de la madrugada.

- Dios va a perdonarme… - Se dijo Franco – Él lo dijo. Fray Torcuato…

Franco sabía que el sacerdote dudaba. Percibió la incertidumbre en sus ojos y en el temblor de sus párpados. Incluso encontró titubeo en la sonrisa que procuraba serenarlo. Pero mencionó a Dios y su misericordia. ¿Acaso no era infalible? ¿Dios no era el consuelo de los arrepentidos? Incluso los malditos tienen derecho a una absolución.

- No volveré a matar… lo juro – Murmuró. Se santiguó y alzó los ojos a la catedral – No volveré a dañar a nadie. Ninguna persona morirá por mi causa, nunca más.

Aferró las riendas de su caballo, lo espoleó levemente y partió al galope por la Vía de Dante, rumbo a la casa de Antonio Cavalieri.

6 comentarios:

Dunkle and Light dijo...

Simplemente magnifico

POROSHNYJ dijo...

GRACIAS !! YA ESTÁ EN PROCESO EL CAPÍTULO XXV

CISNE ABYECTO dijo...

¡¡¡QUE MANEJO DEL PERSONAJE DE FRANCO!!!,,, NO MAME,,, ES UN DEMONIO NEONATO,,, PERO TIENE LA INOCENCIA DEL HERRERO CANDIDO QUE CRECIO CREYENDO QUE QUIENES LO CRIABAN ERAN SUS PADRES,,, NO SE COMO LO HIZO,,, FUE COMO UN EMBUDO,,, UNA RECAIDA EN EL CANDOR QUE CIERRA CON LA DULZURA DE LA CREDULIDAD,,, AUH

POROSHNYJ dijo...

ES DIFÍCIL ABANDONAR LA CANDIDEZ DE UN DÍA PARA EL OTRO. SOBRETODO CUANDO HAY MIEDO. YA VIENE EL XXV. GRACIAS.

Anónimo dijo...

o sea increible. sufri con este capitulo, me dio demasiada ternura el papa de franco y el mismo franco cuando el sacerdote no le cree nada. esta muy hot hot hot toda la parte inicial con nefer y con la sirvienta.estoy desesperada y quiero mas ¡¡¡¡mas!!!! por favor, sigue escribiendo.

Anónimo dijo...

¿será que Franco puede caer en la locura? una cosa lleva a la otra...
Me ha gustado mucho