CAPÍTULO XX(Algunas verdades)
Por alguna razón, Lázaro De la Cañada viajó repentinamente a España. Algún problema legal con sus propiedades, talvez. La compra apresurada de algún castillo, quizás. Como fuere, Franco no estaba en posición de indagar en lo que no le concernía y se limitó a desearle – respetuosamente – una exitosa travesía la mañana en que salió de Milán, seguido por una corte de carruajes y caballos. Aquella misma tarde Giorgio Pirandello, el mayordomo de la casa de Lecco, arribó al palacete; dispuesto a asumir la tarea de gobernar a la servidumbre, en ausencia del amo.
Franco dejó de visitar la parroquia de Fray Torcuato. Cierto día, el sacerdote lo divisó, mientras compraba en el mercado acompañado por su hermana. El herrero de Lázaro de La Cañada cabalgaba lentamente hacia la vía de Dante, distraído, con aire ausente. Levantó la vista hacia la muchedumbre, sin ver, sin distinguir. Ataviado de terciopelo y púrpura, avanzaba sobre su caballo alazán, como una soberbia imagen que sobresalía del gris opaco de la multitud. Ofelia avanzó unos pasos entre el gentío, extendiendo el brazo hacia Franco; pero el sacerdote la detuvo suavemente.
- Es él quien debe venir a nosotros – Le dijo.
A pesar de estar hecha para el matrimonio y la maternidad, Ofelia nunca se casó. Permaneció al lado de su hermano mayor, el sacerdote, ayudándolo a gobernar la casa parroquial. Nunca fue hermosa y hacía tiempo que se había despedido de la juventud y la edad para concebir hijos, de modo que volcó su afecto hacia los niños que frecuentaban la iglesia y, particularmente, hacia Franco Di Tasso.
Ofelia recordaba perfectamente aquella noche en la que Luciano Di Tasso, en medio de una terrible tormenta de primavera, había golpeado las puertas de Fray Torcuato, acompañado de María, su esposa. Ambos protegían una canasta cubierta de mantas. Ofelia los guió al refectorio y comenzó a calentar un poco de sopa para ofrecer a los visitantes nocturnos. En unos minutos apareció el religioso y comenzó a hacer preguntas.
Perpleja, Ofelia vio a Luciano Di Tasso llorar. Entre sollozos le explicaba al sacerdote que había sepultado a su hermana en la aldea de su esposa y se había dirigido a toda prisa a Milán, para bautizar a la criatura… ¡El niño! Dentro del cesto dormía un recién nacido, un hermoso varón: el hijo de Lavinia. Ofelia conocía a la hermana de Luciano desde que era pequeña y, conmovida, se acercó al bebé. Lo observó unos minutos con los ojos llenos de lágrimas, e instintivamente lo arropó.
- Criatura inocente – Murmuró, enjugándose los ojos.
- Diremos a todos que es nuestro – Susurró María, sonriendo dulcemente, mientras cogía las manos regordetas de Ofelia. – Nadie debe culpar al niño por lo que le ocurrió a nuestra pobre Lavinia.
Franco aprendió a caminar en los patios de la casa parroquial; y luego de la muerte de María Di Tasso, pasaba las tardes de su primera infancia en el refectorio, al propio cuidado de Ofelia. La hermana del sacerdote lo vio crecer entre las plantas del pequeño jardín junto al comedor y de alguna forma, nunca pudo asumir que se hacía hombre; ni siquiera cuando se enteró de que el muchacho planeaba casarse con Marietta Cavalieri. Desde que Franco había irrumpido de madrugada en la parroquia, buscando desesperadamente a fray Torcuato para una confesión urgente, nunca más se comportó como antes. No volvió a saludarla sorpresivamente, pellizcándola, riendo; nunca más fue el niño cálido que se sentaba a la mesa para charlar con ella. Ofelia no comprendía la actitud repentina y distante de quien consideraba su propio hijo y, ciertamente, le entristecía haberlo perdido.
A fuerza de acompañar a Marietta y a Bianca en sus visitas a la iglesia de Fray Torcuato, Stefano Abiatti se ganó la confianza de Ofelia. Solía pasar por la parroquia los sábados, cuando el calor ponía lánguidas las calles de la ciudad con su luz amarilla incineradora. Ofelia lo recibía alegremente. Tenía alguien con quien charlar, mientras hilaba en la rueca o preparaba calderos de sopa para los pobres. En alguna época, era Franco el que llenaba sus horas de soledad en la cocina, rodeada del perfume de la albahaca y el tomillo. El niño se sentaba junto a la lumbre y pellizcaba furtivamente el pan recién horneado, mientras ella le contaba viejas historias. De alguna manera, las visitas de Stefano parecían distraerla un poco de la ausencia del hijo de Luciano Di Tasso.
Cierto día, Stefano Abiatti llevó una cartera de cuero repleta de tiernas hojas de papel color sepia. Se instaló en un rincón del refectorio, afilando con un cortaplumas, una pequeña barra de grafito y comenzó a trazar finas líneas en la superficie satinada. Al rato, apareció una imagen: la silueta esfumada de Ofelia sobre la mesa de la cocina, amasando el pan de aquella tarde. Las sombras estratégicas destacaban la luz que entraba oblicua por la ventana y los pliegues amplios de su delantal almidonado. Unos cuantos cabellos se escapaban de su cofia y caían descuidados sobre la frente sudorosa.
- ¿Qué haces, muchacho? – Preguntó ella, sonriendo, sin dejar de batallar contra la masa.
- Te dibujo – Respondió él. – Les hablaré de ti a mis hermanos, cuando regrese a Pisa; y quiero que te conozcan.
Ofelia se acercó a él, limpiándose las manos en el delantal. Observó el dibujo por unos instantes y lanzó una carcajada.
- Eres un gran artista, Stefano. Luzco tan fea como soy en realidad.
- Eso no es cierto. Eres la mujer más encantadora de Milán – Replicó Stefano, guiñándole un ojo.
- Niño mentiroso, ¡Igual que Franco! A fuerza de dulces mentiras, ambos se ganan el cariño de la gente – Reparó ella, sin dejar de reír, mientras regresaba a la mesa.
La sonrisa se diluyó del rostro de Stefano. Adquirió una expresión grave, mientras retomaba su trabajo en el croquis. Continuó dibujando. Ofelia canturreaba.
- ¿Conoces a Franco hace mucho tiempo? – Preguntó él, sin alzar la vista.
- Desde que nació. Adoro a ese muchacho – Admitió Ofelia – Creció en esta parroquia, prácticamente. ¿Ustedes se han hecho muy amigos?
- …Algo así. Va a casarse con mi prima, ¿No? – Stefano achuraba con rapidez, casi con violencia – Hemos llegado a conocernos algo más. Es un buen muchacho, ¿No?
- Oh, claro que lo es. No sabes lo feliz que me ha puesto que finalmente tu tío haya permitido su compromiso con Marietta. Por años él soñó con esta boda, cuando él no era más que un joven herrero que trabajaba con su padre. – Ofelia se limpiaba las manos con un paño, avanzando hacia él; satisfecha de abordar un tema que se notaba, quería tratar – Se merece lo que le está ocurriendo. Ha luchado tanto por lograr lo que ha alcanzado…Y ha sido un hijo tan agradecido con Luciano… Luciano nunca imaginó que el hijo de su hermana iba a llegar tan lejos…
- ¿Hermana..?
Stefano alzó la vista. Clavó los ojos en Ofelia, con el ceño algo fruncido. Ella levantó las manos hacia su boca. Se veía abrumada por haber dejado escapar una información semejante.
- Quieres decir… ¿Qué Franco no es hijo del herrero? ¿Es su sobrino?
Ofelia bajó las manos. En su barbilla había una pequeña mancha de harina. Temblaba.
- Franco es hijo de Luciano Di Tasso – Balbuceó la mujer, dándole la espalda y sujetándose de la mesa.
Stefano comprendió de inmediato que se trataba de un tema delicado. Por alguna razón, ella había retrocedido, arrepentida, aterrada ante la posibilidad de dejar escapar más de lo que debía. Al tratarse de Franco, Stefano intuyó que era vital llegar hasta el final. Se incorporó y se acercó a ella. Habló suavemente.
- Ignoro por qué te altera tanto hablar sobre el tema, pero imagino que tienes tus razones. Lo que sea, no saldrá de mi boca, te lo aseguro. Franco será mi primo dentro de poco y, por supuesto, no quiero que algo perjudique la felicidad que Marietta y él se merecen.
Ofelia miraba al frente, desconcertada.
- Es un secreto, Stefano. Franco no lo sabe. Él cree que es hijo de Luciano y de María, su esposa fallecida. ¡Te suplico que no comentes esto con nadie! – Ofelia se sentó, frotándose las manos, visiblemente nerviosa. – Si Fray Torcuato se entera que estuve hablando sobre esto, virgen santísima… Juré callar… hace tantos años ya… - Levantó los ojos hacia Stefano, suplicante – Eres un buen muchacho y no vas a repetir lo que te he dicho.
- Desde luego que no. Pero no comprendo… Imagino que los padres de Franco murieron y fue criado por su tío, el herrero al que cree su padre. Se trata de un acto de bondad que talvez él agradezca si se entera… ¿Por qué es tan terrible que Franco lo sepa?
Ofelia guardó silencio. Se concentró en sus manos, las que frotaba nuevamente. Stefano se sentó a su lado y permaneció inmóvil por largos segundos.
- ¿Hay más, verdad? No tienes que decirme nada, si eso te perturba.
Nuevo silencio. Stefano procuraba que su actitud denotara calma y completa empatía, pero se sentía tenso, expectante. Una mínima alteración en su tono de voz y ella cortaría definitivamente el diálogo, destruyendo las últimas posibilidades – quizás – de enterarse de algo relevante. En la guerra todo se vale, incluso el veneno y la traición. ¿Qué era, entonces, presionar a una pobre mujer para que revelara un viejo secreto familiar? Absolutamente nada. Un detalle, una minucia. Durante un eterno minuto, sólo podía oírse el piar de los pájaros y el monótono cacareo de las gallinas en el corral del patio del refectorio. Stefano estaba a punto de perder las esperanzas, cuando ella cortó el aire con una casi inaudible voz.
- Debiste conocer a Lavinia… ¡Era tan hermosa! Desde pequeña, parecía una muñequita de porcelana china… Una niña tan dulce… - Ofelia sonreía y parecía más relajada. Stefano, aliviado por la nueva oportunidad, clavó los ojos en ella y demostró interés. Procuró que su tono de voz fuera blando, casi tierno.
- ¿Quién es Lavinia?
- La hermana de Luciano Di Tasso, la madre de Franco. Tenía dieciséis años cuando dio a luz, la pobrecilla; Dios no permitió que pudiese ver a su hijo crecer. ¡Estaría tan feliz de saber que se convirtió en un hombre alto, apuesto y exitoso! Pobre niña… pobrecita niña… - Parecía afligida, como si aquellos sucesos hubiesen ocurrido hace apenas unos meses.
- ¿Y el esposo de Lavinia? ¿Por qué Franco no creció con su padre? ¿También él murió? – Stefano se aseguró de que hubiese pausas entre cada pregunta.
Ofelia bajó los ojos, como si buscara las palabras precisas.
- Lavinia no estaba casada…
¡Un bastardo! Stefano estuvo a punto de sonreír. Una cosa era ser el hijo de un herrero pobre, pero respetable, viudo y dedicado a su trabajo; y otra, el vástago expósito de una adolescente cuya única dote era su belleza. El asunto se volvía sumamente interesante. ¿Qué triste secreto había en esa historia? ¿Talvez Lavinia se involucró con un hombre casado? ¿Quizás la dejó un astuto seductor que le había jurado matrimonio? Debía saberlo.
- ¿Fue… abandonada por algún prometido? – Aventuró Stefano. Ofelia adquirió un aire sombrío.
- Lavinia nunca estuvo comprometida. Nadie sabe quién fue el padre de Franco. Ella se enamoró de un hombre que le mintió, que le dijo que era un ángel – Al ver la expresión de Stefano, Ofelia se puso de pie – ¡Era una muchacha inocente, Stefano! Era diferente… Ella le creyó y murió dando a luz.
Una loca, sin duda. Insana, desequilibrada. La madre de Franco Di Tasso, comprendió Stefano, no era otra cosa que una muchacha bonita y lo suficientemente tonta como para dejarse seducir por un hábil burlador anónimo. Franco era, hasta entonces, un arribista: el vástago de un artesano del hierro que jamás se preocupó por alfabetizarlo, un adolescente ignorante que creció entre la inmundicia de las ruedas de las carretas, soñando con la hija de un comerciante que sin duda lo despreciaría. ¡Pero ahora era, además, el hijo bastardo de una demente que se entregó a un desconocido que se hizo pasar por ángel! Stefano agradeció que Ofelia le diese la espalda, porque estuvo a punto de lanzar una carcajada que disfrazó rápidamente de un ataque de tos. Afortunadamente, Ofelia se volvió cuando él ya había adquirido una expresión serena.
- Puedes estar tranquila, Ofelia. Guardaré silencio, tal como me pediste. Agradezco tu confianza.
- Voy a confiar en ti, querido Stefano. He defraudado la fe de mi hermano y de la familia Di Tasso al romper mi promesa y hablar sobre esto; pero sé que puedo contar con tu discreción. – Ofelia apretaba una de las manos del joven – Soy una mujer vieja que aún debe aprender muchas cosas.
Al anochecer, Stefano estaba alegre. La señora Cavalieri se sorprendió de oírlo silbar animadamente, cuando se dirigía a la mesa, para cenar.
- ¿Alguna buena noticia, sobrino? ¿Cartas de tus hermanos en Pisa?
- Oh, no, tía. No hay noticias de Pisa que puedan ser mejores que las que existen en esta ciudad.
Marietta no estaba en la mesa. Estaba indispuesta, cansada, algo lánguida. Dijo no tener apetito, cuando aún era temprano. Ante la insistencia de la cocinera, aceptó un vaso de leche y un par de tostadas con miel. Se retiró a su habitación antes de que cayera la oscuridad. Stefano rondó su puerta, tratando de escuchar algo. Nada. Finalmente se marchó a su propio cuarto y se dedicó a dibujar bajo la luz de una vela, hasta bien entrada la madrugada.
Por la mañana, Marietta parecía haber recuperado su salud. Estaba radiante, alegre y con un magnífico apetito. Stefano la oyó cantar en el patio y jugar con la gata. La observó, oculto tras uno de los pilares cubiertos de hiedra que sostenían la pérgola del jardín. Era tan bonita. ¿Cómo podía estar enamorada de un patán como Di Tasso? Ni siquiera se sabía con certeza cuál era su origen, quién fue su padre. Talvez un borracho que se topó casualmente con la desventurada niña tonta que lo dio a luz; un forastero, un vagabundo. No era el momento de revelar nada. No era la hora. Era tiempo de esperar.
Marietta se sentó en la jardinera de piedra cuajada de geranios rojizos. Había dejado de cantar y parecía concentrarse en un punto incierto, en el fondo del patio. Inmóvil, silenciosa y casi triste, permaneció en su estática posición por largos minutos, como si se hubiese aislado de lo externo, para hundirse en un ignoto pozo. ¿Qué pensaba? ¿Qué la abrumaba? Intrigado por el brillo titilante de sus ojos, Stefano avanzó un paso para comprobar si efectivamente lloraba; pero el crujir de una ramita bajo sus botas hizo que ella volteara, como sorprendida en medio del sueño.
- ¡Ah, primo! ¿Qué dibujas a estas horas?
Los días pasaban. El verano comenzó a declinar a medida que se acercaba septiembre; y dormitó una vez que las brisas heladas de los Alpes descendieron sobre los valles, hasta colarse por las calles milanesas. Anunciado por una lluvia de hojas crujiente y rojiza, el otoño se aventuró sobre la hierba húmeda y los pétalos de las flores que ahora parecían entristecerse.
Stefano había recibido cartas de Pisa. Su hermano mayor quería saber si estaba honrando la memoria de su padre, reconsiderando regresar a la facultad de medicina. Durante varios días, evitó enviar una respuesta. Finalmente se sentó frente al escritorio de cedro de su cuarto y aventuró unas líneas de caligrafía impecable. “Voy a casarme, Roberto. Talvez más temprano que tarde. Por ahora, lograr ese propósito ocupa mi mente con más insistencia que retomar mi vieja vida”. Otro año regresaría a la anatomía, a los largos tratados de herbolaria, a la aburrida descripción de los humores y los miasmas tóxicos que producían las enfermedades. Ahora, sólo podía concentrarse en el verde intenso de los ojos de Marietta, y en su cabello que parecía un rizado incendio.
Sin embargo, ella mantenía su distancia. Lo trataba con una cortesía insoportable, que en ningún caso dejaba entrever alguna emoción, algún sentimiento. “Ya habrá tiempo, ya ocurrirá”, se decía Stefano, saboreando pensamientos del futuro; imaginándola rompiendo en llanto sobre su pecho, buscando consuelo, amistad, un apoyo, una vez que despertara de su ceguera, que descubriera quién era, en realidad, su príncipe turbio.
Esperaría, sin duda. En la sombra, si era necesario. Callado, tenue, hábil. Además de un artista, ciertamente era un científico. Y la paciencia, creía, tenía un poco de ambos. Sólo era cuestión de aguardar a que la verdad emergiera como brotes sobre la tierra húmeda. Y entonces, sería imposible negarla.
Una noche tibia, de las últimas que aún se aferraban a la calidez estival; Stefano no podía dormir. Se agitaba entre sus sábanas, luego de una pesadilla horrible en la que veía su propio cadáver flotando sobre un arroyo. Empapado en sudor, se incorporó de golpe y debió aguardar unos minutos para recuperar el resuello saludable.
- Es el calor – se dijo, mientras buscaba sus botas en la oscuridad.
El jardín aún conservaba el olor dulce del verano, esa humedad blanda que parecía penetrar en los pulmones como un bálsamo perfumado. Llevaba la camisa abierta y las hebillas de las botas sin cerrar. Qué importaba. La casa entera dormía en la oscuridad mansa. Sólo se oía el canto monótono de los grillos, el arrullo de las hojas meciéndose y el lejano ladrido de un perro. ¡Los perros! No había señales de los viejos labradores que recorrían los jardines por la madrugada. A él mismo lo habían despertado en más de una oportunidad, con sus ruidosos trajines de vigía. ¿Dónde podrían estar? Oteó alrededor, buscando una señal. Nada. Finalmente, se sentó bajo la higuera, protegido por las tinieblas de sus ramas. Se propuso esperar a que el frío lo enviara de vuelta a su cuarto, dispuesto a dormirse nuevamente.
Un sonido a cierta distancia, suscitó su interés. Levantó los ojos hacia el oeste, pero sólo vio el balanceo perezoso de algunos arbustos en la oscuridad. Se disponía a recostarse contra el tronco de la higuera otra vez, cuando lo vio.
Cubierto por una capa negra, y amparado por el ala amplia de un sombrero de mosquetero, un hombre alto avanzaba ágilmente entre las plantas, a grandes zancadas, con rumbo fijo. Cuando Stefano lo vio aproximarse a la ventana que se alzaba sobre un manojo de magnolias, estuvo a punto de dar voces y despertar a toda la casa; sin embargo, se congeló en su refugio cuando vio a la propia Marietta con el cabello suelto y una bata entreabierta, abriendo de par en par las hojas y recibiendo al intruso con un beso.
- ¿Acaso…?
Un minuto después, el hombre desaparecía dentro del cuarto, cerrando cuidadosamente la entrada a la recámara de su prima.
Vacilante, Stefano avanzó entre los rosales y las macetas de gardenias; hasta aproximarse a la ventana. Miró bajo el alféizar. Algunos pétalos destrozados seguramente seguían en las suelas del invasor. Dejó de respirar, atento. Había murmullos, breves sonidos. Pequeños chasquidos. Susurros, gemidos, jadeos. Aquella ventana maldita escupía asquerosos ruidos que se alojaban en su estómago, pugnando por estallar en un vómito rencoroso. Oyó a Marietta pronunciando el inmundo nombre de su amante, en medio del delirio. Lo escuchó a él, rugiendo como una bestia, mientras profanaba aquello que había robado. Stefano mordió su labio inferior con tal furia, que la tibia sal de su sangre le empapó la lengua. Finalmente retrocedió hacia el escondite entre los árboles.
Esperó. Ansioso en su odio, estaba dispuesto a quedarse hasta que él descendiera al jardín. ¿Qué quería? Matarlo, sin duda. Acercarse a él y hundir un puñal certero en su cuello. Sin embargo, cuando lo vio saltar del alféizar, callado como un gato, sólo pudo contemplarlo alejándose hacia la puerta del muro oeste. Desde la ventana, también Marietta lo observaba escabulléndose entre los arbustos.
Llegaron las luces del alba y Stefano no había dormido. Luego de que Marietta cerró discretamente su ventana, él regresó a su propio cuarto y se tendió en el lecho, nervioso e indignado. Una y otra vez repitió en su mente las escenas de aquella noche, tratando de ordenar ideas, de elaborar un mapa de la situación.
Al cabo de algunas horas, había llegado a varias conclusiones: Marietta no era culpable. Estaba enamorada, ciega, absorta en sus ilusiones. No podía verla como a la casquivana libertina que su educación le había enseñado a juzgar. Seguía siendo su dulce prima y poco importaba si era virgen o no. El verdadero causante de todo era Franco. Cada vez que su nombre o su rostro aparecían en sus pensamientos, una punzada de ira parecía colarse en su abdomen. Finalmente, consideró que ya era hora de sacar algunas armas.
El palacete del marqués De la Cañada estaba en silencio. Sólo los guardias de rigor se mantenían alertas y riendo en aquella agradable noche. Cuando Franco se aproximó a la verja, rompieron su círculo alegre para presentar sus respetos. Con el tiempo, la mayoría de quienes trabajaban en aquella casa olvidaron de dónde había salido el joven encargado de la herrería. A fuerza de verlo vestido con donaire, montado sobre un magnífico caballo y comiendo en la mesa de los amos; terminaron por asumir que era uno más de los nobles que se pavoneaban en los salones. Acabaron por tratarlo con el mismo servilismo y no se atrevieron a sostener su mirada. Al propio Franco comenzó a parecerle natural que las mucamas que alguna vez lo llamaron “muchacho”, lo saludasen con una reverencia, cuando avanzaba por los pasillos alfombrados de la gran casa del marqués. Se habituó a eso y a muchas otras cosas, durante el tiempo en que vivió con Lázaro y Néfer.
Dentro de poco tiempo, se cumpliría un año desde que Franco entró en aquella casa, con el firme propósito de ganar dinero y casarse con Marietta. Las visitas al taller de su padre se habían detenido aquella noche extraña en que apartó la mirada de los ojos de Luciano, desoyendo sus sermones y salió a grandes pasos rumbo a la casa de Cavalieri. Tampoco había regresado a la parroquia a confesarse con Fray Torcuato; ni de madrugada, ni a ninguna hora prudente. De pronto se había aislado de su existencia anterior, concentrándose en aquel palacio, en los pliegues de seda, bajo el dosel de la cama de Néfer; y en subrepticias visitas al cuarto de su novia.
Néfer, creía Franco, no estaba enterada de sus excursiones al muro oeste de Cavalieri. Naturalmente. De otro modo, habría actuado de un modo diferente, ¿verdad? Sin embargo la oía respirar tranquila, apoyada en el hueco de su hombro, luego de que hacían el amor salvajemente. De pronto, Franco sentía que Marietta era una amante casual, la que debía ocultar del conocimiento de la dama de aquella casa. ¿Amaba a alguna? ¿A las dos? ¿A ninguna? Se contentó con no pensar demasiado en el asunto o habría enloquecido. No estaba dispuesto a regresar a la parroquia para confesarse, de manera que más le valía continuar con sus actividades cuidadosamente y ahogando sus dudas, eventualmente, con vino.
Franco se embriagaba con cierta frecuencia. Partía temprano a alguna taberna y regresaba de madrugada. Los guardias abrían el portón, riendo. El joven herrero siempre traía algo para ellos.
- ¡Dios os premie esta generosidad, señor Di Tasso!
Avanzaba torpemente por los pasillos e irrumpía en la recámara de Néfer. A veces ella lo rechazaba, asqueada por su hálito intenso. Otras, parecía divertida y lo dejaba desvestirla ansiosamente. Como fuere, Franco acababa sobre ella, por las buenas o las malas. Despertaba silencioso, evitando pensar. Apretaba los ojos… “Mañana iré a ver a Marietta… no la he visto en una semana. Comenzará a buscarme”. Trataba de recuperar el deseo, concentrado en la curva suave de las caderas desnudas de Néfer, en la dulce protuberancia de sus pezones frutales. No era difícil sentir la reacción rápida de su cuerpo. No quería remordimientos. No quería sentirse un canalla. Antes de caer en la oscuridad de la duda, había guiado a su amante y gozaba de ella, montada firmemente sobre su cuerpo.
Una noche, Franco decidió no visitar a Marietta. Estaba definitivamente ebrio y no quería herir los melindres de su novia. Con esfuerzo, se mantuvo sobre el lomo de su caballo y logró entrar en la propiedad del marqués De la Cañada. Cayó de la montura al penetrar en las caballerizas y debió concentrarse para desenredar su bota del estribo. Cantaba a viva voz. Caminó lentamente hacia la entrada principal y zigzagueó por los pasillos, colisionando contra una base decorativa. El estallido de un jarrón estrellándose contra el piso provocó que algunas mucamas aparecieran en los umbrales, llevando temblorosas palmatorias.
- ¡Soy yo… soy yo… Idos a dormir! – Gruñó Franco con voz pastosa.
Giorgio Pirandello se acercó a él y se inclinó solemnemente.
- Señor, permitidme que os acompañe a vuestras habitaciones. Os halláis descompuesto – Alargó cautamente los brazos hacia Franco, siendo apartado de un manotazo.
- Yo puedo solo… ¿Crees que olvidé cómo llegar a mi propio cuarto?
Resbalón. Franco cayó sentado sobre su propia capa. Comenzó a reír. Pirandello se apresuró a socorrerlo, mientras los sirvientes murmuraban a cierta distancia.
- Señor Di Tasso, permitidme que os ayude. – Susurró Pirandello. Era anciano, pero ejercía una fuerza prodigiosa sobre el cuerpo del herrero. Daba la impresión de que le habría sido sencillo levantarlo, como si fuese una hoja. Franco lo miró a los ojos, desconcertado.
- Caramba, Giorgio… Creo que nos estás engañando a todos y estás disfrazado de viejo.
Franco soltó una carcajada estridente que se convirtió en un ataque de tos y; finalmente, en vómito sobre la alfombra. Se apoyó sobre el hombro del mayordomo. Apretó los ojos, tratando de recuperar el aliento y controlar el malestar. Jadeaba. Los cuchicheos se duplicaron. Franco se incorporó de golpe, alisando su cabello con el guante. Trató de enfocar la mirada en sus observadores y procuró adquirir un aire más digno.
- ¿Qué les pasa? ¿Nunca han visto a un noble borracho en esta casa? Ah, claro… yo no soy un noble. Pero soy el amante de doña Isabella… el ahijado del marqués; ¿Lo sabían? ¡Sarta de chismosos inútiles!- Franco volvió a tropezar, pero Pirandello evitó que cayera de bruces.
- Señor, caminad, por favor. Vuestra habitación se encuentra a poca distancia.
Se desplomó de boca sobre la colcha de damasco. Sintió como lo cubrían con una manta, sin el menor ruido. Abrió los ojos y vio al anciano deslizarse fuera de la habitación.
Por la mañana sentía que su cráneo estaba despedazándose lentamente. Una sed infernal le quemaba la lengua y dejaba un dejo amargo en su paladar. Cuando se incorporó fuera de la cama, debió sostenerse del dosel para no resbalar. Maldito vino barato. Brebaje infernal de todos los diablos. Cambió la cama de sus amantes por una noche de tinto ahogo; y pagaba las consecuencias con un despertar miserable. Vertió un poco de agua en su jofaina de plata y frotó con ella su cara. Se incorporó para encontrarse en el espejo. ¡Qué gesto lamentable!
- Acabarás viejo pronto – Se dijo, examinando las sombras bajo sus ojos.
Con algo de pudor, abrió la puerta de su habitación. Una joven mucama fregaba la alfombra a cierta distancia. Alzó la vista hacia él y luego continuó su trabajo. Franco hubiese jurado que murmuraba. No recordaba mucho. Apenas retazos… Pirandello lo había ayudado, le parecía. No importaba.
Avanzó cansinamente por el pasillo. Le parecía que todos los sirvientes hablaban a su paso, o talvez era su imaginación. Se detuvo frente a la puerta de Néfer. Esperó, con los ojos cerrados, meditando. No era su mejor aspecto para presentarse, pero quería verla. Tocó. Nada. Volvió a tocar. Silencio. ¿Estaría levantada? ¿Habría salido a cabalgar por la mañana? Hacía calor. Ella odiaba el sol del mediodía. La llamó por su nombre secreto y no hubo respuesta.
- Doña Isabella no está en su recámara, señor Di Tasso – Informó Pirandello, a sus espaldas. Imperturbable y digno, como siempre, su cabeza descansaba sobre una inmaculada gorguera del siglo pasado.
- Ella… ¿Dijo donde iría? – Balbuceó Franco.
- Doña Isabella salió anoche, señor, y aún no ha regresado. Ciertamente, no cometí el atrevimiento de interrogarla.
Como en Lecco, aquellas primeras noches. Pero ella nunca se ausentaba en Milán, no durante tantas horas. Desconcertado, Franco regresó a su habitación y se sentó en la cama a esperar.
Había terminado de cenar, tendido sobre la colcha, cuando escuchó los cascos de un caballo sobre el empedrado del patio. Se incorporó hacia la ventana y alcanzó a ver la sombra pálida de Perla, rumbo a los establos. Bajó apresuradamente las escaleras, cruzando a grandes zancadas la distancia que lo separaba de su propia herrería y las caballerizas. Néfer traía una fusta en las manos y alzó la vista lentamente, mientras avanzaba hacia él.
- ¿Dónde estabas? – Preguntó él, secamente.
- ¿Dónde estaba? – Replicó ella, largando una carcajada - ¿Qué significa eso?
- No dormiste en el palacio, ya lo supe.
- Eres observador. Sí, ciertamente no dormí en esta casa… Hueles a vino barato, ¿Llegaste borracho anoche? Ya me enteraré.
Franco le dio alcance al pie de la escalera.
- ¿Dónde estuviste toda la noche y todo este día, Néfer? – Insistió él.
Luego de mirarlo a los ojos, ella le dio la espalda y subió los escalones velozmente. Franco dudó unos momentos y siguió sus pasos. La breve persecución acabó en la puerta de su alcoba, con él cerrándole el paso.
- ¡Respóndeme!
- Entremos. No hablaremos aquí. – Néfer se mantenía calma. Sólo sus ojos delataban la irritación.
- ¡No me importan! – Vociferó Franco, señalando a los sirvientes que fingían ignorar lo que ocurría. Sujetó a Néfer por los hombros, sacudiéndola - ¡Dime dónde estabas!
El silbido de la fusta cortó el aire y volteó el rostro de Franco. Él apretó los ojos, sintiendo el fuego como un trazo rojo en su mejilla. Néfer ya estaba dentro de la alcoba, sentada frente al tocador. Se quitaba los pendientes y su boina emplumada de amazona.
- Eres una ramera… - Musitó él. Temblaba de ira.
- ¡Te irá peor si no te controlas, te lo advierto! – Amenazó ella, sin mirarlo. – ¡Y es la última vez que toleraré un atrevimiento como ese en mi casa! ¡Tus arranques de bestia, déjalos para las taberneras que alimentan tu pestilencia! ¡No vendrás aquí a comportarte como un perro, sin que pagues tal descaro!
- ¡He sido una bestia contigo por mucho tiempo! ¡Sólo exijo que me expliques! - Franco alzaba la voz paulatinamente – … ¡DÓNDE PASASTE LA NOCHE!
Néfer se incorporó lentamente y volteó hacia él. Franco bufaba.
- Estuve con el hijo del duque de Astorga, si es que quieres saberlo – Indicó ella, tranquilamente.
- ¿El hijo del… duque…? ¿Pero acaso? – Volvía la furia.
- ¿Vas a hacerme una escena de celos, a estas alturas, Franco? ¿Quién te crees? ¡Tengo derecho a pasar la noche en la cama que me plazca! Que haya elegido la tuya no me convierte en tu esposa, recuérdalo, herrero. No olvides tu posición en esta casa y por qué estás en ella.
- Pero creí que… Néfer… - Estaba confundido.
Era cierto. No era su esposa y por cierto, jamás lo sería. Abrió la boca, buscando réplicas, palabras. Toda la cólera de hacía un momento se diluyó en desconcierto y vacío. Bajó la mirada. Aún le dolía la cabeza lo suficiente como para que cualquier reflexión se le incrustara entre los huesos del cráneo, haciendo insoportable el silencio y su propia vergüenza. Era un herrero, es verdad. Un amante, nada más.
Ella había vuelto al tocador y ahora desataba los complicados nudos de su peinado. Uno a uno caían los rizos negros sobre los hombros. Néfer levantó los ojos y lo observó a través del espejo.
- Vete, Franco. Es tarde y quiero estar sola. No pasarás la noche en esta habitación.
Luego de unos instantes, Franco avanzó lentamente hacia la puerta. Néfer interrumpió su retirada.
- Por cierto, también tú eres libre de dormir en todas las camas que encuentres dispuestas para ti en Milán, Franco. No es de mi incumbencia si decides pasar la noche con alguna prostituta de los puentes o en su defecto, con tu dulce prometida.
Franco volteó hacia ella, alterado. Ella sonrió.
- Sé perfectamente que desfloraste a la pequeña Cavalieri, Franco Di Tasso. Pero no es mi lugar comentar tus devaneos por las noches. No caeremos en tamaña vulgaridad, ¿Verdad? Ambos somos absolutamente dueños de nuestra conducta en esta ciudad y tengo intenciones de continuar divirtiéndome.
¿Qué podía decir? Ella lo sabía. Siempre lo supo. La vergüenza, como una oleada de asco, lo recorrió por completo. ¿Cómo podía ella agonizar de placer bajo su cuerpo, sabiendo que había estado con Marietta? La vio estremecerse, arañar su pecho, rugir, pedirle a gritos que se derramara en lo profundo… ¿Y lo sabía? ¿Qué clase de mujer era Néfer?
- ¿Cómo lo sabes? – Preguntó él, apenas audible.
- No importa. Ahora, por favor, déjame. Estoy cansada y aburrida de esta charla. Pídele a alguna mucama que te traiga algo para curar ese trazo en tu cara. No quiero una cicatriz en ese bello rostro. – Néfer se empinó y besó delicadamente los labios de Franco. Él se estremeció.
La puerta se cerró suavemente. Néfer se contempló unos instantes en el espejo. Enseguida dejó caer lentamente los párpados y de golpe, barrió con su mano todo el contenido del tocador. El estruendo de la porcelana y el cristal roto alarmó a una mucama que pasaba frente a la puerta.
- ¿Ocurre algo, mi señora? ¿Estáis bien?
- No ocurre nada. Dejadme sola. Estoy bien…
4 comentarios:
Me gusta la forma en que se complica la historia...
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ES QUE COMO VI OTRAS ARTESANIAS AQUI :(
pues apenas comence a leer, me parecio interesante son las 2:08, pero bueno el punto es que me atrapo y quiero seguir leyendo. luego te das una vuelta por el mio que no tiene tanto pero bueno mañana te leo conciencia.
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