domingo 29 de noviembre de 2009

XXIII EL MONSTRUO

CAPÍTULO XXIII
(El monstruo)

Cuando abrió los ojos, reconoció la seda de las colchas de Néfer. Por unos instantes, Franco pensó aliviado que todo había sido un sueño; sin embargo, las imágenes regresaron rápidamente a su mente, llenándolo de angustia.

Se sentó. Le dolía la cabeza y sentía un extraño ardor en la piel. Se abrió la camisa y examinó su cuerpo. Nada delataba aquella reacción demoníaca que había convertido sus poros en la fuente de un millar de tentáculos dorados.

- No puede ser… - Murmuró.

Volvió a aferrarse a la esperanza de que se tratase de una pesadilla. En ese momento, Néfer entró en la habitación. Vestía una capucha de terciopelo clara. Se sentó al borde de la cama y comenzó a quitarse los guantes, lentamente.

- Todo está arreglado – Anunció, con los ojos bajos.

- ¿Todo? – Preguntó Franco, temiendo la respuesta.

- Giorgio terminó con el problema. Es mejor que descanses. La primera vez trae dolor, pues tu cuerpo ha empezado a cambiar. – Explicó ella, tomando una de sus manos.

Trémulo, Franco apretó los párpados y sostuvo su cabeza entre los puños, concentrándose, recordando. Ni siquiera se atrevía a mirar directamente a Néfer. Con un hilo de voz formuló la pregunta que lo angustiaba.

- ¿Stefano… está muerto?

- Bien sabes que sí

- ¿Qué hiciste con su cuerpo? – Franco se incorporó - ¿Qué hicieron con Stefano?

- Nadie lo asociará contigo, puedes estar tranquilo – Néfer hablaba con calma, como si se refiriera al paradero de una carta sin importancia o de los preparativos para un fútil baile.

- ¡Tienes que explicarme qué me está pasando..! ¡Tienes que hacerlo! – Franco se abalanzó sobre ella, sujetando sus muñecas contra la cama. Néfer trató de forcejear, pero era evidente que el peso del cuerpo y las manos la mantenían cautiva.

- ¡Suéltame! – Rugió ella, encabritándose.

Franco retrocedió. Volvió a refugiarse al fondo de la cama, pegado al respaldo, como un animal acorralado.

- Es evidente que te has hecho más fuerte… – Comentó ella, ordenándose el cabello.

- Por favor… - Suplicó Franco al borde del llanto – ¡Dime qué pasó anoche! ¡Dime cómo maté a Stefano Abiatti!

Néfer debió permanecer largo rato calmando a Franco al pie del almendro, aquella noche terrible en que despertó a su verdadera naturaleza. Bien sabía ella lo que sentía. Hacía ya tantos años su desconcierto fue tal, que se ocultó durante semanas, aterrada, como si temiera extender sus propias fibras y asesinarse a sí misma, como una maligna araña rencorosa. Luego de ese período negro, Lázaro la invitó a salir de su cavidad de tinieblas, le enseñó las ventajas de la inmortalidad y la deliciosa impunidad a la hora de arrancar una vida. Sin embargo, el miedo nunca se olvida. Es demasiado fácil de evocar.

Una vez que Franco dejó de sollozar y hacer preguntas, Néfer se levantó y dio unos pasos a la puerta principal. Giorgio Pirandello se deslizó silenciosamente dentro del patio y se inclinó solemnemente frente a ella.

- Giorgio… Ya sabes qué hacer

El anciano asintió y avanzó presto. Se inclinó flexiblemente; y sin esfuerzo levantó el cadáver y lo arrojó sobre su hombro, como si se tratara de una bolsa de plumas. Se apresuró a instalarlo en una carreta y ocultarlo con una amplia sábana blanca. Subió al pescante y azuzó a los caballos, desapareciendo en la oscuridad del fondo de la callejuela.

- ¿Cómo sabía Giorgio lo que sucedía? ¿De dónde salió esa carreta? – Murmuró Franco, como recién arrancado de la fiebre, una vez que despertó bajo el dosel de la cama de Néfer.

- Es uno de nosotros – Explicó ella – Como tú, como yo… Como Lázaro.

- ¿Uno de nosotros? ¿Uno de nosotros? ¿Y qué somos? – Gimió Franco, aferrando sus brazos.

- ¿No dijiste tú mismo que éramos mensajeros del altísimo? – Respondió ella, apartándose con suavidad.


Pirandello lo había seguido desde la noche en que por un arrebato, Néfer marcó su mejilla con una fusta certera. Su inestabilidad lo hizo peligroso. En ausencia de Lázaro, cualquier señal de explosión podía ser crítica. La dama le encargó al misterioso mayordomo que evitara que Franco cayera en desgracia. Por eso aquella noche no tardó en reaparecer con una carreta para ocultar los despojos del estallido.

- ¿Cuánto tiempo ha pasado? – Preguntó Franco, con evidentes signos de mareo.

- Dos días

- ¿Dos días? ¿Dormí dos días? – Franco se incorporó, palpándose el vientre – ¡Imposible… no he comido ni bebido, y no me siento débil..!

- Créeme. Han transcurrido dos días.

Franco volvió a esconder el rostro entre las manos.

- No quería matarlo… Él me dijo cosas… Sé que no mentía – Murmuró Franco, con la voz rota.

- ¿Qué te dijo? – Preguntó Néfer con tranquilidad

- Ella era mi madre: Lavinia. La muchacha que te dije en Lecco, aquella que vi en el delirio. No sé cómo, pero la vi… - Franco se atropellaba al hablar – Stefano me dijo que mi madre conoció a un hombre en el bosque y se embarazó, un desconocido, ¿Entiendes? Yo lo vi, vi a ese hombre en mi visión… ¡Lo vi! Tenía el cuerpo luminoso, el cabello oscuro… Si es cierto, ¿Cómo pude ver cuando me concebían? ¡Dime, Néfer, dímelo!

- Lázaro volverá pronto… Él disipará tus dudas…

- ¡Tú sabes lo que está pasando!

Franco dio un manotazo al candelabro de pie, junto a su cama. Era una pieza enorme, de hierro macizo, de unos quince kilos. El golpe lo arrojó al otro lado de la habitación, estrellándose con estrépito contra el muro contrario. Perplejo, Franco dio un salto y corrió a revisar la magulladura en la madera de la pared. Imposible. Volteó furioso hacia Néfer.

- ¿Por qué me dijiste “bienvenido”? ¿Qué clase de criaturas infernales son ustedes? – Franco enrojecía con los ojos anegados - ¿Acaso tú me convertiste en esto..? ¿Tú me contagiaste cada vez que hacíamos..?

- ¡¡Deja de llorar como mujerzuela mal pagada!!

- Me iré al infierno…

- ¡No te irás a ninguna parte. Nunca morirás! – Néfer sujetaba fuertemente el rostro de Franco - A partir de ahora, y por los siglos de la eternidad, deberás decidir si quieres enfrentar todos los años del mundo llorando como un avecita herida, o aprendes a comportarte como el Dios que eres.

- ¿Dios? ¡Dios va a castigarme por haberle quitado la vida a Stefano! – Golpeó la cabeza varias veces contra el dosel de la cama – Voy a casarme con Marietta y acabo de matar a su primo… ¿Qué le diré ahora? ¿Qué le diré?

- Nunca vas a casarte con ella. ¡Nunca! – Volteó hacia la ventana, con un dejo de hastío - A menos que quieras matarla tú o algún hijo que engendres en ella; tal como lo hiciste con tu propia madre.

Franco palideció.

- Tu padre era como nosotros, es evidente – Continuó Néfer - Lavinia se embarazó y murió al darte a luz. Al final, robaste su vida, tal como lo hiciste con Stefano. Es lo que sucede con la mayoría de las mujeres que engendran a uno de la antigua raza.

- Mi madre… no fue María Di Tasso… Ni Luciano fue mi padre… - Balbuceó Franco con la mirada perdida.

Hubo una pausa.

- Franco, escúchame… - Néfer volvía a atrapar el rostro atribulado del muchacho entre las manos, casi maternal, empática, dulce – aprenderás muchas cosas… ¡No estás solo! Ven aquí, recuéstate… Eso es, tranquilo… Hablaremos…

Lo acunó. Calmó su furia y pavor con caricias sabias en la frente, las mejillas, los largos cabellos negros. Le habló de las ventajas de la eternidad, de la sabiduría que podría adquirir. Ella fue, le dijo, quien se dio cuenta de quién era, aquel día del arroyo.

- ¡Eras un adolescente tan hermoso! – Le susurró – Y lo supe apenas te besé. En ese instante entendí quién eras. Te defendiste… Ningún mortal puede hacerlo. Retuviste tu alma e incluso amenazaste con extender tus fibras contra mí.

- No hice tal cosa… estaba aterrado – Murmuró él con la voz rota.

- A pesar del terror, te vi poderoso.

- Dime, Néfer… ¿Quiénes somos? – Preguntó Franco apenas audible - ¿Dónde comenzó todo?

- Nadie tiene esa certeza, Franco.

Tuvieron muchos nombres a lo largo de los siglos…Vampiros, demonios, íncubos, arcángeles… Dependía del miedo o la fascinación que despertaran en quien esgrimía la pluma para describirlos.

Se contaron historias sobre ellos alrededor de las fogatas desde los tiempos de las cavernas y se hicieron poderosos en la oscuridad y el secreto. Algunos se volvieron abiertamente dioses y devoraron vidas impunemente, adorados por turbas temerosas. Otros, se escondieron entre la multitud y atravesaron las centurias tragando almas anónimas, desapercibidos. ¿Cómo puede explicarse la existencia de las aves de rapiña, o de las serpientes, o de las más sublimes mariposas? Simplemente han estado ahí siempre.

- ¿Nunca te hiciste preguntas, Franco? ¿Por qué nunca padeciste una enfermedad? ¿Por qué eras tan hermoso?

- No sabía que era hermoso…hasta conocerte.

Néfer supo que el muchacho del arroyo era uno de ellos. Casi un niño. Completamente impoluto. Ignorante de su destino infinito.

- Debe crecer. Aún no está listo – Dictaminó Lázaro al enterarse de su existencia.

Lo observaron. Durante dos años pesquisaron sus pasos, sus afanes de escritor enamorado, sus idas y venidas de la iglesia hacia el taller, sus encuentros furtivos con Marietta en el bosque. Lo vieron trabajando en la casa de su padre, moverse por la ciudad como un muchacho cualquiera, invisible, sin gracia. Se hacía hombre bajo la mirada de sus guardianes ocultos. Se instalaron en Milán con el propósito de cerrar el círculo que lo atrajera hacia ellos. No había otra posibilidad: era su destino.

En la noche del baile de máscaras y los fuegos de artificio sabían que se ocultaba entre la multitud. Fue el punto de partida. Lázaro extendió sus fibras para analizarlo, navegando en su sangre. Si hubiese sido humano, lo habría matado con la insistencia de su examen; sin embargo, la reacción del muchacho fue esclarecedora: poseía tiernas, pero poderosas fibras incipientes.

- No estás solo, Franco, no eres el único – Susurraba Néfer, acariciando sus pómulos – Queríamos ayudarte, protegerte… ¿Qué hubiese ocurrido si despertabas tú solo? Necesitabas a otros de tu especie, tus hermanos…

- Y si nunca hubiese despertado…Habría tenido una vida normal, ¿No es así?

- Tarde o temprano lo habrías hecho. - Néfer se incorporó, mirándolo fijamente – Algunos abren sus fibras cuando es demasiado tarde, cuando han perdido la belleza y la juventud. Nacen como ancianos débiles y jamás recuperan la fuerza de uno de la antigua raza. Son inmortales, pero vulnerables. Giorgio Pirandello es nuestro protegido.

- ¿Giorgio… Pirandello? Dijiste que era uno de nosotros... – Franco abrió los ojos – Él también es un…

- Apenas tiene cincuenta años desde su nacimiento a la inmortalidad. Ya era viejo cuando desplegó sus fibras. Lo encontramos aterrado y solo, oculto en las montañas de Lecco. Ha sido leal y su gratitud es infinita. Sin Lázaro, otros pudieron despedazarlo y tragar su alma.

- ¿Otros? ¿Otros humanos?

- Otros más poderosos. Otros de nuestra especie. Existen viejos rituales para arrancarnos la vida y reducirnos a cenizas. – Néfer cerró los ojos unos instantes y se puso de pie. Caminó silenciosamente hacia la ventana. Comenzaba a llover – He dicho demasiado. Lázaro me prohibió hablarte de esto…

- ¿Por qué? ¿Acaso no soy uno de ustedes? – Franco volvía a perder la calma - ¿No puedo saber qué clase de demonio soy realmente?

- No eres un demonio

- Lo soy… Maté a Stefano Abiatti como un demonio…Los hombres de Lecco, los amigos del herrero Luigi Grossi… ¡Estabas ahí! Hablaban de hombres que fueron hallados sin vida, como si la muerte los hubiera sorprendido sin sangrarlos; simplemente dormidos de pronto. Stefano cayó al lodo, dejó de respirar, dejó de hablar. Sentí lo que él en toda su vida, vi cosas, vi caras… En Lecco, también esos hombres fueron asesinados de la misma forma. Fuiste tú, ¿Verdad? Salías cada noche y cuando hablaban de los muertos, te inquietaste… ¡Fuiste tú! ¡Tú los mataste! – Franco sonreía, casi eufórico por su descubrimiento – Eran unos malvados, así los describieron… ¿Eres un ángel justiciero, acaso? ¿Asesinas a quienes se lo merecen, Néfer? – Se abalanzó sobre ella, cogiéndola por los hombros – ¡En ese caso, mátame a mí, me lo merezco..! ¡Mátame antes de que haga lo mismo con mi padre o con Fray Torcuato! ¡Antes de que destruya a Marietta!

El empujón de Néfer lo hizo volar por la habitación, hasta estrellarse contra una de las ventanas y caer al piso en un estruendo de cristales rotos. Se encogió entre los pedazos de vidrio, empapándose por la lluvia que trajo el viento a través del balcón. Había comenzado a sollozar nuevamente. La camisa comenzó a mancharse lentamente de pequeños círculos de sangre.

Esta vez Néfer no se acercó para consolarlo. Le dio la espalda y se retiró discretamente por la puerta.



El cuerpo de Stefano Abiatti fue divisado por marineros que descargaban mármol en la dársena española de Milán. Flotaba dulcemente boca abajo en la confluencia de los grandes canales que regaban la ciudad. Al parecer, había navegado por el río Olona, hasta acercarse al muelle que a esa hora de la mañana era un hervidero de cargadores y comerciantes.

Arrastraron el cadáver a la orilla y lo examinaron, turbados por el hallazgo. Comprobaron que era muy joven, robusto y de buen parecer; a pesar de la piel azulada y viscosa. Traía ropas de buena factura, por lo que fue posible deducir que no se trataba de un pobre diablo de los que mendigaban en el duomo.

Un médico respetado fue convocado para examinar el cuerpo. El anciano ordenó que lo desnudaran y lo recostaran sobre una mesa para analizarlo completamente. Era evidente que ya estaba muerto cuando tocó el agua, pues conservaba sus facciones de ángel sin que la hinchazón de esos casos le deformara definitivamente el rostro. Sin embargo, no le fue posible determinar la causa de la muerte. No había heridas, no había marcas de estrangulamiento ni detalle alguno que indicara la razón de su deceso.

- Su corazón se detuvo sin causa alguna, talvez estando cerca del agua – Dictaminó el doctor, quitándose las gafas y recogiendo sus extraños instrumentos – Es un caso raro, dada su juventud, pero estas cosas suceden.

Era necesario averiguar la identidad del desdichado. Alguien sugirió que consultaran con la guardia de la ciudad, para ver si existían denuncias sin resolver. No fue necesario. Uno de los marineros encargados de almacenar las sedas traídas de tierras turcas señaló que Antonio Cavalieri lamentaba la desaparición de su sobrino. Él mismo lo había visto una vez y el cadáver se le parecía demasiado. El comerciante de telas gozaba del respeto de quienes frecuentaban la dársena, de modo que acudieron prestamente a su casa.

Antonio Cavalieri debió aferrarse a la mesa cuando se le doblaron las rodillas, luego de que uno de los marineros descorriera el velamen viejo con el que habían amortajado improvisadamente el cadáver de Stefano. Reconoció el rostro de su sobrino. Parecía dormido y cubierto por una tenue película gélida. El marco rubio y rizado de su cabello completó la triste imagen de la pérdida.

Los asistentes a la escena se retiraron para que el comerciante de telas pudiera despedirse de su deudo, sin perder la dignidad de macho.

Antonio Cavalieri se sentó en una silla y lloró al muchacho como a un hijo. Su llanto fue sincero. Había amado al padre de Stefano como a un hermano y a veces tenía la ilusión de que Roberto había regresado, alegre y parlanchín, como en la casa pobre de la infancia. Sin embargo, en el último tiempo lo sentía como un hijo que lo acompañaba y compartía con él sus charlas de viejo y sus cotidianeidades de trabajo. De veras lamentó no haber tenido otra hija con quien casarlo y haber sellado para siempre ese lazo paternal que le hizo falta durante todos esos años de matrimonio, rodeado por mujeres que amaba, pero que no lograba entender del todo. En medio de sus sollozos, pidió perdón al alma de Roberto Abiatti, por no haber protegido debidamente a ese muchacho bendito que se le escapó de las manos tan absurdamente.

Cuando salió de la improvisada sala velatoria, se veía apesadumbrado, pero digno. El veredicto de muerte del médico parecía suficiente para todos: el joven había muerto por accidente o causas naturales. Después de todo, ¿Quién hubiese querido asesinarlo?

La señora Cavalieri sufrió un desmayo cuando su marido le informó la suerte de Stefano. Marietta cayó en una silla con las manos en el rostro, estupefacta, y sólo unos minutos más tarde corrió a su cuarto para estallar en llanto un día completo. Bianca y Gianinna, junto con sus maridos y su prole, aparecieron prontamente por la casa para compartir la tristeza.

- No podemos enviarlo a Pisa para ser sepultado con Roberto y su madre. No llegará en buenas condiciones – Explicó el comerciante a su mujer. En realidad, quería secretamente que el muchacho descansara como uno de los Cavalieri.

Al atardecer recibieron la visita de fray Torcuato. Informó que el cuerpo del infortunado Stefano descansaba en la parroquia, listo para ser visitado. Recurrió a la generosidad de varias religiosas del convento de Santa María Della Grazia para prepararlo todo, ya que Ofelia se encontraba indispuesta. Apenas supo de la muerte del muchacho, la congoja la arrojó a la cama, inapetente y desolada.

Se procedió a prepararlo todo para un funeral meritorio. Se envió una carta urgente a Pisa para poner en conocimiento de la terrible noticia a los hermanos Abiatti. Antonio Cavalieri se arriesgó a disponer, sin consultarles, un sitio para Stefano en su propia tumba familiar. Por fortuna, no harían objeciones. Después de todo, Roberto – el padre – había crecido en Milán con su primo.

La parroquia de fray Torcuato se atiborró de silenciosos visitantes. Algunos habían conocido al sobrino de Cavalieri, y venían por sincero afecto; otros, por la obligación de sus relaciones de negocios con el comerciante de telas. Finalmente, estaban los curiosos, atraídos por la novedad y el morbo. Se acercaban cautamente al difunto, pálido y expuesto en su urna de madera tallada, como un ángel hermoso y plácido. Se retiraban a los rincones comentando la lástima y el desperdicio de un joven apuesto que había sucumbido a tan pronta edad.

La señora Cavalieri, apesadumbrada pero digna, apretaba la mano de Marietta, blanca y destrozada, envuelta en el velo de luto y encaje.

- Franco no ha venido… ¿Acaso no sabrá? – Murmuró Marietta, suavemente.

- No podría responderte, hija mía – Susurró la señora Cavalieri, antes de recibir las condolencias de un antiguo cliente de su marido.

Al segundo día de aquella negra vigilia, un carruaje espléndido se detuvo en la puerta de la iglesia. El lacayo se apresuró a abrir la puerta y bajar la escalinata. Extendió su mano para recibir el guante de encaje. La falda oscura de doña Isabella de Béjar y Grajales se derramó sobre los peldaños. La dama traía un elegante vestido de seda negra y un fino sombrero ladeado, con plumas púrpura. Detrás de ella, también con ropas de duelo, sombrío y taciturno, descendió Franco. Ataviado de negro de pies a cabeza, incluida la capa de bucanero, las botas, el sombrero de ala ancha y el finísimo jubón con mangas anchas acuchilladas; parecía más siniestro que apesadumbrado.

- No debí venir – Había murmurado poco antes de que el carruaje se detuviera frente a la acera de la iglesia.

- Al contrario. El muerto es el primo de tu novia. Se vería raro que no te presentaras – Replicó Néfer – Mientras Lázaro no regrese de España, haremos que las cosas marchen naturalmente. Nada de escándalos, Franco.

- ¿Qué sucede si mato a alguien, como lo hice con Stefano, frente a todos..? ¡En la casa de Dios! – Los ojos de Franco volvían a angustiarse.

- No ocurrirá tal cosa. Estaré a tu lado todo el tiempo, aunque tu melindrosa prometida sienta celos. Más le vale aquello y no algo más.

Los curiosos que habían visto boquiabiertos a la pareja recién llegada, los siguieron al interior de la parroquia. Instintivamente, el resto de los asistentes se puso de pie. Nadie esperaba la visita de alguien de la nobleza, mucho menos de la familia del marqués de La Cañada.

Marietta levantó los ojos, como despertada de un trance; y torció la cabeza para identificar el origen de tanta atención. Se incorporó lentamente cuando vio a Franco acercarse. Él se detuvo a pocos metros, vacilante, temeroso. ¿Qué ocurría si esas asquerosas fibras emergían y la envolvían como a un insecto, tal como a Stefano? Antes de que pudiese imaginar aquella horrenda escena, Marietta se avalanzó sobre él y lo abrazó, rompiendo en llanto. Necesitó de algunos segundos para convencerse de que podría controlarse y esta vez no habría muertes. La rodeó suavemente con sus brazos. La muchedumbre volvía a murmurar. “¿Es ese el futuro yerno de Cavalieri”, “¿Acaso es herrero? No lo creo”, “Qué apuesto y distinguido, pensé que era el marido de aquella bellísima dama”, “Buen partido han conseguido para la hija del mercader…” La señora Cavalieri parecía molesta.

- ¡Ay, Franco! ¡Stefano se ha ido! – Gimió Marietta, cuando los sollozos se lo permitieron.

La abrazó en silencio. De soslayo observaba a Néfer hablando con el matrimonio Cavalieri. Marietta se apartó despacio y lo arrastró dulcemente hacia el féretro del difunto.

- Míralo, ¿Verdad que parece dormido? – Señaló Marietta, luego de contemplar unos instantes el cuerpo de Stefano. Enseguida volvió a estallar en lágrimas y se refugió en el pecho de Franco. Él rodeó su hombro con más torpeza que ternura.

En verdad, Stefano Abiatti parecía dormido e inocente como un niño. Se veía guapo, a pesar de su palidez extrema con tenues sombras azuladas. Franco recordó la expresión final de ese rostro, la boca abierta, los ojos como luminosas cuencas, mudo y aterrado antes de desplomarse sobre el lodo blando del patio del taller. Apretó los ojos, buscando concentrarse en el temblor del cuerpo de Marietta.

Fue entonces cuando percibió que estaba rodeándola con aquellos delgadísimos filamentos dorados: lento, despacio, dulcemente, casi como si la arrullara. Su primera reacción fue apartarse de golpe, pero comprendió que sólo se trataba de una exploración, una reacción leve de su propio cuerpo, la primera de las barreras de protección de su recién descubierto organismo de demonio. Podía manejarlas a voluntad. Ondulaban dulcemente, como plantas sumergidas. Cerró los párpados y percibió claramente el dolor de Marietta y su sensación de vacío… Y había algo más… Latidos en lo profundo. Frunció el ceño, concentrándose; pero una voz demasiado cercana lo obligó a retraerse y despertar.

- Era un buen muchacho, prudente y digno, como su padre – Le oyó decir a Cavalieri a sus espaldas – Su alma está ahora con el señor.

¿Y si Stefano ya no tenía su alma? ¿Acaso él mismo la había tragado, como lo hizo con sus recuerdos y sensaciones? ¿Qué sería de ese pobre diablo ahora? ¿Se había desvanecido definitivamente, como un insecto o un espectro? En aquel tiempo Franco aún temía los misterios de Dios y creía profundamente en el poder terrible de sus venganzas. Aún pensaba que la fuerza divina regía los avatares del mundo y que tarde o temprano recibiría un castigo por su crimen imperdonable. Aún no era el tiempo para que abandonara la imagen inapelable de sus creencias y borrara de su vida la fe, definitivamente.

La familia de Stefano llegó al anochecer. El primero en acercarse a los Cavalieri fue Roberto. Cuando se quitó el sombrero, cayeron los mismos rizos rubios de su hermano menor. Su parecido con el fallecido era tal, que la familia lo recibió con los ojos anegados y la voz rota. Simonetta, bonita y con las mismas pupilas azules de los Abiatti, apenas se sostenía en pie, acongojada y apoyada en el brazo de su marido, un hombre serio y algo despectivo, veinte años mayor.


El día de las exequias amaneció con un cielo encapotado y una ventolera que revolvió las hojas del cementerio y heló los huesos a toda la concurrencia. El cuerpo de Stefano fue depositado en el modesto mausoleo de los Cavalieri en medio del llanto de su familia y luego de recibir el agua bendita de fray Torcuato. Se retiraron silenciosamente cuando una finísima llovizna comenzaba a caer sobre los sombreros y los velos de luto.

- Debes descansar – Recomendó Franco a Marietta, algo ansioso por regresar a la mansión de La Cañada y aún temiendo un posible descontrol – Es bueno que vuelvas a la casa de tu padre y reposes. Estás muy pálida.

- Franco… Hay cosas que debes saber – Respondió ella en un susurro. Estaba inquieta y vigilaba a su alrededor – Pero no es el momento. Debes venir una de estas noches, tenemos que hablar. Hace tiempo que no me visitas.

Marietta se apartó lentamente y se reunió a su familia. La señora Cavalieri le cogió el brazo, como si temiera que regresara con Franco.



- La exploraste. Te vi – Acusó Néfer tranquilamente, una vez que estuvieron en el carruaje. – Usaste tus fibras para examinar las emociones de Marietta.

- No es cierto.

- ¿Qué caso tiene negarlo? Pude verte haciéndolo. Es natural, todos lo hacemos. Es útil para conocer a los humanos que nos frecuentan y decidir quién debe morir y quién no.

- Sólo Dios tiene esa facultad – Discutió Franco, sombríamente.

Néfer lanzó una carcajada.

- ¿Cuál Dios? No sabes la multitud de dioses que he conocido en tres mil años – Aseguró ella, aún sonriendo – Y una cosa es cierta: matan al azar. No existe lógica ni destino en ello, no hay justicia ni designios superiores en la muerte. Todos caerán como insectos en un ventarrón.

Franco permanecía inmóvil, atónito. Ella continuó.

- Todo lo que ves acabará podrido y desaparecerá del mundo. He visto imperios despedazarse y morir. Conocí al propio Alejandro Magno, ¡Sí! El mismo Alejandro de quién has leído. Era guapo y rubio, arrogante y poderoso. Y ahora, ni siquiera existe una tumba para honrarlo. Somos lo único verdaderamente eterno en la tierra. Sólo nosotros tenemos el poder de ver el alma antes de decidir quitar la vida. No existe un Dios que perdure por tanto tiempo o que goce de esa facultad.

- ¡Eso es blasfemia! – Franco se inclinó hacia ella – ¡Dios ha existido siempre y Jesucristo perdurará más allá del fin de los tiempos!

- Tu Jesucristo no tiene ni dos mil años y te aseguro que no llegará a muchos más. Cuando era niña, poderosos y antiguos dioses regían Egipto, el más grande imperio que existía y, ciertamente, perduraron por otros dos mil años. Sin embargo, fueron reemplazados por nuevas deidades conforme avanzaban los siglos; y así ocurrirá con cada Dios que sea inventado en el mundo. Talvez el propio Jesucristo era uno de nosotros, quién sabe. Dentro de nuestra especie hay casos realmente notables. No podría decírtelo, no lo conocí. Mientras él era un simple carpintero en su tierra, yo vivía en la corte imperial de Roma – Clavó los ojos en él – Tu ingenuidad es razonable: apenas tienes veinte años de experiencia. Espera que unos cuantos siglos te hagan ver a la humanidad con algo más de perspectiva…

La certeza de Néfer no sólo era insultante, sino aterradora. Cada vez que lo pensaba, más horrible le parecía a Franco estar frente a un ser que no sólo había atravesado tantos años, sino que compartía con él la misma maldición de muerte. ¿Cómo podía ella asumir con arrogancia la capacidad de matar y no ir al infierno por ello? La contempló unos instantes. Era tan perfectamente bella y gélida. Había oído una vez que ciertos marineros portugueses encontraron raras flores, mientras exploraban las costas del África. Los pétalos eran vistosos y el perfume tan exquisito, que atraían a los insectos irremediablemente; pero una vez que se posaban glotones sobre la fuente del néctar se cerraban perversas en su presa, tragando como monstruos de fiebre.


Esa noche no durmió. No lo necesitaba. Tampoco tuvo hambre o sed, ni siquiera a la mañana siguiente. Normalmente, el estómago le ardía al levantarse y jamás salía a la herrería sin haber devorado una buena porción de tocino, leche tibia y tortas de hojaldre. Se entristeció al pensar que el hambre ya no sazonaría el acto de comer ni que se desplomaría con gusto en una cama para dormir al abrigo de las mantas. Los sencillos placeres que le daban sentido al término de la jornada de trabajo o a la llegada de un día festivo, ya no tenían importancia.

A pesar de su falta de sueño, se recostó en la cama y cerró los ojos. Por momentos, todo el episodio de la muerte de Stefano parecía irreal y distante; y en otros, lo acongojaba la angustia, como si todo aquello acabara de suceder. A veces era muy fácil invocar los recuerdos que le robó a Stefano con una nitidez que sentía en la piel y en la sangre.

Al día siguiente, no salió de la habitación. Le dejaron una bandeja junto a la puerta. Una vez que estuvo en la mesa, destapó uno de los platos. Era un guiso de ternera. Se llevó un poco a la boca y lo masticó con calma. El sabor conocido le impregnó el paladar y la lengua, pero sin placer, sin disfrute. Sin nada. Sorbió el vino con el mismo triste resultado. Si no necesitaba comer, beber o dormir… ¿De qué se mantendría durante todos esos siglos que Néfer le había asegurado? Tuvo la esperanza de que nunca más fuera necesario extender sus monstruosos tentáculos para robarle la vida a nadie.

Pero Néfer tenía razón. Apenas tenía veinte años y una enorme ingenuidad.

8 comentarios:

CISNE ABYECTO dijo...

MMM,,, UN RELATO NO ESTA BIEN ESCRITO, SI UNO NO PADECE,,, PADECE EN VERDAD,,, DE ALGUN TIPO DE EXTASIS ANIMICO,,, PARA QUE ALGO ESTE BIEN ESCRITO ES NECESARIO QUE DEJE SENSACIONES EN EL CUERPO,,, ASI QUIEN ESCRIBE NOS TOCA, LOS DACTILARES QUE TECLEAN ESTA HISTORIA,,, TOCAN COMO FIBRAS A LOS LECTORES INCAUTOS QUE NOS ASOMAMOS A SU BLOG,,, COMO A LA RIVERA DE UN RIO EN EL QUE AL REFLEJARNOS NOS VEMOS DEFORMADOS,,, FELICIDADES POR CADA LETRA POROSHNYJ

POROSHNYJ dijo...

GRACIAS POR SUS PALABRAS, CISNE ABYECTO. :)

Anónimo dijo...

eres tremendamente erotico y potente en lo que escribes. tu intensidad me fascina y me atrapa. me tope con tu blog por casualidad y luego de leer el capitulo 23 busque el principio y no pare hasta que llego el amanecer. Me atrapo y ahora solo espero que siga. amo a Franco y lo compadezco.por favor sigue escribiendo

pek dijo...

yo soy dafne,soy española y tng 17 años.gracias pues lo leere asi.sta muy bn,lo k no entiendo es lo d las fibras,no logro krearme una imagen en la kabeza.ya ire leyendo poko a poko xk m agustado muxo,sk lo k sea d vampiros me gusta.komo vaya leyendo t ire komentando :p. dew bss

Anónimo dijo...

Me han gustado todos los capítulos, algunos mucho mas que otros, por supuesto.
Ahora queda la super pregunta ¿hasta donde llegara?

Dunkle and Light dijo...

Siga escribiendo, que en esta epoca hacen falta muchos escritores como usted...otro grandioso capitulo.

POROSHNYJ dijo...

GRACIAS POR SU COMENTARIO. ES MI IDEA SER MÁS REGULAR CON LAS PUBLICACIONES. POR SUERTE TENDRÉ ALGO MÁS DE TIEMPO. SALUDOS Y NUEVAMENTE GRACIAS

LuNa dijo...

impresionante...
SENTI,VIVI
GRACIAS

DAYLI